Volver a Otros Textos - Volver a Inicio

OTROS TEXTOS
.
Henry Miller
.

"Los libros en mi vida"
Capítulo XIII

Lectura en el retrete

Hay un tema relacionado con la lectura de libros que creo que vale la pena desarrollar porque implica un hábito que es muy generalizado y sobre el cual, que yo sepa, muy poco se ha escrito: me refiero a la lectura en el retrete. Siendo joven, en busca de un lugar seguro donde devorar los clásicos prohibidos, a veces acudía a refugiarme en el cuarto de baño. Desde esa época juvenil ya nunca volví a leer en el retrete. Cuando busco paz y quietud tomo el libro y me marcho al bosque. No conozco mejor lugar para leer un buen libro que las profundidades de la espesura. Con preferencia junto a un arroyo.

Inmediatamente escucho objeciones. "¡Pero no todos tenemos la fortuna de usted! Tenemos empleos, vamos al trabajo y regresamos de él en tranvías, autobuses y metros atestados; a duras penas tenemos un minuto que podamos llamar nuestro."

Yo mismo fui "trabajador" hasta los treinta y tres años. Fue en este período temprano de mi vida cuando realicé la mayor parte de mis lecturas. Invariablemente leía en condiciones difíciles. Recuerdo que cierta vez me reprendieron al sorprenderme leyendo a Nietzsche, en vez de corregir el catálogo de pedidos por correo, que era entonces mi ocupación. Ahora que lo pienso comprendo que fue afortunado que me hayan despedido. ¿Acaso Nietzsche no fue mucho más importante en mi vida que el conocimiento del negocio de los pedidos por correo?

Durante cuatro años consecutivos, en el trayecto de ida y vuelta entre las oficinas de la Everlasting Portland Cement Co. y mi casa, leí los libros más "pesados". Leía de pie, apretujado por los cuatro costados por pasajeros como yo. No solamente leía durante estos viajes en el suburbano sino que memorizaba extensos pasajes de esos tomos demasiado compactos. Aunque no hubiera servido para otra cosa, fue un valioso ejercicio en el arte de la concentración. En este empleo muchas veces me quedaba trabajando hasta muy avanzada la noche, por lo general sin almorzar, no porque quisiera leer durante la hora del almuerzo sino porque no tenía dinero para comer. De noche cenaba deprisa y corría a reunirme con mis compañeros. En esos años, y muchos años después, raras veces dormí más de cuatro a cinco horas diarias, pero leía enormemente. Además, repito, leí -por lo menos para mí- los libros más difíciles y no los fáciles. Nunca leí para matar el tiempo. Raras veces leo en la cama, a menos que me sienta indispuesto o finja sentirme mal para gozar un breve descanso. Contemplando el pasado, me parece que siempre leía en posición incómoda. (Que es la forma en que escriben la mayoría de los escritores y pintan la mayoría de los pintores, según compruebo.) Pero lo leído penetró. Lo importante es, y debo recalcarlo, que leía sin desviar la atención y con todas las facultades que poseía. Cuando jugaba me sucedía lo mismo.

De vez en cuando iba a pasar la noche en la biblioteca pública, para leer. Eso era como ocupar un palco en el paraíso. A menudo, cuando abandonaba la biblioteca, decía para mis adentros: "¿Por qué no vienes más a menudo?" El motivo de que no lo hiciera, por supuesto, era que la vida se interponía en el camino. Uno muchas veces dice la "vida" para indicar el placer o cualquier distracción tonta.

