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| OTROS TEXTOS |
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| Néstor García Canclini |
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Paul Ricoeur: un pensador postotalitario ¿Qué
justifica decir que
la obra de Paul
Ricoeur es una de
las más originales
que nos dejó el
siglo XX? No propuso
un sistema teórico
propio en los
tiempos en los que
se era sartreano o
althusseriano o
foucaultiano, y la
filosofía francesa
protagonizaba los
debates mundiales.
Tuvo diálogos críticos
e inteligentes con
Claude Lévi-Strauss
cuando el
estructuralismo
amanecía, y el
autor de El
pensamiento salvaje le
dio un
reconocimiento alto
y sostenido, raro
hacia los que
discreparon con su
obra. Supo percibir
desde los años
sesenta que casi
todas las
investigaciones
filosóficas y científicas
se iban centrando en
el lenguaje: no
conozco una obra tan
consistente que haya
visto los nudos
problemáticos de
este campo
dialogando a la vez
con Husserl,
Heidegger y
Wittgenstein, con
Austin, Piaget y
Chomsky, con
estudios antropológicos
sobre el mito y las
culturas arcaicas,
con diversas
corrientes del
psicoanálisis y la
psicolinguística.
Los tres tomos de Tiempo
y narración culminaron
sus estudios ya
magistrales sobre El
conflicto de las
interpretaciones y
La metáfora viva :
una impresionante
indagación
comparativa de cómo
narran los
historiadores, la
ficción de los trágicos
griegos y de la
novela contemporánea,
los mitos bíblicos,
las utopías y la
conversación
ordinaria. Un
filósofo sin
carrera mediática Todo
esto y mucho más,
cuya sola enumeración
agobiaría una nota
periodística, lo
convirtió en uno de
los filósofos del
mundo más citados y
estudiados. Pocos
diarios
latinoamericanos
anunciaron su muerte
el viernes 20 de
mayo, o lo hicieron
varios días después,
con comentarios
convencionales que
se detuvieron en el
pensador de formación
protestante y
personalista, que
sufrió en un campo
de concentración
nazi, criticó el
autoritarismo soviético
y el neoliberalismo.
Los
diarios franceses,
en la búsqueda difícil
de anécdotas
espectacularizables
de su vida, evocaron
ampliamente que en
1967 participó en
la creación de la
Universidad de Paris
X, en Nanterre, y
dijo un año antes
de mayo del 68 que
había que
“instaurar
relaciones menos anónimas
entre profesores y
alumnos, según la
idea antigua de una
comunidad de
maestros y discípulos”.
No
encuentro ninguna
nota que recuerde el
momento posterior a
la insurgencia del
68, cuando los
puentes entre
estudiantes y
profesores estaban
quebrados, y Ricoeur
surgió como única
figura en la que
todos coincidieron
para que fuese
decano de la
Facultad de Letras.
Los diarios sólo
evocan que en 1970,
en medio de los
tumultos entre
fracciones
hiperpolitizadas, en
un pasillo de
Nanterre un grupo de
alumnos le puso por
sombrero un bote de
basura. Me acuerdo
de las
conversaciones con
otros estudiantes
del curso de
Ricoeur, en aquel año,
acerca de las
dificultades de ser
un decano
independiente, sin
un movimiento político
detrás, cuando se
desdibujan las
tareas académicas
de la universidad. Años
después, en el
libro-entrevista con
François Azavi y
Marc de Laumay, él
explicaba que su
fracaso se debía a
haber intentado
reconstruir la
relación jerárquica
entre docentes y
estudiantes a partir
de vínculos
horizontales:
“articular una
relación asimétrica
y una relación de
reciprocidad es el
laberinto de la política
democrática”. Ni
Hans-George Gadamer,
ni Gianni Vattimo,
que compartieron su
énfasis en la
hermenéutica, han
perseguido con tal
afán enciclopédico
desafiar las
certezas
interpretativas del
sujeto confrontándolas
con tantas
desconstrucciones
contemporáneas. Su
mirada atenta al
pensamiento en
muchas lenguas,
combinando el rigor
filosófico con
tomas de posición lúcidas
sobre las guerras y
los derechos
humanos, y buscando
evitar todo el
tiempo los riesgos
del eclecticismo,
del voluntarismo (y
por supuesto del
populismo mediático),
sólo me parece
comparable con la
trayectoria de Jürgen
Habermas. Seguirán
vivas mucho tiempo
las páginas en que
supo valorar
conjuntamente las críticas
de los “maestros
de la sospecha”,
Marx, Nietzche y
Freud, para
demostrar que el
sujeto y la
conciencia no
existen a priori;
son tareas,
trabajos, procesos
de construcción
practicados en
condiciones sociales
estructuradas.
