|
Traducción de Juan Luis
Vermal, publicada por
Ediciones Destino en
Barcelona en abril de 2000
La Justicia
Nietzsche reserva las
expresiones «lo verdadero» y
«la verdad» para lo que
Platón denomina lo
«verdaderamente ente» (wvtnö
nö,
wÇyhlŒ
nö),
con lo que se alude al ser
del ente, a la idea. Por
eso, «lo verdadero» y «el
ente», «el ser» y «la
verdad» significan para
Nietzsche lo mismo. Pero
puesto que piensa de modo
moderno, la verdad no es
sólo en general una
determinación del conocer
que representa sino que,
conforme a la transformación
del representar en remitir
asegurador, consiste en
poner lo constante. El tener
la «verdad» es el
tener-por-verdadero que
re-presenta (La
voluntad de poder,
n. 507). Lo verdadero es
lo fijado en el pensar
representante y por lo tanto
lo consistente. Pero éste,
después de la
transvaloración nihilista,
no tiene más el carácter de
lo suprasensible que está en
sí allí delante. Lo
consistente asegura la
existencia consistente de lo
viviente, en la medida en
que éste necesita un entorno
fijo a partir del cual
conservarse.
Pero la conservación no es
la esencia de lo viviente
sino sólo un rasgo
fundamental de esa esencia
que, en su carácter más
propio, es en cambio
acrecentamiento. Puesto que
la conservación pone en cada
caso algo fijo como
condición necesaria de la
conservación y el
acrecentamiento, pero el
poner tales condiciones es
necesario desde la esencia
de la voluntad de poder y,
en cuanto posición de
condiciones, tiene el
carácter de una posición de
valores, lo verdadero, en
cuanto consistente, tiene el
carácter del valor. La
verdad es un valor necesario
para la voluntad de poder.
Pero el volver consistente
fija en cada caso lo que
deviene. Lo verdadero,
puesto que es lo
consistente, representa por
lo tanto lo real que esencia
en el devenir precisamente
tal como no
es. Así, lo verdadero es lo
no
adecuado al ente en el
sentido de lo que deviene es
decir a lo
propiamente real, y es por
consiguiente lo falso, si se
piensa la esencia de la
verdad, de acuerdo con la
determinación metafísica
usual desde hace tiempo,
como adecuación del
representar a la cosa . Y
Nietzsche piensa en efecto
la verdad en ese sentido.
Cómo podría, de lo
contrario, enunciar así la
correspondiente delimitación
esencial de la verdad:
«Verdad es la especie de
error
sin la cual una determinada
especie de seres vivientes
no podría vivir. El valor
para la vida
decide en última
instancia.» (La
voluntad de poder,
n. 493)
La verdad es ciertamente un
valor necesario para la
voluntad de poder.
«Pero la verdad no vale como
medida suprema de valor,
menos aún como poder
supremo.» (La voluntad
de poder, n.
853, III)
La verdad es la condición de
la conservación de la
voluntad de poder. La
conservación es un modo
necesario pero nunca
suficiente -es decir, que
nunca sustenta propiamente
su esencia- del ejercicio de
poder de la voluntad de
poder. La conservación
queda esencialmente al
servicio del
acrecentamiento. El
acrecentamiento va en cada
caso más allá de lo
conservado y del
correspondiente conservar; y
esto no mediante el mero
agregado de más poder. El
«más» de poder consiste en
que el acrecentamiento abre
nuevas posibilidades del
poder más allá de aquél,
transfigura a la voluntad de
poder en dirección de esas
posibilidades superiores y
desde allí la incita al
mismo tiempo a que penetre
en su esencia propia, es
decir, a que sea una
sobrepotenciación de sí
misma.
En la esencia del
acrecentamiento del poder
así entendida se cumple el
«concepto superior» del
arte. Su esencia puede
observarse en la «obra de
arte allí donde aparece
sin
artista, por ejemplo como
cuerpo, como organización
(el cuerpo de oficiales
prusianos, la orden de los
Jesuitas). En qué medida el
artista sólo es un estadio
previo» (La voluntad
de poder, n.
796). La esencia del
auténtico rasgo fundamental
de la voluntad de poder, o
sea el acrecentamiento, es
el arte. Sólo él determina
el carácter fundamental del
ente en cuanto tal,
es decir, lo metafísico del
ente. Por eso ya pronto
Nietzsche llama al
arte la «actividad
metafísica» (La
voluntad de poder,
n. 853, IV). Puesto
que el ente en cuanto
tal (en cuanto voluntad de
poder) es en esencia arte,
en el sentido de la
metafísica de la voluntad de
poder el ente en su
totalidad tiene que ser
comprendido como «obra de
arte»:
«El mundo como una obra de
arte que se da a luz a sí
misma ... » (La
voluntad de poder,
n. 796)
Este proyecto metafísico del
ente en cuanto tal en su
totalidad realizado con
vistas al arte no tiene nada
en común con una
consideración estética del
mundo; al menos que se
entienda la estética tal
como Nietzsche quiere que se
la entienda:
«psicológicamente».
