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SÓLO POEMAS
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POETAS DE HOY
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María Eugenia Caseiro

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Me habías pedido que te enviara poemas y cómo soy tan como soy, por eso te mando para que elijas tú mismo, ya que de casualidad encontré en ese archivo algunos que tienen un asterisco porque los leí en mi presentación recientemente en ZuGallery de Miami y otros los agregué. Gracias de corazón.
Cariños,
Mariú
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A pesar del sudor…
 
 
Si el  valor pudiera prescindir del miedo
sería menos espeso, menos grave y vejatorio,
pero el sudor es llanto:
espiral donde se urde lo que irrumpe desde afuera.
 
Dónde están los que predican
en los portales de la risa.
Abro las jaulas y echo a volar las llaves
¡basta!, ¡vengan a buscarme!

No sé cómo, en qué momento del día
o de la noche me he escapado de ser
como son los que no duelen.
En qué calidad de fuerza intento
de un solo golpe romper
o romperme en pedazos para armarme.
 
Si recordara la mesa con flores que sollozan,
su frutera de objetos recién imaginados,
la caoba mustia que añoraba el bosque
y su única pata, que anochece
enclavada en el centro de una máscara,
me dejaría caer por sus aristas
mientras el llanto sudo;
los mismos sudores que de niña
me empaparon de sed.
 
Si me apoyara del árbol
de ese ayer que no se deja trasladar
a la palabra empeño
                          si recordara
la raíz sonante en el descuido de la tierra,
la sembraría en el dorso de mis ojos
como he sembrado el rizoma
que comba el aullido de la muerte
o su evidencia en una carcajada.
 
Si el pie que ha falsificado
desliza el volumen de una vida,
alguna vez ha de calcularse
cuánta capacidad se pierde
cuánto espacio
                      cuánta libertad...
cuando silben los labios fidedignos.
 
Cuando se crispen sobre el péndulo
 -lenguaje entre las sombras-
           los ojos de la lámpara
inventarán las manos un cuello para estrangular,
y por supuesto, ha de dolerme todo:
el pulmón, el cuero cabelludo, el empeine, la libido…
la tierra también me dolerá,
la pisada que suplanta el viaje dolerá
las voces que apenas se escucharon dolerán
el aire, el equilibrio, la mudanza, dolerán...

Dolerá el tuétano del humo, y sobre todo,
me dolerá el cristal
que ha permitido al sol el paso del veneno
que deja la calle sin memoria.
 
Cuando se crispen sobre el péndulo
     -lenguaje entre las sombras-
        los ojos de la lámpara,
se hará la noche eternamente oscuridad...
         pabilo de las horas.

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Andar la noche
 
Andar la noche en largura de colonias
abrir sus válvulas de insectos
deslizarse a la antigua habitación donde florecen
paramecios,  reencarnados ancianos borrachos de criptografías,
ermitaños y misóginos…
Calar las hendiduras en que germina el parásito apacible,
esperar que la hidra crezca mezclada con el frío
-hueso de antiguos cobayos-
abonar la raíz al precipicio del crepúsculo
cuando a la oruga del primer fantasma comiencen a brotarle alas.
 
Andar, andar la noche que traspasa el polvo,
quedar insomne  en la visión que tiembla
al desleírse en lo que brota de los ojos.
Si aún no llueve eternidad en la obtusa comisura de su hangar,
se curva el ángulo, y se alcanza infinitud en el ascenso…

Andar, andar y posponer de nuevo, una vez más,
ese declive florecido de caléndulas
en los contornos que vagara
íntimamente alguna claridad sinfín a oscuras
en estoica ignorancia.
 
Andar, andar…
andar la noche ameba, y luego atrincherarse
en esa anchura, en esa laxitud resuelta,
inusitadamente soplo que mueva los flecos de su ley…
larguísima pierna,
monumental brazada,
cola que espante la tarántula…
Andar la noche ingénita con sus visiones
abrazar el esternón de la agonía
pesar la conjetura en todas las señales,
tomar el tiempo y la distancia entre los brazos
subir la cuesta del dolor en su placer hasta la cumbre
franquear la barrera al equinoccio
sin doblar el espinazo que nos sirvió de puente.
 