Por lo que he podido establecer mediante conversaciones con amigos íntimos, la mayoría de las lecturas que se hacen en el retrete es lectura inútil. Los periódicos, las revistas gráficas, los folletines, las novelas policíacas y de aventuras, y todos los cabos sueltos de la literatura, es lo que la gente lleva al baño para leer. Algunos, según me dicen, tienen estantes con libros en el cuarto de baño. Su material de lectura los espera, por así decirlo, como los espera en el consultorio del dentista. Es sorprendente la avidez con que la gente examina el "material de lectura", según se le llama, que encuentra en grandes pilas en las salas de espera de los profesionales. ¿Será para distraer la mente de la dolorosa prueba que los aguarda? Mis limitadas observaciones me indican que estos individuos ya han absorbido más de lo que les corresponde en cuanto a los "acontecimientos de actualidad": guerra, accidentes, más guerra, desastres, guerra otra vez, homicidios, más guerra, suicidios, guerra de nuevo, asaltos de bancos, nuevamente guerra y más guerra, fría y caliente. No cabe duda de que son los mismos individuos que tienen la radio funcionando prácticamente todo el día y la noche, que van al cine con la máxima frecuencia posible -donde reciben más noticias frescas, más "acontecimientos de actualidad"- y que compran televisores para sus hijos. ¡Todo para estar informados! ¿Pero saben algo que realmente valga la pena saber sobre estos acontecimientos de tremenda importancia que conmueven al mundo?

La gente podrá insistir en que devora los diarios o pega las orejas a la radio (a veces las dos al mismo tiempo) para mantenerse al corriente de las actividades del mundo, pero es pura ilusión. Lo cierto es que apenas estos tristes individuos no están activos, no están ocupados, adquieren noción de un siniestro y doloroso vacío dentro de sí mismos. Francamente no importa con qué papilla se harten, lo importante es no ponerse cara a cara frente a sí mismos. Meditar sobre el problema del día, o siquiera sobre los problemas personales, es lo último que el individuo normal quiere hacer.

Incluso en el retrete, donde uno creería innecesario hacer algo, pensar algo, donde por lo menos una vez al día uno se encuentra a solas consigo mismo y todo lo que suceda sucede automáticamente, hasta este momento de gloria, porque es en realidad un tipo de gloria menor, debe ser interrumpido mediante la concentración en el material impreso. Creo que cada cual tiene su tipo de lectura preferida para la intimidad del excusado. Algunos navegan por largas novelas; otros, en cambio, sólo leen la hojarasca más superficial. Algunos, no cabe la menor duda, simplemente vuelven las páginas y sueñan. ¿Cómo son los sueños que sueñan?, nos preguntamos. ¿De qué se tiñen sus sueños?

Hay madres que nos dirán que sólo en la toilette tienen oportunidad de leer. ¡Pobres madres! La vida es realmente dura para vosotras en estos tiempos. Sin embargo, comparadas con las madres de cincuenta años atrás, vosotras tenéis más oportunidad para desarrollaros a vosotras mismas. En vuestro completo arsenal de dispositivos que economizan trabajo tenéis lo que ni siquiera las emperatrices de la antigüedad poseyeron. Si al adquirir todos esos artefactos queríais realmente ahorrar "tiempo", entonces habéis sido cruelmente engañadas.

Después están los niños, por supuesto. Cuando todas las demás excusas fallan, siempre son "los niños". Vosotras tenéis jardines de infantes, campos de juego, niñeras y Dios sabe qué otras cosas. Hacéis dormir la siesta a los niños después de almorzar y los acostáis lo antes posible, todo de acuerdo con los "modernos" métodos aprobados. En suma, tenéis lo menos posible que hacer con vuestros hijos. Son eliminados, tal como sucede con los odiosos menesteres domésticos. Todo en nombre de la ciencia y la eficiencia.

("Francais, encore un tout petit effort...!")

Sí, mis queridas madres, sabemos que por mucho que hagáis siempre hay más que hacer. Es verdad que vuestra tarea nunca se acaba. ¿De quién será, me pregunto? ¿Quién descansa el séptimo día, no siendo Dios? ¿Quién contempla su obra, cuando está terminada, y la halla buena? Al parecer el único que lo hace es el Creador.

A veces me pregunto si estas madres conscientes que siempre se quejan de que nunca terminan su trabajo (forma inventada de autoelogio), me pregunto, como decía, si alguna vez se les ocurre llevarse al retrete, no material de lectura sino pequeños trabajitos que han dejado sin terminar. O bien, diciéndolo de otra manera, ¿alguna vez se les ocurre sentarse a meditar sobre su suerte durante esos preciosos momentos de completa intimidad? ¿Alguna vez, en tales momentos, piden al buen Señor fuerzas y valor para seguir marchando por el camino del martirio?

