|
"Los
libros en mi
vida"
Capítulo XIII
Lectura
en el retrete
Hay un tema
relacionado con la
lectura de libros
que creo que vale la
pena desarrollar
porque implica un hábito
que es muy
generalizado y sobre
el cual, que yo
sepa, muy poco se ha
escrito: me refiero
a la lectura en el
retrete. Siendo
joven, en busca de
un lugar seguro
donde devorar los clásicos
prohibidos, a veces
acudía a refugiarme
en el cuarto de baño.
Desde esa época
juvenil ya nunca
volví a leer en el
retrete. Cuando
busco paz y quietud
tomo el libro y me
marcho al bosque. No
conozco mejor lugar
para leer un buen
libro que las
profundidades de la
espesura. Con
preferencia junto a
un arroyo.
Inmediatamente
escucho objeciones.
"¡Pero no
todos tenemos la
fortuna de usted!
Tenemos empleos,
vamos al trabajo y
regresamos de él en
tranvías, autobuses
y metros atestados;
a duras penas
tenemos un minuto
que podamos llamar
nuestro."
Yo mismo fui
"trabajador"
hasta los treinta y
tres años. Fue en
este período
temprano de mi vida
cuando realicé la
mayor parte de mis
lecturas.
Invariablemente leía
en condiciones difíciles.
Recuerdo que cierta
vez me reprendieron
al sorprenderme
leyendo a Nietzsche,
en vez de corregir
el catálogo de
pedidos por correo,
que era entonces mi
ocupación. Ahora
que lo pienso
comprendo que fue
afortunado que me
hayan despedido. ¿Acaso
Nietzsche no fue
mucho más
importante en mi
vida que el
conocimiento del
negocio de los
pedidos por correo?
Durante cuatro años
consecutivos, en el
trayecto de ida y
vuelta entre las
oficinas de la
Everlasting Portland
Cement Co. y mi
casa, leí los
libros más
"pesados".
Leía de pie,
apretujado por los
cuatro costados por
pasajeros como yo.
No solamente leía
durante estos viajes
en el suburbano sino
que memorizaba
extensos pasajes de
esos tomos demasiado
compactos. Aunque no
hubiera servido para
otra cosa, fue un
valioso ejercicio en
el arte de la
concentración. En
este empleo muchas
veces me quedaba
trabajando hasta muy
avanzada la noche,
por lo general sin
almorzar, no porque
quisiera leer
durante la hora del
almuerzo sino porque
no tenía dinero
para comer. De noche
cenaba deprisa y
corría a reunirme
con mis compañeros.
En esos años, y
muchos años después,
raras veces dormí más
de cuatro a cinco
horas diarias, pero
leía enormemente.
Además, repito, leí
-por lo menos para mí-
los libros más difíciles
y no los fáciles.
Nunca leí para
matar el tiempo.
Raras veces leo en
la cama, a menos que
me sienta
indispuesto o finja
sentirme mal para
gozar un breve
descanso.
Contemplando el
pasado, me parece
que siempre leía en
posición incómoda.
(Que es la forma en
que escriben la
mayoría de los
escritores y pintan
la mayoría de los
pintores, según
compruebo.) Pero lo
leído penetró. Lo
importante es, y
debo recalcarlo, que
leía sin desviar la
atención y con
todas las facultades
que poseía. Cuando
jugaba me sucedía
lo mismo.
De vez en cuando iba
a pasar la noche en
la biblioteca pública,
para leer. Eso era
como ocupar un palco
en el paraíso. A
menudo, cuando
abandonaba la
biblioteca, decía
para mis adentros:
"¿Por qué no
vienes más a
menudo?" El
motivo de que no lo
hiciera, por
supuesto, era que la
vida se interponía
en el camino. Uno
muchas veces dice la
"vida"
para indicar el
placer o cualquier
distracción tonta.
Por lo que he podido
establecer mediante
conversaciones con
amigos íntimos, la
mayoría de las
lecturas que se
hacen en el retrete
es lectura inútil.
