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| OTROS TEXTOS |
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| Italo Calvino |
| El extremismo |
| Tomado del libro"Punto y aparte, Editorial Bruguera, 1983 |
| Texto publicado en Nuovi Argumenti, enero-febrero de 1973, respondiendo a una encuesta (Ocho respuestas sobre el extremismo) formulada por los directores de la revista: Alberto Moravia, Pier Paolo Pasolini y Enzo Siciliano. |
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1 ¿Qué se entiende por extremismo? ¿De derecha? De izquierda? «Extremismo» es un término que prefiero no utilizar, porque es impreciso y no sirve para expresar, ni para motivar un juicio. El término tiene también para mí la connotación negativa que se le atribuye comúnmente, y no podría ser de otra manera dado mi temperamento (que creo que es el del tipo que llaman «ajeno a todo extremismo»), dada mi primera formación política (realizada en el partido comunista, que considera el extremismo como una desviación), y dado que en las numerosas ocasiones habidas en los últimos años de desahogar humores extremistas me he mantenido al margen y en silencio. Por otro lado, no tengo ganas de predicar contra el extremismo: el mundo está marchando como todos sabemos y es natural que muchos, empezando a darse cuenta de la necesidad de hacerlo cambiar, oigan fácilmente la llamada de formulaciones extremistas: lo importante es ver cómo ese impulso de partida se traduce luego en la práctica, al contacto con la realidad. Junto a muchos casos en que, viendo que las cosas son menos sencillas de lo que parecen, se acentúa el impulso hacia la irresponsabilidad y la abstracción, existen casos de grupos y de individuos que responden a las mismas experiencias encontrando un espacio social que explorar, que hacer conocer, que hacer vivir, espacios donde las organizaciones de izquierda tradicional no habían llegado a establecer un mínimo contacto: y éste es, a mi entender, un hecho muy positivo, que implica haber comprendido que toda revolución es un proceso a largo plazo y, sobre todo, un proceso de conocimiento. Diré, en fin, que creo justo tener una conciencia extremista de la gravedad de la situación y que esa gravedad requiera espíritu analítico, sentido de la realidad, responsabilidad de las consecuencias de cada acción, palabra o pensamiento; cualidades, en suma, no extremistas por definición. Respondiendo a este cuestionario, aceptaré el término «extremismo» en los significados que en cada caso le vaya atribuyendo el contexto de las preguntas. Pero me resultará difícil meter en el mismo razonamiento los «extremismos de izquierda», que pueden ser discutidos, valorados o refutados sobre la base de una teoría, de una relación con los problemas y las situaciones particulares, de una estrategia, de una táctica, y los «extremismos de derecha», en una época histórica en que la conservación reaccionaria no dispone de una idea general que le sirva para movilizar a las masas descontentas, como fue el nacionalismo. Hoy día hay un discurso por hacer y es sobre el meridionalismo, sobre la derrota del meridionalismo, que en los primeros años de la República parecía el principal banco de prubas de las fuerzas políticas italianas, sobre cómo la derecha destructiva ha podido encontrar terreno de masas en la protesta del Sur, en su forma ciertamente más atrasada, pero también más enraizada, es decir, el localismo. Quizás partiendo de esta nueva matriz meridionalista, que diferencia al nuevo fascismo del viejo, se pueda hacer un discurso sobre el «extremismo de derecha». Por lo demás, hablar del «extremismo» de los matones profesionales, de los asesinos a sueldo, de los agentes provocadores disfrazados de ultraizquierdistas, es, cuando menos, ocioso. Pero la serie de actos mortíferos y misteriosos que desde 1969 intenta condicionar emocionalmente a la vida italiana tiene aspectos mucho más graves que las hazañas tradicionales de sicarios fascistas y agentes provocadores, y son las sombras que toman cuerpo entre los bastidores de los servicios de policía y de la magistratura. Yo diría que se puede hablar de extremismo mientras exista una lógica de medios y de fines, pero escapan a toda lógica los órganos del Estado no sometidos a control, donde más desastres se producen mejor carrera de hace, gracias a las coberturas y a las silenciosas complicidades que se crean: éste es el problema político número uno, en la guerra y en la paz, en los estados capitalistas, precapitalistas y poscapitalistas de todo el mundo. 