Muchas veces me pregunto cómo se las arreglaron nuestros pobres antepasados, empobrecidos y totalmente incapacitados, para hacer lo que hicieron. Algunas madres de antes, como sabemos por las vidas de los grandes hombres, lograron leer en abundancia a pesar de esas graves "incapacidades". Parecería como si algunas hubiesen tenido tiempo para todo. No solamente cuidaron a sus hijos, les enseñaron todo lo que sabían, los amamantaron, les dieron de comer, los limpiaron, jugaron con ellos y hasta les confeccionaron la ropa (y a veces hasta las telas), no solamente lavaban y planchaban la ropa de todos, sino que por lo menos algunas también consiguieron echar una mano a sus esposos, especialmente si eran gente sencilla del campo. Son innumerables las cosas grandes y pequeñas que nuestros antepasados hicieron sin ninguna ayuda, antes de que hubiese dispositivos que ahorraran trabajo, dispositivos que ahorraran tiempo, antes de que hubiese medios para aprender más rápido, antes de que hubiese jardines de infantes, guarderías, centros de recreo, trabajadores sociales, cinematógrafos y oficinas de asistencia federal de todo tipo.

Puede que las madres de nuestros grandes hombres también hayan tenido la costumbre de leer en el baño. Si es así, comúnmente no se sabe. Tampoco he leído que lectores omnívoros como Macaulay, Saintsbury y Rémy de Gourmont, por ejemplo, cultivasen este hábito. Sospecho, en cambio, que estos lectores gargantuescos han vivido demasiado activos, demasiado concentrados en su objetivo, como para derrochar el tiempo de esta manera. El hecho mismo de que fueran lectores tan prodigiosos indicaría que su atención siempre estuvo indivisa. Es cierto, sin embargo, que existen bibliómanos que leen durante las comidas o mientras caminan; puede que algunos hasta consigan leer y conversar al mismo tiempo. Hay un tipo de persona que no puede resistir la lectura de todo cuanto entra dentro de su campo visual: leen literalmente de todo, hasta los avisos de objetos perdidos en el diario. Están obsesionados y son dignos de compasión.

Quizá no esté de más un sano consejo en esta encrucijada. Si tus intestinos se niegan a funcionar, consulta a un herborista chino. No leas para distraer la mente de la ocupación que tienes entre manos. Al sistema autónomo le agrada la concentración total y responde a ella, sea al comer, dormir, evacuar o lo que tú quieras. Si no puedes comer, si no puedes dormir, es porque algo te molesta. Hay algo "sobre tu mente", donde en realidad no debería estar, en otras palabras. Lo mismo reza en cuanto a las deposiciones. Elimina de tu cabeza todo lo que no sea la ocupación que estás cumpliendo. No importa lo que hagas, encáralo con la mente libre y la conciencia limpia. Este es un consejo antiguo y sano. En la actualidad se tiende a intentar varias cosas al mismo tiempo para "aprovechar el tiempo al máximo", como se dice. Esto es completamente desacertado, antihigiénico e ineficaz. ¡Las cosas se hacen con lo fácil! "Ocúpate de las cosas pequeñas, porque las grandes se hacen solas". Todo el mundo escucha eso cuando es niño. Muy pocos lo practican.

Si reviste vital importancia alimentar el cuerpo y la mente, la misma importancia tiene eliminar del cuerpo y la mente lo que ha servido a sus fines. Lo que no se usa y se "acapara" se torna ponzoñoso. Esto es sentido común liso y llano. Se desprende, por lo tanto, que si acudes al baño para eliminar el material de desecho acumulado en tu organismo, te perjudicas si empleas esos preciosos momentos en llenarte la cabeza con "desperdicios". ¿Acaso para ahorrar tiempo se te ocurriría comer y beber sentado en el excusado?

