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| CUENTOS |
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| Liliana Heker |
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| La fiesta ajena |
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De Los bordes de lo real (1991) |
| Publicado con autorización de la autora, a quien agradezco enormemente |
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Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la tranquilizó: no le hubiera gustado nada tener que darle la razón a su madre, ¿monos en un cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor! Vos sí te crees todas las pavadas que te dicen. Estaba enojada pero no era por el mono, pensó la chica: era por el cumpleaños. —No me gusta que vayas —le había dicho—. Es una fiesta de ricos.
—Los
ricos también se van
a cielo —dijo la
chica, que aprendía
religión en el
colegio. A la chica no le parecía nada bien la forma de hablar de su madre: ella tenía nueve años y era una de las mejores alumnas de su grado.
—Yo
voy a ir porque
estoy invitada
—dijo—. Y estoy
invitada porque
Luciana es mi amiga.
Y se acabó. —Oíme, Rosaura —dijo por fin—, ésa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más. Rosaura parpadeó con energía: no iba a llorar. —Cállate —gritó—. ¡Qué vas a saber vos lo que es ser amiga!
Ella iba casi todas
las tardes a la casa
de Luciana y
preparaban juntas
los deberes mientras
su madre hacía la
limpieza. Tomaban la
leche en la cocina y
se contaban
secretos. A Rosaura
le gustaba
enormemente todo lo
que había en esa
casa. Y la gente
también le gustaba.
La madre giró el
cuerpo para mirarla
bien y ampulosamente
apoyó las manos en
las caderas. —Si no voy me muero —murmuró, casi sin mover los labios.
Y no estaba muy
segura de que se
hubiera oído, pero
lo cierto es que la
mañana de la fiesta
descubrió que su
madre le había
almidonado el
vestido de Navidad.
Y a la tarde,
después de que le
lavó la cabeza, le
enjuagó el pelo con
vinagre de manzanas
para que le quedara
bien brillante.
Antes de salir
Rosaura se miró en
el espejo, con el
vestido blanco y el
pelo brillándole, y
se vio lindísima.
—Qué linda estás hoy, Rosaura. Ella, con las manos, impartió un ligero balanceo a su pollera almidonada: entró a la fiesta con paso firme. Saludó a Luciana y le preguntó por el mono. Luciana puso cara de conspiradora; acercó su boca a la oreja de Rosaura.
—Está
en la cocina —le
susurró en la
oreja—. Pero no se
lo digás a nadie
porque es un
secreto. ¿Y vos quién sos? —Soy amiga de Luciana —dijo Rosaura. —No —dijo la del moño —, vos no sos amiga de Luciana porque yo soy la prima y conozco a todas sus amigas. Y a vos no te conozco. —Y a mí qué me importa —dijo Rosaura—, yo vengo todas las tardes con mi mamá y hacemos los deberes juntas. — ¿Vos y tu mamá hacen los deberes juntas? —dijo la del moño, con una risita. —Yo y Luciana hacemos los deberes juntas —dijo Rosaura muy seria. La del moño se encogió de hombros. —Eso no es ser amiga —dijo—. ¿Vas al colegio con ella?
—No.
—Soy hija de la empleada —dijo. Su madre se lo había dicho bien claro: Si alguno te pregunta, vos le decís que sos la hija de la empleada, y listo. También le había dicho que tenía que agregar: y a mucha honra. Pero Rosaura pensó que nunca en su vida se iba a animar a decir algo así. — ¿Qué empleada? — dijo la del moño—. ¿Vende cosas en una tienda? —No —dijo Rosaura con rabia—, mi mamá no vende nada, para que sepas. —Y entonces, ¿cómo es empleada? Dijo la del moño.
