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| OTROS TEXTOS |
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| Thomas Mann |
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| El erotismo de Miguel Ángel |
| Tomado del libro El artista y la sociedad, Guadarrama, 1975 |
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Hans Muhlenstein, muchas veces elogiado, y con razón, por su versión alemana de extractos de la Divina Comedia, ha añadido a la serie «La poesía incomparable del Renacimiento» aparecida en las Ediciones Quos Ego, en Celerina, un nuevo volumen de confesiones poéticas, Michael Angelus Buonarroti (estas palabras figuran en relieve en el retrato que se reproduce en el frontispicio) con la traducción a la derecha del original. El libro me ha conmovido profundamente, por su turbación, la fuerza de su pasión a menudo desesperada. Es una selva virgen poética. Sí, aunque la forma clásica del soneto esté generalmente allí respetada, nosotros estamos comprometidos más que con los poemas, con las explosiones de color, de amargura, de amor y de miseria de un alma, más grande de lo corriente, que sufre y busca la manera de elevarse hasta Dios a través de lo bello. Un breve lamento y una interrogación amorosa, ¿Come puo asser ch'io non sia piu mio? (Cómo es posible que yo no sea más mío), donde dos versos enteros se componen del grito desesperado: Dio, o Dio, o Dio! Podría calificarse de profundo suspiro, de gemido más que de poema. Pero las confesiones solitarias del prestigioso artista cautivan nuestra sensibilidad justamente por este desencadenamiento estremecido, de una manera casi extraña al arte, a la cultura, a nuestra sensibilidad humana, desnuda. Hay que reconocer además que el traductor ha sabido reproducirlos con una fuerza intuitiva poco común, y una belleza plástica del verbo, la mayor parte de las veces muy adecuada. ¡Qué plenitud de pasión, qué testimonio de una enorme y atormentada vitalidad se captan allí en las palabras! Él, Miguel Ángel, «enteramente perdido en el arte», enteramente «nacido para él y ardiendo por él como por el poderío del amor», vierte su cólera y su dolor político en el molde del soneto. El desmoronamiento de la república florentina, la dictadura de los Médicis, le inclinan al suicidio y a causa de ellos «se siente pisoteado por la miseria de la esclavitud» Prorrumpe en amenazas contra Florencia, «ese antro» que los ha visto nacer, a Dante y a él, y ha desterrado ingratamente, indignamente, vergonzosamente, al poeta al que él profesa una admiración sin límites. Aquí se desliza a través de la traducción un acento a lo Platen, el tono de este poeta ulcerado que había huido de Alemania y sufrido sin duda alguna la influencia tan fuerte del lirismo de Miguel Ángel. . Maldecir a los que lo han desterrado es más fácil que llegar con alabanza a la esfera de Dante El reproche de ingratitud, tal es la amarga queja que alza ya contra Julio II, el soberano pontífice cuyo reino han adornado de esplendor su labor y su felicidad y que «no le preocupa en absoluto su vida», del mio tempo non ti incresce o dole! En resumen, ¡qué malvado, grosero, abandonado de Dios es el mundo! Si la pobreza tiene un valor para Dios, ¿qué será en el día del Juicio de este Estado «al que han retirado el saludo los estandartes de muerte y de guerra»? Como cristiano convencido, Miguel Ángel, pobre y miserable aquí abajo, cree que el sufrimiento está llamado a la Gloria. «Al cielo, dice una vez, donde la pena que yo sufrí aquí abajo, ha señalado mi sitio». Es el cielo el que «desdeña el dispensar al mundo la sabiduría» y quiere que él, «recoja el fruto del árbol estéril». ¡Qué recolección, metida en el granero con un poderoso brazo, en medio de una profunda melancolía! La mia alegrezza é la manicomia, dice una vez y leemos con estremecimiento de admiración