Entonces nacerán de nuevo; el rayo, el fuego, la fosforescencia…,
a pesar de cada apostasía convenida detrás de los ocasos.
Andar la noche y su tejado en que pululan flamantes camaleones,
sedosas y brillantes las serpientes,
helmintos de azafrán y escarcha,
lagartijas azules y esmeralda, espantajos florecidos…
 
Una cuadrilla de búhos amarillos que alisan la piel de los espejos
conduce a la morada en que se pierde el hilo;
sed inmensa de gritar, mover las manos
entre mundos de bruma y aroma de majaguas.
 
Andar la noche enroscados en su velo de medusa,
y así, entender la muerte.

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Coyunturas
 
 
Cómo sujetar este antifaz
que resbala recorriéndome los huesos
hasta el póstumo grillete de la espalda.
Cómo acentuarle las facciones si se escurre
y en otra carrera inteligible
en que apenas soy un nudo, su garganta
me arrebata la memoria 
en que yacen laberintos que recurren.
 
Cómo posponer la brevedad
en el tracto de las sienes,
si un troquel de sombras nos dibuja
y es auténtico ese hueco en la mirada.
 
Y es tan torpe este latido
sin la máscara
que se funde en el engrudo de mi ser.

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La otra
 
La otra frente a mí se da la vuelta
y una torre de pájaros colapsa.
En su cabeza la fecha pierde el límite
permitiéndole al fin que sea mañana.
Desde sus manos, mis manos
no cesan de copiar pájaros muertos.

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De cabeza a mis pies tendido el gato (*)
 
Sobre qué viento de espejos
se derrama el concierto de tus brazos.
En qué bandeja de labios descoyuntas
pájaros de besos          y la voz
cala la espesura de la mnésis  en tu diente.
 
En qué puerta estalla el nudillo
de tu lejanía             y sobre qué pared
tu sombra se detiene
a vestir los agujeros de la fuga.
 
Bajo qué ardorosa palmera
se desliza fugaz la esperma de tu aliento
ribeteando con su aroma
el cielo húmedo de tus almohadas.
 
Hoy alumbro con el cono de tu ausencia
los ojos ambarinos de mi sueño.
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Promesa  (*)

Te buscaré en las vértebras
del hombre del retrato
por la espiral del tiempo
blanco hueso sin límite ni juicio
hasta el dintel de la muerte
con la última mirada de tu espejo.
 
Te buscaré jugando en la intemperie
con la tarde que hoy es otra mujer
bajo el perfil de antaño
y el pelo de mi madre
haciendo largas ondas en los parques.
 
Te encontraré de nuevo, dibujado,
ya sin prisa detrás de un abanico
donde habitó el calor
en un sillón de mimbre
meciéndote los ojos.
 
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Tarde y sin bolero frente al mar

Caminaba sin ti en el pentagrama
con mi perversidad a flote
y el bolero apagado
por la arena revuelta de mis pies.
Vino de pronto el mar
con sus deshoras;
escupió sobre mí
los peces que volvieron con tu olor
a pegarse en las paredes de mis ojos.
Tus hijos y mis hijos con sus perros
aullaron nuestra música,
vomitaron la bruma entre los dos.
     Somos desde ayer
              los que no estaban.
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Down to haven

Dejará de acechar al viento rojo
el búho que mira desde mí
con ojo encandilado
-rainy evening in town after the sun-.
 
Volverá la luna de chaqueta raída
a taladrar un hueco en el librero
donde muere un apellido
y se amontona el polvo.
 
Llegaremos muy lejos
con el zapato ebrio de buscar
y el candelabro absorto
en devorar la luz.
 
Tengo la pared cansada de no hablar
el verso amarillo
el tiempo roto…
       …debe ser ya muy tarde
         down to haven.
 
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           “Que nadie me mire a las tres de la mañana
                                          Jaime Sabines
 
A la hora en que no duermo
 
A la hora descocida, cruda, difícil,
en que el ojo descubre otras regiones,
no quiero me vislumbre
(traviesa providencia una mujer
de grito atornillado)
desenredar pergaminos.
 
Paramecio, crisálida,
polilla animal
(plata columpiándose
de su barbilla)
latiendo.
 
