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| CUENTOS |
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| Gabriel Moraes |
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| La tortuga que regresó al mar |
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| Agradezco enormemente al autor, que envía su cuento desde El Salvador. |
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Leinad
siempre había sido dueño de su vida,
del invierno y el verano, al caer las
primeras lluvias es un deber de la
especie salir de la tierra, donde
duermen enterradas por varios meses las
tortugas como él. Le
encantaba aspirar el grato olor del
polvo mojado, y con su lenta caminata,
iniciar el ritual del llamado a las
tormentas. -Como
todo animal respetuoso de lo arcano, si
no lo hago, el arco iris no saldrá y
terribles tragedias puede provocar el
advenimiento de las fuerzas del mal en
los tiempos de sequía. Durante
siglos, sus antepasados, rebeldes
aventureros desoyendo
los cánticos de las sabias y bellas
sirenas, y aseverando que la verdad
comienza donde terminan las playas, se
adentraron más allá del mundo
conocido. Tarde
o temprano fueron acostumbrándose al
gobierno y a la voz de los hombres; por
allá, por aquí, en los jardines, en
los patios, en los campos, dentro de las
casas, bajo las piedras, por donde sea. Es
ley bien sabida y natural, que todos los
humanos no pueden vivir sin el agua y edifican sus ciudades cercanas a ríos y manantiales, y cada
vez que bebe o lo humedece el bendito
elemento, Leinad refresca su memoria;
sus orígenes en el fondo de los mares
sostienen el andar de sus cuatro patas,
negar con la cabeza y el corazón su
procedencia de acuático quelonio era la
ofensa más ruin que podía
cometer alguien que respira el
aire de las dos maneras; además,
significaba la muerte inminente
el no poseer al menos cien gotas capaces
de mover la sangre por todo el cuerpo. Ser
libre por los cuatro rumbos del viento y
del horizonte no quiere decir que ya se
es feliz, nadie tiene derecho de
apagarle la luz de la existencia a ningún
ser vivo que camina, nada o vuela, pero
algunos humanos, aficionándose a la carne y al deleite de ver correr la sangre, se creen
dioses facultados para devorar a quien
sea y así satisfacer sus más
inimaginables deseos y caprichos;
incluso no cae una hoja de un árbol o
una estrella fugaz del cielo sin que el
pensamiento del hombre maquine maldades
y se vuelva depredador de sus propios
hermanos… Es
la eterna profecía que se cierne sobre
su destino por haber desobedecido los
mandamientos del Creador. De
la noche a la mañana, las tortugas ya
no podían vivir en absoluta paz y
tranquilidad, eran buscadas
y perseguidas por todas las regiones y
comarcas; sus huevos, manjares
apetecidos
y ansiados; no hubo más remedio
que esconderse o huir hacia los pocos
montes que quedaban… Leinad
ya no pudo trabajar para ganarse su
sustento diario, de nada valieron sus
meritorios servicios a favor del
bienestar de la humanidad; porque
esperar pacientemente, atrapar y comer
insectos nocivos, avisar
los ojos como el hermano águila,
moverse rápidamente como un relámpago,
no era cosa fácil ni de cualquiera que
se enorgullece que en el eco de su
caparazón palpita el vaivén de las
olas. En
su huida, a Leinad le costaba olvidar
las alegrías
y tristezas, el pasado vivido jamás
dejara de ser su presente y futuro; mientras el sol ilumine lo que pase al
día siguiente, los recuerdos volverán
a su boca, en su lengua, el suave sabor de la tortilla de maíz deshecha
con el preciado liquido le hará cerrar
los ojos… aah los dulcísimos pétalos
que se maduran rojos en las rosas, y
finalmente para cerrar con broche
de oro, la nostalgia de haber dormido al
amparo de los vigilantes y lejanos
luceros del
firmamento. Era
tal el dolor y lo difícil de cambiar,
de abandonar lo espiritual y material
que tanto se llega a amar, que por
primera vez Leinad derramaba lágrimas
que sólo se pulen en las profundas
minas de diamantes; lloraba, sobre todo
por los niños, su sorpresa y asombro
de verlo moverse cargando su pesada e
increíble coraza que lo protege de los
peligros; Leinad valoraba aquella
risa sincera e inmensa inocencia porque
nadie sabe lo que tiene hasta que lo
pierde. Vaya
que también extrañaba el cariño de
los ancianos, hombres y mujeres de
blanco cabello como la espuma; la
amistad de los perros y los gatos, no
tenerlos a su lado era una dura prueba y
se consolaba con la esperanza que no hay
mal que por bien no venga. Leinad
se contradecía porque le importaba el
tiempo junto a lo que fue, pero su
supervivencia era incierta; de lo que sí
estaba seguro es que lo amenazaba la
extinción, -Ay
de mí si me alcanza… tengo que
proseguir sin
detenerme. Sintió
que temblaba el suelo y que llegaban sus
ultimas horas, pero no, era la arena que
se movía al abrazo de la fiel marea, el
agua hizo desaparecer sus huellas y
comenzó a sumergirse, descubriendo
ahora más nunca su verdad, siempre había
pertenecido a ese lugar infinito y un
pequeño caracol le daba la
bienvenida… Leinad,
el varón tortuga, regresaba, regresaba
al mar. |
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