respetuosa el soneto compuesto sin duda sobre un andamio, mientras trabajaba en el Juicio Final, y dónde él celebra con nostalgia la Noche, «la benévola imagen de la muerte», el supremo refugio de todos los suspiros heridos. El predominio de esta aspiración, este deseo de dormir y no ver nada, de ser transformado en piedra, en lugar de ser un hombre, «mientras que duren la ignominia y la vergüenza», no parecen en absoluto compatibles con una productividad cuya desmesurada energía y lujuriante carga de vida son además sin duda la expresión de un sombrío abatimiento. Pero ¿de dónde le viene este humor sombrío? ¿De dónde viene la perpetua tristeza de vivir, de un creador a quien el Cielo ha dispensado una abrumadora fuerza creadora? Yo creo que hay que buscar la clave del enigma en una inmensa y aplastante sensualidad, siempre a la búsqueda de lo puro, de lo espiritual, de lo divino, siempre en lucha y definiéndose a sí mismo como una fuerza de nostalgia trascendente. «Un deseo me lleva frecuentemente -escribe- de la más baja a la más alta esfera» Este deseo es el amor, un amor por la imagen, la belleza viva, el encanto humano. Este amor que no quiere acabar atraviesa toda su vida con una perseverancia en la pasión y una facultad de sentir su divina tortura, que también se encuentra en otras naturalezas fuertes, sensibles y de una persistente sensualidad, como en Goethe y Tolstoi. La mayor parte de los poemas de Miguel Ángel, casi todos, son cantos de amor y se extienden sobre varias decenas de años, desde aproximadamente 1504 hasta bastante más allá de la mitad de su siglo. Está siempre inflamado de amor, siempre prendado. ¡Qué emocionante es esta influencia irremediable que ejerce sobre este gran hombre, mucho más allá del límite decoroso de la edad, la embelesadora cara humana, la del deslumbrante joven o de la mujer que ha alcanzado la plenitud! Profundamente estremecedora, su inmortal receptividad a la forza d'un bel viso. Lo celebra como la única alegría que el mundo le concede. Entre maldiciones, perpetuas imprecaciones contra la crueldad del dios de amor, la llama una gracia, que le transporta aún vivo, con los bienaventurados ¡y nadie podría colmarle mejor de felicidad! «¿Cómo sucede que me haya perdido a mí mismo?» Emocionante pregunta de un hombre que ya juzga llegada la hora (antes de 1546), de resistir a la tierra sus miembros enfermos de haber errado demasiado. Sin embargo, ningún término se ha asignado aún a las torturas y a las delicias del amor que le han «aguijoneado los riñones» tan a menudo. (¡Qué vigor de expresión!) Esta pérdida de su yo en una dulce admiración es, por otro lado, poco segura, porque él dice también: . Yo me he echo mucho más caro a mí mismo, tengo más valor desde que te tengo en mi corazón. Así, para Miguel Ángel, la dignidad confiere al «yo» por el amor contrapeso la vergüenza de ser aún «un loco a pesar de mi cabeza canosa». Pero si acoge en él al «bello rostro» es decir, al que seduce bajo una forma por indecible que sea, ese rostro cuyo cuerpo no es más que un accesorio, son una vez más los ojos, occhi, mia vita «el bonito saludo de las cejas» como dice felizmente la traducción, los que le fascinan inevitablemente en primer lugar y ante todo . La memoria degli occhi é la speranza, per cui non sol son vivo, ma beato... O Dio, son pur begli! Este tema se repite siempre de nuevo y el papel primordial que juegan los ojos en su apasionado amor, la mirada, aportan allí por adelantado un elemento espiritual, suprasensual en su sensualidad. El lo explota en pensamiento lo más profundamente posible y alza así cantos de amor hasta el nivel de los clásicos del erotismo platónico. De las más altas estrellas desciende un resplandor deslumbrante. Abajo tiene por nombre amor. Es el amor que lleva el espíritu al Cielo, de la esfera terrestre