Los periódicos, las
revistas gráficas,
los folletines, las
novelas policíacas
y de aventuras, y
todos los cabos
sueltos de la
literatura, es lo
que la gente lleva
al baño para leer.
Algunos, según me
dicen, tienen
estantes con libros
en el cuarto de baño.
Su material de
lectura los espera,
por así decirlo,
como los espera en
el consultorio del
dentista. Es
sorprendente la
avidez con que la
gente examina el
"material de
lectura", según
se le llama, que
encuentra en grandes
pilas en las salas
de espera de los
profesionales. ¿Será
para distraer la
mente de la dolorosa
prueba que los
aguarda? Mis
limitadas
observaciones me
indican que estos
individuos ya han
absorbido más de lo
que les corresponde
en cuanto a los
"acontecimientos
de actualidad":
guerra, accidentes,
más guerra,
desastres, guerra
otra vez,
homicidios, más
guerra, suicidios,
guerra de nuevo,
asaltos de bancos,
nuevamente guerra y
más guerra, fría y
caliente. No cabe
duda de que son los
mismos individuos
que tienen la radio
funcionando prácticamente
todo el día y la
noche, que van al
cine con la máxima
frecuencia posible
-donde reciben más
noticias frescas, más
"acontecimientos
de actualidad"-
y que compran
televisores para sus
hijos. ¡Todo para
estar informados! ¿Pero
saben algo que
realmente valga la
pena saber sobre
estos
acontecimientos de
tremenda importancia
que conmueven al
mundo?
La gente podrá
insistir en que
devora los diarios o
pega las orejas a la
radio (a veces las
dos al mismo tiempo)
para mantenerse al
corriente de las
actividades del
mundo, pero es pura
ilusión. Lo cierto
es que apenas estos
tristes individuos
no están activos,
no están ocupados,
adquieren noción de
un siniestro y
doloroso vacío
dentro de sí
mismos. Francamente
no importa con qué
papilla se harten,
lo importante es no
ponerse cara a cara
frente a sí mismos.
Meditar sobre el
problema del día, o
siquiera sobre los
problemas
personales, es lo último
que el individuo
normal quiere hacer.
Incluso en el
retrete, donde uno
creería innecesario
hacer algo, pensar
algo, donde por lo
menos una vez al día
uno se encuentra a
solas consigo mismo
y todo lo que suceda
sucede automáticamente,
hasta este momento
de gloria, porque es
en realidad un tipo
de gloria menor,
debe ser
interrumpido
mediante la
concentración en el
material impreso.
Creo que cada cual
tiene su tipo de
lectura preferida
para la intimidad
del excusado.
Algunos navegan por
largas novelas;
otros, en cambio, sólo
leen la hojarasca más
superficial.
Algunos, no cabe la
menor duda,
simplemente vuelven
las páginas y sueñan.
¿Cómo son los sueños
que sueñan?, nos
preguntamos. ¿De qué
se tiñen sus sueños?
Hay madres que nos
dirán que sólo en
la toilette tienen
oportunidad de leer.
¡Pobres madres! La
vida es realmente
dura para vosotras
en estos tiempos.
Sin embargo,
comparadas con las
madres de cincuenta
años atrás,
vosotras tenéis más
oportunidad para
desarrollaros a
vosotras mismas. En
vuestro completo
arsenal de
dispositivos que
economizan trabajo
tenéis lo que ni
siquiera las
emperatrices de la
antigüedad
poseyeron. Si al
adquirir todos esos
artefactos queríais
realmente ahorrar
"tiempo",
entonces habéis
sido cruelmente engañadas.
Después están los
niños, por
supuesto. Cuando
todas las demás
excusas fallan,
siempre son
"los niños".
Vosotras tenéis
jardines de
infantes, campos de
juego, niñeras y
Dios sabe qué otras
cosas. Hacéis
dormir la siesta a
los niños después
de almorzar y los
acostáis lo antes
posible, todo de
acuerdo con los
"modernos"
métodos aprobados.
En suma, tenéis lo
menos posible que
hacer con vuestros
hijos. Son
eliminados, tal como
sucede con los
odiosos menesteres
domésticos. Todo en
nombre de la ciencia
y la eficiencia.
