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Viviane Forrester
Una extraña dictadura
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Capítulo 12

Resistir significa en primer lugar rechazar. Hoy, la insurgencia consiste en ese rechazo que no tiene nada de negativo, que es un acto indispensable, vital. La prioridad de prioridades es rechazar el horror económico, salir de la trampa y a partir de ahí seguir adelante.

Lo urgente no es la resolución inmediata de los problemas falsos sino plantear inmediatamente los verdaderos y enfrentar aquello que los provoca, aunque aún no se sepa claramente qué reemplazará aquello que se elimina. La "solución" no consiste en proponer algo distinto, un modelo de reemplazo para armar, con la promesa de una sociedad a estrenar, limpia, garantizada, llave en mano; hoy se sabe lo que valen esos modelos...

Tampoco consiste en una receta, un manual de instrucciones que garantice el éxito de esta oposición, sino en los riesgos que se corren al rechazar lo inadmisible. Exigir promesas antes de resistir equivale a resistir a la idea misma de la resistencia y a hacerle el juego a los poderes constituidos.

Conocemos las mil y una soluciones propuestas cada día, semana y mes, con los resultados consabidos. Responden a problemas artificiales o falsos, creados en función de la solución que se propondrá.

Lo esencial no son las respuestas a las preguntas sugeridas o impuestas por el sistema a propósito de sí mismo, que se descubren rápidamente, sino, por el contrario, la trampa que representan; los postulados y decretos a partir de los cuales se las formula, legitimando de antemano lo que está cuestionado, ya se habrán hecho pasar por respuestas.

La resistencia pasa en primer término por descubrir y rechazar este círculo vicioso. Visto desde adentro, nada es posible al margen de sus puntos de vista monomaníacos, obsesivos, difundidos por sus propagandas.

Una de las más recientes trata de condicionarnos para rechazar la revelación del horror en lugar del horror revelado. Pretende convencernos de que para cada situación denunciada reclamemos una solución lista para usar o al menos un remedio o receta garantizados. Se supone que nos debe embargar la indignación ante cada constatación, cada crítica que se atreviera a mostrar a la luz del día, con justeza y minuciosidad, una realidad no inventada, distinta de aquella versión sedante que nos presentan diariamente para que no nos aflijamos cuando nos relatan todo lo que han hecho para afligirnos. Para colmo, esta versión viene acompañada de consuelos, panaceas y promesas falaces de las cuales se supone, equivocadarnente, que no podemos prescindir.

Son otras tantas artimañas para reclamar, o bien el reemplazo inmediato del modelo denunciado por otro impuesto de manera igualmente imperiosa; o bien paliativos incompatibles con la naturaleza y la envergadura del mal, pero a los que se hace pasar por suficientes; o bien los largos plazos que requieren la reflexión y el indispensable consenso democrático para cualquier propuesta. El efecto de la propaganda consiste en postergar para un futuro indeterminado siquiera el inicio de una reacción real al peligro de la barbarie.

Esta propaganda cuenta con el entusiasmo natural, pero infantil y peligroso, que nos llevaría a caer en los brazos de aquellos cuyas soluciones permiten dejar de lado la angustia, junto con los problemas. Como si fuéramos incapaces de tolerar un lapso durante el cual hubiera que cargar y soportar el peso de un problema penoso sin creerlo resuelto de antemano, así como tomar partido sin tener garantizado el triunfo. La propaganda cuenta asimismo con la negativa individual a comprometerse, a aceptar la responsabilidad por lo que se desea y se rechaza, a querer saber de antemano que sobrevendrá después del horror antes de rechazarlo.

Ahora bien, frente a lo inadmisible, no se trata solamente de elaborar todas las estrategias capaces de ponerle fin, sino también de crear un futuro preciso, aceptable para todos. Una vez más, la primera acción posible es el rechazo. Esto no implica lanzarse a la aventura, rechazar bruscamente todo lo que existe sin proponer una alternativa. La propuesta está formulada: rechazar lo inadmisible. Lo del "mundo existente". Se trata de mirar en torno y comprender dónde estamos, adónde podrían conducirnos, hasta qué grado y con qué rapidez se imponen hoy las desregulaciones de todo tipo y las aberraciones legitimadas.

Cuando se declara un incendio, ¿corresponde prever las reparaciones y diseñar los planos de una nueva casa antes de extinguirlo?

No se trata de lanzar planes al aire. Tampoco de improvisar proyectos, porque éstos deben ser variados, propuestos democráticamente por diversas tendencias, discutidos largamente por distintas "sensibilidades", abiertos a la polémica. Es un trabajo lento, en modo alguno a corto plazo.

Lo que sí se debe hacer inmediatamente es rechazar la omnipotencia de un régimen planetario único, sin contrapoder, reforzado cada día por sus depredaciones, sus abusos de autoridad preparados sigilosamente en la víspera, y que se alimenta de sus propios éxitos. Ya ha avanzado demasiado, y si continúa, amenaza con arrastrarnos a lo peor, condicionándonos al trivializar todo lo que conduce a ello.