Que nadie avizore
mi contar la brevedad
engendrar figuras
lanzarlas al jardín
como reyes de estopa.
 
A la hora en que no duermo
creo centauros, grifos
guillotinas, abridores…
       y hay miedo
en el menguante cercenado
por la mancha de lumbre
detrás de mis pestañas.
 
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      “La eternidad ignora las costumbres.”
                        Eliseo Diego
 
 
De la perpetuidad de enarbolarte (*)
 
                                              A Eddy
 
El árbol de tus huesos con sus cuernos afilados
resonó en el hambre como música extraña
creció en el ala de la sombra
atravesado de pájaros y capiteles con sus sierpes
de niños huérfanos con el talón hendido en el reloj
con la sonrisa fija en el pasado
con la mirada torva y la inocencia incólume.
Crecimos sobre él los que te amamos
los que sin perder el hábito
de atesorar lo que de sobra sabemos sin regreso
arracimamos el cariño como aves rapaces
apartando en capítulos las tardes con sus vueltas
los mundos entramados de azogue y aserrín
las pantallas de vulnerabilidad…
Atamos las aristas del pasado
con colores ampulosos y prolíficos
por los cuatro pasajes del amor sin tiempo,
para no claudicar
para no salirnos del empalme de tu árbol
con la inercia trepidante por las oscilaciones
aguzando el oído cerca de la escarcha
en el ligero trino de lo que no vuelve,
abrimos el libro de las estaciones
que se coagula en lo alto;
tú, yo, los tejados amarillos vistos desde Dios
con las chimeneas de trompas de elefante
con sus gatos floreados cascabeleando
con tejones de azúcar y sus canalones
esperando la lluvia de los tiempos.
 
 
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                 “Hay un lugar que yo me sé
                 en este mundo, nada menos
…”
                                  Vallejo
 
A la vida soñada quemando el sol de los espejos (*)
 
Se le fueron los zapatos a perecer en el afán
y por el uso perdieron
por el uso no encontraron señales, y en la ruina,
un solo parque que afilaba el rastro con dolor de vida
señalaba el sitio a donde nunca llegaremos.
Muerte andada, andada muerte, a tranco sobre el pavimento…
ese lugar en que se abre
una gran boca de miedo.
Ya la luz que no recuerda a nadie, vino,
desde el fondo de tus zapatos niños a traerte,
a colocar peldaños a la sombra de tus pies.
Como un caballo sin más metáfora que el torso roto
una maqueta de su anatomía salió de los espejos;
bebió la brevedad, el límite para buscar el blanco.
No hay lugar en el mundo para tus pies que fueron
desde mis pies cansados a buscarte
en la fuente del temor a la luz para ninguno;
luz unigénita del que ya me abandonaba desde siempre,
esa que bañaba las preguntas, los cuartos vacíos, el acaso.
Crecieron las raíces de tus pasos, buscaron el sueño
entre los muertos sin rostro en el sosiego buscaron,
bebieron de la sed, de las razones
subieron la escalera de la lágrima
rompieron, ¡ay de ti!, sombra de mi sombra,
la máscara en que tu ojo se apagaba.
El sol que no sabía de nosotros
que no supo de ti ante mi, encontró tu boca,
mi boca esquiva en un rincón sin violencia,
tu rígida inocencia paseada por la noche hasta tu yo
en la pacífica muerte, en la muerte inequívoca
en que no tenían cabida más que tu ojo y tus zapatos
con el afán de buscar y buscar la calle.
Bajo el llanto permeable de tu lágrima,
mi lágrima hueca por el cristal del fuego
mataba la lumbre, la vida que soñaba, quemaba el sol,
rajaba las cometas, y la fuente donde no había agua
caía sin vida ante nosotros.
Yo que no soy la misma que miraba,
desde el sueño partir el tren de tus zapatos
señalaba con el índice tronchado por la filantropía
tu alma helada,
huyendo…
 
 
Poema premiado en el Certamen Internacional de Poesía
César Vallejo, Londres, 2007
 
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ME NIEGO

He estado a punto
de emblanquecer como los ángeles
cuando el labio con que soplo el talco de los días
borraba la esfera del reloj
cuerpo de pájaros que aún me late.