("Francais,
encore un tout petit
effort...!")
Sí, mis queridas
madres, sabemos que
por mucho que hagáis
siempre hay más que
hacer. Es verdad que
vuestra tarea nunca
se acaba. ¿De quién
será, me pregunto?
¿Quién descansa el
séptimo día, no
siendo Dios? ¿Quién
contempla su obra,
cuando está
terminada, y la
halla buena? Al
parecer el único
que lo hace es el
Creador.
A veces me pregunto
si estas madres
conscientes que
siempre se quejan de
que nunca terminan
su trabajo (forma
inventada de
autoelogio), me
pregunto, como decía,
si alguna vez se les
ocurre llevarse al
retrete, no material
de lectura sino
pequeños trabajitos
que han dejado sin
terminar. O bien,
diciéndolo de otra
manera, ¿alguna vez
se les ocurre
sentarse a meditar
sobre su suerte
durante esos
preciosos momentos
de completa
intimidad? ¿Alguna
vez, en tales
momentos, piden al
buen Señor fuerzas
y valor para seguir
marchando por el
camino del martirio?
Muchas veces me
pregunto cómo se
las arreglaron
nuestros pobres
antepasados,
empobrecidos y
totalmente
incapacitados, para
hacer lo que
hicieron. Algunas
madres de antes,
como sabemos por las
vidas de los grandes
hombres, lograron
leer en abundancia a
pesar de esas graves
"incapacidades".
Parecería como si
algunas hubiesen
tenido tiempo para
todo. No solamente
cuidaron a sus
hijos, les enseñaron
todo lo que sabían,
los amamantaron, les
dieron de comer, los
limpiaron, jugaron
con ellos y hasta
les confeccionaron
la ropa (y a veces
hasta las telas), no
solamente lavaban y
planchaban la ropa
de todos, sino que
por lo menos algunas
también
consiguieron echar
una mano a sus
esposos,
especialmente si
eran gente sencilla
del campo. Son
innumerables las
cosas grandes y
pequeñas que
nuestros antepasados
hicieron sin ninguna
ayuda, antes de que
hubiese dispositivos
que ahorraran
trabajo,
dispositivos que
ahorraran tiempo,
antes de que hubiese
medios para aprender
más rápido, antes
de que hubiese
jardines de
infantes, guarderías,
centros de recreo,
trabajadores
sociales, cinematógrafos
y oficinas de
asistencia federal
de todo tipo.
Puede que las madres
de nuestros grandes
hombres también
hayan tenido la
costumbre de leer en
el baño. Si es así,
comúnmente no se
sabe. Tampoco he leído
que lectores omnívoros
como Macaulay,
Saintsbury y Rémy
de Gourmont, por
ejemplo, cultivasen
este hábito.
Sospecho, en cambio,
que estos lectores
gargantuescos han
vivido demasiado
activos, demasiado
concentrados en su
objetivo, como para
derrochar el tiempo
de esta manera. El
hecho mismo de que
fueran lectores tan
prodigiosos indicaría
que su atención
siempre estuvo
indivisa. Es cierto,
sin embargo, que
existen bibliómanos
que leen durante las
comidas o mientras
caminan; puede que
algunos hasta
consigan leer y
conversar al mismo
tiempo. Hay un tipo
de persona que no
puede resistir la
lectura de todo
cuanto entra dentro
de su campo visual:
leen literalmente de
todo, hasta los
avisos de objetos
perdidos en el
diario. Están
obsesionados y son
dignos de compasión.
Quizá no esté de más
un sano consejo en
esta encrucijada. Si
tus intestinos se
niegan a funcionar,
consulta a un
herborista chino. No
leas para distraer
la mente de la
ocupación que
tienes entre manos.
Al sistema autónomo
le agrada la
concentración total
y responde a ella,
sea al comer,
dormir, evacuar o lo
que tú quieras. Si
no puedes comer, si
no puedes dormir, es
porque algo te
molesta. Hay algo
"sobre tu
mente", donde
en realidad no debería
estar, en otras
palabras. Lo mismo
reza en cuanto a las
deposiciones.