Pero en ese momento
se acercó la señora
Inés haciendo shh
shh, y le dijo a
Rosaura si no la
podía ayudar a
servir las
salchichitas, ella
que conocía la casa
mejor que nadie. Fuera de la del moño todos los chicos le encantaron. La que más le gustaba era Luciana, con su corona de oro; después los varones. Ella salió primera en la carrera de embolsados y en la mancha agachada nadie la pudo agarrar. Cuando los dividieron en equipos para jugar al delegado, todos los varones pedían a gritos que la pusieran en su equipo. A Rosaura le pareció que nunca en su vida había sido tan feliz. Pero faltaba lo mejor. Lo mejor vino después que Luciana apagó las velitas. Primero, la torta: la señora Inés le había pedido que la ayudara a servir la torta y Rosaura se divirtió muchísimo porque todos los chicos se le vinieron encima y le gritaban “a mí, a mí”. Rosaura se acordó de una historia donde había una reina que tenía derecho de vida y muerte sobre sus súbditos. Siempre le había gustado eso de tener derecho de vida y muerte. A Luciana y a los varones les dio los pedazos más grandes, y a la del moño una tajadita que daba lástima. Después de la torta llegó el mago. Era muy flaco y tenía una capa roja. Y era mago de verdad. Desanudaba pañuelos con un soplo y enhebraba argollas que no estaban cortadas por ninguna parte. Adivinaba las cartas y el mono era el ayudante. Era muy raro el mago: al mono le llamaba socio. “A ver, socio, dé vuelta una carta”, le decía. “No se me escape, socio, que estamos en horario de trabajo”. La prueba final era la más emocionante. Un chico tenía que sostener al mono en brazos y el mago lo iba a hacer desaparecer. — ¿Al chico? —gritaron todos. — ¡Al mono! —gritó el mago. Rosaura pensó que ésta era la fiesta más divertida del mundo.
El mago llamó a un
gordito, pero el
gordito se asustó
enseguida y dejó
caer al mono. El
mago lo levantó con
mucho cuidado, le
dijo algo en
secreto, y el mono
hizo que sí con la
cabeza. — ¿Qué es timorato? —dijo el gordito
El mago giró la
cabeza hacia un lado
y otro lado, como
para comprobar que
no había espías.
Después fue mirando,
una por una, las
caras de todos. A
Rosaura le palpitaba
el corazón. No tuvo miedo. Ni con el mono en brazos, ni cuando el mago hizo desaparecer al mono, ni al final, cuando el mago hizo ondular su capa roja sobre la cabeza de Rosaura. Dijo las palabras mágicas… y el mono apareció otra vez allí, lo más contento, entre sus brazos. Todos los chicos aplaudieron a rabiar. Y antes de que Rosaura volviera a su asiento, el mago le dijo: —Muchas gracias, señorita condesa.
Eso le gustó tanto
que un rato después,
cuando su madre vino
a buscarla, fue lo
primero que le
contó. Fue bastante raro porque, hasta ese momento, Rosaura había creído que estaba enojada con su madre. Todo el tiempo había pensado que le iba a decir: “Viste que no era mentira lo del mono”. Pero no. Estaba contenta, así que le contó lo del mago. Su madre le dio un coscorrón y le dijo: —Mírenla a la condesa. Pero se veía que también estaba contenta. Y ahora estaban las dos en el hall porque un momento antes la señora Inés, muy sonriente, había dicho: “Espérenme un momentito”. Ahí la madre pareció preocupada. —¿Qué pasa? —le preguntó a Rosaura.
—Y
qué va a pasar —le
dijo Rosaura—. Que
fue a buscar los
regalos para los que
nos vamos. —Yo fui la mejor de la fiesta.
Y no habló más
porque la señora
Inés acababa de
entrar al hall con
una bolsa celeste y
una rosa. Después se acercó a donde estaban ella y su madre. Tenía una sonrisa muy grande y eso le gustó a Rosaura. La señora Inés la miró, después miró a la madre, y dijo algo que a Rosaura la llenó de orgullo. Dijo: —Qué hija que se mandó, Herminia. Por un momento, Rosaura pensó que a ella le iba a hacer dos regalos: la pulsera y el yo-yo. Cuando la señora Inés inició el ademán de buscar algo, ella también inició el movimiento de adelantar el brazo. Pero no llegó a completar ese movimiento. Porque la señora Inés no buscó nada en la bolsa celeste, ni buscó nada en la bolsa rosa. Buscó algo en su cartera. En su mano aparecieron dos billetes.
—Esto
te lo ganaste en
buena ley —dijo,
extendiendo la
mano—. Gracias por
todo, querida. La señora Inés, inmóvil, seguía con la mano extendida. Como si no se animara a retirarla. Como si la perturbación más leve pudiera desbaratar este delicado equilibrio. |
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