Volver a Sólo Poemas - Volver a Inicio

SÓLO POEMAS
.
POETAS DE HOY
.
Efraín Gutierrez De la Isla
Enviados por el autor desde México, a quien le agradezco enormemente.
.

.

ALABANZAS A LA PALABRA

 

Por la palabra entiendo cómo vivir la vida,

ésta, la que me acusa y hurto y blasfemo;

ésta, la que me perdona.

 

Me redime cualquier insinuación al canto

y pronuncio las voces de los pájaros cuando leo.

 

Entonces viajo sobre un papel impreso.

 

Abandonados mis brazos

alcanzan la palabra en los hombros de los extraños

que me miran sin mirarme.

 

Toco sus labios con mis dedos

y les busco los ojos en un rostro sin párpados, sin lágrimas.

 

Leo para pensar otro sol, otra montaña,

otra sombra de árboles. Leo para ser palabra.

 

Ahora bebo un solfeo desconocido

que me sabe a agua de manantiales…

es hierba, camino, trigal;

me sabe a agua de piedra.

 

Cuando hablo bebo la humedad de la lluvia

y renazco como una semilla perpetua.

 

Cuando hablo bebo el agua de los ríos

y canto como pájaro de jaula.

Sucumbo.

 

Mi historia es historia de palabras de agua,

de palabras de viento y de piedra y de fuego.

 

Las palabras que oí de niño,

las que me dijeron en casa,

las que deletreó mi oído…

ésas, las que me enseñaron

a pedir, a mirar, a soñar

y a despedirme;

a dar las gracias

y a tocar puertas

para beber agua,

para besar los rostros,

para levantar las manos suplicantes…

son las que ahora uso y no otras.

 

La palabra doméstica

-nuestra palabra de todos los días-

es infancia infinita y risa y pañuelo limpio

y ortografía sonora y libros escolares

forrados con papel periódico.

 

Amanece.

 

Gorjeos tendidos en el cable eléctrico

dan a la calle un matiz de arco iris hablante

vestido de plumas.

 

Amanece y extiendo mis pies sobre el empedrado

para convertirme en palabra.

 

Desde el piso lleno de agua un sol desvelado me mira.

Nos mira.

Lo pisamos.

 

Un riachuelo transparente cruza la mitad del pueblo,

entre las piedrecillas brotan flores silvestres

y un azul azulísimo de cielo intacto

extiende sus brazos gentiles sobre nuestras cabezas.

 

La palabra: los sonidos del árbol, de las manos.

 

La palabra así, aparece entonces. Es espejo.

Tiempo robado y carcajadas y llanto y serenata y silencios

y blusa de tela papel-cebolla

que transparenta los senos más pequeños del universo

(los más amados)

y morenos

y tibios

y enfermos de tanto milagro

y tanta queja

y tantas noches de ausencia.

 

De la piedra brota un eco de pájaros: son palabras.

Las rastreamos.

Las guardamos -como a las mariposas, como a las flores,

como a los pañuelos perfumados, como a los retratos

y como a las cartas- entre las páginas de los libros.

 

Por las noches nos acercamos, sigilosos,

para reescucharlas, para pertenecernos.

 

En ellas nos vemos porque al tocarlas somos, tocándonos.

 

Hay en las escalinatas de la ciudad sudor,

murmullos, sangre, uvas fermentadas,

agua milenaria que sabe a cielo, a trino

y a viejas que rezan, rezan y rezan.

 

Otras siluetas apenas perceptibles acompañan mi tránsito.

 

Hoy han amanecido los vidrios más transparentes.

Me acerco a las ventanas ajenas,

adentro, en las alcobas, bailan reflectores instantáneos.

 

Esta habitación tiene un resplandor de bullicio,

el radio está encendido, y escuchan, sus moradores,

las noticias matutinas.

 

El eco -de una campana entumecida de arpegios

y  sombras y pisadas y memoria- hace las horas, los sonidos, el candil.