Entonces la estética se
transforma en la dinámica
que interpreta todo ente
siguiendo el hilo conductor
del «cuerpo». Pero dinámica
quiere decir aquí el
ejercicio del poder de la
voluntad de poder.
El arte es la condición
suficiente de sí mismo
condicionada por la voluntad
de poder como
acrecentamiento. Es el valor
decisivo en la esencia del
poder. En la medida en que
en la esencia de la voluntad
de poder el acrecentamiento
es más esencial que la
conservación, también el
arte es más condicionante
que la verdad, aunque ésta,
en otro respecto, condiciona
a su vez al arte. Por eso,
al arte, a diferencia de la
verdad, le es «más» propio
el carácter de valor, es
decir le pertenece en un
sentido más esencial.
Nietzsche sabe «que el arte
tiene más valor
que la verdad» (La
voluntad de poder,
n. 853, IV; cfr. n.
822).
En cuanto valor necesario,
la verdad tiene, sin
embargo, dentro de la
esencia unitaria de la
voluntad de poder, una
referencia esencial al arte,
del mismo modo que la
conservación la tiene
respecto del
acrecentamiento. La esencia
plena de la verdad sólo
puede aprehenderse, por lo
tanto, si en ella son
también pensados su
referencia al arte y el arte
mismo. A la inversa, la
esencia del arte remite a la
esencia de la verdad antes
determinada. El arte abre,
transfigurando,
posibilidades superiores de
sobreacrecentar la
respectiva voluntad de
poder.
Esta posibilidad no es ni la
no contradicción de la
lógica ni lo realizable de
la praxis, sino el
centellear de lo que aún no
ha sido osado y que por lo
tanto no está aún allí
delante. Lo puesto en la
apertura que transfigura
tiene el carácter de
apariencia [Schein].
A esta palabra se le
debe mantener su esencial
ambigüedad: apariencia en el
sentido de lucir y brillar
(el sol brilla) y apariencia
en el modo del mero parecer
así (el arbusto que en el
camino nocturno parece ser
un hombre pero es sólo un
arbusto). Aquélla es la
apariencia como
comparecer [Aufschein],
ésta la apariencia como
parecer
[Anschein]
- Pero puesto que
incluso la apariencia en el
sentido de comparecer hace
que la totalidad del ente en
su devenir se fije y vuelva
consistente en determinadas
posibilidades, resulta al
mismo tiempo una apariencia
que no es adecuada a lo que
deviene. Así, la esencia del
arte, en cuanto voluntad de
apariencia como comparecer,
muestra también su conexión
con la esencia de la verdad,
en la medida en que ésta es
comprendida como el error
necesario para asegurar la
existencia consistente, es
decir como mera apariencia.
La esencia plena de lo que
Nietzsche llama verdad y
delimita en primer lugar
como apariencia necesaria en
relación con el poder no
contiene sólo la referencia
al arte, sino que, más bien,
sólo puede tener el
fundamento unitario de su
determinación en lo que
previamente sustenta de modo
unitario la verdad y el arte
en su esencial referencia
recíproca. Pero esto es la
esencia unitaria de la
voluntad de poder misma,
comprendida ahora, sin
embargo, como el
llevar-a-brillar-y-aparecer
aquello que condiciona su
dar poder para la
sobrepotenciación de sí
mismo. No obstante, en lo
que Nietzsche llama verdad e
interpreta como «error», se
destaca al mismo tiempo, la
adecuación al ente como
determinación conductora de
la esencia de la verdad.
Asimismo, la interpretación
del arte en el sentido de la
apariencia transfigurante
reivindica sin saberlo el
abrir y llevar-a-lo-abierto
(el desocultar) como
determinación conductora.
Adecuación y desocultación,
adaequatio
y
aiey®lŒ,
imperan en el concepto de
verdad nietzscheano como el
eco que nunca se extingue y
sin embargo permanece
totalmente inadvertido de
la esencia metafísica de la
verdad.
En el comienzo de la
metafísica se decide acerca
de la esencia de la verdad
como
aiey®lŒ
(desocultamiento y
desocultación) de manera tal
que en el futuro esa esencia
retrocede, aunque sin
desaparecer nunca, frente a
la determinación, que tiene
en aquélla su raíz, de la
verdad como adecuación (zisvÛomñ,
adaequatio).
La metafísica no atenta en
ningún momento contra la
esencia de la verdad
imperante desde entonces
como apertura adecuante del
ente por medio del
representar, pero deja sin
embargo que el carácter de
apertura y desocultación,
incuestionado, se hunda en
el olvido. Mas este olvido,
tal como corresponde a su
esencia, se olvida
completamente a sí mismo
desde el instante histórico
en el que el representar se
transforma en el
autoasegurante remitir de
todo lo representable, o
sea, en certeza en la
conciencia. Cualquier otra
cosa en la que el
representar pudiera aún
fundarse como tal queda
negada.
Pero la negación es lo
contrario de la superación.
Por eso, la esencia de la
verdad en el sentido de
desocultamiento tampoco
puede nunca volver a
introducirse en el
pensamiento moderno, porque
efectivamente ya
siempre y aún
está imperando, aunque
transformada, trastocada,
desfigurada y, por lo tanto,
no reconocida. Como todo lo
olvidado, la esencia así
olvidada de la verdad no es
una nada. Únicamente esto
aquí olvidado lleva a la
metafísica de la
subjetividad incondicionada
y acabada a colocarse,
partiendo de su oculto
inicio, en la extrema
contraesencia de la
determinación inicial de la
verdad.