2 ¿Es el extremismo una posición ideológica o un mero hecho de temperamento? El otros términos, ¿tiene el extremismo una historia? ¡Una tradición? ¡Un cuerpo de ideas? ¿O no es más que el aflorar poco a poco de la violencia que es propia de la defensa de los intereses y del espíritu de conservación? Según mi experiencia, el extremismo es en gran parte cuestión de temperamento: por temperamento, no siendo yo extremista, me inclino a desconfiar de ideas, (O bien: por temperamento, siendo yo extremista, censuro en mí toda idea o comportamiento o afirmación extremada, sabiendo por experiencia que chocarían contra el principio de realidad y me obligarían a contradecirme) Si en cambio queremos hablar de una «historia del extremismo», entonces hemos de llamar extremismo a la serie de ideas y de modos de vida con que se ha intentado responder a una situación de la civilización que se ha hecho tan intolerable como para exigir únicamente cambios radicales, es decir, que trazamos una historia de ideas y movimientos espirituales y actitudes psicológico-prácticas de nuestro siglo. Violencia: la violencia no es elemento necesario del extremismo. Yo diría que la no violencia es una doctrina mucho más extremista, más representativa del animus extremista, exige rigor en la visión del mundo y en el comportamiento, mientras que la lucha violenta acerca a modos de pensar y a formas de vida de alguna manera afines a los militares, los cuales -pensando poco o nada- no tienen nada que ver con el extremismo (a no ser por vías mediatas, en el papel de ejecutores). Por el contrario, si pienso en un extremista a fondo, , pienso en Tolstoi, en el Tolstoi anciano, «tolstoiano», o en Gandhi, o en los objetores de conciencia, en los vegetarianos, que si lo son por una visión coherente del mundo, son los extremistas más extremados. Es más, toda oposición a un mundo injusto y cruel, llevada a sus últimas consecuencias, ha de llegar a la negativa de comer carne de animales. Se puede alegar que hay problemas más urgentes, una gradación en las injusticias que se pueden reparar, pero entonces se sale uno de la lógica del extremismo, se adapta uno a reconocer valores también en lo relativo y en lo rpovisional en que estamos viviendo, como hacen muchos de nosotors, que aun simpatizando con los vegetarianos, siguen alimentándose de bistec y viviendo en la contradicción. 3 La juventud se acerca a las ideas en su forma más simple y absoluta, arrancándoles cada vez la corteza de concresiones que la historia ha ido depositando en ellas y que, la mayor parte de las veces, tienden a reproducirse. La juventud tiende a la acción y éste es el único camino por el que puede escapar de la abstracción doctrinaria: equivocarse, tropezando una y otra vez en la misma piedra, es decir, formándose una experiencia, que ha de ser personal para que sea válida. La pregunta compara el extremismo juvenil con el de lo jefes fascistas y nazis, y también en este caso, me parece que la palabra se emplea para hechos radicalmente distintos. Los fascistas maduros eran astutos oportunistas del poder o torvos fanáticos, como Farinacci: se serrvían de los entusiasmos de los jóvenes para mandarlos a morir. Por una parte está la violencia fría del poder; por otra, la violencia caliente de la que los jóvenes son por naturaleza portadores y víctimas. Pero también aquí, para seguir con el razonamiento sobre violencia y extremismo de la pregunta anterior, podemos decir que: en la lucha violenta obtienen mejor resultado los jóvenes que se expresan en la competición física con mayor y alegría (no quien se ve impulsado por una necesidad de violencia