 

Soy palabra.

 

Doliente, la campana trashumante,

escribe solfeos en improvisados pliegos de papel pautado.

Es palabra eco.

Badajo azul, aserrín párvulo.

 

Nuestra  historia de cada día huele a palabras húmedas.

 

Ésta  -la hora de la muerte-  también es palabra.

 

Abecedario: cántaro de expresiones prodigiosas,

manantial de voces, jardín de libros abiertos,

historia nuestra: palabra con nombre de palabras.

 

Como los lugares sagrados, la palabra sacraliza el entorno,

hace leyendas, canta cancioncillas de júbilo,

enciende corazones, otorga lecturas en voz alta,

tiene su horario para revisar tareas,

venera a sus santos, entona -gloriosa- sus himnos ancestrales.

 

Queda -su memoria- en las páginas,

en los muros,

en las estatuas.

 

La palabra es heroína y templo de ciencias;

pasa cerca, la tomo para hablarla, para quedarme con ella.

 

Las palabras, con bufanda al cuello, son eléctricas

y el color verde huye de su frío vestuario.

Huye frío, frío de costumbre,

huye noctámbulo como el loco feligrés

que besa la ropa del santo de su parroquia

llena de polvo y  tiempo y cera y reclamos y desierto.

 

La palabra moja los labios que la pronuncian,

ése es el milagro doméstico de un alfabeto sonoro

que hace brotar sangre de la tierra y de los árboles.

.

 

Se encadenan los labios

con cadenas de palabras cada veintidós mil estrellas.

 

Eso nos hace infinitos.

La cadena sigue celebrando sacrificios

con tórtolas recién nacidas

y aceite de oliva

y vino de consagrar.

 

La vida -puesta en palabras- se muestra leve

y permanece goteando a lo largo del estío

como la escarcha

sobre las cejas de los frontispicios.

 

La palabra -hecha diálogo- al pie de la horca

hoy toca las puertas de la misericordia.

 

Escribe su vida cada cincuenta años.

Y la desprecian, eventualmente la desprecian

hasta sus amigos más íntimos;

lo sabe, por eso toma baños de luna

como analgésico insustituible.

 

Un fantasma gigantesco

cubre la pequeña población de desesperanzas.

 

La leche para los niños, hecha añicos,

escribe su testamento macilenta,

aún nívea, aún viva, aún en su vaso de vidrio.

 

La última voluntad de los libros es ser palabra

como los besos a dos manos, a cuatro;

como los besos de los amantes eternos.

 

A las tres y media de la madrugada

violenta, volante, vidente, vocinglera, veterana y veraniega

la palabra se recupera y toca todas las puertas.

 

Yo soy esa palabra…

la que se incorpora con el gallo de las seis

y con los perros de siempre,

la risueña,

la abrasadora,

la apenas escuchada,

la criminal,

la perfecta,

la cobarde,

la que despierta muriéndose

cansada de un lobo impecablemente vestido de noche,

la desmemoriada,

la que juega,

la que besa,

la que  recupera el sentido, las fuerzas,

sus hazañas de enferma,

la que como una muñeca de trapo se levanta lentamente,

la que come fideos y bebe té de manzanilla

para no perder el sueño,

la que hace -quedito- el sorbo de agua

hundiéndose en las sábanas de su cama;

la que, a pesar del vaticinio médico,

se levanta,

va a misa,

va al mercado,

a la casa de los pirules;

y paga el agua,

compra el gas,

pica cebolla,

hace el mandado

y licuados de guayaba

y sopa de arroz a la jardinera

¡y tiene la casa limpia!

 

Yo soy esa palabra.

Aquélla.

La inexistente.

La imperfecta.

La que traduzco cuando hundo mis pies desnudos 

en las aguas lodosas de un riachuelo,

que a fuerza de lágrimas,

quiere ser transparente bajo un relámpago de sombras…

 

Soy esa palabra…

la que resucita

para vivir los siglos.