Si todo momento de la vida es tan precioso para ti, si insistes en razonar para tus adentros que el tiempo que pierdes todos los días en el retrete no es despreciable -algunas personas prefieren llamarlo "W.C." o el "John"- entonces, cuando tomes tu material de lectura preferido pregúntate: "¿Necesito esto? ¿Por qué?" (Los fumadores muchas veces lo hacen cuando tratan de quitarse del vicio y lo mismo hacen los alcohólicos. Es una estratagema que no debe desdeñarse.) Supongamos -¡y ya es suponer mucho!- que eres una persona que solamente lee en el excusado "la mejor literatura del mundo". Aun así, sostengo que te valdrá la pena preguntarte: "¿Necesito esto?". Supongamos que te resistieras a leer La Divina Comedia. Supongamos que en vez de leer este gran clásico medites sobre lo que has leído sobre él o lo que has oído decir de él. Eso produciría una ligera mejoría. Mejor todavía, sin embargo, sería no meditar sobre literatura en absoluto sino simplemente mantener la mente tan abierta como el intestino. Si por fuerza tienes que hacer algo, ¿por qué no ofreces una silenciosa oración al Creador, una oración de agradecimiento porque tus intestinos todavía funcionan? ¡Imagínate cuál sería tu situación si se paralizaran! Poco tiempo lleva ofrecer una oración de este tipo y, además, ofrece la ventaja de poder sacar al Dante a la luz del sol, donde podrás comulgar con él en términos más iguales. Tengo la certeza de que ningún escritor, ni siquiera muerto, se sentiría halagado si alguien asociara su obra con el sistema de cloacas. Ni siquiera las obras escatológicas se gozan al máximo en el excusado. Habría que ser un auténtico coprófilo para explotar al máximo una situación así.

Habiendo dicho algunas cosas duras sobre la madre moderna, ¿qué me quedaría para el padre moderno? Me limitaré al padre norteamericano porque lo conozco mejor. Esta especie de padre de familia, como sabemos perfectamente, se considera a sí misma un desdichado esclavo al que nadie aprecia. Además de proveer para los lujos y necesidades de la vida, hace todo lo posible por mantenerse en segundo plano. Si tuviera uno o dos minutos de ocio, se creería en el deber de lavar los platos o cantar al nene para que se duerma. A veces se siente tan apremiado, tan acuciado y tan abusado que cuando su pobre mujer agotada, desnutrida y opaca se encierra en el baño -o sea el "W.C."- durante una hora interminable, se enfurece hasta el extremo de querer romper la puerta para asesinarla allí mismo.

A estos pobres diablos que desconocen su verdadero papel quisiera recomendarles el siguiente procedimiento para el caso de presentarse una crisis así. Digamos que ella ha estado encerrada "allí" por lo menos media hora. No está constipada, no se está masturbando ni se está hermoseando. "¿Entonces qué demonios hace allí?" ¡Cuidado! Yo sé lo que pasa cuando te pones a hablar solo. No pierdas los estribos. Simplemente trata de imaginar que, sentada allí, en el excusado, está la mujer que antaño amaste tan locamente que por nada en el mundo te habrías enfadado con ella. No te pongas celoso de Dante, de Balzac o Dostoievsky si éstas son las sombras con las cuales ella se está comunicando allí. "¡Y hasta puede que lea la Biblia! Ha estado allí lo suficiente como para leer el Deuteronomio." Lo sé. Sé la impresión que esto te causa. Pero no está leyendo la Biblia, y tú lo sabes. Quizá tampoco sea Los poseídos, ni Seraphita, ni Holy Living (Vida Santa) de Jeremy Taylor. Podría ser Lo que el viento se llevó. ¿Pero qué importa? El remedio -créeme hermano, ¡el único remedio!- es ensayar una actitud distinta. Ensaya las preguntas y respuestas. Como éstas, por ejemplo.

-¿Qué haces allí dentro, querida? 

-Estoy leyendo.

-¿Se puede saber qué?

-Algo sobre la Batalla del Marne.

(Simula no irritarte por eso. ¡Prosigue!)

-Me pareció que estabas puliendo tu español.

-¿Cómo dices, amor mío?

-Te preguntaba si es bueno.

-Oh, no, muy aburrido.

-¿Quieres que te traiga otra cosa?

-¿Cómo dices, querido?

-Decía si quieres que te traiga una bebida fresca mientras lees ese material.

-¿Que material?

-La Batalla del Marne.

