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FILOSOFÍA
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NICOLÁS BERDIAEV

La filosofía como acto creador

Ediciones Carlos Lohlé 1977

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Capítulo 7

Algunos espíritus sagaces se han percatado de que la vieja y pasiva filosofía de la finalidad llegaba a su término, cualquiera fuese, por otra parte, la forma bajho la cual apareciera, metafísica, criticista, o positivista. El materialismo y el positivismo son filosofías de sumisión a la necesidad, en igual medida que la metafísica escolástica o racional. Pero la filosofía de Kant es por ventura la expresión más perfecta, más sutil, de esta filosofía de la obediencia, de la filosofía del pecado. Filosofía que caracteriza la sumisión del espíritu al rostro amenazador de una necesidad universal, una timidez que le impide reivindicar su libertad. Por lo demás, esta pasividad y esta timidez pueden revestir filosóficamente formas diversas: el poderío de la materia o el poderío de las ideas, el poderío de la sensación o el de las categorías, el poderío de la sensibilidad o el del juicio, el poderío de la naturaleza con sus leyes inflexibles o el poderío de la razón y de las normas que ella se ha creado. Este último caso es el que representa la filosofía crítica. Esta es sumisión, no a la necesidad de la naturaleza sino a la del conocimiento, no a la materia sino a la razón; es una sumisión a la necesidad por intermedio de la sumisión a las categorías. Sin duda, los genios que ilustraron la doctrina criticista sintieron la naturaleza activamente creadora de la filosofía; pero aún en ellas, esta creación estaba sofocada por una sumisión general a la necesidad, debida, de toda evidencia, a profundas causas religiosas. La conciencia filosófica no puede aceptar el ser pasiva; tiene que ser la victoria sobre la necesidad y tiene que ser, mediante ello, la transformación del mundo. En cambio esta categoría de la razón en la que creyeron los racionalistas y criticistas no era más que una necesidad natural, trasladada a otro plano, y dotada de otra finalidad. Al lado de ellos, la filosofía del porvenir forja la naturaleza creativa del conocimiento, ve en ella la expansión misma del ser y su declinación. La filosofía conoce su propia naturaleza, que es de revolución espiritual; se conoce en tanto revuelta del espíritu conbtra la esclavitud que le escamotea su secreto y sentido verdadero. El acto creador más lúcido conlleva esa impulsión hacia otra esencia, hacia otro mundo, hacia el secreto creador. La conciencia filosófica no se opone al ser como a una cosa que estaría fuera de él: aquí hay una ilusión del racionalismo abstracto. El conocimiento filosófico está en el ser mismo, pero en el ser sabedor; es una cualidad particular del ser y una función particular de la vida universal. Pero sobre todo es una función del crecimiento del ser. En el acto creador del conocimiento, el ser se acrecienta y se exalta. En oposición a este resplandor, a esta atracción solar, la filosofía de la necesidad se somete a ella pasivamente, la acoge como verdad, se contenta con ella como moral.

La sumisión a la necesidad (sea la de la naturaleza o la de las categorías humanas) ha de ser entendida, pues, como una suerte de buena conciencia y de honorabilidad intelectual. Resulta de la certidumbre de que los criterios de la verdad son intelectuales, que la verdad es absorbida pasivamente por el intelecto, y que se la alcanza sometiéndose a ella. Aquellos que, por lo demás, dudan de todo, creen firmemente en esto. Frente a ellos, frente a su filosofía desesperada, pero que de todas maneras los conduce a una verdad, la cuestión que corresponde plantearse es la siguiente: el conocimiento de la verdad, ¿es una pasividad obediente del intelecto, por el contrario, es actividad y creación del espíritu? La “vedad” que un intelecto recibe pasivamente, de la que toma una conciencia puramente intelectual, ¿no es nada más que un semblante de verdad por medio del cual el espíritu abandona sus prerrogativas? La verdad no se descubre sino por medio de la actividad creadora del espíritu, y queda inaccesible a lo que no es esta actividad. La respuesta evangélica, religiosamente absoluta, “Yo soy la verdad”, tiene también un sentido filosóficamente absoluto, gnoseológico. El Hombre Absoluto es Verdad. La Verdad no es aquello que es, lo que es dado como siendo, como necesario. No es una duplicación del ser, una repetición en el cognoscente. La verdad es la elucidación y la liberación del ser, supone en el ser el acto creador del cognoscente. La verdad es la elucidación y la liberación del ser, supone en el ser el acto creador del cognoscente. Es significación y no puede negar la significación. Negar el sentido del mundo equivale a negar la verdad, por consiguiente a no reconocer sino las tinieblas. La verdad nos hace libres. Negar la libertad equivale a negar la verdad.

El poderío exclusivo de la necesidad es el poderío de las tinieblas, a través de las cuales no hay un camino hacia la verdad. O la verdad no existe, y entonces toda discusión filosófica es vana, o ella existe, y es la luz creadora, que libera y explica al ser. Es imposible admitir la verdad y, a la vez, negar toda luz en el mundo. La Verdad supone el Sol, el Logos, y Aquél que fue el Sol y el Logos del mundo puede decir: “Yo soy la verdad”. Pero la “verdad” pasivamente recibida, fruto de la abstracción intelectual, tierne que ser sacrificada, como que constituye el principal obstáculo en el camino del descubrimiento de la verdad auténtica. Con una fórmula conmovedora, Dostoyevski escribe que, si de una parte estuviera la verdad y de la otra estuviera el Cristo, el preferiría renunciar a la verdad para ir hacia el Cristo, es decir, verdad muerta de un intelecto pasivo en nombre de la integralidad del espíritu. Hoy día, toda la filosofía debe resolverse en ese acto heroico de arrancarse a la “verdad”; solamente entonces se convertirá en un conocimiento por la creación y por el arte –un conocimiento activo. Lo que es dado al intelecto, no es el verbo y no lo puede ser; es un reflejo de la servidumbre del espíritu, y debe desaparecer junto con esta servidumbre. La verdad se opone al mundo tal como es, tal como está dado: de otra manera no podría ser valor y pensamiento, el Logos no viviría en ella. La subordinación de la verdad a los conceptos cientificistas, que no son más que concesiones a la necesidad, marca la decadencia del espíritu. La filosofía es una gnosis, superior a la ciencia e independiente de ella. Pero la filosofía gnóstica creadora no es tampoco una filosofía del sentimiento y del corazón. También así se encontraría trabada su libertad creadora. La filosofía no es un sueño: es acto.


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