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| CUENTOS |
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| Marcelo Caruso |
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| HERIDOS: 629; CAÍDOS: 382 |
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| Publicado con autorización del autor, a quien agradezco enormemente. |
| Tomado del libro "Un pez en la inmensa noche" Editorial Galerna 1989 |
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La muchacha hizo silencio y lo miró. -No. No te van a atar -repitió después. Él siguió un rayo que atravesaba la ventana e iba a incendiarse en el retrato del padre: no se veía la cara. Había una esfera luminosa encima del uniforme, una luz helada y vacía, el pasillo de un hospital a medianoche. -¿Qué hice? -preguntó. Ella esquivó la mirada. Él pensó que era difícil de entender, que había algo podrido en su sangre, algo monstruoso, capaz de surgir de repente, como desde el fondo de un pozo envenenado. Y lo espantó no recordar. -¿A que hora van a venir? -preguntó. La muchacha se miraba los zapatos. Estaban sin lustre, roídos, cansados, pero los pies parecían diminutos y leves, como la sombra de un inocente. -Ahora, en cualquier momento -contestó. Él recordó unas sandalias y volvió a sentir dolor en el cuerpo. Afuera también había voces. Se preguntó qué esperaban. Todo era oscuro. Recordaba la puerta abierta, la gente que había entrado en tropel, los hombres que lo inmovilizaron en la pieza. Ninguno le habló. Se limitaron simplemente a mirarlo y ahora, más tranquilos, a dejarle dar algunos pasos. Después apareció Elisa, con su respiración llena de esfuerzo. Dijo: "Te van a llevar, Marco", pero él no pudo ubicar su voz. Como si se hubiera esfumado, como si a través de ella o de sus palabras lo único visible hubiera sido la boina de su padre en el retrato y la camisa oscura, con las alitas en el cuello. La cara seguía ausente; en su lugar encontraba un revoltijo de miedo, un miedo muy hondo y la confusión de otro recuerdo: alguien hinchado y rígido, y unas piernas de mujer y un balanceo. -No sé lo que hice -susurró- Es la verdad, Elisa. No sé. -Te tengo miedo, Marco. Todos te tenemos miedo. Pensó que ya había escuchado esas palabras; antes, mucho antes de haber nacido. O que alguien antiguo las había escuchado por el. Dijo: -Desde el techo del galpón yo veía la ventana. Veía las piernas flacas de un hombre, con portaligas, y la mata de pelos en el vientre, y también veía a mamá sacándose el camisón por la cabeza. Un gesto inmundo. El hombre se tumbaba boca arriba y mamá lo cubría y lo sacudía como si hubiera querido quebrarlo. Ella no hablaba, no gritaba, pero a él le salía del torax un "ay" agudo y taladrante. Mientras papá, bajo la parra, bajo la manta, ignorándolo o sabiéndolo, murmuraba algo sobre la guerra. En italiano, murmuraba. -Marco -dijo ella; en sus ojos había un dolor puro, arrasado- Marco, eso es mentira. No puede ser verdad. Él miró la habitación. Por qué estaba todo revuelto. Por qué había una silla, un espejo, un cuadro rotos. -¿Qué fue lo que hice? -preguntó. Ella miró el pasillo. Hacia la puerta. Marco recordó a una mujer ahorcada. Recordó sus pies balanceándose, con sandalias. Tenía un grueso deshabillé y los cabellos canosos revueltos. ¿De dónde la recordó? -Hay una mujer, Elisa. Hay una mujer que se ahorcó en alguna parte. No sé dónde, no sé en qué zona del tiempo, o de mi cabeza, pero es una mujer desorbitada, terrible, y cuelga de su propio cinturón. Alguien se asomó. Dijo: -Elisa, te llama el doctor. Él tuvo miedo. La recordó mordiéndose el labio inferior, cuando eran chicos y volvían del colegio por el camino de las fábricas. Y recordó su propia voz diciendo: "No, mamá no nos viene a buscar" "Cuántos años tiene ahora" pensó. Caminó hasta la ventana que daba a la calle. Había un coche estacionado frente a la puerta. Había vecinos en la vereda opuesta, mirando hacia la casa. Dijo: "Se hizo de noche", y se asustó de su voz. Sobre la gente que esperaba, sobre los techos, la noche era pura, inabarcable. Entonces tuvo dos recuerdos. Uno, con la luna. Otro, con el eterno dibujo de los astros. Con la luna recordó una navidad, en el barrio de calles de tierra. Había salido al porche de una casa y de golpe se vio de pie, solo, bajo la luna. Era redonda y llena de manchas, como una torta podrida. Y en las manchas vio tres enormes brujas desgreñadas en torno de un caldero, y corrió y gritó y sintió que desde ese momento y para siempre su vida estaría acorralada por la desgracia. Su madre no estaba. Buscó amparo en su padre, pero el ya era una piltrafa de pijama, hundido en los asientos del jardín, y esa misma luna le brillaba en la piel. Con la Cruz del Sur, con el Puntero, recordó los relatos de enormes cielos africanos, una demacrada luz nocturna, iluminando pertrechos y arenas, la lastimosa fila de camellos a la vanguardia, abriendo