-Oh, eso ya lo terminé. Ahora estoy leyendo otra cosa.

-¿Necesitas algún libro de referencia, querida?

-Me parece que sí. Me gustaría un diccionario abreviado, el Websters, si no es molestia.

-¿Molestia? Es un placer. Te traeré el no abreviado.

-No, con el abreviado es suficiente. Es más manejable.

(Corre ahora de un lado para otro, como si buscaras el diccionario.)

-Querida, no encuentro ni el abreviado ni el no abreviado ¿Te serviría la enciclopedia? ¿Qué es lo que buscas, una palabra, una fecha, o...?

-Oye, querido, lo que en realidad quiero es paz y tranquilidad.

-Sí, querida, por supuesto. Quitaré la mesa, lavaré los platos y acostaré a los chicos. Después si quieres te leeré. Acabo de descubrir un magnífico libro sobre Nostradamus.

-Eres muy atento, querido. Pero prefiero seguir leyendo.

-¿Leyendo qué?

-Se llama Las memorias del mariscal Joffre, con un prefacio de Napoleón y un detallado estudio de las principales campañas escrito por un profesor de estrategia militar -¡no figura su nombre!- de West Point. ¿Ahora estás conforme, querido?

-Perfectamente.

(Entonces vete a buscar el hacha en la pila de leña. Si no hay pila de leña tendrás que inventarla. Rechina los dientes como si afilaras el hacha, tal como hace Minutten en Mysteries.)

Pero he de darte otro consejo. Cuando ella no mire, deja un ejemplar de la obra de Balzac Sobre Catalina de Médicis en el W.C., ponle una marca en la página 169 y subraya el siguiente pasaje:

El cardenal acababa de comprobar que Catalina le había traicionado. La taimada italiana había visto en la rama joven de la familia real un obstáculo que podría utilizar para contrarrestar las pretensiones de los Guisas, y, a pesar del consejo de los dos Gondis, quienes le indicaron que dejara actuar contra los Borbones a los Guisas con toda la violencia de que eran capaces, consiguió frustrar, poniendo sobre aviso a la reina de Navarra, el complot para secuestrar Béarn que los Guisas habían urdido con el rey de España. Como solamente conocían este secreto de Estado ellos mismos y Catalina, los príncipes de Lorena tuvieron la seguridad de que los había traicionado y quisieron enviarla de nuevo a Florencia; pero para obtener pruebas de la traición de Catalina al Estado -el Estado era la Casa de Lorena- el duque y el cardenal la utilizaron como instrumento para deshacerse del rey de Navarra.

La ventaja de darle a leer un texto como éste consiste en que apartará por completo su mente de los quehaceres domésticos y la colocará en condiciones de charlar contigo de historia, profecías o simbolismos el resto de la noche. Hasta es probable que se sienta tentada a leer la introducción escrita por George Saintsbury, uno de los más grandes lectores del mundo, virtud o vicio que no le impidió escribir algunos de los prefacios o introducciones más tediosos y superfluos para las obras de otros.

Podría sugerir, por supuesto, otros libros absorbentes, principalmente uno llamado Nature and Man (La Naturaleza y el Hombre) de Paul Weiss, profesor de filosofía y lógica, que si no es simplemente de primera fila, por lo menos es de "aguas lustrosas", un ventrílocuo capaz de retorcerle los sesos a un pundit rabínico para hacer un nudo gordiano con ellos. Se puede leer al azar esta obra sin perder ni un solo hilo de su destilada lógica. Todo ha sido predigerido por el autor. El texto no tiene otra cosa que pensamiento puro. He aquí un ejemplo, de la parte sobre "Inferencia".