Heredero de la
tradición
husserliana,
habiendo
profundizado esa
reflexión fenomenológica
sobre el lenguaje
como hecho
expresivo, aceptó
el desafío de
trasladar la
significación a un
área en la que no
se permite
explicarla con la
intencionalidad de
un sujeto a priori,
donde el lenguaje es
visto como una
entidad autónoma de
dependencias
internas. En una
audaz combinación
de la lingüística
chomskiana y de la
filosofía
anglosajona del
lenguaje, Ricoeur
revalidó el aspecto
creador de los
sujetos hablantes.
Al entender el
lenguaje como
producción más que
como producto,
operación
estructurante en vez
de inventario
estructurado, sobre
todo en el nivel semántico,
demostró que el
habla funciona como
intercambiador entre
el sistema y el
acto, la estructura
y el acontecimiento.
La frase, por
ejemplo, es un
acontecimiento, con
una actualidad
transitoria,
evanescente, pero el
habla sobrevive a la
frase: como entidad
desplazable, se
mantiene disponible
para nuevos usos y,
al retornar al
sistema, le da una
historia. Un fenómeno
semejante ocurre con
la polisemia,
incomprensible si no
introducimos esta
dialéctica del
signo y de su uso,
si no tomamos en
cuenta la historia
del uso, el carácter
acumulativo que
adquiere la palabra
al enriquecerse con
nuevas dimensiones
de sentido; este
proceso acumulativo,
metafórico, se
proyecta sobre el
sistema transformándolo.
Los
estudios menos escolásticos
sobre el lenguaje
reconocen las
contribuciones de
Ricoeur para
deslindar la función
semiológica de la
semántica, retomar
en un sentido no
psicologizante las
nociones de
intencionalidad y
expresión, repensar
las convergencias e
incompatibilidades
entre las ciencias y
filosofías del
lenguaje. Sin
embargo, sus
esfuerzos se
concentraron en el
área sintáctica y
semántica. Si bien
al redefinir la
estructura como
“dinamismo
reglado” la vuelve
capaz de dar cuenta
de cómo los sujetos
participan en la
producción de los
acontecimientos y de
formas inéditas, y
no sólo en la
regularidad del
discurso, las
consecuencias más
revolucionarias de
estudiar el lenguaje
en términos de
producción y
generación se
hallan en el campo
de la pragmática.
