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No ser admirado. Ser
creído.
La historia felina contada por Keats
nunca ha sido transcrita que yo sepa.
Viaja de boca en boca y se deforma en el
camino. Existen varias versiones, pero
su atmósfera sigue siendo una sola.
Atmósfera tan sutil, que me pregunto si
no es esa la razón por la cual esta
historia se adapta mejor a la palabra y
a sus pausas que a la pluma que se
apresura.
Estos son los hechos. Keats debía ir al
pueblo de F. para comer en casa de un
amigo, el pastor. Había que cruzar un
bosque. A caballo, Keats se perdió en
ese bosque. La noche volvió inextricable
el laberinto. Keats decidió esperar el
alba, atar su caballo a una rama,
indagar si algún leñador tenía una
cabaña y si podría albergarlo hasta el
amanecer.
Cuando rondaba, sin atreverse demasiado
a perder de vista su caballo, teniendo
cuidado de marcar la corteza de los
árboles para volver a encontrar su
camino, percibió una luz.
Se dirigió hacia esa luz. Provenía de
una especie de ruina cuya existencia no
estaba señalada en ninguna guía. La de
un circo antiguo, de un Coliseo, de un
enmarañamiento de arcos, de gradas, de
piedras derrumbadas, de lienzos de muro,
de brechas, de maleza.
La luz, muy insólita, movía y animaba el
circo muerto. Keats se aproximó, se
deslizó atrás de una columna y, por una
de las brechas, miró.
Lo que vio lo paralizó de asombro y de
temor. Cientos de gatos invadían el
hemiciclo, tomaban lugar unos al lado de
otros, como la multitud en las arenas de
España. Bullían y maullaban. De repente,
se oyeron unas pequeñas trompetas. Los
gatos se inmovilizaron, voltearon sus
pupilas fosforescentes hacia la derecha,
de donde provenían los juegos de luces y
de sombras. Las luces las producían unas
antorchas que portaban cincuenta gatos
con botas. Estos gatos precedían un
cortejo de gatos con trajes magníficos,
de pajes y heraldos que tocaban la
trompeta, de gatos portadores de
insignias y de gatos portadores de
estandartes.
El cortejo cruzó la pista y le dio una
vuelta. Aparecieron cuatro gatos blancos
y cuatro gatos negros, con espadas y
fieltros, caminando, al igual que todos
los demás miembros del cortejo, en sus
patas traseras, y llevando sobre los
hombros un pequeño féretro con una
pequeña corona de oro encima. Seguían
unos gatos que, de dos en dos,
presentaban cojines sobre los que
estaban prendidas unas condecoraciones
cuyos diamantes resplandecían a la luz
de las antorchas y de la luna. El
cortejo terminaba con unos tambores.
Keats pensó: "Estoy soñando. Me quedé
dormido a caballo y estoy soñando." Pero
los sueños son una cosa y la realidad
otra. No estaba soñando. Lo sabía.
Estaba perdido en un bosque nocturno,
asistía a cierto rito que los hombres no
deben ver. Sintió miedo. Una vez
descubierta su presencia, aquella
multitud de gatos abandonaría el circo y
lo destrozaría con sus garras.
Retrocedió hacia la sombra. Los heraldos
sonaban, los estandartes flotaban, el
féretro desfilaba, y todo aquello en una
forma de silencio que las orgullosas
pequeñas trompetas volvían más grave.
Después de haber ejecutado una vuelta a
la pista, el cortejo se alejó. Las
trompetas callaron. Las luces se
apagaron. La multitud de gatos abandonó
las gradas del circo. Varios gatos
saltaron por la brecha contra la cual
Keats se esforzaba en desaparecer. La
ruina volvió a ser una ruina, ocupada
por el claro de luna.
Fue entonces cuando surgió en Keats una
idea más peligrosa que el espectáculo
del cual había sido testigo. No le
creerían. Jamás podría contar esta
historia. Pasaría por una mentira de
poeta. Ahora bien, Keats sabía que los
poetas no mienten. Atestiguan. Y Keats
sabía que uno se imagina que mienten. Y
Keats se volvía loco imaginando que un
secreto semejante seguiría siendo de su
propiedad, que le sería imposible
deshacerse de él, compartirlo con sus
semejantes.
Era un catafalco de soledad.
Reaccionó, regresó por su caballo y
decidió abandonar el bosque, costase lo
que costase. Lo logró y llegó al
rectoral, donde el pastor ya no estaba
esperándolo.
Ese pastor era un hombre de gran
cultura, Keats lo respetaba, lo
consideraba apto para comprender sus
poemas. Contó su historia, sin hacer
alusión al circo de los gatos. El pastor
se había acostado y levantado. El criado
estaba durmiendo. Puso la mesa. Keats
comía en silencio. Su actitud distraída
sorprendió al pastor. Le preguntó si
estaba enfermo. Keats respondió que no,
pero que estaba sometido a la influencia
de un malestar cuya causa no podía
confesar. El pastor lo sacudió
suavemente y lo intimó a explicarse.
Keats lo eludía, se cerraba. A la larga,
el pastor logró que se relajara, al
haber declarado su huésped que su
desasosiego provenía del temor a que no
le creyeran. El pastor le prometió
creerle. Keats exigió más. Suplicó al
pastor que jurara sobre la Biblia. El
pastor no podía hacerlo. Afirmó que su
promesa de amigo valía su juramento de
sacerdote. "Lo escucho", dijo, y se
arrellanó en su sillón fumando su pipa.
Keats iba a hablar, cuando cambió de
opinión. El miedo volvía a invadirlo.
Fue necesario que el pastor, intrigado,
lo dejara en libertad de callarse para
desatarle la lengua.
Keats cerró los ojos y contó. El pastor
escuchaba en la oscuridad. La ventana
estaba abierta a los astros. El fuego
crepitaba. Frente al hogar, el gato
parecía dormir. Keats describía la
ruina, los extraños espectadores del
extraño espectáculo. De cuando en
cuando, abría un ojo, echaba una mirada
al sacerdote, quien, con los ojos
cerrados, aspiraba su pipa.
El hecho se produjo como cuando cae el
rayo, sin que ninguno de los dos hombres
entendiera, se diera cuenta exactamente
de lo que estaba sucediendo.
Keats iba en lo del cortejo, las
antorchas, las trompetas, las oriflamas,
los tambores. Detallaba los trajes, los
fieltros y las botas. "Cuatro gatos
blancos, dijo, y cuatro gatos negros
cargaban un féretro sobre los hombros.
El féretro llevaba una corona de oro
encima."
En cuanto hubo pronunciado esta frase,
el gato, que dormía frente al fuego, se
levantó arqueándose, se erizó, exclamó
con voz humana: "Vaya, entonces soy rey
de los gatos", y saltó por la ventana. |