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La mejor parte del
amor
Seguramente los
apropiadores de
niños sienten amor
por ellos, o al
menos eso deben
creer. Quién sabe
qué siente alguien
que oculta una
verdad atroz; que
obliga al ser
presuntamente amado
a una reciprocidad
que él mismo viola.
Nadie está, sin
embargo, preparado
para fingir toda su
vida. Ese amor que
los apropiadores
sienten por esos
bebés que hoy son
hombres y mujeres de
treinta y pico debe
haber tenido fallas,
grietas, lapsus,
desbordes
inevitables de la
verdad. Un hijo
apropiado debe
saber, en alguna
parte sí, alguna
forma de la verdad.
Seguramente huele el
tufo de ese amor, su
hedor, el rastro de
un crimen. Hay
cuatrocientas
personas todavía
viviendo esas
tensiones
soterradas.
Hay mecanismos
psíquicos y sociales
que permanentemente
bloquean el amor y
lo reemplazan por
sus simulacros.
Estamos todos tan
confundidos con el
amor, que aceptamos
sus sustitutos, sus
malas copias. Los
apropiadores de
niños les han dicho
a lo sumo a esas
personas que son
hijos adoptivos,
bebés que ellos sí
aman, en reemplazo
de madres que los
abandonaron. Desde
el punto de vista de
ese tipo de víctima,
el hijo abandonado,
ser hijo de un
desaparecido es una
enorme descarga de
angustia. Es
constatar que no
hubo abandono. No
son hijos biológicos
de una madre que
eligió seguir su
vida sin ellos, sino
que fueron bebés
arrebatados de las
manos de sus madres.
Sus madres no
siguieron sus vidas,
no formaron otras
familias, no
tuvieron otros
hijos. Fueron
asesinadas.
Lo innombrable del
abandono es el
desamor. Cualquiera
que haya sido
abandonado en una
circunstancia
amorosa sabe que lo
anímicamente
intragable del
abandono es el
desamor. Una de las
razones que siempre
esgrimieron las
Abuelas como motores
de su búsqueda es
hacerles saber a sus
nietos que fueron
bebés muy deseados y
amados por sus
padres y sus
familias. Quieren
hacerles saber algo
que puede curarles
un trauma y sanarles
la vida.
Cuando esos bebés
llegaron a la
adolescencia, cuando
pudieron hacer lo
que un niño pequeño
no puede, muchos
hijos adoptivos
fueron por sí mismos
a la sede de
Abuelas. Querían
saber si eran hijos
de desaparecidos.
Buscaban su
identidad, pero
también buscaban,
probablemente, ese
consuelo terrible:
no haber sido bebés
abandonados, sino
víctimas de crímenes
políticos. Esto no
tiene nada de
ideológico, en
principio. Se trata
más bien de
distintas
dimensiones del amor
y el desamor.
Nuestras vidas
penden de esas
nociones. Nuestros
dolores y pasiones
nacen allí, a la
sombra de cómo
fuimos o no fuimos
amados.
La idea que tenemos
del amor, eso que
reconocemos en los
otros y en nosotros
mismos como amor, no
puede germinar en la
mentira, sólo en la
libertad. Nadie
puede obligarnos a
amar. No podemos
tampoco obligarnos a
nosotros mismos a
hacerlo. Es un
sentimiento que está
fuera de nuestro
control, que aparece
y también
desaparece, pero que
suponemos sólo
posible entre
criaturas libres.
Cuando la mentira
atraviesa la
circunstancia
amorosa, no hay
amor. Hay
manipulación.
La manipulación en
el amor, sin
embargo, no es cosa
extraña. El mercado
Vero Peso, en la
desembocadura del
Amazonas, es enorme
y extraordinario.
Hay interminables
filas de puestos que
venden los mangos
más grandes del
mundo, pescados de
diseños exóticos,
instrumentos
musicales de madera
maciza. Allí hay un
sector de hechiceras
que vende frasquitos
de esencias y
aceites para curar
la salud y para
recuperar o afirmar
el amor. Esas
mujeres de etnias
amazónicas la
agarran a una de la
pollera cuando pasa,
le ofrecen
felicidad. Un
embrujo no es otra
cosa que
manipulación. O
simulación.
Traje de allí un
pequeño volante que
no es indígena, es
afro. “Mae Triana
Cartomante
Exotérica” se llama
la mujer vidente.
