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| CUENTOS |
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| Eduardo Mundani |
| El francés |
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Cuento que obtuvo el Segundo Premio en el Concurso Literario Nacional Bicentenario de la Patria, organizado por la Dirección de Cultura y Educación.de la Ciudad de Mercedes, Provincia de Buenos Aires. La entrega de premios se llevará a cabo el lunes 24 de mayo a partir de las 21.00 en el Centro Cultural Municipal de calle 27 entre 24 y 26 de Mercedes Dirección de Cultura y Educación
calle
27
Nro.
578
Mercedes
(B)
Te:
02324-431907
www.enlamuni.com.ar |
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-¡Allez,
mon amis!- gritó Marcel mientras
cruzaba el pequeño y cristalino arroyo.
Muy cerca le seguían Pierre y
Dominique. -¡Vamos,
apuremos el paso! ¡Tenemos que capturar
al enemigo!- apremiaba el pequeño
“Dom”, al aún más pequeño Pierre. Era
el lugar indicado para que estos tres
chiquillos jugaran. Las verdes praderas
del valle, cerca de Saint Gaudens, a los
pies de los Pirineos franceses. Las
genistas y los lirios azules
contrastaban con el verdor de las suaves
colinas enmarcadas por altos picos montañosos,
siempre nevados. Las acequias y algunos
regadíos, bordeados de hermosas
margaritas, daban un marco excepcional a
las aventuras de los pequeños. Allí
transcurría sin pesares la infancia de
estos tres amigos inseparables. Niños
de la misma edad, niños con los mismos
sueños y anhelos, niños atrapados en
su mundo de fantasía. -¡Ahora
me toca a mí!- gritó Dom-Ahora seré
yo el General… -¡No,
otra vez tu, no!- gritaron al unísono
los otros dos chicos - Siempre que
jugamos a los soldados tu eres el
General…No es justo…- dijo Marcel. -Mira
Marcel- dijo Dominique desenvainando su
espada de madera y acomodando su gorro
de papel, cual majestuoso bicornio- el
General tengo que ser yo, porque soy el
más listo –acotó con gesto serio-
Los generales para conducir a sus ejércitos
deben ser muy listos. -¡No
es justo!- le replicó Pierre- Yo por
ser el más pequeño, siempre tengo que
ser el recluta... -Oui,
Pierre, c´est la vie…- le dijo
Dominique mientras intentaba subirse a
una gran roca. Una
vez sobre ella, adoptó la postura de
uno de esos grandes Generales que él
había visto convertidos en gloriosas
estatuas, y levantando su madero,
devenido ahora en imbatible espada,
apuntando al cielo claro, proclamó a
los cuatro vientos: -¡Alguna
vez seré un Gran General! Seré
militar. Y conduciré a un gigantesco ejército
por tierras, ríos y mares. Cruzaré
montañas y libertaré a los pueblos que
encuentre a mi paso. Pierre
y Marcel lo observaban obnubilados ante
la magnificencia de tal declaración. Su
grave imagen recortada contra el azul
del cielo así lo auguraba. Sí,
seguramente Dominique sería un Gran
General... --------------------------o----------------------- La
instrucción era clara y directa. “¡A
la carga, y a degüello!”, había sido
la orden del Coronel. No había muchas
opciones. Era a matar o morir. Aflojó
un poco las riendas del alazán para que
el animal se sintiera más libre e
hiciera su carrera más veloz, a la vez
que lo picaba con las espuelas. Su grito
de guerra y el de sus compañeros era
ensordecedor. El sonido del clarín
ordenando el ataque le hinchó aún más
el pecho de coraje. El humo de los
fusiles godos que comenzaban a hacer
fuego ya se adivinaba en la distancia.
Las marchas y contramarchas del
adversario eran evidentes. Los habían
tomado por sorpresa. El trepidar de los
cascos de los caballos recordaba el
sonido de una gran tormenta que
inexorablemente se acercaba a su
destino, descargando toda su furia.