Elimina de tu cabeza
todo lo que no sea
la ocupación que
estás cumpliendo.
No importa lo que
hagas, encáralo con
la mente libre y la
conciencia limpia.
Este es un consejo
antiguo y sano. En
la actualidad se
tiende a intentar
varias cosas al
mismo tiempo para
"aprovechar el
tiempo al máximo",
como se dice. Esto
es completamente
desacertado,
antihigiénico e
ineficaz. ¡Las
cosas se hacen con
lo fácil! "Ocúpate
de las cosas pequeñas,
porque las grandes
se hacen
solas". Todo el
mundo escucha eso
cuando es niño. Muy
pocos lo practican.
Si reviste vital
importancia
alimentar el cuerpo
y la mente, la misma
importancia tiene
eliminar del cuerpo
y la mente lo que ha
servido a sus fines.
Lo que no se usa y
se
"acapara"
se torna ponzoñoso.
Esto es sentido común
liso y llano. Se
desprende, por lo
tanto, que si acudes
al baño para
eliminar el material
de desecho acumulado
en tu organismo, te
perjudicas si
empleas esos
preciosos momentos
en llenarte la
cabeza con
"desperdicios".
¿Acaso para ahorrar
tiempo se te ocurriría
comer y beber
sentado en el
excusado?
Si todo momento de
la vida es tan
precioso para ti, si
insistes en razonar
para tus adentros
que el tiempo que
pierdes todos los días
en el retrete no es
despreciable
-algunas personas
prefieren llamarlo
"W.C." o
el "John"-
entonces, cuando
tomes tu material de
lectura preferido
pregúntate: "¿Necesito
esto? ¿Por qué?"
(Los fumadores
muchas veces lo
hacen cuando tratan
de quitarse del
vicio y lo mismo
hacen los alcohólicos.
Es una estratagema
que no debe desdeñarse.)
Supongamos -¡y ya
es suponer mucho!-
que eres una persona
que solamente lee en
el excusado "la
mejor literatura del
mundo". Aun así,
sostengo que te
valdrá la pena
preguntarte: "¿Necesito
esto?".
Supongamos que te
resistieras a leer
La Divina Comedia.
Supongamos que en
vez de leer este
gran clásico
medites sobre lo que
has leído sobre él
o lo que has oído
decir de él. Eso
produciría una
ligera mejoría.
Mejor todavía, sin
embargo, sería no
meditar sobre
literatura en
absoluto sino
simplemente mantener
la mente tan abierta
como el intestino.
Si por fuerza tienes
que hacer algo, ¿por
qué no ofreces una
silenciosa oración
al Creador, una
oración de
agradecimiento
porque tus
intestinos todavía
funcionan? ¡Imagínate
cuál sería tu
situación si se
paralizaran! Poco
tiempo lleva ofrecer
una oración de este
tipo y, además,
ofrece la ventaja de
poder sacar al Dante
a la luz del sol,
donde podrás
comulgar con él en
términos más
iguales. Tengo la
certeza de que ningún
escritor, ni
siquiera muerto, se
sentiría halagado
si alguien asociara
su obra con el
sistema de cloacas.
Ni siquiera las
obras escatológicas
se gozan al máximo
en el excusado. Habría
que ser un auténtico
coprófilo para
explotar al máximo
una situación así.
Habiendo dicho
algunas cosas duras
sobre la madre
moderna, ¿qué me
quedaría para el
padre moderno? Me
limitaré al padre
norteamericano
porque lo conozco
mejor. Esta especie
de padre de familia,
como sabemos
perfectamente, se
considera a sí
misma un desdichado
esclavo al que nadie
aprecia. Además de
proveer para los
lujos y necesidades
de la vida, hace
todo lo posible por
mantenerse en
segundo plano. Si
tuviera uno o dos
minutos de ocio, se
creería en el deber
de lavar los platos
o cantar al nene
para que se duerma.
A veces se siente
tan apremiado, tan
acuciado y tan
abusado que cuando
su pobre mujer
agotada, desnutrida
y opaca se encierra
en el baño -o sea
el "W.C."-
durante una hora
interminable, se
enfurece hasta el
extremo de querer
romper la puerta
para asesinarla allí
mismo.