el camino, estallando con las minas inglesas. Y vio a su padre, barbudo y salvaje, recogiendo los pedazos de camello, la carne rota y chamuscada, para comer. Detrás de él se abrió la puerta. Había mucha gente en la casa, muchos rostros que no reconocía. Marco pensó en toda esa gente, al mirarlo, intentaba grabarse su cara a través de la abertura. Y pensó: "Van a recordarme, pero yo no". Elisa caminaba a la derecha de un hombre de saco y corbata. El hombre se detuvo cerca de la puerta. Entonces él recordó algo más. Dijo: -Yo conocí a alguien que también usaba una corbata. Y un saco. Y lo despedían en la puerta, y lo esperaban en la puerta. Doctor, yo conocí a ese hombre pero ya lo olvidé. El hombre se quitó los anteojos. Lo miró con esfuerzo, como tratando de encontrarle el rostro. Elisa le susurró algo al oído. Marco recordó al hombre con una corbata impecable y un saco y una mujer del brazo, y de golpe vio la iglesia del barrio, de noche, y a su padre muriéndose en su cama de hospital, como un harapo de un estandarte de algo, de algo que lo llenó de horror. -Qué fue lo que hice, doctor -le dijo. El hombre se le acercó. -Déjeme ver esa mano -le dijo. Él se miró las dos. Había algo en los nudillos y en los dedos. Había como filamentos de sangre marrón y seca, una sangre muy antigua, de muerto. -No sé cómo no le duele -dijo el hombre, mirando a Elisa- Tiene los dedos rotos. Elisa dijo algo pero él no escuchó. Confusamente recordaba otra cosa. El se miraba la mano porque dolía y el hombre con portaligas gateaba en el piso buscando algo que había rodado bajo el aparador. Su madre decía: ¡Maldito, maldito!, y recordó con asombro que se había asombrado. La dentadura postiza, animal y perfecta, transformándose en la boca del hombre. El doctor dijo: -Si quiere, me quedo hasta que vengan. -No, doctor -dijo Elisa- Gracias, igual. El hombre que se iba era gordo, gordo y bajo. El hombre de la corbata de su recuerdo era una vara maciza, y lo llevaba en brazos al jardín del fondo, y tenía una enorme sonrisa que le brotaba del pecho. Entonces lo vio. Mientras la puerta se cerraba, el rayo de luz, esa luz mercúrica y vacía volvió a pegar en el retrato de su padre, y vio eso escrito. Elisa dijo: -¡Marco!-, y fue como si su labio hubiera temblado mientras él rompía el cuadro y arrancaba la fotografía. Abajo, en la esquina derecha, había algunas letras: pequeñas, casi ilegibles y muy antiguas. Descifró: "Filotrano, Belvedere, Corinaldo", fechas, manchas incomprensibles, palabras truncas. Buscó a su alrededor. Elisa no estaba. Marco reconocía la letra de su padre. Había un renglón que decía: "Feriti: 629; Caduti: 382" Su padre había anotado en la fotografía los hechos de combate en los que debió luchar. Tal vez detrás, o a un costado de la cámara, estuvieran los heridos o la hilera de los muertos. Algo le corría por la cara. Era aberrante que su padre hubiera muerto en un hospital, empapado en su propia orina. Entonces fue a buscar a Elisa para decírselo, para que ahora pudiera entenderlo. Pero ella acomodaba un pijama sobre la colcha. Marco dijo: -Eso no -señalando el pijama- Decime lo que hice, por Dios. Ella dijo, con una voz sorda y consumida, que había sido atroz. El dijo: -Me pedía algo en sueños. Yo reclinaba la cabeza y veía este retrato, y entonces él volvía a mostrarse en el patio, bajo la parra, mientras yo miraba la ventana desde el techo del galpón. -Estás enfermo, Marco -dijo ella. Alguien apareció en el umbral. Tenía un objeto frente a la cara. Se puso delante de Marco y lo encegueció con una luz repentina. El dijo: -Una noche, yo tendría siete años, ella me olvidó en el hospital. Se fue. Yo quise quedarmemás tiempo, porque papá estaba muy mal, y cuando salí al pasillo sólo había una luz helada, muerta, iluminando los bancos y los mosaicos. Y tuve miedo. Y él habló con fiebre de la arena, toda la noche de una arena que quemaba, y del lejano reverbero del sol en las pirámides, y de la sed. Y yo juré que nunca olvidaría. Jamás. Elisa se había acurrucado en el suelo, con la cabeza entre las rodillas. Marco podía verle la nuca, tierna, frágil. Era difícil de entender. Para qué vivían, ella, él, la atadura de la sangre. "Los malditos, se dijo, siempre están solos en la tierra" Y entonces oyó un rumor en la calle. Había algo alargado junto al cordón. Y luces. Y creció el moscardoneo de la gente. Elisa, desde el suelo, trató de rozarle un brazo. Cuando Marco los vio, sintió las piernas débiles. Una de sus manos había apretujado la foto. Sólo recordaba gritos, gritos, y ruido de golpes, y los pies con sandalias suspendidos en el aire, pendulando entre los muebles. El primero de los hombres miró el cuadro roto en el piso. Se acercó a Marco y le quitó el cartón que estrujaba su mano. Marco dijo: -No quiero que me aten. Elisa, de espaldas a la puerta, se miraba los pies. |
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