 

Poema que obtuvo el Primer Lugar en los XIV Eventos Culturales y Académicos del Magisterio Zacatecano 2005, convocados por la Sección XXXIV del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación [SNTE] en Coordinación con la Secretaría de Educación y Cultura [SEC] del Gobierno del Estado de Zacatecas. Zacatecas, Zacatecas, México, a 12 de mayo de 2005.

 

----------------------------------------------------

 

LAS  PEREGRINACIONES  DEL  AGUA

O EL  VASALLAJE  PERPETUO  DE  LA  LLUVIA

 

El agua de la clepsidra enrojece calladamente

el laberinto instantáneo

de un rebaño de nubes que cruza el cielo,

luego se fragmenta

en su propia memoria traslúcida y añeja.

 

El agua de la clepsidra está hecha solamente de rocío y de sangre.

Está escrito.

 

Para preservar su historia

y su nombre milenario

cada período implícito en las estrellas

el agua se carcome

a sí misma

y arde

lenta,

marginal, devota y profética.

 

Bajo un incendio híbrido e imperceptible

en la superficie de mi sudor

el agua, humildemente, arde y reza;

abre sus brazos,

pone las manos en oración

y se santigua conmovedoramente.

 

Allí, desde la gracia

de una lluvia

desterritorializada,

inevitable,

dichosa

y azulísima,

el agua apura su tránsito

y aprieta sus ojos cuando choca

irremediable

en el bordo más filoso del acantilado.

 

El agua cae para levantarse. Es lluvia.

El agua es un milagro a torrentes. Es lluvia.

El agua se despliega desde la mayor torre de la ciudad. Es lluvia.

El agua a cuatro manos. Es lluvia.

El agua antifonal y sagrada serpentea en fuerte lastre. Es lluvia.

Es lluvia, es lluvia, es lluvia… cualquier visceralidad de agua es lluvia.

 

El agua siempre será lluvia

aunque esté contenida en una tacita de regia porcelana. Es lluvia.

 

El agua que circula con jadeos de diatriba, es lluvia.

El agua que transita con meros resuellos panegíricos, también es lluvia.

 

La humedad más íntima de la alcoba, es lluvia.

 

Y aún el agua cómplice,

la que pisa la contrahuella de los mismísimos peldaños

y de las barandillas

de los hospitales y de las mazmorras, es lluvia.

Lluvia a la deriva,

lluvia cuyos pliegues y desbordamientos

son un apuradísimo tránsito obligado, y sin escolta,

de la empinada y peligrosa calle abajo.

 

El encanto de los días risueños -de los días de aguas-

se estrella en un piso cuajado de soldaditos instantáneos,

memorables

y gozosos

como las rondas infantiles

confinadas a una azotea preñada de tréboles y de buganvillas.

 

Es verdad,

es así, ahora,

y así fue.

 

El gato de la estufa ronronea plácido el momento.

 

En el agua se cumple la vieja profecía de todos los siglos:

habrás de caer para estar de pie.

 

Sobre el recubrimiento del tejado el agua crepita y arde,

allí es fuego inédito,

claroscuro,

salutífero

y portátil.

 

De esta suerte, penetrándose a sí misma y hasta el infinito,

el agua paga su factura de sonoridad, de permanencia y de tiempo.

 

Ser líquido cuesta, el agua lo sabe.

 

El agua entiende diametralmente su redondez.

Al agua le cuestan lágrimas

y lágrimas

y lágrimas

y lágrimas

defender, a capa y espada, su naturaleza de ser gota.

 

Por eso, como en un acto de inusitada redención,

ahora la contengo, mañanero y bienaventurado,

en la sucedánea jícara

de mis manos ahuecadas y distantes.

 

El agua para ser agua cubre su religioso tributo con una energía

silenciosamente inquieta,

silenciosamente avergonzada,

silenciosamente particular…

en el agua se representa el signo de lo salvífico,

luego retorna a nuestras manos en forma de lluvia o de relámpagos o de rocío.