A estos pobres
diablos que
desconocen su
verdadero papel
quisiera
recomendarles el
siguiente
procedimiento para
el caso de
presentarse una
crisis así. Digamos
que ella ha estado
encerrada "allí"
por lo menos media
hora. No está
constipada, no se
está masturbando ni
se está
hermoseando. "¿Entonces
qué demonios hace
allí?" ¡Cuidado!
Yo sé lo que pasa
cuando te pones a
hablar solo. No
pierdas los
estribos.
Simplemente trata de
imaginar que,
sentada allí, en el
excusado, está la
mujer que antaño
amaste tan locamente
que por nada en el
mundo te habrías
enfadado con ella.
No te pongas celoso
de Dante, de Balzac
o Dostoievsky si éstas
son las sombras con
las cuales ella se
está comunicando
allí. "¡Y
hasta puede que lea
la Biblia! Ha estado
allí lo suficiente
como para leer el
Deuteronomio."
Lo sé. Sé la
impresión que esto
te causa. Pero no
está leyendo la
Biblia, y tú lo
sabes. Quizá
tampoco sea Los poseídos,
ni Seraphita, ni
Holy Living (Vida
Santa) de Jeremy
Taylor. Podría ser
Lo que el viento se
llevó. ¿Pero qué
importa? El remedio
-créeme hermano, ¡el
único remedio!- es
ensayar una actitud
distinta. Ensaya las
preguntas y
respuestas. Como éstas,
por ejemplo.
-¿Qué haces allí
dentro,
querida?
-Estoy leyendo.
-¿Se puede saber qué?
-Algo sobre la
Batalla del Marne.
(Simula no irritarte
por eso. ¡Prosigue!)
-Me pareció que
estabas puliendo tu
español.
-¿Cómo dices, amor
mío?
-Te preguntaba si es
bueno.
-Oh, no, muy
aburrido.
-¿Quieres que te
traiga otra cosa?
-¿Cómo dices,
querido?
-Decía si quieres
que te traiga una
bebida fresca
mientras lees ese
material.
-¿Que material?
-La Batalla del
Marne.
-Oh, eso ya lo
terminé. Ahora
estoy leyendo otra
cosa.
-¿Necesitas algún
libro de referencia,
querida?
-Me parece que sí.
Me gustaría un
diccionario
abreviado, el
Websters, si no es
molestia.
-¿Molestia? Es un
placer. Te traeré
el no abreviado.
-No, con el
abreviado es
suficiente. Es más
manejable.
(Corre ahora de un
lado para otro, como
si buscaras el
diccionario.)
-Querida, no
encuentro ni el
abreviado ni el no
abreviado ¿Te
serviría la
enciclopedia? ¿Qué
es lo que buscas,
una palabra, una
fecha, o...?
-Oye, querido, lo
que en realidad
quiero es paz y
tranquilidad.
-Sí, querida, por
supuesto. Quitaré
la mesa, lavaré los
platos y acostaré a
los chicos. Después
si quieres te leeré.
Acabo de descubrir
un magnífico libro
sobre Nostradamus.
-Eres muy atento,
querido. Pero
prefiero seguir
leyendo.
-¿Leyendo qué?
-Se llama Las
memorias del
mariscal Joffre, con
un prefacio de
Napoleón y un
detallado estudio de
las principales
campañas escrito
por un profesor de
estrategia militar -¡no
figura su nombre!-
de West Point. ¿Ahora
estás conforme,
querido?
-Perfectamente.
(Entonces vete a
buscar el hacha en
la pila de leña. Si
no hay pila de leña
tendrás que
inventarla. Rechina
los dientes como si
afilaras el hacha,
tal como hace
Minutten en
Mysteries.)