He estado a punto de salir volando
en el ala lenta de las hojas
que espera una mano sin nombre
llenando crucigramas en la inercia,
sin profanar la mansedumbre
retenida en la blandura de la espalda.

Un rumor de secretos detrás de cada puerta
me lleva por las calles
sobre pies de plegarias
con zapatos de viento conmovido
apagando los pequeños incendios de la tarde…
           pero yo me niego
           me niego a ser un ángel.
 
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El siguiente poema sirvió para enmarcar la exposición de
fotografía “Cautivos del tiempo”, del fotógrafo Roberto González
Luis en Bilbao y ha sido traducido al euskera.
 
Del tiempo aquel (*)
 
Recorto pedazos de paisaje
en el tiempo preciso
para darles
esa emoción del ave
de alegre corola que aleteaba
perdida en el tronco de aquel árbol
cuajado de majaguas
este juego de volver…
 
Y la serena compostura
de esos pájaros de ayer
posados en el agua
perfectas criaturas
que soñaron
sus vuelos de hoy
en la temprana
luz que los aroma
cautivos del tiempo aquel.
 
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Es muy tarde (*)
 
 
Apaga la ciudad y deja
esta calle de palabras deslucidas
con sus noches de alfabetos y de moscas
en los tejados un gato
y el chasquido de las sombras
que devoran los últimos despojos
de las líneas que trazamos.

Ya la luz es un recuerdo
donde el claro abanico despuntaba
y el aroma del jazmín
rueda del templo
de una hoja de papel.
 
Es muy tarde en la ventana
rodeando el cielo de mármol
y las sombras que formamos
se comban de frío en la pared.

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Llanto por unos zapatos muertos (*)
 
 
Estoy llorando en el paño roto de la noche
y mi niñez que ahora no me entiende
reniega de mi llanto.
 
Estoy inmóvil y desnuda
frente a la oscuridad del viento
encendiendo una vela blanca
al alma de mis viejos zapatos muertos.
 
Estoy enferma de sueños sin fuentes
contagiada, de esa terrible y blanca pena
de saberme cierta
sin vestidos de ayer en pleno vuelo.
 
Estoy llorando ahora
por la sombra increíble de mi propia lágrima
por la hoja en blanco sin sonrisa
por la ausencia de todos los discursos
viajando en el tren de tan poca memoria.
 
Estoy alumbrándome de antiguas lunas
del sucio brillo en aquellas farolas.
Estoy llorando la fijeza del tiempo
posada en el renglón que me aprisiona.
 
 
Poema publicado en la 7ma Edición de la
Nueva Poesía Hispanoamericana
Lord Byron Ediciones 2004
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Esperando la lluvia
 
No eran festones calcinados, ni salamandras, ni murciélagos
sino tus manos esperando la lluvia.
Y la figura exprimida varias veces se te secaba al sol
en un sueño en que también se marchitaban otros sueños.
Con tantas diferencias como granos de arroz, o como cáscaras
tus manos de pájaros sueltos,
tus anillos de afilar los dedos,
el torso opíparo de volúmenes,
y los cabellos duros, como diablos disecados que ahuyentaban la brisa:
la mirada de puñal también se te secaba.
 
Te digo que no
no eras todavía aquel adiós que profesabas, ni la idea imprecisa
que se tiende a retomar el hilo que la puede acompañar.
Con los pies impasibles al frente de todos los desdenes recordados…
eras tú mismo sin tu yo,
en una oscuridad casi distinta,
en el punto más fiel de la prolongación,
en la línea exacta entre los dos, o los tres, o los cien que ya no eras
o que te habían abandonado tal vez para siempre.
Y la sombra invisible que ansiaba levantarte inútilmente
entre mis grandes ganas de llorarte
se dejaba caer en tus pies asidos al veneno de tu transpiración.
 
Te digo que no,
no eran pedazos de recuerdo, ni puentes levadizos,
ni siquiera esas serpientes que alguna vez se enredaron en la partida
que jugamos sin terminarnos aún las ganas de ganar la antigua
apuesta;
eran tus pies, zapadores sin voz,
los que nunca obtuvieron el recuerdo exacto del paisaje, de la salida
del interminable hilo de la planta que no deja de crecerte dentro
a pesar de tantas muertes atroces y silencios
que alguna vez, en las casas subterráneas encontraron el bulbo
en que las viudas negras se escondieron en invierno.
 