La verdad como aseguramiento
de la existencia consistente
del poder está referida por
esencia al arte como
acrecentamiento del poder.
Verdad y arte están
esencialmente unidos a
partir de la unidad simple
de la voluntad de poder.
Aquí tiene la plena esencia
de la verdad su oculto
fundamento determinante. Lo
más íntimo que impulsa a la
voluntad de poder hacia su
extremo es que se quiere a
sí misma en su
sobrepotenciación: la
subjetividad incondicionada
pero inversa. Desde que el
ente en cuanto tal en su
totalidad comenzó a
desplegarse en el modo de la
subjetividad, también el
hombre se ha convertido en
sujeto. Puesto que, en
virtud de su razón se
comporta respecto del ente
representando, el hombre
es en
medio del ente en total
remitiendo a sí a éste y
poniéndose en ello a sí
mismo necesariamente en todo
re-presentar.
El modo en el que el hombre
es en el sentido de la
subjetividad determina al
mismo tiempo quién es:
aquel ente ante el cual
es llevado todo ente y por
el cual todo ente es
justificado como tal. El
hombre se convierte así en
el fundamento y la medida,
que descansan sólo sobre sí,
de la verdad sobre el ente
en cuanto tal. Esto implica:
con el despliegue del ser
como subjetividad comienza
la historia de la humanidad
occidental como liberación
del ser humano hacia una
nueva libertad. Esta
liberación es el modo en que
se lleva a cabo la
transformación del
representar: del percibir [Vernehmen]
como recibir (nÝeon)
al percibir como
interrogatorio [Ver-hör]
y jurisdiccionalidad
(per-ceptio).
La transformación del
representar es ya, sin
embargo, la consecuencia de
una transformación en la
esencia de la verdad. El
fundamento de este acontecer
del que surge la nueva
libertad le permanece oculto
a la metafísica. Pero de él
surge la nueva libertad.
La liberación para la nueva
libertad es, negativamente,
el desligarse de la
seguridad de salvación
cristiano-eclesiástica,
creyente en la revelación.
Dentro de ésta, la verdad de
la salvación no se limita a
la referencia fideística a
Dios sino que, al mismo
tiempo, decide acerca del
ente. Lo que se llama
filosofía queda como sierva
de la teología. El ente, en
sus diferentes órdenes, es
lo creado por el Dios
creador y lo que por medio
del Dios redentor es
nuevamente elevado de la
caída y devuelto a lo
suprasensible. La liberación
respecto de la verdad como
certeza de salvación, puesto
que coloca al hombre en el
ámbito libre de la
inseguridad y se atreve a la
osadía de su propia elección
esencial, tiene que ir, sin
embargo, en sí misma hacia
una libertad que proporcione
ahora con mayor razón un
aseguramiento del hombre y
que determine de manera
nueva la seguridad.
El aseguramiento sólo puede
realizarse ahora desde y
para el hombre mismo. En la
nueva libertad, la humanidad
quiere estar segura del
autodespliegue
incondicionado de todas las
facultades para el dominio
ilimitado sobre toda la
tierra. A partir de esa
seguridad, el hombre tiene
certeza del ente y de sí
mismo. Esta certeza no sólo
ejecuta la apropiación de
una verdad en sí, sino que
es la esencia de la verdad
misma. La verdad se
convierte en la puesta en
seguro de todo ente,
asegurada por el hombre
mismo, para instituirse de
modo dominante en su
totalidad. La nueva
libertad señala en dirección
del despliegue de la nueva
esencia de la verdad, que se
instaura en primer lugar
como la autocerteza de la
razón representante.
Pero puesto que la
liberación para una nueva
libertad en el sentido de
una autolegislación de la
humanidad comienza como una
liberación respecto de
la certeza de salvación
cristiano-suprasensible,
esta liberación sigue
referida, en su rechazo, al
cristianismo. Por ello, a la
mirada que sólo se dirige
hacia atrás, la historia de
la nueva humanidad se le
aparece fácilmente como una
secularización del
cristianismo. Pero la
secularización que traslada
lo cristiano al «mundo»
necesita de un mundo que
haya sido previamente
proyectado desde exigencias
no cristianas. Sólo en el
interior de éste puede
desplegar e instaurarse la
secularización. El mero
alejamiento del cristianismo
no significa nada si
previamente y para ello no
se ha determinado una nueva
esencia de la verdad y no se
ha hecho aparecer el ente en
cuanto tal en su totalidad
desde esa nueva verdad. Pero
esta verdad del ser en el
sentido de la subjetividad
sólo despliega sin
limitaciones su esencia si
el ser del ente se lleva al
poder de modo incondicionado
y acabado como subjetividad.
