|
|
| OTROS TEXTOS |
| . |
| Néstor García Canclini |
| La invasión cultural |
| . |
|
El antropólogo advierte sobre la expansión global de la industria cultural de EE.UU. y el retiro estatal en la cultura de Latinoamérica. La mejor política cultural es la que no existe? Escuché decir esta frase en versión afirmativa, sin signos de duda, a políticos colombianos y chilenos que se oponían a la creación de ministerios de cultura, a empresarios de varios países preocupados de que los Estados limitaran sus negocios y por supuesto a especialistas estadounidenses en mercadotecnia cultural. La iniciativa enviada en noviembre por la Secretaría de Hacienda de México al Congreso proponiendo suprimir organismos de promoción del cine y la formación de cineastas, las artesanías y la distribución de libros, exaspera esta corriente internacional que juzga como molestas a las políticas públicas nacionales de cultura. Se anuncian mayores riesgos con las gestiones ya en curso en la OMC y en el ALCA para liberar las inversiones en cultura y comunicación. Son políticas dirigidas a quitar a los gobiernos y empresarios nacionales competencias en la producción, el financiamiento y la circulación de bienes culturales, a los artistas derechos sobre su autoría y a reducir la diversidad de la oferta para los públicos. Es llamativo que la enorme transformación del papel del Estado en la cultura que representa quedarse sin el Instituto Mexicano de Cinematografía, sin el Centro de Capacitación Cinematográfica, ni los Estudios Churubusco, ni el Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías, ni EDUCAL (distribución de libros de organismos estatales, con más de 60 librerías) no surja de un debate público entre los que conocen y gestionan estos campos, ni de una evaluación de su potencialidad y deficiencias, sino de una iniciativa presupuestaria. Así se suprimieron en México organismos públicos a lo largo de los 80 y de los 90, se anularon los precios preferenciales para el envío postal de libros, se vendieron más de 200 salas estatales de cine y, ya en esta década, se quitaron incentivos a la industria editorial e inventaron impuestos para los escritores, los libros y las revistas, siempre con las excusas de la austeridad y el saneamiento financiero. Por no hablar de la reducción del 12.5% del tiempo fiscal en televisión al 1.25% que ni siquiera tiene ese pretexto, y que significó desperdiciar un espacio sin costo para difusión cultural, campañas de salud y educativas. Además
de
defender
la
necesidad
de
las
instituciones
despreciadas,
hay
que
cambiar
el
debate
de
terreno.
El
agravio
a
estos
organismos
culturales
converge
con
esa
afirmación
de
economistas
y
políticos,
en
varios
países,
de
que
la
mejor
política
industrial
o
agraria
es
la
que
no
se
tiene,
tendencia
manifestada
en
la
iniciativa
presupuestaria
mexicana
que
extirpa
también
varios
centros
de
investigación. El
retiro
del
poder
público
es
alarmante
en
el
ámbito
cultural,
porque
como
atestiguan
informes
del
BID,
la
CEPASL,
la
OEI
y
la
UNESCO,
las
industrias
culturales
se
han
vuelto
recursos
muy
dinámicos
para
la
generación
de
riqueza
y
empleos,
así
como
para
la
construcción
de
cultura
política,
consensos
y
ejercicio
de
la
ciudadanía:
son
los
lugares
donde
la
mayoría
se
informa
y
entretiene.
¿Es
necesario
repetir
que
la
industria
audiovisual
ocupa
el
segundo
rubro
de
los
ingresos
por
exportación
de
EE.UU.
(en
ciertas
estimaciones
el
primero),
representa
el
6%
del
PBI
y
emplea
a
1.300.000
personas?
En
Francia
el
sector
cultural
abarca
el
2,5%
del
PBI;
en
Colombia
sólo
las
industrias
culturales
aportan
$.03%,
valor
superior
a
los
restaurantes
y
hoteles,
y
al
valor
agregado
del
principal
producto
agrícola
del
país:
el
café. Los
productores
transnacionales
de
discos
y
películas
consideran
a
América
Latina
el
mercado
con
tasas
más
altas
de
crecimiento
desde
los
90.
Un
informe
reciente
de
la
ONU
muestra
que
entre
2001
y
2002
aumentó
35.5%
el
número
de
usuarios
latinoamericanos
de
Internet,
con
lo
cual
la
región
aparece
como
la
de
mayor
crecimiento
en
el
mundo
(Clarín
25/11/03)
Sin
embargo,
desde
hace
una
década
el
80%
de
la
facturación
latinoamericana
en
industrias
culturales
está
en
manos
de
empresas
ajenas
a
la
región.