coercitiva, mezquina y enfermiza, cuya vocación es más de torturador que de combatiente) y las convicciones en las ideas -extremistas o no- pueden tener algo que ver, o no ser más que un pretexto, o no tiene nada que ver. Esta es al menos la experiencia de mi generación, que se dividió entre partisanos y «repubblichini» y que no tuvo que inventarse la violencia porque se la encontró ya hecha y tuvo que vivir dentro de ella, según los recursos de los temperamentos individuales, en el campo en que, por elección o por casualidad se encontró combatienso. Nos podemos preguntar si un razonamiento semejante vale ahora para la generación joven, que se encuentra viviendo entre combates callejeros, porrazos y bombas lacrimógenas. Creo que aquí hay un elemento distinto, o sea, la famosa cuestión de quiénes son los estudiantes y qué representan, un elemento de trasposición simbólica que lleva a identificar una lucha de estudiantes con la lucha de clases. Mientras que para el matón fascista o para el policía adiestrado en cargar contra los manifestantes, el choque en la calle es un fin, el único fin pósible, para los jóvenes de los grupos de izquierda es sólo un símbolo de otra cosa. Mi opinión instintiva, «temperamental», es que la manifestación en la calle como teatro de choque bélico sólo les puede ser favorable a los matones profesionales, porque para ellos no se trata de una representación simbólica, sino de reafirmar el principio de los palos. Pero ciertamente yo tiendo a infravalorar el valor simbólico de determinadas acciones: el asalto a la Bastilla, vieja prisión fuera de uso, podía a primera vista parecer un derroche inútil de energías (si yo hubiera pasado por allí el 14 de julio de 1789, sin duda lo habría considerado así); luego se vio que su valor simbólico superaba con mucho su modesto alcance práctico. 4 El extremismo es inseparable del moralismo, tanto sincero como demagógico. ¿Por qué? Desde que era joven me he estado devanando los sesos para definir la distinción entre moralidad y moralismo, mejor dicho, una contraposición tajante, porque el moralismo ha sido siempre una de mis bestias negras: el moralismo establece las reglas para los demás, mientras la moralidad establece las reglas para uno mismo. (También aquí diría yo, con armonía entre aquello a lo que se tiende y aquello que se es, porque lo autorrepresivo acaba por convertirse en represivo de los demás) He leído hace poco una definición de Franco Fortini -al que hace muchos años he atribuído un papel «moralista», incluso en lo que a mí se refería-, que me parece convincente y cuyas formulaciones principales cito: «Moralidad es tendencia a una coherencia entre valores y comportamiento; y conciencia del desacuerdo. Se vuelve política en su sentido privado. Moralismo es error de quien niega que deban o puedan existir valores y comportamientos distintos de los que la moralidad tiene vigentes en un momento dado». 5 Cuando se habla de extremismo de izquierda y de derecha, habría que distinguir por lo menos cuál de los dos extremismos tiene como fin la violencia y cuál, por el contrario, se sirve de ella como medio. El fin de la violencia no puede no ser una violencia mayor y quizás definitiva. La violencia como medio, por otra parte, correr el riesgo de convertirse fácilmente en fin, especialmente si se utiliza de manera indiscriminada y sistemática. ¿Es cierto que el extremismo, conforme a la conocida definición de Lenín, es la enfermedad infantil del comunismo? ¿No ha habido en la historia ideologías, movimientos o sistemas que nacieron siendo extremistas y se mantuvieron extremistas hasta el final? Por ejemplo, el Islám, el puritanismo, la Contrarreforma, el estalinismo, etc. En otras palabras, existen teorías y movimientos ideológicos y espirituales, que son extremistas por naturaleza, puesto que exigen del hombre sacrificios y esfuerzos extremos. ¿Cómo distinguirlos de los extremismos propios de los intereses y del instinto de conservación, que son igualmente feroces hasta el final? Una religión, una filosofía, un movimiento, conservan su extremismo