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| OTROS TEXTOS |
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| Italo Calvino |
| Por una literatura que exija más |
| Tomado del libro"Punto y aparte, Editorial Bruguera, 1983 |
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(Vittorini y el 68) Este año la presencia de Vittorini está ligada sobre todo a un escrito suyo, al que nadie dio importancia en el momento de su aparición. Partiendo del episodio de un representante de los estudiantes insultado por un notable académico (y político) durante una ceremonia, Vittorini desarrolla una crítica apasionada a la universidad italiana -mejor dicho a la enseñanza- y a su paternalismo autoritario. El trabajo estaba destinado a una revista internacional de escritores que no llegó a salir. Debía estar fechado por lo tanto, si no me equivoco, en 1963, pero salió en 1964 en el Menabo 7 junto con todo el material de ese proyecto. Era una polémica insólitamente violenta sobre un tema que entonces parecía -a mí me lo parecía y creo que también a muchos otros- marginal. Hoy tenemos que decir que, entre los hombres de la cultura militante, fue el único que percibió la fuerza de reivindicación radical que estaba madurando en la universidad. Hay muchas otras cosas que han hecho de este curso 1967-68 una época inesperadamente «vittoriniana» Lo digo en el sentido de que en esta época su capacidad de entendimiento habría crecido y su pensamiento habría encontrado un alimento permanente y congenial. Podemos decir que su vida no fue rica en años como ésos, al menos en las dos últimas décadas; mucho más numerosos fueron los años ingratos, las temporadas libradas contra corriente. Y observamos que para todo lo que se mueve en el mundo resulta decisivo el momento antirrepresivo, antiautoritario, o sea, el tema que acompañó de principio a fin esa intrincada vegetación de metáforas que componen la historia intelectual de Vittorini. Naturalmente hemos de pensar sobre todo en el mayo parisino, en ese atisbo de «imaginación al poder» que se abre con él, en un lenguaje nuevo en relación con los vocabularios políticos utilizados hasta ahora. Él se abría reconocido en todo esto, habría corrido allí como había hecho en los días calientes de diez años antes. Y el atisbo de un refotalecimiento revolucionario obrero en el corazón del mundo industrializado habría confirmado el eje de la perspectiva que no había querido abandonar. (Y junto con ésta, la necesidad ya clamorosa de una nueva fuerza obrera organizada, no burocrática y esclerotizadora). Esta hubiera sido, sin duda, una nueva «partida» para él, que vivía la Historia como presente, sacando fuerzas y oxígeno de la combustión de los acontecimientos. Pero ya antes de mayo se podría haber confeccionado el catálogo de las ocasiones en que se habría reconocido, impregnándolas de su carga metafórica; bástenos pensar en las victorias de la verdadera «tecnología» inventiva de los Vietcong contra la falsa tecnología de los distribuidores de napalm. Los apuntes recogidos en el volumen Le due tensioni requieren una prolongación ideal hasta hoy, puesto que es un material de investigación que se nos ofrece como primera propuesta de términos de discusión, primera selección de fichas. No hay que leerlo como un planteamiento cerrado, ni como un plano de un marco cultural definido. Todos sus «personajes» (los autores citados o los amigos con quienes se enfada) están ahí en la función momentánea de su entrada en escena, pudiendo ser distinto su papel en otro contexto. En Vittorini, como siempre, los nombres propios no representan personas, sino la parte de ellas a que afecta la situación a que el nombre aparece en función negativa, como cuando lo hace en función positiva. Las lecturas no son nunca indicaciones absolutas, sino pretextos para un planteamiento independiente. Por ello, es natural que el lector ponga mentalmente al día la bibliografía y prolongue la curva del discurso tomando nota de todo lo que ha pasado en las abscisas y en las ordenadas de los últimos años. Sé lo arbitraria que puede parecer esta lectura actualizadora, cuando quizás podría considerar que es el momento de la historización. Pero creo que tener frente al texto la situación de hoy sigue siendo el modo más correcto de leer obras como esta. Detengámonos en hoy. En la cultura política se está disputando una lucha por la primacía de interpretación y de dirección del movimiento en curso, entre las raíces voluntaristas y hegelianas y el impulso a basar sobre las «ciencias humanas» una antropología revolucionaria que posea la fuerza liberadora de todos los determinismos rigurosos. Esta disputa (que ya estaba Vittorini, en lo que pasaba dentro de él, en su insatisfacción con un marco cultural en que no se daban más que opciones parciales y erróneas), adolece de partida y por ambas partes del peso del doctrinarismo, pero por suerte se desarrolla en presencia de los hechos. Y la opción por lo no doctrinario (para un Vittorini que estuviera hoy en activo) consiste en estar del lado de las cosas que acontecen revolucionariamente y aún no tienen nombre (y que corren el riesgo de ser aplastadas antes de tenerlo o de ser aplastadas en cuanto se lo dejan poner). Existe en la literatura una extendida sensación de fracaso, de necesidad de volver a empezar de cero. No hablo de la microliteratura italiana de los últimos veinte años, cuya caída es proporcional a sus bajos vuelos, sino de los proyectos más ambiciosos del novecento europeo, que van resultando cada vez más insatisfactorios. Y esto está pasando al nivel de la juventud intelectualmente más exigente; y no es porque no se interese por la literatura (como parece que pasa hoy en Italia), sino porque si la literatura se vive como razón revolucionaria (como parece que pasa en la juventud francesa a nivel masa no de leaders) es como demanda aún por satisfacer, como exigencia casi totalmente en blanco, como página aún por escribir. (Y sus autores son los que han pretendido hacer surgir hambre y sed, no satisfacerlas.) Es también en este marco general como pueden leerse hoy las notas que Vittorini escribió en los primeros años de la década de los sesenta: como investigación para la fundación de una cultura y de una literatura antiautoritarias, como sonda para una revolución ideológica que no reclamase un «afuera» temporal o espacial, sino que estallase desde dentro, desde el interior de la cultura del Occidente industrializado, como una puesta en cuestión de todo lo adquirido de la literatura. Así veo yo la literatura que caracterizará el principio de siglo que estamos viviendo: como discurso que importa por la exigencia con que se abre y no por el modo como puede quedar satisfecha. Una literatura que debe servir para elevar continuamente la apuesta, para poner la demanda a un nivel cada vez más inalcanzable por la ofreta, sin acelerar respuestas que, si llegan demasiado pronto, se asemejarán demasiado a las que estamos rechazando. |
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