a la esfera divina y desprecia a todos aquellos para quienes la belleza y la pasión que ella inspirano son más que problemas de sentido. Al mismo tiempo responde a la calumnia, a las «infames tonterías divulgadas por lenguas malvadas», yo supongo que en el caso de Tommaso Cavalieri. «Es tu alma inmortal y parecida a un ángel, brillante a través del cuerpo -afirma con entusiasmo- lo que me inflama de amor por ti. No es solamente tu rostro sereno, il tuo volto sereno.» El amor noble, está convencido de ello, no coloca su esperanza en objetos condenados a desaparecer, y nada puede desvelarle la gracia de Dios, lo bello y el bien eternos, a la vista de un fervor más puro, más que este envoltorio, este encanto terrestre ante el cual se inclina simplemente porque ve en él la imagen y el espejo de Dios. Nos resultaría penoso poner en duda la verdad o digamos la alta sinceridad de su interpretación del amor. Y cuando muera, moriré para lo bello. Este sentimiento ha sido experimentado muchas veces, muchas veces expresado y cantado en frases profundamente entusiastas. Es cierto que la creencia sagrada de Miguel Ángel en el valor eterno de su pasión está en estrecha relación con su inmortal creación. Ni un segundo deja de venirle al pensamiento, un tanto naturalista, más próximo a nosotros, que fuera exactamente más emocionante y humano para dar conscientemente nuestro amor al bello instante inasequible, a lo que está destinado a desaparecer igual que nuestro amor y, sin embargo, permanecerá un recuerdo precioso para el resto de nuestra vida. Y entonces, quizá resulte difícil de comprender el platonismo, la fe en la belleza considerada como la envoltura de lo divino, en la ternura como la imagen del amor divino, cuando la sensualidad «se pierde» en la resplandeciente indignidad y genera un ser más bajo, muy por debajo de su propio rango espiritual y humano. En sus poemas aparece una persona llamada la donna bella e crudele, ¡mil gracias! Sus sentidos le han condenado a arder por ella, por «esta bella y excitante envoltura pagana», de la que él sabe a qué atenerse y dice que «pesada no vale ni una onza». Sus sentidos poderosos y enamorados del ideal se consumen, sin esperanza, envilecidos, por pecar con ella e ir en su compañía al infierno en lugar del Cielo, donde sin embargo «su sitio está señalado». Su miseria es grande. . Si conociera mejor vuestro verdadero fondo, quizá mi sufrimiento sería aún mayor... Probablemente, sí. Sin embargo, incluso aunque sepa que aquí abajo la belleza es una engañifa y conociendo perfectamente el abismo entre el ojo y el alma, no obstante implora: ¡Perdonadme bella ilusión! ¡Permitid que un sincero enamorado pueda esperar lo que le muestra por fuerza un rostro querido! ¡Dejadme disfrutar del engaño! ¡Estos ojos (¡otra vez los ojos!) los ha arrancado del paraíso, y por vulgar, coqueta y cruel que sea, él encontrará aún allí el medio de creer que su belleza no es asunto moral, y que no fue dispersada por el Cielo aquí abajo! ¡Qué gran corazón doliente, indomable, que tiene valor del sus sentimientos! Yo no sé nada de Tommeo Cavalieri, a quien perteneció este corazón durante un decenio. Quizá los eruditos estén informados acerca de él. Debió ser un joven noble o patricio (con los ojos bonitos, por supuesto), porque Miguel Ángel le llama siempre «señor», signor mio, signor mio caro. Esta apelación no debe sin duda tomarse en el sentido de una simple sumisión amorosa, sino también en el nivel mundano. Esperemos que este jovenzuelo fuese amable, solícito y se diera cienta del honor que le confería en sentimiento del gran hombre. Este ciertamente no ha dicho una palabra; pero el artista de cincuenta y ocho años, ya muy gastado por un trabajo prodigioso, cree posible que «tu espíritu conoce y siente, más de lo que me atrevo a esperar, la pureza de la llama |