Por lo tanto, sólo en la
metafísica de la voluntad de
poder la nueva libertad
comienza a elevar su plena
esencia a ley de una nueva
legalidad. Con esta
metafísica, la nueva época
se eleva por vez primera al
dominio completo de su
esencia. Lo que le precede
es un preludio. Por ello, la
metafísica moderna sigue
siendo hasta Hegel
interpretación del ente en
cuanto tal, ontología, cuyo
logos se experimenta de modo
cristiano-teológico como
razón creadora y se funda en
el espíritu absoluto
(onto-teo-logía). Sin duda,
el cristianismo aún sigue
siendo en adelante un
fenómeno histórico. Por
medio de modificaciones,
acomodaciones y compromisos
se reconcilia en cada caso
con el nuevo mundo y con
cada uno de sus progresos
renuncia de modo más
decisivo a su anterior
fuerza conformadora de
historia; pues la
explicación del mundo que
reivindica está ya fuera de
la nueva libertad.
Por el contrario, apenas el
ser del ente como voluntad
de poder se traslada a la
verdad que le es adecuada,
la nueva libertad puede
llevar a cabo la
justificación de su esencia
a partir del ser del ente en
su totalidad así
determinado. Pero a este
ser le tiene que
corresponder, al mismo
tiempo, la esencia de tal
justificación. La nueva
justificación de la nueva
libertad exige, como
fundamento determinante, una
nueva justicia. Éste es el
camino decisivo de la
liberación hacia la nueva
libertad.
En una nota del año 1884 que
lleva por título «Los
caminos de la
libertad»,
Nietzsche dice:
«Justicia
como modo de pensar
constructivo, eliminador,
aniquilador, a partir de las
estimaciones de valor:
supremo representante de
la vida misma.»
(XIII, 42)
Justicia, en cuanto «modo de
pensar», es un re-presentar,
es decir un fijar «a partir
de estimaciones de valor».
En este modo de pensar se
fijan los valores, las
condiciones de la voluntad
de poder relativas a un
punto de vista. Nietzsche no
dice que Injusticia sea
un modo de
pensar entre otros a partir
de (arbitrarias)
estimaciones de valor. De
acuerdo con su formulación,
la justicia es un pensar a
partir de «las» estimaciones
de valor explícitamente
llevadas acabo. Es el pensar
en el sentido de la voluntad
de poder, que es la única
que pone valores. Este
pensar no es una
consecuencia de las
estimaciones de valor, es el
llevar a cabo la estimación
misma. Esto queda
atestiguado por la manera en
que Nietzsche caracteriza la
esencia de este «modo de
pensar». Tres
determinaciones expresivas,
y nombradas además en una
sucesión esencial, guían la
mirada esencial hacia su
constitución.
El modo de pensar es
«constructivo». Levanta
aquello que no está aún como
algo allí delante y quizá no
lo llegue a estar nunca. El
levantar es un erigir. Va
hacia lo alto, y de manera
tal que sólo así se abre y
conquista la altura. La
altura que se escala en el
construir asegura la
claridad de las condiciones
bajo las cuales se encuentra
la posibilidad de ordenar.
Sólo desde la claridad de
esta altura puede ordenarse
de modo tal que en la orden
todo obedecer se transfigure
en querer. Esta altura
señala la dirección hacia lo
recto.
El pensar «constructivo» es
al mismo tiempo
«eliminador». De esta manera
fija y mantiene firme lo que
puede sostener la
construcción y rechaza lo
que la pone en peligro. De
tal forma asegura el
fundamento de la
construcción y selecciona
los materiales para la
misma.
El pensar
constructivo-eliminador es
al mismo tiempo
«aniquilador». Destruye
aquello que, por solidificar
y tirar hacia abajo, impide
el constructivo
elevarse-a-lo-alto. El
aniquilar asegura contra el
embate de todas las
condiciones de la
declinación. El construir
requiere el eliminar. En
todo construir (en cuanto
crear) está ya incluido el
destruir.
Las tres determinaciones de
la esencia de la justicia
como modo de pensar no sólo
están ordenadas de acuerdo
con su rango sino que
expresan sobre todo la
movilidad interna de este
pensar. Construyendo se
dirije hacia lo alto,
erigiendo así la misma
altura, de ese modo se eleva
sobre si mismo, se
diferencia respecto de lo
inadecuado y erradica sus
condiciones. La justicia, en
cuanto tal pensar, es el
devenir señor de sí mismo
desde el escalar que a la
vez erige la altura suprema.
Ésta es la esencia de la
voluntad de poder misma. Por
eso los dos puntos del texto
conducen a la enfática
caracterización de la
justicia en la que se recoge
lo dicho: «supremo
representante de la vida
misma». «Vida» es,
para Nietzsche, sólo otra
palabra para ser. Y ser es
voluntad de poder.
¿En qué sentido es la
justicia el supremo
representante de la voluntad
de poder? ¿Qué quiere decir
aquí «representante» [Repräsentant]?
La palabra no designa aquí a
quien está en lugar de algo
que él mismo no es. Tampoco
tiene el significado de
«expresión», que
precisamente en
cuanto tal no es nunca lo
expresado mismo. Si lo
fuera, no podría ni tendría
que ser expresión. El
«representante» sólo tiene
su auténtica esencia allí
donde la «representación» [Repräsentation]
tiene una necesidad
esencial. Ésta aparece
apenas se determina en
general el ser como
re-presentar [Vor-stellen]
(re-praesentare).