Promete traer a la
persona amada
rápido, “amarrada a
tus pies”. El amarre
es un tópico de la
hechicería. Hay
brujas urbanas en
todo el mundo
especializadas en
amarres. Los amarres
pretenden reemplazar
al amor por
fascinación. Ese es
un truco posmoderno.
Una prestidigitación
tecnológica que hace
llamar amistad a lo
que pasa en Facebook.
Es un atajo virtual
para el atajo que
siempre en todas las
culturas se buscó:
tomar por amor un
sentimiento
sintético que no se
regocija en el
bienestar del ser
amado, sino en la
propia necesidad de
conexión.
A fin de año la
palabra “amor” se
multiplica. Son
palabras. Las
palabras tienen la
particularidad de
ser nada menos y
nada más que
palabras. Pueden ser
decisivas o
intrascendentes,
pueden estar llenas
o vacías.
Venimos terminando
un año en el que las
palabras fueron
aligeradas,
violentadas,
subvertidas por el
establishment. Se
llegó a tal extremo
que tuvimos que
escuchar, como una
reivindicación
política de la
mentira, que los
hijos de Ernestina
Herrera de Noble son
nuestros hijos.
Llama muy poco la
atención que la
lucha de las Abuelas
sea cuestionada
desde sectores
golpistas que
participan del juego
democrático justo
cuando esa lucha
roza a una mujer muy
poderosa. Cuando
roza al poder. Eso
pasa no inadvertido,
sino no dicho.
Este año se puso en
jaque a los derechos
humanos. La primera
en hacerlo fue
Susana Giménez,
entretenedora
exquisita para la
videopolítica. “Esa
estupidez de los
derechos humanos”,
dijo aunque quedó
sonando la otra
parte de la frase,
“el que mata tiene
que morir”. Después
se cuestionó a las
Madres y a las
Abuelas por la ley
de ADN y se alzó
nuevamente la frase
hecha de que “los
derechos humanos son
sólo para los
delincuentes”, y no
para las víctimas de
“la inseguridad”.
Las coberturas
políticas y
policiales se
entremezclaron. Abel
Posse tuvo que
renunciar, pero
pasamos por el
trance de tener unos
días un ministro de
Educación porteño
que volvió a
reivindicar el
terrorismo de
Estado. El huevo de
la serpiente se
instala en muchos
nidos.
Nuestra veta
fascista tiene sus
dirigentes, pero
tiene también muchos
voceros en las
calles, hombres o
mujeres comunes y
corrientes que de
pronto se entreveran
en conversaciones en
las que piden matar
a unos cuantos. La
muerte es una de
nuestras
tradiciones. Una
pulsión argentina
que se regodea en
soluciones finales.
Matarlos a todos es
una ilusión
degenerada.
Hubo una época
bastante reciente en
la que los mataron.
A todos los que
pudieron. Hubo uno o
dos años, durante y
después del Juicio a
las Juntas, en los
que el horror
sacudía las almas.
Habían hecho cosas
como tirar a la
gente viva de los
aviones o como
asesinarla y robarse
a sus hijos. Eso no
es de izquierda ni
de derecha. A veces
uno se pregunta, en
este país jodido, si
acaso es de
izquierda o
peronista haberse
quedado atravesado
por la decisión de
“nunca más”. Este
año, uno ha tenido
la sensación de que
si apareciera un
liderazgo bestial,
tendría sus bases en
esa gente que tiene
mucho y no quiere
perderlo, o en los
que tienen muy poco,
quizá un freezer y
un auto, o una casa
propia y un plazo
fijo en el banco, y
sin embargo arengan
la muerte de los que
tienen menos que
ellos.
Si se me permite,
quisiera dedicar
esta columna de fin
de año a las Madres
y a las Abuelas, por
muchas razones. Pero
entre ellas, la más
firme y convencida
es el agradecimiento
por haber tramitado
su dolor con lucha,
y no con venganza.
Por haber pedido
siempre justicia, y
haberse avenido a la
mala, la poca, la
lenta justicia que
obtuvieron. Por
haber estado
dispuestas siempre a
ofrecer a sus
victimarios las
garantías que sus
hijos y sus nietos
no tuvieron. Porque
a pesar de sus
diferencias y de sus
líneas internas,
siempre todas se
pararon allí, en ese
escalón que separa
la civilización de
la barbarie. Y
porque en este país
que aún conserva su
horrible pulsión
hacia la muerte,
ellas la saltaron,
se sobrepusieron, la
reciclaron, la
gestionaron hacia la
vida. Porque son
parte de lo mejor
que somos, y somos
peores si lo
olvidamos. (Página|12,
26/12/09) |