Te digo una vez más que no
que no eran raíces, ni carajuelos encendidos,
ni quelonios agujereados esculcando la arena; no,
eran apenas tus pies desgajados y mudos esperpentos de arena
escrutando la tierra para desenterrar los bulbos de los lirios;
para desplazar escarabajos de órganos duros y ardientes
y profanar las venas crecidas de perdones que no habías cruzado
nunca. ..
 
No había visto tus muslos torcidos brillando al sol
pero los paseaba con la mano herida de recorrer tus espinas
con el dolor de la piel cosida al momento
sobre aquellas jicoteas puntiagudas y verdes
que comenzaron a salírsete del cuerpo,
tanteando el rastro de las bibijaguas por las grietas
en que el amarillo de la carne se dejaba descubrir
chorreado de sudores en la cicatriz errante de tus cristales,
de aquellos cristales que por fin trajeron de una vez el agua
para dejar el brillo de tu cuerpo debajo de un árbol y hacerte de aire,
un aire deforme, doblado en las puntas de todos tus dedos
y traspasado el recuerdo de todos tus anillos...
 
Un aire ceñido a la periferia recelosa de tu oído,
de la masa inconforme que miramos perderse debajo de la sombra;
un aire que suena en los huesos quebrados de los insectos
y espanta las confesiones de todas tus bocas para dejarse llevar
en la plaga de la lengua, con los acentos que burlan la sonrisa,
hasta la débil esperanza de la lluvia.
 
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La calle
 
La calle es un burdel donde las horas
toman cuenta.
El vagabundo gris
a un paso de anotar la despedida
recupera el mortecino
brillar de las farolas.
Se alarga la calle, en su desdén se pierde
la visión hasta tocar el fin del mundo
a estribor, bordea la primera estrella
las grutas sin salida, el precipicio
en que un fantasma envenenado
duele en la mujer que busca
un puente y la razón fracasa.
La calle es un dolor, una punzada
donde confluyen las premoniciones
un corazón cansado que envejece,
su melodía sin voz
se lleva las últimas raigambres…
Sueña la calle su primer bostezo
entre viejas fachadas de edificios.
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Como un ángel muerto
 
Abre el agujero
enfrenta el desabrigo, tiembla
el poema tiembla como un ángel recién nacido
frente a los bancos alineados que aguardan fríamente
Se lo lleva una ausencia repentina
como de sombras, como de miedos con rostro desnudo
habitando otras bocas desprovistas de palabra y cielo.
El poema siente el compromiso
la incertidumbre de salir a escena
con la luz en los brazos
con las alas abiertas
Un crepitar de la palabra
próxima al llanto le oprime el pecho
duele en cada verso
en el hueso endeble del momento.
Con la púa clavada en el costado
sin maquillar el vuelo
sale del vientre
salta
arriesga su sendero en la cuerda de una hoja
Ya no tiembla
A su paso
piedra terrible el silencio...
Como un ángel muerto
el poema cae como un ángel muerto.
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No soy yo
 
Porque el mar se ha quedado
putrefacto en otra orilla,
yo inconforme,
con mis párpados ceñidos al calor y al verde claro
de una isla,
de un fulgor,
estas plumas que han crecido en mí
ya no me bastan.
 
Lloran también en mí
todas las castas
-y la ciudad de papeles recortados para
ser lo que no quiero
en el destierro de mi misma
en esta calma de mis pies
que acampan en el nido
de otro mar que no me busca.
 
No soy yo la que miraba
en el cielo, desmembrado
el impudor, la costumbre
no soy yo
la que nadaba dormida, ciertamente
toda el agua
sin errar un solo pie
o un solo brazo en el silencio
que me amaba
hasta saber de memoria mis latidos
yo sus polvos y sus marcas
en el ruido
con las cuerdas de estos dedos que bordaban
los manteles sin saber de despedidas
ni nostalgias.
 