Pero este re-presentar
tiene su esencia plena en
llevarse a la presencia ante
sí mismo en lo abierto
marcado y mensurado
exclusivamente por él. De
este modo, la esencia del
ser se determina como
subjetividad. Ésta, en
cuanto representación,
requiere al representante,
el cual, al representar,
hace aparecer en cada caso
al ente mismo en su ser, es
decir, en la presencia, en
la
aÛsuorap,
y es
así el ente.
La voluntad de poder, el
esencial entrelazamiento de
acrecentamiento y
conservación del poder, al
darse poder a sí misma para
sobrepotenciarse, lleva a su
propia esencia al poder, es
decir a aparecer en el ente.
Voluntad de poder es
representación que pone
valores. Pero el
construir es el modo supremo
de acrecentamiento. La
eliminación que distingue y
preserva es el modo supremo
de conservación. La
aniquilación es el modo
supremo de la contraesencia
de la conservación y el
acrecentamiento.
La unidad esencial de estos
tres modos, es decir la
justicia, es la voluntad de
poder misma en su suprema
altura esencial. Pero lo
supremo de ella consiste en
ese poner las condiciones de
sí misma. La voluntad
de poder se da poder para su
esencia poniendo como
condiciones «puntos de
vista». De esa manera hace
que aparezca [erscheinen]
en una unidad lo fijado
y lo que deviene en su doble
apariencia [Scheinen].
Pero dejando que
aparezca así, se hace
aparecer ella misma como
aquello que el dejar
aparecer que ejerce el poder
es en lo más
íntimo, en la doble
apariencia del comparecer [Aufschein]
y el parecer [Anschein].
La esencia de la verdad
asumida y preservada, aunque
más no sea en el completo
olvido, por toda metafísica,
es el hacer aparecer como
desocultar de lo oculto: el
desocultamiento. Por lo
tanto la «justicia», por ser
el modo supremo de la
voluntad de poder, es
auténtico fundamento
determinante de la esencia
de la verdad. En la
metafísica de la
subjetividad incondicionada
y acabada de la voluntad de
poder, la verdad esencia [west]
como «justicia».
No obstante, para pensar la
esencia de la justicia de
manera adecuada a esta
metafísica hay que excluir
todas las representaciones
acerca de la justicia que
provienen de la moral
cristiana, humanista,
iluminista, burguesa y
socialista. Lo justo [das
Gerechte]
sigue siendo, ciertamente,
lo que se adecua a lo
«recto» [das Rechte].
Pero lo recto, lo que
indica la dirección [Richtung]
y da la medida, no
existe en sí. Lo
recto da el derecho [das
Recht] a
algo. Pero lo recto se
determina a su vez a partir
de lo que es de «derecho».
La esencia del derecho la
define Nietzsche, sin
embargo, del siguiente modo:
«Derecho = la voluntad de
eternizar una respectiva
relación de poder» (XIII,
205). La justicia es
entonces la facultad de
poner el derecho así
comprendido, es decir, de
querer esa voluntad. Este
querer sólo puede ser como
voluntad de poder. Por
eso, la segunda nota de
Nietzsche sobre la justicia,
casi contemporánea de la
primera (del año 1884), dice
lo siguiente:
Justicia
como función de un poder que
mira lejos en torno a sí,
que ve más allá de las
pequeñas perspectivas del
bien y del bien y del mal,
que tiene, por lo tanto, un
horizonte de ventaja
más amplio; la
intención de conservar algo
que es más
que esta o aquella
persona.» (XIV, 80)
Es difícil no percibir la
consonancia de las dos
determinaciones esenciales
de la «justicia»: justicia,
«supremo representante de la
vida misma», y justicia,
«función de un poder que
mira lejos en torno a sí».
Función significa aquí
«funcionar», llevar a cabo
como despliegue esencial, y
por lo tanto el modo en el
que el poder aquí nombrado
es propiamente poder.
Función alude al mismo
«poder que mira lejos en
torno a sí».
¿Hasta dónde mira en torno?
En todo caso «ve más allá de
las pequeñas perspectivas
del bien y del mal». «Bien y
mal» son los nombres que
designan los puntos de vista
de la posición de valores
habida hasta el momento, que
reconoce como ley vinculante
algo suprasensible en sí. La
mirada que atraviesa
abriéndose sobre los valores
hasta el momento supremos es
«pequeña», a diferencia de
la grandeza del «gran
estilo», en el que se
prefigura el modo en el que
la transvaloración
nihilista-clásica de todos
los valores habidos hasta el
momento se convierte en el
rasgo fundamental de la
historia que comienza. El
poder que mira lejos en
torno a sí, en cuanto poder
perspectivista, es decir que
pone valores, supera todas
las perspectivas habidas
hasta el momento. Es aquello
de lo que parte la nueva
posición de valores y que
predomina en toda nueva
posición de valores:
el principio
de la nueva posición de
valores. El poder que mira
lejos en torno a sí es la
voluntad de poder que se
reconoce a sí misma. En una
lista de lo que hay que
pensar «Para la historia del
ofuscamiento moderno», se
indica de modo conciso:
«Justicia como voluntad de
poder (adiestramiento)» (La
voluntad de poder,
n. 59).