En cierto modo,
Ricoeur se planteó
superar la oscilación
entre el “sujeto
ensalzado” de
Descartes y el
“sujeto
humillado” de
Nietzche en la teoría
de la acción de sus
últimas obras. Pese
a que esta elaboración,
sobre todo en Sí
mismo como otro ,
tiene el interés de
reunir las certezas
de los sujetos con
“la verificación
de los saberes
objetivos” y con
la mediación de la
alteridad, subsume
la “atestación”
científica en el
momento reflexivo, e
incluso en la
creencia religiosa. La
intermediación como
escena democrática Cuando
terminé de estudiar
filosofía en
Argentina, y suponía
que todo se jugaba
en hallar
articulaciones entre
fenomenología,
estructuralismo y
marxismo, elegí la
obra de Maurice
Merleau Ponty, y a
Paul Ricoeur como
director de tesis,
para tratar de
repensar esas
intersecciones. Me
deslumbró su
lucidez
transdisciplinaria
para comprender los
nexos escondidos o
las razones por las
cuales había
cortocircuitos entre
las ciencias. También
su reflexión política,
que replanteaba los
dilemas fronterizos
con la ética, así
como los del
pensamiento europeo
con los de regiones
lejanas, y me
implicaba en tareas
tan difíciles como
la tesis, por
ejemplo responder a
sus preguntas sobre
el peronismo, bien
informadas sobre los
conflictos internos
de ese movimiento
tan heteróclito y
errático. Para
colmo, algunas
sesiones de asesoría
las daba a las siete
de la mañana, antes
de comenzar su
trabajo como decano
en Nanterre y de que
lo entrevistaran los
periodistas, o a las
8 de la noche, en su
casa. La filosofía
encontraba su lugar,
antes y después de
la vida pública,
para elaborar las
preguntas que surgen
de los dramas
relatados en los
diarios: después
del holocausto, de
Argelia, de Bosnia
¿cómo definir una
política de la
memoria capaz de
guardar el recuerdo
de los crímenes y
hacer lugar al perdón
o a cierta forma de
convivencia, qué
tipo de memoria y
olvido necesitamos
para no borrar lo
sucedido? No es
extraño que sus
textos de los últimos
años sobre estos
temas aparezcan
citados con
frecuencia en
estudios de
Argentina, Chile y
otros países que
sufrieron dictaduras
cuando se analiza qué
hacer con los
culpables del
terror. Subestimado
por el mainstream
del pensamiento
francés (el
lacanismo rechazó
su libro sobre Freud
y los derridianos el
que dedicó a la metáfora),
Ricoeur ha tenido más
repercusión en el
mundo anglosajón,
sobre todo en
Estados Unidos,
donde enseñó
durante los
inviernos varias décadas,
así como en
Alemania, España y
otros países, según
lo demuestran sus
traducciones a más
de treinta lenguas.
Las reflexiones que
dejó sobre su
experiencia en las
universidades
norteamericanas
muestran que su
desconfianza hacia
los sistemas
omnicomprensivos se
prolongó en la crítica
a quienes creían
que hacer política
consistía en
deslizarse por
“fenómenos paroxísticos
de pertenencia
etnocultural”. En
vez de “la ideología
de la diferencia”,
que arruina “el
espíritu crítico
basado en compartir
las mismas reglas y
en participar en
comunidades de
argumentación”,
en vez de “la political
correctness que
tiende hacia una
especie de
maccarthysmo
invertido”, proponía
recomponer la política
valorizando “las
instancias
intermedias” donde
podemos reconocer a
los otros. “El término
reconocimiento me
parece mucho más
importante que el de
identidad” …
“En la noción de
identidad, hay sólo
la idea de lo mismo,
mientras que el
reconocimiento es un
concepto que integra
directamente la
alteridad, que
permite una dialéctica
de lo mismo y lo
otro. La
reivindicación de
la identidad tiene
siempre alguna cosa
de violenta respecto
del otro. Al
contrario, la búsqueda
del reconocimiento
implica la
reciprocidad”. La
facilidad para leer
a Ricoeur sin la
exigencia de adherir
a un sistema hace
posible recurrir a
él para seguir
pensando dilemas limítrofes
de casi todas las
ciencias humanas y
de las prácticas
políticas
enfrentadas. En este
tiempo de
desprestigio de los
saberes absolutos,
su elaboración de
“mediaciones
imperfectas” entre
disciplinas, de una
“dialéctica
inacabada” entre
la doxa y la
episteme, entre
“la sensación
fugitiva y
contingente, y la
ciencia estable y
necesaria”, puede
nutrir la paciencia
de quienes desean
pensar y actuar sin
descuidar ninguna de
las dos tareas. |
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