Esa voz que ahora me suple
y su sombra indefinida en la dureza de un adiós
luego me canta.
Ha llamado inútilmente,
en secreto a los fantasmas
de la piel que la olvidaron.
 
Y la máscara,
que a veces me sonríe con una risa empolvada
con una mueca de niña
con unos ojos lejanos
clavados en la playa que fue suya,
en la calma,
que busca los precipicios
para gritar en silencio
con el eco desdoblando
la caricia deseada;
de una ola,
de una huella,
en las agrias baldosas de estos pies
que ayer buscaban
su justo lugar entre las cosas
y hoy desean conciliarse
con sus antiguas pisadas.
 
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Tengo lluvia en las manos
 
No hay más vida ni más muerte
solo lluvia en las manos;
no hay más voz que su voz
en los cristales de agua viva
ni más cuerpo
que su cuerpo en el deleite
de esta estrofa mojada
acariciando tréboles.
 
No hay más vuelo ni más risa
que beber sus esmeraldas;
ni otro hechizo que no sea la sorpresa
en el húmedo poema de su llanto
ni alegría ni dolor...
en las plantas de este cielo hay luz
cobijándome.
 
No hay más barcos ni más puertos
que esta lluvia en las manos
entre verdes diluidos y azabaches que ruedan
por el frío receloso de las fuentes
donde la luz del agua esclava
palidece ante otra luz
del agua libre que rueda.
 
No hay más día ni más noche
solo lluvia
y los corceles del viento en jubileo
sus llameantes flores, sus metales
vagan seducidos en el tiempo
y este ramo de lluvia en mis manos
se abre de miradas.
 
No hay más reino ni más reina
ni más corona ni cetro
que la gloria indefinida de la lluvia
de alabastro, de violines
de pisadas y de espejos
y la mano del agua
acariciándome.
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Súplica
 
Déjenme entrar allí
donde pastan las hormigas de otros cuerpos.
No me cierren las puertas
donde muero
sin olor a poema
sin reloj
sentada en el último banco de mis versos.
 
Déjenme entrar allí
donde no hay bruma en la palabra
donde mi cuerpo
siente el equilibrio de los ojos despiertos;
allí, donde los muertos
tienen su propio corazón latiendo.
 
Déjenme entrar allí
no me nieguen el agua de una estrofa
para calmar la sed de tantos sueños.

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Desnuda 4
 
Me niego a vestir las medias rojas
que vuelan desinfladas
en el asta de mi ayer.
Me niego a vestir cualquier verano
sobre el cuerpo de mi cuerpo
que me arropa
sin piel.
 
Estoy a punto de crecer
de ser sentencia
en la memoria de mis pies
en la fragua del estío
anunciando las puntas de los dedos,
y mis pies
van horneándose al calor de las pisadas,
brillantes destinos que se abren
como palomas de maíz.
 
Viajo desnuda
                     sin dolor
sobre cálidos templos aferrados a la tierra,
llevo el peso de mi estirpe
sobre  el arco de mis pies;
mis vidas, mis germinaciones
el cuerpo, limpio y sedoso…
experimento cada sobresalto.
 
Llevo la feliz tarea
de abrir el arca de otra piel
de hurgar en su linaje
de beber el licor de otra pisada.
Me llama la raíz
la ceiba, la lechuza, el fuego de la selva…
 
El tiempo y sus aves me codician,
el barro de los días
se cuece en el  horno de mis pies.
 
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Herrajes
 
No sirvió hilvanar
o pegarlo en el botón
clavarle los latidos, anclarlo
zurcirlo al pizarrón
amarrarlo al cordón de la lámpara.
Tampoco el atarle
a otro cuerpo
               a otro disfraz
sin lentejuelas ni alucinaciones.
 
De nada valió
fijarle estopa, alacenar guijarro
en el motor de la lengua
cortarle longitud a sus espejos
arrancar de cuajo la hélice de sus alfombras
quitarle las paletas y los remos
la escoba, las alas, el reloj.
 
Cuando la música dejó
de gotear y en el silencio
la espantada de sus ojos
fue una ráfaga
un relámpago de polvo
lo absolvió.
 
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Borradores V
 
Marchan en tropel avanzando en la ceniza
los fantasmas apagados de chaquetas grises;
llevan sus cruces a la espalda