 

Siempre deja una huella triangular bajo los párpados de quien la mira.

 

Al interior de nuestros poros

el agua tiene las dimensiones

de una jaculatoria restituida por los ecos del sosiego y de la quietud.

 

El barlovento

sacude sus lágrimas

y ríe bajo una lluvia que sacraliza el piso que moja.

 

La lluvia es memoria, es lumbre y es cicatriz y es sangre;

es caída que se levanta

con desbordamientos extremos en su rostro y en sus manos.

 

Irreconocible -el agua- se levanta,

luego se entrega al vértigo imperioso de una caída que la fractura

y la desboca y la hace lluvia perenne.

 

La lluvia es una tentativa de retorno.

 

La lluvia es el himno del Génesis;

la lluvia es la amenaza exacerbada de la adivinación que salva a los mares

y a los árboles

y a los cristales

y a la geometría

y a los barrancos

y a la arena

y a los albañiles

y a los caracoles

y a las capillas

y al verde de las ranas

y al camino

y a las gotas de agua.

 

En cada gota de agua hay un castillo de cuento de hadas.

En cada gota de agua resplandece la fantasía,

allí las nueces se hacen tremendamente gigantes

y el cielo completo, en todo su esplendor, se abriga en una hoja de papel.

 

Sobre mis brazos desnudos caen gruesas gotas,

los ojos triangulares del edificio rubrican el instante húmedo y boyante

de luz necesaria, fronteriza y leal.

 

El agua hace brillar al aposento y al empedrado de la calle.

 

En el escenario caen imponentes gotas de lluvia.

 

Soy agua cuando la veo.

 

Sin nubes a la vista afuera llueve,

llueve lentamente

y el día es claro, profundamente claro

y antiguo

y taciturno

y amurallado.

 

Un color luminoso se petrifica

en las desembocaduras

apenas perceptibles de las sombras del malecón.

 

La ciudad celebra su río y el destino de sus habitantes.

 

Hay fiesta porque hay lluvia.

 

Los pequeños rojos

de la tarde se despliegan

-pseudónimos y pensativos-

al otro lado.

 

Allá surge una escalera,

es la escalera de los milagros.

 

Una pequeña canción aprenden,

para toda la vida,

los que la ascienden.

 

Ésta es una escalera enorme que sólo sube el agua.

 

Yo tengo en la punta de la lengua esa canción.

 

Es la canción de la lluvia

y de las nubes

y de los relámpagos

y del aguacero

y de los chubascos

y del granizo

y de la nieve

y de ti.

 

Un pañuelo bordado de encaje blanco lleva la virgen del pueblo

que cargan -conspicuos- cuatro parroquianos huérfanos

casi peregrinos,

casi llorosos,

casi viudos.

 

Allá… a la distancia, al fondo…

donde se junta el cielo con la tierra,

donde están las márgenes de cinco ríos

hay un campo de trigo amarillísimo,

y flores

y cipreses otoñales

y una colina que doñea fogonazos de piedras

y casitas de madera

y disparos de sol que le dan un colorido aurífero

al horizonte moribundo de la tarde.

 

Un riachuelo artesanal

que se bifurca en el barranco

se paraliza

-como la solemnidad de los búhos-

en el límite del silencio

y en el asombro de la lluvia.

 

Como decíamos hace un momento:

sin nubes a la vista afuera llueve, llueve, llueve y llueve. Llueve.

 

La lluvia es agua metódica y severa,

por eso sufre, por eso existe, por eso nos es dada cada sesenta segundos

y como ella, nos hace eternos, cuando la recibimos.

 

Poema triunfador de los XLV Juegos Florales Netzahualcóyotl. En la Velada de Coronación celebrada en el Cinema Río 95, el autor recibió el Premio y la Flor Natural de manos de S.G.M. Alejandra I, Reina  del XLVI Carnaval Río Grande 2010. Río Grande, Zacatecas, México, viernes 12 de febrero de 2010.