Pero he de darte
otro consejo. Cuando
ella no mire, deja
un ejemplar de la
obra de Balzac Sobre
Catalina de Médicis
en el W.C., ponle
una marca en la página
169 y subraya el
siguiente pasaje:
El cardenal acababa
de comprobar que
Catalina le había
traicionado. La
taimada italiana había
visto en la rama
joven de la familia
real un obstáculo
que podría utilizar
para contrarrestar
las pretensiones de
los Guisas, y, a
pesar del consejo de
los dos Gondis,
quienes le indicaron
que dejara actuar
contra los Borbones
a los Guisas con
toda la violencia de
que eran capaces,
consiguió frustrar,
poniendo sobre aviso
a la reina de
Navarra, el complot
para secuestrar Béarn
que los Guisas habían
urdido con el rey de
España. Como
solamente conocían
este secreto de
Estado ellos mismos
y Catalina, los príncipes
de Lorena tuvieron
la seguridad de que
los había
traicionado y
quisieron enviarla
de nuevo a
Florencia; pero para
obtener pruebas de
la traición de
Catalina al Estado
-el Estado era la
Casa de Lorena- el
duque y el cardenal
la utilizaron como
instrumento para
deshacerse del rey
de Navarra.
La ventaja de darle
a leer un texto como
éste consiste en
que apartará por
completo su mente de
los quehaceres domésticos
y la colocará en
condiciones de
charlar contigo de
historia, profecías
o simbolismos el
resto de la noche.
Hasta es probable
que se sienta
tentada a leer la
introducción
escrita por George
Saintsbury, uno de
los más grandes
lectores del mundo,
virtud o vicio que
no le impidió
escribir algunos de
los prefacios o
introducciones más
tediosos y
superfluos para las
obras de otros.
Podría sugerir, por
supuesto, otros
libros absorbentes,
principalmente uno
llamado Nature and
Man (La Naturaleza y
el Hombre) de Paul
Weiss, profesor de
filosofía y lógica,
que si no es
simplemente de
primera fila, por lo
menos es de
"aguas
lustrosas", un
ventrílocuo capaz
de retorcerle los
sesos a un pundit
rabínico para hacer
un nudo gordiano con
ellos. Se puede leer
al azar esta obra
sin perder ni un
solo hilo de su
destilada lógica.
Todo ha sido
predigerido por el
autor. El texto no
tiene otra cosa que
pensamiento puro. He
aquí un ejemplo, de
la parte sobre
"Inferencia".
La inferencia
necesaria difiere de
la contingente en
que la premisa basta
para justificar la
conclusión. En la
inferencia necesaria
sólo existe una
relación lógica
entre la premisa y
la conclusión: no
hay ningún
principio que provea
el contenido para la
conclusión. Tal
inferencia es
derivable de una
inferencia
contingente tratando
al principio
contingente como
premisa. C. S.
Pierce parece haber
sido el primero que
descubrió esta
verdad.
"Designemos las
premisas de
cualquier argumento
con la letra P, la
conclusión con C y
el principio con L
-dijo-. Entonces, si
todo el principio se
expresa como
premisa, el
argumento se
convertirá en L y P
(ergo) C. Pero este
nuevo argumento
también tiene que
tener su principio,
que puede denotarse
con L. Ahora bien,
como L y P
(suponiendo que sean
verídicas)
contienen todo lo
necesario para
determinar la verdad
probable o necesaria
de C, entonces
contienen a L. Por
lo tanto, L tiene
que estar contenida
en el principio, esté
expresado en la
premisa o no. De ahí
que todo argumento
tenga, como porción
de su principio,
cierto principio que
no puede eliminarse
de su principio. Tal
principio podría
denominarse
principio lógico."
Todo principio de
inferencia, como
indica con claridad
la observación de
Pierce, contiene un
principio lógico
mediante el cual es
posible avanzar
rigurosamente desde
una premisa y el
principio original
hasta la conclusión.
Todo resultado de la
naturaleza o de la
mente, por lo tanto,
es consecuencia
necesaria de algún
antecedente y de algún
curso que parte de
ese antecedente y
termina en ese
resultado 1.