Jamás se insistirá demasiado: aceptar que a seres humanos se los tenga por superfluos, y que ellos mismos se consideren un estorbo, es permitir que se asienten las premisas de lo peor. No es ridículo afirmar que la base de todos los totalitarismos es la negación del respeto: esto es lo que abre el camino a todos los fascismos, es por esa brecha que ellos se infiltran.

En todas las épocas y lugares hubo dictadores en potencia que jamás pudieron salir a la luz, que jamás pudieron conquistar el poder o siquiera acercarse a esa posibilidad. Uno de los factores que permitió a un número ínfimo de ellos consolidarse y lograr apoyo financiero para tomar el poder y conservarlo (jamás por mucho tiempo), fue un cierto clima de indiferencia maquinal, de conformismo tácito y la impresión compartida por muchos, rápidamente desengañados, de que aquello no les concernía. Otro factor pudo ser la aspiración general a una solución inmediata, delegada.

Las masas pueden volverse histéricas una vez que se ha consumado el hecho, pero no es la convicción previa o más tardía de algunos lo que permite la consolidación del totalitarismo sino la falta de convicción de aquellos que podrían identificarlo y rechazarlo.

No basta oponerse virtualmente a los genocidas. Ellos no llegan al poder impunemente: es necesario prepararles el terreno. Hay que resistirlos desde el comienzo.

Dejarse menospreciar y engañar, sea oficial u oficiosamente, según ciertos códigos sobrentendidos, es aceptar de antemano lo que puede sobrevenir.

Permitir que toquen una uña o un pelo de alguien es consentir el genocidio.

Asimismo, considerar que el hecho de relegar al abandono institucionalizado a millones y millones de seres que viven debajo del umbral de la pobreza no tiene importancia es también un preludio a lo peor.

Los que han escapado a esa suerte difícilmente pueden imaginar lo que significa sufrirla sin otra perspectiva que seguir sufriéndola, no porque la acepten sino porque es aceptada. Tampoco pueden saber íntimamente que cada unidad que se suma a las estadísticas del desempleo y la pobreza tiene el espesor de una persona. Que los seres representados por esas cifras no son congénitamente "los pobres", "los hambrientos", "los sin techo", "las víctimas"; que no es su función serlo, como no lo es la de nadie. Pero viven como si lo fueran, lo cual es quizá lo más difícil.

Nadie puede pretender que está verdaderamente a salvo, pero la idea es reconfortante; permite olvidar la presencia del que vive ahí, con su mundo, ese mundo que una suerte de delirio social pretende haber separado... ¡sin moverlo! Muchas personas que permiten la consolidación de los apartheids -incluso sin desearlos, compadeciéndose de sus víctimas- lo hacen por caer en la ilusión de que el marginado de alguna manera queda desencarnado, inmunizado contra el mal que se le hace en un mundo al cual ya no pertenece y cuyos desajustes ya no lo afectan.

Siempre hay buenas razones, virtuosas, racionales, para ser feroz. ¡Cuántas personas bondadosas de todos los tiempos y lugares han aceptado la legitimidad del horror!

"De todas maneras, ¿usted no pensará que...?", dicen amablemente al mandarlo a uno a paseo, por no desearle la condenación eterna. "Usted no puede creer que...", ¡cuando la realidad es que sí puede, y se apresta a reivindicar esa posibilidad! "¿No dirá usted que habría que permitir la presencia de todos esos inmigrantes?" El tono no es tanto el de una pregunta como el de una amonestación indulgente, una incredulidad que le permite a usted -eso sí, es su última oportunidad- renegar de sus extravíos en lugar de expresar y discutir sus puntos de vista. Se trata sobre todo de hacerle saber que no hay nada más que discutir, que el asunto está resuelto. Que el "mundo existente" se ocupa de todo.

Hay frases, prohibiciones, actos infinitamente más violentos, atrocidades, pero esta frase deriva de una complacencia tan plácida que fija el horror.

"De todas maneras, usted no pensará que..." Cuántos lo han dicho con sereno aplomo, pavonéandose afable e imperiosamente desde lo alto de su compenetración con la Verdad, convencidos no sólo de no estar equivocados sino de que su opinión, en armonía con la de los poderes constituidos y la vox populi, reinará por los siglos de los siglos.

Mayoritarios y poderosos, hubo algunos en los Estados Unidos que no podían concebir que los negros tuvieran los mismos derechos que los blancos, que esa denegación de sus derechos correspondía al orden natural, que no era una manifestación pura de humanidad realista a propósito de la cual no se podía pensar que... Con todo, algunos lo pensaron y abolieron la esclavitud...