La inferencia necesaria difiere de la contingente en que la premisa basta para justificar la conclusión. En la inferencia necesaria sólo existe una relación lógica entre la premisa y la conclusión: no hay ningún principio que provea el contenido para la conclusión. Tal inferencia es derivable de una inferencia contingente tratando al principio contingente como premisa. C. S. Pierce parece haber sido el primero que descubrió esta verdad. "Designemos las premisas de cualquier argumento con la letra P, la conclusión con C y el principio con L -dijo-. Entonces, si todo el principio se expresa como premisa, el argumento se convertirá en L y P (ergo) C. Pero este nuevo argumento también tiene que tener su principio, que puede denotarse con L. Ahora bien, como L y P (suponiendo que sean verídicas) contienen todo lo necesario para determinar la verdad probable o necesaria de C, entonces contienen a L. Por lo tanto, L tiene que estar contenida en el principio, esté expresado en la premisa o no. De ahí que todo argumento tenga, como porción de su principio, cierto principio que no puede eliminarse de su principio. Tal principio podría denominarse principio lógico." Todo principio de inferencia, como indica con claridad la observación de Pierce, contiene un principio lógico mediante el cual es posible avanzar rigurosamente desde una premisa y el principio original hasta la conclusión. Todo resultado de la naturaleza o de la mente, por lo tanto, es consecuencia necesaria de algún antecedente y de algún curso que parte de ese antecedente y termina en ese resultado 1.

El lector se preguntará por qué no he sugerido la Fenomenología de la mente, de Hegel, que es la piedra angular reconocida de toda la suite Cascanueces de la prestidigitación intelectual, o sea Wittgenstein, Korzybski, Gurdjieff y Cía. ¡Por qué no! ¿Por qué no la Philosophy of As If (Filosofía del como si) de Vaihinger? ¿O The Alphabet (El alfabeto) de David Diringer? ¿Por qué no The Ninety-Five Theses (Las noventa y cinco tesis) de Lutero o el Preface to the History of the World (Prefacio a la Historia del Mundo) de Walter Raleigh? ¿Por qué no la Aeropagitica de Milton? Todos son libros amorosos. Tan edificantes, tan instructivos...

Ah, si nuestro pobre pater familias norteamericano tomase a pecho este problema de la lectura en el cuarto de baño, si prestase seria consideración al medio más eficaz para romper este hábito, ¡qué lista de libros no idearía para un Estante Privado de Un Metro Cincuenta! Con un poco de ingenio conseguiría curar a su esposa del hábito o disgregarle la mente.

Si realmente fuera ingenioso pensaría en un sustituto de este pernicioso hábito de lectura. Podría, por ejemplo, tapizar las paredes del "waterre", como dicen los franceses, con lienzos. ¡Qué agradable, sedante, lenitivo y educativo sería dejar que la mirada recorra algunas obras maestras mientras se responde a la llamada de la naturaleza! Para empezar, Romney, Gainsborough, Watteau, Dalí, Grant Wood, Soutine, Brueghel el Viejo y los hermanos Albright. (Las obras de arte, dicho sea de paso, no son una afrenta para el sistema autónomo.) O bien, si su gusto no tiende hacia esas direcciones, podría revestir las paredes del "waterre" con las cubiertas del Saturday Evening Post o con tapas de Time, pues nada podría ser más "básico-básico", para emplear el lenguaje de la dianética. O bien podría aprovechar los ratos de ocio para ponerse a bordar en sedas multicolores alguna leyenda rara para colgar a la altura de los ojos cuando ella ocupa su lugar acostumbrado en el "waterre", una leyenda como esta: Hogar es todo sitio donde uno cuelga el sombrero. Como esto entraña una moraleja, podría cautivarla de manera inimaginable. ¡Hasta la liberaría de la blanca muleta del excusado en tiempo récord, vaya uno a saber!

En este punto creo importante mencionar el hecho de que la ciencia acaba de descubrir la eficacia, la eficacia terapéutica, del Amor. Los suplementos dominicales están repletos de temas así. Al parecer éste es el gran descubrimiento del siglo, después de la dianética, los platillos volantes y la cibernética. El hecho de que hasta los psiquiatras reconozcan ahora la validez del amor, imparte un sello de aprobación que (al parecer) Jesucristo, La Luz del Mundo, no consiguió facilitar. Las madres, que ahora han despertado a este hecho incontrovertible, ya no tendrán problemas en sus tratos con sus hijos ni tampoco, "ipso facto", en sus tratos con sus maridos. Los alcaides abrirán las cárceles para soltar a los reclusos; los generales ordenarán a sus hombres que abandonen las armas. El milenio está a la vuelta de la esquina.