La justicia es un ir
más allá,
poniendo puntos de vista, de
las perspectivas habidas
hasta el momento. ¿En qué
círculo visual pone sus
puntos de visión este «modo
de pensar constructivo»?
Tiene «un horizonte de
ventaja
más amplio». Nos quedamos
sorprendidos. Una justicia
que pone la mira en la
ventaja indica de manera
suficientemente capciosa y
basta hacia el dominio de la
utilidad, el aprovechamiento
y el cálculo. Además,
Nietzsche subraya en su
manuscrito la palabra
«ventaja», para no dejar
ninguna duda de que la
justicia de la que aquí se
trata se dirige
esencialmente a la
«ventaja».
La palabra «Vor-teil»
[ventaja, parte previa],
de acuerdo con su auténtico
significado, entretanto
perdido, se refiere a la
parte adjudicada de antemano
antes de hacer una partición
y reparación. La justicia es
el adjudicar, previo a todo
pensar y actuar, de aquello
en lo que pone
exclusivamente la mira. Esto
es: «conservar algo que es
más que esta o
aquella persona». No es una
fácil utilidad lo que está
en la mira de la justicia,
ni seres humanos
determinados, ni tampoco
comunidades, ni tampoco «la
humanidad».
La justicia mira más allá,
hacia esa humanidad que debe
ser troquelada y
seleccionada para formar ese
tipo que posea la propiedad
esencial de instaurar el
dominio incondicionado sobre
la tierra; pues sólo por
intermedio de éste la
esencia incondicionada de la
voluntad pura llega a
aparecer ante sí, es decir,
llega al poder. La justicia
es el adjudicar, en una
construcción previa, las
condiciones que aseguran un
conservar, es decir un
preservar y un conseguir.
El «algo» que quiere
conservarse en la justicia
es, sin embargo, el volverse
consistente de la esencia
incondicionada de la
voluntad de poder como
carácter fundamental del
ente. La voluntad de poder
tiene el carácter del
devenir.
«Imprimir
al devenir el carácter del
ser, ésa es la suprema
voluntad de poder.»
(La voluntad de
poder, n.
617)
Esta suprema voluntad de
poder, que es el volver
consistente al ente en su
totalidad, desvela su
esencia como justicia.
Puesto que sustenta y
predomina en todo hacer
aparecer y todo desocultar,
es la esencia más
íntima de la verdad.
Al devenir se le imprime
el carácter del ser en
cuanto el ente en su
totalidad llega al aparecer
como «eterno retorno de lo
mismo». Ahora bien, se había
dicho, sin embargo, que el
volver consistente del
devenir era en cada caso una
«falsificación» y que en la
«cima de la consideración»
todo se convertía entonces
en una apariencia. El propio
Nietzsche comprende la
esencia de la verdad
como una
«especie de error». Éste es
acuñado y justificado en su
genero por el fundamento
determinante de la esencia
de la verdad, por la
justicia.
Sin embargo, la verdad sólo
sigue siendo una especie de
error y engaño mientras se
la piense, de acuerdo con su
concepto no desplegado,
aunque corriente, como
adecuación a lo real. Por el
contrario, el proyecto que
piensa el ente en su
totalidad como «eterno
retorno de lo mismo» es un
pensar en el sentido de
aquel eminente modo de
pensar constructivo,
eliminador y aniquilador. Su
verdad es e1 «supremo
representante de la vida
misma». Del pensamiento que
aquél piensa, se
dice: «La vida misma creó
este pensamiento, el más
grave para, la vida». Es
verdadero porque es justo,
en cuanto hace aparecer la
esencia de la voluntad de
poder en su forma suprema.
La Voluntad de poder, en
cuanto carácter fundamental
del ente, justifica el
eterno retorno de lo mismo
como la «apariencia» en cuyo
esplendor resplandece el
triunfo supremo de la
voluntad de poder. En esta
victoria aparece la esencia
acabada de la voluntad de
poder misma.
Sólo desde la esencia de la
nueva justicia se decide
también el tipo de
justificación que le es
adecuada. Ésta no consiste
ni en la adecuación a algo
allí delante ni en la
apelación a leyes válidas en
sí. Toda pretensión de una
justificación de este tipo
queda sin fundamento ni eco
en el ámbito de la voluntad
de poder. La justificación
consiste, por el contrario,
en lo único que satisface la
esencia de la justicia en
cuanto «supremo
representante de la voluntad
de poder». Es la
representación. Por el hecho
de mostrarse en el campo del
poder como una forma de la
voluntad de poder, un ente
está ya en su
derecho, es decir en la
voluntad que se ordena a sí
misma su sobrepotenciación.
Sólo de este modo puede
decirse de él que es un ente
en el sentido de la verdad
del ente en cuanto tal en su
totalidad.
