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Jean Cocteau
De una historia felina

Este breve relato de Jean Cocteau, contenido en el Journal d'un inconnu ­publicado en 1953, inédito hasta hoy en español­, es una historia de imágenes cruzadas. Muy en el estilo de Cocteau, tan afecto a jugar con las apariencias, esta brevísima crónica de un suceso "vivido" por Keats, plantea la imposibilidad que a veces se nos presenta para distinguir la imaginación febril de la realidad. El poeta tiene la capacidad de ver el mundo con ojos más profundos, parece decirnos Cocteau, y por eso hay que creerle. El lector podrá juzgar si la experiencia de Keats, en esta historia donde la verdad se pone a prueba, puede aceptarse como cierta.

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No ser admirado. Ser creído.

La historia felina contada por Keats nunca ha sido transcrita que yo sepa. Viaja de boca en boca y se deforma en el camino. Existen varias versiones, pero su atmósfera sigue siendo una sola. Atmósfera tan sutil, que me pregunto si no es esa la razón por la cual esta historia se adapta mejor a la palabra y a sus pausas que a la pluma que se apresura.
Estos son los hechos. Keats debía ir al pueblo de F. para comer en casa de un amigo, el pastor. Había que cruzar un bosque. A caballo, Keats se perdió en ese bosque. La noche volvió inextricable el laberinto. Keats decidió esperar el alba, atar su caballo a una rama, indagar si algún leñador tenía una cabaña y si podría albergarlo hasta el amanecer.
Cuando rondaba, sin atreverse demasiado a perder de vista su caballo, teniendo cuidado de marcar la corteza de los árboles para volver a encontrar su camino, percibió una luz.
Se dirigió hacia esa luz. Provenía de una especie de ruina cuya existencia no estaba señalada en ninguna guía. La de un circo antiguo, de un Coliseo, de un enmarañamiento de arcos, de gradas, de piedras derrumbadas, de lienzos de muro, de brechas, de maleza.
La luz, muy insólita, movía y animaba el circo muerto. Keats se aproximó, se deslizó atrás de una columna y, por una de las brechas, miró.
Lo que vio lo paralizó de asombro y de temor. Cientos de gatos invadían el hemiciclo, tomaban lugar unos al lado de otros, como la multitud en las arenas de España. Bullían y maullaban. De repente, se oyeron unas pequeñas trompetas. Los gatos se inmovilizaron, voltearon sus pupilas fosforescentes hacia la derecha, de donde provenían los juegos de luces y de sombras. Las luces las producían unas antorchas que portaban cincuenta gatos con botas. Estos gatos precedían un cortejo de gatos con trajes magníficos, de pajes y heraldos que tocaban la trompeta, de gatos portadores de insignias y de gatos portadores de estandartes.
El cortejo cruzó la pista y le dio una vuelta. Aparecieron cuatro gatos blancos y cuatro gatos negros, con espadas y fieltros, caminando, al igual que todos los demás miembros del cortejo, en sus patas traseras, y llevando sobre los hombros un pequeño féretro con una pequeña corona de oro encima. Seguían unos gatos que, de dos en dos, presentaban cojines sobre los que estaban prendidas unas condecoraciones cuyos diamantes resplandecían a la luz de las antorchas y de la luna. El cortejo terminaba con unos tambores.
Keats pensó: "Estoy soñando. Me quedé dormido a caballo y estoy soñando." Pero los sueños son una cosa y la realidad otra. No estaba soñando. Lo sabía. Estaba perdido en un bosque nocturno, asistía a cierto rito que los hombres no deben ver. Sintió miedo. Una vez descubierta su presencia, aquella multitud de gatos abandonaría el circo y lo destrozaría con sus garras. Retrocedió hacia la sombra. Los heraldos sonaban, los estandartes flotaban, el féretro desfilaba, y todo aquello en una forma de silencio que las orgullosas pequeñas trompetas volvían más grave.
Después de haber ejecutado una vuelta a la pista, el cortejo se alejó. Las trompetas callaron. Las luces se apagaron. La multitud de gatos abandonó las gradas del circo. Varios gatos saltaron por la brecha contra la cual Keats se esforzaba en desaparecer. La ruina volvió a ser una ruina, ocupada por el claro de luna.
Fue entonces cuando surgió en Keats una idea más peligrosa que el espectáculo del cual había sido testigo. No le creerían. Jamás podría contar esta historia. Pasaría por una mentira de poeta. Ahora bien, Keats sabía que los poetas no mienten. Atestiguan. Y Keats sabía que uno se imagina que mienten. Y Keats se volvía loco imaginando que un secreto semejante seguiría siendo de su propiedad, que le sería imposible deshacerse de él, compartirlo con sus semejantes.
Era un catafalco de soledad.
Reaccionó, regresó por su caballo y decidió abandonar el bosque, costase lo que costase. Lo logró y llegó al rectoral, donde el pastor ya no estaba esperándolo.
Ese pastor era un hombre de gran cultura, Keats lo respetaba, lo consideraba apto para comprender sus poemas. Contó su historia, sin hacer alusión al circo de los gatos. El pastor se había acostado y levantado. El criado estaba durmiendo. Puso la mesa. Keats comía en silencio. Su actitud distraída sorprendió al pastor. Le preguntó si estaba enfermo. Keats respondió que no, pero que estaba sometido a la influencia de un malestar cuya causa no podía confesar. El pastor lo sacudió suavemente y lo intimó a explicarse. Keats lo eludía, se cerraba. A la larga, el pastor logró que se relajara, al haber declarado su huésped que su desasosiego provenía del temor a que no le creyeran. El pastor le prometió creerle. Keats exigió más. Suplicó al pastor que jurara sobre la Biblia. El pastor no podía hacerlo. Afirmó que su promesa de amigo valía su juramento de sacerdote. "Lo escucho", dijo, y se arrellanó en su sillón fumando su pipa.
Keats iba a hablar, cuando cambió de opinión. El miedo volvía a invadirlo. Fue necesario que el pastor, intrigado, lo dejara en libertad de callarse para desatarle la lengua.
Keats cerró los ojos y contó. El pastor escuchaba en la oscuridad. La ventana estaba abierta a los astros. El fuego crepitaba. Frente al hogar, el gato parecía dormir. Keats describía la ruina, los extraños espectadores del extraño espectáculo. De cuando en cuando, abría un ojo, echaba una mirada al sacerdote, quien, con los ojos cerrados, aspiraba su pipa.
El hecho se produjo como cuando cae el rayo, sin que ninguno de los dos hombres entendiera, se diera cuenta exactamente de lo que estaba sucediendo.
Keats iba en lo del cortejo, las antorchas, las trompetas, las oriflamas, los tambores. Detallaba los trajes, los fieltros y las botas. "Cuatro gatos blancos, dijo, y cuatro gatos negros cargaban un féretro sobre los hombros. El féretro llevaba una corona de oro encima."
En cuanto hubo pronunciado esta frase, el gato, que dormía frente al fuego, se levantó arqueándose, se erizó, exclamó con voz humana: "Vaya, entonces soy rey de los gatos", y saltó por la ventana.


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