¡Pero no la segregación! "Usted no pensará -se dijo- que los hijos de los negros puedan asistir a las mismas escuelas que los niños blancos, y que los negros puedan..." Huelgas, marchas, boicotes, manifestaciones de blancos junto con negros demostraron que sí se podía "pensar que..." "Yo tengo un sueño", dijo alguien, y en verdad la realidad que visualizaban Martin Luther King y muchos otros, incluso muchos blancos, parecía corresponder al reino de los sueños. Pero esa realidad existe hoy, consagrada por ley. Tiene derecho de ciudadanía.* Un derecho adquirido sin violencia contra la soberbia de los más fuertes, visceralmente seguros de su derecho divino y detentadores de todos los poderes, una fuerza que se pensaba jamás podría ser cuestionada por una minoría, aplastada durante tanto tiempo por la fuerza y los números.

* Incluso cuando impera tanto como sería posible: la miseria de la que se habla antes es para muchos la de las minorías: pero lo que se debe erradicar de los Estados Unidos es la miseria misma.

La abolición del apartheid en Sudáfrica ilumina el final de un siglo XX frecuentemente sombrío. Fue una victoria reciente porque Nelson Mandela quedó en libertad apenas en 1990, después de 18 años de cárcel. El mismo año, logró que se suprimiera la segregacióm Tres años después, las elecciones democráticas y multirraciales lo convirtieron en jefe de Estado de su país, presidente de sus compatriotas blancos, quienes durante tanto tiempo habían tratado a él y a los suyos como subhumanos, y que ahora forman parte legalmente del mismo grupo humano,

Cuántas veces se escuchó decir a propósito del apartheid, rechazado incluso por muchos blancos: "De todos modos, usted no pensará que..." ¡Pero sí, siempre se puede pensar! Y saber que, si nada está ganado ni perdido de antemano, siempre se puede erradicar lo inadmisible, pero siempre que se lo haya rechazado previamente con mucha convicción y algo de confianza.

Lo inadmisible no comienza ni de lejos con el genocidio, que es una consecuencia. Es un pretexto odioso el que invocan los colaboradores del nazismo que pretenden ser absueltos al declarar que desconocían la "solución final". Les parecía normal que hombres y mujeres, ancianos y niños, estuvieran obligados a llevar una estrella amarilla, que fueran insultados por el gobierno, golpeados, arrojados a granel a ómnibus, camiones y vagones, encerrados en campos, saqueados, expulsados, deportados. Les parecía normal que se lo considerara un hecho sin importancia, uno entre tantos, por el cual no correspondía indignarse sino a partir de que empezaran a matar a esa gente y lo hicieran masivamente.

Desde luego, no se puede comparar esta época con aquélla. Pero se trata de comprobar hasta dónde puede llegar la ceguera ante la suerte ajena, así como los pretextos que uno se da para clasificar rápidamente lo peor entre los sucesos que no se producen. Y lo peor no siempre es la muerte, sino la vida masacrada en los vivos.

Se trata de recordar cómo, frente a los dogmas, la soberbia, los medios de persuasión de la potencia reinante, de sus servidores y seguidores, frente a su certeza de que ejercen el poder para toda la eternidad, de que han convertido el planeta en un monumento, frente a las dictaduras, toda forma de resistencia siempre pareció insensata, demente, cuando no una herejía ingenua y criminal, inútil. Y que es esencial arrogarse el derecho de "pensar que..." Sea en democracia o bajo una dictadura. La contribución de la democracia y los derechos humanos es crucial, pero no ha impedido que se considere el colonialismo como un derecho evidente, parte integrante de una visión política general. No impide los intentos actuales de colonizar todo el planeta.

Toda vigilancia es poca. No hay límites a lo que pueda suceder a partir de la absolución que se dan los bellos espíritus cuando cometen contra algunos lo que jamás osarían contra otros, arrogándose el derecho de considerar inferior a una cierta parte de la humanidad. Cuando falta la ética, no hay límites. Lo mismo sucede cuando se acepta que se le niegue un solo derecho a una sola persona. Ni los habrá mientras reine, utilizando el término artificial de globalización, esta dictadura ultraliberal que da prioridad al lucro por encima del conjunto de los seres humanos.


Primera edición en francés, 2000
Primera edición en español, 2000
Título original: Une étrange dictature
Librairie Arthème Fayard
, 2000
Traducción Daniel Zadunaisky
Fondo de Cultura Económica de Argentina S.A.
El Salvador 5665; 1414 Buenos Aires
e-mail: fondo@fce.com.ar
Av. Picacho Ajusco 227; 14200 México D. F.
Impreso en la Argentina - Printed in Argentina


Se terminó de imprimir en el mes de junio de 2000 en Latinográfica, Rocamora 4161.
Buenos Aires. República Argentina.
Se tiraron 10.000 ejemplares.

Editorial Anagrama
Colección : ARGUMENTOS [A 256]


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