Alguna explosión aquí, otra detonación
más allá, indicaban que los cañones
del enemigo habían comenzado a
desparramar su mensaje de muerte. La
rodada de un camarada lo hizo girar
levemente hacia la izquierda. Rápidamente
cubrió la brecha en la columna dejada
por su compañero caído. Otra explosión.
Más humo. El ruido de la fusilería
enemiga ya era atronador. Se veía
claramente la bandera roja y amarilla
flameando en el centro de la formación.
Los pífanos y los tambores hacían oír
su música marcial. Faltaba poco para el
choque. Unos metros más de loca carrera
y estarían sobre el enemigo. Los
caballos no corrían, sino que volaban
cual Escuadrón de Pegasos sin alas. El
brillo amenazante de las bayonetas de
los maturrangos evidenciaba que la
empresa no sería fácil. Levantó el
sable, crispando aún más su mano en la
empuñadura, y eligió un objetivo. Ese.
Ese que estaba a la derecha del cañón.
Ese sería el destinatario de su acero.
Terrones de tierra saltaban por los
aires. Estruendos. Gritos. Órdenes de
mando. El olor acre de la pólvora.
Relinchos. Humo. Hayes de dolor. Fuego.
Sangre. Muerte… Descargó con
violencia el sablazo sobre la cabeza del
infortunado artillero. “Uno menos”,
se dijo, mientras levantaba su sable
ensangrentado buscando otro objetivo… El
golpe fue sordo. Contundente y seco.
Sintió un profundo dolor en el medio
del pecho, lacerante, muy intenso, un
dolor que le quitaba las fuerzas. Se dio
cuenta que las riendas del alazán se le
escapaban de los dedos, y que el sable
se le escurría de la mano. Su cuerpo flácido
se despegó de la montura. El impacto
contra la gramilla fue más suave de lo
que esperaba. Luego la rodada, para
quedar finalmente tendido de espaldas.
Los sonidos de muerte que lo rodeaban
poco a poco iban apagándose, haciéndose
apenas audibles. Quiso
gritar. Pero no pudo. Sintió como un
espeso y tibio líquido le inundaba la
boca. Supo por su sabor que era
sangre… Percibía
en su espalda el rumor de los cascos de
los caballos retumbando sobre la tierra
seca, como así también el temblor cada
vez que alguno de los cañones del
enemigo abría fuego. Y mientras estaba
tirado allí, inmóvil, sobre la fresca
hierba que crecía en las orillas de ese
gran río color marrón, recordó las
palabras que alguna vez, hacía ya mucho
tiempo, les había dicho a sus amigos
Marcel y Pierre: “Algún día seré un
gran General. Un General de un poderoso
ejército que luchará por causas
nobles…”. Y una ensangrentada
sonrisa se dibujó en su rostro. Respiró
profundo, dificultosamente, sabiendo que
se moría. Pensó que tal vez no había
podido llegar a ser un gran General,
pero, eso sí, era parte de un gran Ejército
que peleaba por una causa justa: la
Libertad. Todo
era silencio y quietud a su alrededor.
Ya no oía nada. Ya no le dolía la
herida del pecho. Miró al cielo. Era
tan azul y bello como el cielo de sus añorados
Pirineos de la infancia. Pero no estaba
en Europa. Estaba en San Lorenzo, Santa
Fe, la fresca mañana del miércoles 3
de Febrero de 1813. Ese firmamento tan
azul, tan
claro y diáfano, se le quedó grabado
para siempre en la retina, guardado en
su última mirada. Y así, el Sargento
Domingo –Dominique- Porteau del
Regimiento de Granaderos a Caballo exhaló
su suspiro final, en el campo del Honor. Saint
Gaudens y Francia, le dieron la vida.
San Lorenzo y las Provincias Unidas del
Rio de la Plata, le dieron la Gloria y
la Eternidad. |
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