Las cinco expresiones
fundamentales: «voluntad de
poder», «nihilismo», «eterno
retorno de lo mismo»,
superhombre» y «justicia»
corresponden a la esencia de
la metafísica articulado en
cinco momentos. Pero la
esencia de esa unidad,
dentro de la metafísica y
para ella misma, permanece
encubierta. El pensamiento
de Nietzsche obedece a la
unidad oculta de la
metafísica, de la cual debe
constituir, ocupar y
elaborar su posición
fundamental no concediendo a
ninguna de las cinco
expresiones la primacía
exclusiva de ser el único
título que pudiera guiar la
estructuración del
pensamiento. El pensamiento
de Nietzsche se mantiene en
el movimiento interno de la
verdad en la medida en que,
conducido en cada caso por
cada una de las expresiones
fundamentales, abarca con la
mirada la totalidad y
percibe la consonancia de
todas. Esta inquietud
esencial de su pensamiento
testimonia que Nietzsche
resiste al mayor peligro que
amenaza a un pensador:
abandonar el lugar de
destino inicialmente
asignado a su posición
fundamental y hacerse
comprensible desde algo
extraño e incluso pasado. Si
después vienen extraños que
encubren la obra con títulos
extraños, que hagan lo que
más les plazca.
Pero si el intento hecho
aquí de señalar la unidad
oculta de la metafísica de
Nietzsche le da, no
obstante, el nombre de
metafísica de la
subjetividad incondicionada
y acabada de la voluntad de
poder, ¿no se está forzando
lo que Nietzsche había
evitado: la clasificación
histórica hecha desde
afuera, que sólo mira hacia
atrás, o más aún, el siempre
funesto y fácilmente maligno
cómputo historiográfico? ¡Y
esto, además, sobre la base
de un concepto de metafísica
que el pensamiento de
Nietzsche ciertamente
satisface y confirma, pero
no fundamenta ni proyecta en
ninguna parte!
Estos interrogantes no hacen
más que impulsar a plantear
esta única pregunta: ¿en qué
tiene su fundamento la
unidad esencial de la
metafísica? ¿Dónde tiene su
origen la esencia de la
metafísica? La solución de
estas cuestiones tiene que
decidir si un repensar de
este tipo sólo aporta una
teoría añadida sobre la
metafísica, con lo que
permanece entonces
indiferente, o si, por el
contrario, este repensar es
una meditación y, entonces,
también una decisión.
Si la metafísica de
Nietzsche es caracterizada
como la metafísica de la
voluntad de poder, ¿no
adquiere prioridad una
expresión fundamental? ¿Por
qué precisamente ésa? ¿Se
basa la preeminencia de esa
expresión fundamental en que
la metafísica de Nietzsche
es experimentada aquí como
la metafísica de la
subjetividad incondicionada
y acabada? ¿Si la metafísica
es, en general, la verdad
del ente en cuanto tal en su
totalidad, por qué no habría
de caracterizar a la
metafísica de Nietzsche la
expresión «justicia», que
nombra el rasgo fundamental
de la verdad de esa
metafísica?
Nietzsche desarrolló
expresamente la esencia de
justicia sobre la base de la
voluntad de poder sólo en
las dos notas comentadas,
que él mismo nunca publicó.
No declaró nunca a la nueva
justicia como el fundamento
determinante de la esencia
de la verdad. Pero en la
época en
que redacta esas dos
interpretaciones de la
esencia de la justicia,
Nietzsche sabe una cosa: que
hasta entonces una
comprensión
decisiva no había alcanzado
nunca en él una verdadera
claridad. En el fragmento de
un prefacio (1885-1886) a la
obra Humano, demasiado
humano (1878)
en el que se ofrece una
mirada retrospectiva,
escribe lo siguiente:
«Tardíamente sucedió que me
di cuenta de qué me faltaba
en realidad por completo:
la justicia.
“¿Qué es justicia? ¿Y es
posible? ¿Y si no fuera
posible, cómo podría
soportarse la vida?”: así me
preguntaba de modo
incesante. En cualquier lado
en que escarbara dentro mío
me angustiaba profundamente
encontrar sólo pasiones,
sólo perspectivas desde un
cierto ángulo, sólo la
irreflexividad de aquello a
lo que le faltan ya las
condiciones previas para la
justicia: ¿pero dónde estaba
el discernimiento?; es
decir, el discernimiento que
proviene de una comprensión
más abarcadora.» (XIV, 385
s.)
Desde esta comprensión
tardía se vierte
retrospectivamente, sin
embargo, una luz sobre ese
temprano presentimiento que
domina en todas
partes el pensamiento de
Nietzsche y que en la
segunda Consideración
intempestiva
(«De la utilidad y
desventaja de la Historia
para la vida», n. 6)
pone expresamente a la
«justicia» en el lugar de la
rechazada «objetividad» de
las ciencias históricas;
esto, sin embargo, sin
comprender la esencia de la
objetividad metafísicamente
a partir de la
subjetividad y sin saber aún
del carácter fundamental de
la justicia, de la voluntad
de poder.
