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OTROS TEXTOS
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Rafael Lara-Martínez
Tomado de Alertas de Google
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El desacuerdo entre política y filosofía según Jacques Rancière

Sócrates es el único ateniense que se ocupa de las cosas de la política.

Platón

Que la filosofía y el arte se hallen reñidas, no debería extrañarnos. Incluso, sin haber leído a Platón, casi todo el mundo conoce por tradición aquella falsa expulsión total de la poesía fuera de los límites de la República ideal. Sin desmentir esa fácil lectura, ya que la educación platónica de los líderes políticos se completa por un riguroso estudio de la poesía, nos preocupa ahora revisar otro desacuerdo.

No nos referimos a la clásica oposición entre el poder de demostración de la ciencia y el poder subjetivo de la poesía, entre el logos y el mito; en cambio, nos interesa retrazar la diferencia que existe entre la manera en que filosofía y política consideran el comienzo de la política. Hay dos maneras de definir un mismo concepto y, por tanto, existirán al menos dos maneras de hacer política: la política de los políticos y la política de los filósofos. Veremos en la segunda, la solución de la primera y la corrección de un «error».

La filosofía se inicia cuando caemos en la cuenta de que hay un malestar en la política, un «error». La política de los políticos nos ofrece un callejón sin salida. Más que preocuparse por el bienestar e igualdad de la comunidad, se concentra en regular la manera más adecuada de repartir las plazas disponibles en la administración pública.

A esta forma de distribuir los puestos, de establecer un consenso colectivo, de organizar el poder y de legitimar ideológicamente las decisiones públicas, en términos filosóficos se le llama «policía». La «policía» regula la manera en que se configuran los puestos y define las ocupaciones de cada una de esas plazas. La «policía» es lo que comúnmente se entiende por política; aplicando una antigua definición la llamaremos la política de los políticos.

Sin embargo, esta forma no es la única determinación posible. El filósofo que repara en el «error», sobre el cual se levanta la política de los políticos, intenta si no corregirlo, al menos señalarlo. La filosofía política comienza en el momento en que el filósofo enumera los males que aquejan a la República. No nos interesa apuntar los errores de una República en particular; más bien, nos concierne establecer una generalización en cuanto a los comienzos de la política de los filósofos.

Lo más sorprendente de estos inicios es que podemos traducirla en una expresión con bastante arraigo en Centroamérica y, en particular, en las enseñanzas de Monseñor Oscar Arnulfo Romero (1917-1980). La política empieza con «la voz de los sin voz», es decir, cuando se admite que aquellos que no poseen nada, los pobres, tienen un derecho dentro del ejercicio y del control de las cosas públicas y de la justicia. Antes de ese reconocimiento no hay política, sino únicamente «policía».

Quien enunció esa máxima, el griego Aristóteles, en su Política asienta que las sociedades se hallan divididas en tres, o en dos clases: los ricos (oligoi), los buenos (aristoi) y los pobres (demos), o mejor dicho los ricos y los pobres. Al gobierno de la primera lo llama oligarquía (oligoi), incluso cuando son mayoría; al de la segunda, democracia (demos). La democracia es el gobierno de los hombres libres, de los pobres. Los oligarcas se definen por una cualidad positiva y tangible: la riqueza; el pueblo (demos), por una cualidad de principio filosófico, abstracta y vacía: la libertad.

Sin embargo, aunque el pueblo constituye sólo una parte del conjunto social, es su cualidad filosófica de «libre» la que le otorga a la sociedad en su conjunto los fundamentos de igualdad y de libertad que dan inicio a la política de los filósofos. Estos principios no pertenecen a la «policía», sino que los recibe la filosofía del callejón sin salida que representa la política de los políticos. La libertad e igualdad del pueblo le ponen un límite al dominio natural de los poderosos (oligoi). Transforma la desigualdad natural de hecho, en la igualdad social y cultural del derecho. Más que con un consenso, la política comienza con un litigio y con un debate en torno a un «error». La corrección del «error» da inicio a la política; ese error es el que