cuando han de seguir postulando el advenimiento del reino de Dios a la tierra, sin que lo puedan fundar en la práctica. cuando empiezan a fundar el reino de Dios en la tierra será la práctica la que dirija el juego, la que imponga sus correcciones, para mal o para bien, y el extremismo dejará de serlo. En cuanto al final de la violencia, la fundación de un poder estatal autoritario sigue proponiendo la violencia a todos los niveles. Para la derecha, ello es una confirmación de su propia visión del mundo; para la izquierda es la contradicción fundamental, el problema de los problemas, totalmente por resolver. 6 ¿Qué puntos comunes existen entre extremismo político de derecha y de izquierda y el extremismo en arte y literatura? ¿Existe una posición extremista en la cultura? El arte y la literatura de nuestro siglo son extremistas, se plantean como oposición total al lenguaje, a la cultura dominante, al mundo. Una cultura de oposición total al sistema de valores imperante se verificó ya durante todo el siglo pasado en países en que la sociedad de capitalismo industrial y de régimen parlamentario se había instaurado sobre bases sólidas. En los países como Italia, en que la formación de una sociedad de ese tipo ha sido más lenta y frágil, la cultura ha tenido que vérselas durante mucho tiempo con tareas de construcción y de sostén; el espacio para una oposición radical puede decirse que empieza a perfilar ahora y todavía es pronto para hacer balances. 7 ¿Qué diferencia existe entre extremismo y fanatismo? ¿Y entre extremismo y revolucionarismo? ¿Y entre extremismo y religión? ¿Acaso no son todas las religiones extremistas en sus inicios? ¿Acaso el pensamiento no es extremista por su naturaleza? ¿Y la poesía? Responderé a esta serie de preguntas en sentido inverso. La poesía es, por su naturaleza, extremista. El pensamiento puede y a veces debe ser extremista: está bien que toda idea sea pensada hasta sus últimas consecuencias. Las religiones extremistas son las que parten de la consideración de una distancia inconmensurable entre los hombres y Dios que, para ser remediada, requiere pruebas extremas. Lo mismo se puede decir en lo que se refiere a las doctrinas políticas, donde por Dios se entiende el mundo como habría de ser. Las preguntas sobre «revolución» y «fanatismo» entran en el área semántica de las dos palabras, que puede coincidir en algunos puntos, aunque no en todos, con el de «extremismo». «Fanatismo» tiene y debe tener una connotación siempre negativa. 8 ¿No cree que entre todas las actividades humanas, la política es o debería ser, en resumidas cuentas, la menos extremista? ¿Y no cree que el extremismo en política sea el resultado de una contaminación del estetismo? Incluso matar, ¿no es quizás y ante todo un acto que para el extremismo tiene su propia forma y su propio significado simbólico? La política necesita un modelo ideal al cual tender (si no, no es más que gestión de un poder). Pero al mismo tiempo la política es empírica, es verificación sobre los hechos, tentativa, corrección ininterrumpida de los errores (si no, no es más que teoría abstracta). Un buen dirigente político puede apoyarse en el extremismo (extremismo de la situación, de los estados de ánimo, de las ideas) sin ser extremista. O sea: debe tender a una imagen ideal suya de la sociedad, que puede estar incluso muy lejos de su posible realización, y aproximarse a ella a lo mejor valiéndose de extremismos que considera inmaduros y destinados a ser desmentidos por la práctica, sin identificarse con ellos y preparado para colocarse, contra ellos, a favor de la realidad, de la necesidad, del tiempo. En cuanto a las dos últimas preguntas, yo diría que el extremismo tiene siempre una raíz intelectualista (más doctrinario-moralista que estética); diría que matar puede tener sentido sólo como acto simbólico, hasta tal punto que cuando se mata a alguien nunca se mata a la persona apropiada y siempre hay otra que habría que matar, y así sucesivamente; por eso es mejor no empezar siquiera. |
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