Los
expertos
extranjeros
se
asombran
de
que
pese
a
la
enorme
contribución
de
la
producción
local
a
la
oferta
de
música
internacional
y
a
la
preferencia
de
los
públicos
por
lo
generado
en
español,
esto
no
ayuda
a
mejorar
la
posición
económica
de
nuestras
sociedades. Cuando
se
argumentan
las
ventajas
de
no
hacer
políticas
culturales
desde
los
gobiernos
suele
mencionarse
a
EE.UU.
:
sin
ministerio
de
ingerencia
gubernamental
lograron
tener
la
industria
cultural
más
próspera
del
mundo.
Sin
embargo,
los
estudios
sobre
el
cine,
no
avalan
esa
afirmación.
El
predominio
mundial
de
las
películas
estadounidenses
se
consiguió
gracias
al
desarrollo
temprano
de
la
industria
cinematográfica
en
ese
país,
lo
cual
acumuló
experiencias
profesionales,
alto
nivel
técnico
y
conocimiento
avanzado
de
los
mercados.
También
influye
la
sintonía
de
su
producción
con
los
géneros
predilectos
de
los
públicos
de
casi
todo
el
mundo,
o
sea
las
“películas
de
acción”
(thriller,
aventuras,
espionaje).
Pero
no
hubieran
logrado
su
abrumadora
expansión
global
sin
la
estructura
semimonopólica
de
la
distribución
y
la
exhibición
dentro
de
Estados
Unidos,
que
van
imponiendo
al
resto
del
mundo. El
gobierno
estadounidense
da
exenciones
impositivas
a
las
13
compañías
de
ese
país
que
controlan
el
96%
de
la
distribución
y
proyección,
permite
su
concentración
monopólica,
coloca
barreras
a
la
entrada
de
filmes
extranjeros
y
presiona
a
otros
gobiernos,
como
ha
ocurrido
en
México,
para
que
desregulen
la
distribución
y
exhibición
eliminando
cuotas
de
pantalla
y
cualquier
protección
a
las
cinematográficas
nacionales.
Sólo
así
pueden
explicarse
las
cifras
de
las
investigaciones
de
Enrique
Sánchez
Ruiz
en
México
y
Toby
Miller
en
EE.UU.;
en
este
país,
donde
en
los
60
circulaba
un
10%
de
películas
importadas,
ahora
todas
las
extranjeras
no
ocupan
más
que
el
0.75%
del
tiempo
de
pantalla.
Porque
el
cine
estadounidense
es
uno
de
los
más
subsidiados
del
mundo,
esa
sociedad
tan
multicultural
es
monolingüe
en
el
cine
y
en
gran
parte
del
espectáculo
mediático.
Si
12
por
ciento
de
la
población
(35
millones)
es
hispanoparlantes,
es
curioso
que
los
“hispanos”,
que
asisten
en
promedio
de
a
9.9
películas
anualmente,
cifra
mayor
que
la
de
espectadores
anglo
y
afroamericanos,
no
puedan
ver
más
que
una
o
dos
películas
de
España
o
América
Latina
en
varios
años.
Los
Ángeles,
con
6.9
millones
de
hispanoparlantes,
dispone
de
sólo
siete
salas
para
cine
en
esta
lengua,
y
Nueva
York,
con
3.8
millones
de
habitantes
en
español,
no
tiene
ninguna
sala
dedicada
a
este
idioma
en
forma
permanente. Los
privilegios
de
la
producción
hollywoodense
están
trasladándose
a
varios
países
latinoamericanos,
debido
al
control
de
la
distribución
y
la
exhibición,
por
empresas
estadounidenses,
canadienses
y
australianas,
y
también
mediante
el
procedimiento
de
block
booking,
la
contratación
por
paquete
de
películas.
Quiere
decir
que
las
distribuidoras,
para
vender,
por
ejemplo,
El
hombre
araña
o
Matriz,
obligan
a
las
salas
a
comprar
30
filmes
de
bajo
interés
y
calidad,
y
a
programarlas
durante
los
meses
de
mayor
público.
Si
un
exhibidor
nacional,
aunque
sea
tan
poderoso
como
Cinépolis,
con
1002
salas
en
México,
coloca
filmes
no
estadounidenses
(latinoamericanos
o
europeos)
en
las
semanas
preferentes,
será
“sancionado”
por
las
distribuidoras
de
EE.UU.,
privándolo
de
sus
éxitos
de
taquilla. Esta
expansión
sofocante
para
las
cinematografías
latinoamericanas
y
las
presiones
del
gobierno
estadounidense
para
desproteger
las
industrias
nacionales,
están
siendo
parcialmente
compensadas
gracias
a
fondos
recaudados
en
algunos
países
con
pequeñas
cuotas
de
las
entradas
de
cine
y
rentas
de
películas,
y
mediante
los
tiempos
de
pantalla
destinados
a
películas
nacionales.