Pero suponiendo que se
conciba a la esencia de la
voluntad de Poder como la
subjetividad incondicionada
y, por haber sido invertida,
también como la
subjetividad sólo entonces
acabada; suponiendo además
que se piense
metafísicamente la esencia
de la subjetividad del
sujeto; y suponiendo
finalmente que la esencia
olvidada de la verdad
metafísica sea nuevamente
recordada como el
desocultamiento de lo oculto
(aiey®lŒ),
y no simplemente como objeto
de opinión y repetición;
suponiendo todo esto, ¿no
supera el peso de esta
concisa nota sobre la
«justicia», concisa por
estar verdaderamente
conformada, a todas las
demás consideraciones de
Nietzsche sobre la
esencia de la verdad, en las
que sólo resuenan las
«teorías del conocimiento»
contemporáneas? Pero puesto
que, de todos modos, en el
pensamiento de Nietzsche
queda oculto que y cómo la
«justicia» es el rasgo
esencial de la verdad, no es
lícito elevar la expresión
fundamental «justicia» al
rango de título principal de
su metafísica.
Metafísica es la verdad del
ente en cuanto tal en su
totalidad. La metafísica de
la subjetividad
incondicionada y acabada
piensa, sin decirlo, la
esencia de sí misma, o sea
la esencia de la verdad,
como justicia. La verdad del
ente en cuanto tal en su
totalidad es, de acuerdo con
ello, verdad sobre el ente,
pero de manera tal que su
propia esencia es decidida
desde el carácter
fundamental del ente por
medio de la voluntad de
poder en cuanto constituye
su forma suprema.
¿Es pues, necesariamente,
toda metafísica verdad del
ente en cuanto tal en su
totalidad en ese doble
sentido? ¿Verdad sobre el
ente porque
verdad que proviene del
ser del
ente? ¿Si es así, esta
proveniencia de la esencia
de la verdad dice algo sobre
ella misma? ¿En cuanto
proviene de este modo, no es
en sí misma histórica? ¿Esta
proveniencia de la esencia
de la verdad no dice al
mismo tiempo algo de la
esencia de la metafísica?
Efectivamente, dice lo
siguiente, expresado en
primer lugar sólo de modo
negativo:
La metafísica no es una
fabricación del hombre. Pero
por eso tiene que haber
pensadores. Éstos se sitúan
en cada caso primeramente en
el desocultamiento que se
prepara el ser del ente. La
«metafísica de Nietzsche»,
es decir, ahora, la verdad
del ente en cuanto tal en su
totalidad preservada en la
palabra desde su posición
fundamental, es, conforme a
su esencia histórica, el
rasgo fundamental de la
historia de la época que,
sólo desde su incipiente
acabamiento, se da comienzo
a sí misma como tiempo de la
modernidad:
«Un período en el que la
vieja mascarada y el
aderezamiento moral de los
afectos provoca repugnancia:
la naturaleza desnuda;
en el que las
cantidades de poder
son simplemente
reconocidas como
decisivas (como
determinantes del rango);
en el que vuelve
a aparecer el gran
estilo, como
consecuencia de la
gran pasión.»
(La voluntad de
poder, n.
1024
Queda aún la pregunta acerca
de qué pueblos y qué
humanidad estarán sometidos
de modo definitivo y
anticipador a la ley de la
pertenencia a este rasgo
fundamental de la incipiente
historia del dominio de la
tierra. Ya no es, en cambio,
una pregunta sino que está
decidido, lo
que Nietzsche apuntó
alrededor de 1881-1882,
cuando, después de
Aurora, le
asaltó el pensamiento del
eterno retorno de lo
mismo.
«Se acerca la época en la
que se emprenderá la lucha
por el dominio de la tierra,
se la emprenderá en nombre
de doctrinas
filosóficas fundamentales.»
(XII, 207)
Con esto no se dice, sin
embargo, que la lucha por el
aprovechamiento ilimitado de
la tierra como campo de
materias primas y por la
utilización sin ilusiones
del «material humano» al
servicio del incondicional
dar el poder a la voluntad
de poder para llegar a su
esencia fundamental recurra
como ayuda, o siquiera como
fachada, a la invocación de
una filosofía. Por el
contrario, cabe suponer que
la filosofía como doctrina y
como figura de la cultura
desaparecerá, y que puede
desaparecer porque, en la
medida en que ha sido
auténtica, ya ha nombrado la
realidad de lo real, es
decir el ser, sólo desde el
cual todo ente es llamado a
ser lo que es y cómo es. Las
«doctrinas filosóficas
fundamentales» aluden a lo
que se enseña en ellas en el
sentido de lo expuesto en
una exposición que
interpreta el ente en su
totalidad en dirección del
ser. Las «doctrinas
filosóficas fundamentales»
aluden a la esencia de la
metafísica que llega a su
acabamiento y que, de
acuerdo con su rasgo
fundamental, sustenta la
historia occidental, le da
la forma europeo-moderna y
la destina a la «dominación
del mundo». Lo que se
expresa en el pensamiento de
los pensadores puede
imputarse
historiográficamente a la
esencia nacional del
pensador, pero no puede
hacerse pasar jamás por una
peculiaridad nacional. El
pensamiento de Descartes, la
metafísica de Leibniz, la
filosofía de Hume, son, en
cada caso, europeos, y por
ello planetarios. Del mismo
modo, la metafísica de
Nietzsche no es jamás, en su
núcleo, una filosofía
específicamente alemana. Es
europeo-planetaria. |