No obstante, y a pesar de la llegada del milenio, los seres humanos todavía estarán obligados a reparar en el "water closet" diariamente. Todavía tropezarán con el problema de cómo sentarse en el excusado para aprovechar mejor el tiempo. Este problema es virtualmente un problema metafísico. Para desempeñar esta función la naturaleza no nos pide otra cosa que completa conformidad. La única colaboración que demanda de nuestra parte es nuestra disposición a dejar salir. Evidentemente, cuando el Creador diseñó el organismo humano comprendió que sería mejor para nosotros dejar libradas ciertas funciones a sí mismas; es evidente que si funciones tan vitales como la respiración, el sueño o la defecación quedasen libradas a nuestra disposición, algunos dejaríamos de respirar, de dormir o de concurrir al baño. Muchas personas, recordemos que no todos están en el manicomio, ponen en tela de juicio la inteligencia de su propio organismo. Preguntan por qué, no para saber sino para ridiculizar lo que su limitada inteligencia no alcanza a comprender. Contemplan las demandas del cuerpo como tiempo desperdiciado. ¿Cómo pasan, entonces, el tiempo esos seres superiores? ¿Están completamente al servicio de la humanidad? ¿No comprenden la razón de que haya que perder tiempo en comer, beber, dormir y defecar porque tienen tantas obras buenas que hacer? Sería interesante saber lo que quiere decir esta gente cuando habla de "perder el tiempo".

Tiempo, tiempo... Muchas veces me he preguntado qué haríamos con el tiempo si de pronto tuviésemos el privilegio de funcionar a la perfección. Porque en cuanto pensamos en el funcionamiento perfecto, ya no podemos retener la imagen de la sociedad tal como está constituida en la actualidad. Gastamos la mayor parte de nuestra vida luchando contra desajustes de todo tipo; todo está fuera de sus carriles, desde el cuerpo humano hasta el cuerpo político. Suponiendo que el cuerpo humano funcione bien y que el cuerpo social también funcione bien, pregunto: "¿Qué haríamos con nuestro tiempo?" Para circunscribir por el momento el problema a un solo aspecto, la lectura, ruego al lector que imagine qué libros, qué tipo de libros, consideraría entonces necesarios o dignos de merecer un poco de tiempo. En cuanto estudiamos el problema de la lectura desde este punto de vista toda la literatura se desmorona. Según mi entender, en la actualidad leemos principalmente por los siguiente motivos: uno, para escapar de nosotros mismos; dos, para armarnos contra peligros reales o imaginarios; tres, para "mantenernos a la altura" de nuestros vecinos o para impresionarles, lo cual es lo mismo; cuatro, para saber lo que pasa en el mundo; cinco, para entretenernos, lo que significa ser estimulados a una actividad mayor y superior, y a una existencia más rica. Podríamos agregar otras razones, pero estas cinco me parecen las principales, y las he consignado por orden de importancia actual, según creo conocer a mis semejantes. No hace falta reflexionar mucho para llegar a la conclusión de que si fuésemos correctos con nosotros mismos y todo marchase bien en el mundo, la única razón válida, la que tiene menor importancia en el presente, sería la última. Las otras desaparecerían porque no tendrían razón de existir. E incluso la nombrada en último término, dadas las condiciones ideales mencionadas, tendría poco o ningún asidero en nosotros. Hay y siempre hubo individuos raros que ya no necesitan los libros, ni siquiera los libros "sagrados". Éstos son precisamente los iluminados, los que han despertado. Saben perfectamente bien lo que sucede en el mundo. No consideran la vida como un problema ni un calvario, sino como un privilegio y una bendición. No buscan imbuirse de conocimientos sino de sabiduría. No viven torturados por el miedo, la ansiedad, la ambición, la envidia, la codicia, el odio o la rivalidad. Se interesan profundamente pero al mismo tiempo se despreocupan. Gozan todo lo que hacen porque participan directamente. No tienen necesidad de leer libros sagrados ni de comportarse como santos porque ven la vida en su totalidad y ellos mismos son totales, de manera que para ellos todo es total y sagrado.

¿Cómo gastan su tiempo estos