El lector se
preguntará por qué
no he sugerido la
Fenomenología de la
mente, de Hegel, que
es la piedra angular
reconocida de toda
la suite Cascanueces
de la prestidigitación
intelectual, o sea
Wittgenstein,
Korzybski, Gurdjieff
y Cía. ¡Por qué
no! ¿Por qué no la
Philosophy of As If
(Filosofía del como
si) de Vaihinger? ¿O
The Alphabet (El
alfabeto) de David
Diringer? ¿Por qué
no The Ninety-Five
Theses (Las noventa
y cinco tesis) de
Lutero o el Preface
to the History of
the World (Prefacio
a la Historia del
Mundo) de Walter
Raleigh? ¿Por qué
no la Aeropagitica
de Milton? Todos son
libros amorosos. Tan
edificantes, tan
instructivos...
Ah, si nuestro pobre
pater familias
norteamericano
tomase a pecho este
problema de la
lectura en el cuarto
de baño, si
prestase seria
consideración al
medio más eficaz
para romper este hábito,
¡qué lista de
libros no idearía
para un Estante
Privado de Un Metro
Cincuenta! Con un
poco de ingenio
conseguiría curar a
su esposa del hábito
o disgregarle la
mente.
Si realmente fuera
ingenioso pensaría
en un sustituto de
este pernicioso hábito
de lectura. Podría,
por ejemplo, tapizar
las paredes del
"waterre",
como dicen los
franceses, con
lienzos. ¡Qué
agradable, sedante,
lenitivo y educativo
sería dejar que la
mirada recorra
algunas obras
maestras mientras se
responde a la
llamada de la
naturaleza! Para
empezar, Romney,
Gainsborough,
Watteau, Dalí,
Grant Wood, Soutine,
Brueghel el Viejo y
los hermanos
Albright. (Las obras
de arte, dicho sea
de paso, no son una
afrenta para el
sistema autónomo.)
O bien, si su gusto
no tiende hacia esas
direcciones, podría
revestir las paredes
del
"waterre"
con las cubiertas
del Saturday Evening
Post o con tapas de
Time, pues nada podría
ser más "básico-básico",
para emplear el
lenguaje de la dianética.
O bien podría
aprovechar los ratos
de ocio para ponerse
a bordar en sedas
multicolores alguna
leyenda rara para
colgar a la altura
de los ojos cuando
ella ocupa su lugar
acostumbrado en el
"waterre",
una leyenda como
esta: Hogar es todo
sitio donde uno
cuelga el sombrero.
Como esto entraña
una moraleja, podría
cautivarla de manera
inimaginable. ¡Hasta
la liberaría de la
blanca muleta del
excusado en tiempo récord,
vaya uno a saber!
En este punto creo
importante mencionar
el hecho de que la
ciencia acaba de
descubrir la
eficacia, la
eficacia terapéutica,
del Amor. Los
suplementos
dominicales están
repletos de temas así.
Al parecer éste es
el gran
descubrimiento del
siglo, después de
la dianética, los
platillos volantes y
la cibernética. El
hecho de que hasta
los psiquiatras
reconozcan ahora la
validez del amor,
imparte un sello de
aprobación que (al
parecer) Jesucristo,
La Luz del Mundo, no
consiguió
facilitar. Las
madres, que ahora
han despertado a
este hecho
incontrovertible, ya
no tendrán
problemas en sus
tratos con sus hijos
ni tampoco,
"ipso
facto", en sus
tratos con sus
maridos. Los
alcaides abrirán
las cárceles para
soltar a los
reclusos; los
generales ordenarán
a sus hombres que
abandonen las armas.
El milenio está a
la vuelta de la
esquina.
No obstante, y a
pesar de la llegada
del milenio, los
seres humanos todavía
estarán obligados a
reparar en el
"water
closet"
diariamente. Todavía
tropezarán con el
problema de cómo
sentarse en el
excusado para
aprovechar mejor el
tiempo. Este
problema es
virtualmente un
problema metafísico.
Para desempeñar
esta función la
naturaleza no nos
pide otra cosa que
completa
conformidad. La única
colaboración que
demanda de nuestra
parte es nuestra
disposición a dejar
salir.