Las
coproducciones
de
España,
Francia
y
los
apoyos
de
Ibermedia
y
otros
fondos
europeos
han
ido
reactivando
las
cinematografías
de
Argentina,
Chile
y
México.
Si
los
institutos
nacionales
de
cine
desaparecen,
sólo
veremos
las
películas
europeas,
asiáticas
y
latinoamericanas
que
apadrinen
distribuidoras
estadounidenses. “Perder
es
cuestión
de
método”.
El
título
de
una
novela
del
colombiano
Santiago
Gamboa
sirve
para
describir
las
últimas
medidas
de
política
cultural
y
científica
en
méxico.
Lo
demuestra
la
manía
de
pensar
los
gastos
de
cultura
y
ciencia
como
costo
y
no
como
inversión.
Aun
en
términos
económicos
se
conocen
las
ganacias
que
están
generando
las
inversiones
culturales.
Es
más
fácil
que
los
economistas
valoren
los
réditos
simbólicos,
específicamente
culturales,
y
los
frutos
políticos
de
gobernabilidad
y
equidad
derivados
de
políticas
orientadas
a
una
mejor
distribución
y
un
acceso
más
amplio
de
la
población
a
estos
bienes,
así
como
por
la
proyección
internacional
de
la
cultura
mexicana. Es
demasiada
coincidencia
que
el
gobierno
de
México
quiera
desaparecer
instituciones
de
educación,
investigación
y
promoción
de
las
áreas
comunicacionales
y
agropecuarias,
las
dos
en
que
se
concentran
las
disputas
por
el
acceso
de
nuestros
productos
a
los
mercados
del
hemisferio
norte
en
la
OMC
y
el
ALCA.
En
vez
de
suprimir
esos
organismos,
habría
que
encomendarles
estudios
sobre
como
mejorar
la
exportación
para
que
nuestros
productos
agrícolas,
artesanías
y
películas,
entren
en
el
Primer
Mundo. Para
desarrollar
la
producción
endógena
y
exportar
mejor,
las
instituciones
latinoamericanas
debieran
contar
con
estadísticas
culturales
y
estudios
sobre
públicos,
como
ocurre
en
el
departamento
de
investigación
de
los
ministerios
de
cultura
de
Canadá,
Francia
y
los
países
con
desarrollo
cultural
más
consistentes.
Las
negociaciones
de
libre
comercio
vuelven
urgente
contar
con
esta
información
que
hoy
no
tenemos,
así
como
estudios
sobre
cómo
proteger
los
derechos
de
autor,
la
propiedad
en
los
patrimonios
tangibles
e
intangibles.
Colombia
creó
después
de
vacilaciones
su
ministerio
de
cultura.
Chile
acaba
de
establecer
un
Consejo
Nacional
para
la
Cultura
que
coordina
organismos
antes
dispersos
y
planea
una
fuerte
expansión.
Argentina,
Brasil,
Chile
y
Uruguay,
están
buscando
fortalecer
el
Mercosur
y
proteger
conjuntamente
el
desarrollo
endógeno
de
sus
culturas
frente
al
embate
de
Estados
Unidos
y
el
ALCA.
Pero
es
necesario
que
estas
reacciones
críticas
se
conviertan
en
políticas
duraderas.
Por
ejemplo,
conseguir
que
el
presupuesto
de
cultura
se
acerque
al
uno
por
ciento
recomendado
por
la
UNESCO,
que
los
movimientos
culturales
y
los
organismos
públicos
elaboremos
posiciones
acordes
con
la
potencialidad
de
América
Latina
en
las
actuales
condiciones
globales,
sin
dejar
librado
el
lugar
de
los
bienes
culturales
en
los
acuerdos
de
libre
comercio
a
quienes
sólo
valoran
las
películas
o
los
libros
por
el
volumen
de
ventas
y
la
recaudación
fiscal.
Las
políticas
no
crean
cultura,
pero
favorecen
o
perjudican
las
condiciones
de
su
comunicación.
Si
están
a
cargo
de
especialistas
pueden
ayudar
a
no
confundir
el
valor
con
el
precio,
ni
la
libre
comunicación
entre
culturas
con
el
comercio
de
aduanas. García
Canclini,
es
antropólogo,
profesor
e
investigador
de
la
Universidad
Autónoma
de
México
(país
en
el
que
reside)
y
autor
de
ensayos
como
“Culturas
híbridas”
y
“La
globalización
imaginada”. |
|
|
INICIO - ARTES VISUALES - CERTÁMENES - CUENTOS - DE LA MÚSICA