Evidentemente,
cuando el Creador
diseñó el
organismo humano
comprendió que sería
mejor para nosotros
dejar libradas
ciertas funciones a
sí mismas; es
evidente que si
funciones tan
vitales como la
respiración, el sueño
o la defecación
quedasen libradas a
nuestra disposición,
algunos dejaríamos
de respirar, de
dormir o de
concurrir al baño.
Muchas personas,
recordemos que no
todos están en el
manicomio, ponen en
tela de juicio la
inteligencia de su
propio organismo.
Preguntan por qué,
no para saber sino
para ridiculizar lo
que su limitada
inteligencia no
alcanza a
comprender.
Contemplan las
demandas del cuerpo
como tiempo
desperdiciado. ¿Cómo
pasan, entonces, el
tiempo esos seres
superiores? ¿Están
completamente al
servicio de la
humanidad? ¿No
comprenden la razón
de que haya que
perder tiempo en
comer, beber, dormir
y defecar porque
tienen tantas obras
buenas que hacer?
Sería interesante
saber lo que quiere
decir esta gente
cuando habla de
"perder el
tiempo".
Tiempo, tiempo...
Muchas veces me he
preguntado qué haríamos
con el tiempo si de
pronto tuviésemos
el privilegio de
funcionar a la
perfección. Porque
en cuanto pensamos
en el funcionamiento
perfecto, ya no
podemos retener la
imagen de la
sociedad tal como
está constituida en
la actualidad.
Gastamos la mayor
parte de nuestra
vida luchando contra
desajustes de todo
tipo; todo está
fuera de sus
carriles, desde el
cuerpo humano hasta
el cuerpo político.
Suponiendo que el
cuerpo humano
funcione bien y que
el cuerpo social
también funcione
bien, pregunto:
"¿Qué haríamos
con nuestro
tiempo?" Para
circunscribir por el
momento el problema
a un solo aspecto,
la lectura, ruego al
lector que imagine
qué libros, qué
tipo de libros,
consideraría
entonces necesarios
o dignos de merecer
un poco de tiempo.
En cuanto estudiamos
el problema de la
lectura desde este
punto de vista toda
la literatura se
desmorona. Según mi
entender, en la
actualidad leemos
principalmente por
los siguiente
motivos: uno, para
escapar de nosotros
mismos; dos, para
armarnos contra
peligros reales o
imaginarios; tres,
para
"mantenernos a
la altura" de
nuestros vecinos o
para impresionarles,
lo cual es lo mismo;
cuatro, para saber
lo que pasa en el
mundo; cinco, para
entretenernos, lo
que significa ser
estimulados a una
actividad mayor y
superior, y a una
existencia más
rica. Podríamos
agregar otras
razones, pero estas
cinco me parecen las
principales, y las
he consignado por
orden de importancia
actual, según creo
conocer a mis
semejantes. No hace
falta reflexionar
mucho para llegar a
la conclusión de
que si fuésemos
correctos con
nosotros mismos y
todo marchase bien
en el mundo, la única
razón válida, la
que tiene menor
importancia en el
presente, sería la
última. Las otras
desaparecerían
porque no tendrían
razón de existir. E
incluso la nombrada
en último término,
dadas las
condiciones ideales
mencionadas, tendría
poco o ningún
asidero en nosotros.
Hay y siempre hubo
individuos raros que
ya no necesitan los
libros, ni siquiera
los libros
"sagrados".
Éstos son
precisamente los
iluminados, los que
han despertado.
Saben perfectamente
bien lo que sucede
en el mundo. No
consideran la vida
como un problema ni
un calvario, sino
como un privilegio y
una bendición. No
buscan imbuirse de
conocimientos sino
de sabiduría. No
viven torturados por
el miedo, la
ansiedad, la ambición,
la envidia, la
codicia, el odio o
la rivalidad. Se
interesan
profundamente pero
al mismo tiempo se
despreocupan. Gozan
todo lo que hacen
porque participan
directamente. No
tienen necesidad de
leer libros sagrados
ni de comportarse
como santos porque
ven la vida en su
totalidad y ellos
mismos son totales,
de manera que para
ellos todo es total
y sagrado.
¿Cómo gastan su
tiempo estos
|