VEO A LOS
MUCHACHOS
DEL VERANO
.
I
Veo a los
muchachos
del verano
en su ruina
convertir en
eriales los
dorados
rastrojos,
desdeñar las
cosechas y
congelar los
suelos;
y allí, en
su ardor, el
invernal
diluvio
de amores
escarchados,
persiguen a
las niñas,
y echan en
sus mareas
los sacos de
manzanas.
Los
muchachos de
luz en su
locura,
coagulan lo
que tocan,
agrian la
miel
hirviente;
hurguetean
los muñecos
de escarcha
en las
colmenas;
allí en el
sol,
frígidas
hebras
de oscuridad
y duda,
ellos nutren
sus nervios
y el signo
de la luna,
nada es en
sus vacíos.
Veo a los
muchachos
del verano
en el
vientre
materno
rasgar hacia
la luz la
atmósfera
del útero,
dividir
noche y día
con pulgares
de duende;
allí, desde
lo hondo,
con sombras
seccionadas
de sol y
luna ellos
pintan sus
dársenas
mientras les
pinta el sol
los cascos
de la
frente.
Sé que de
estos
muchachos
han de
surgir
hombres de
nada
hechos por
la
transformación
de las
semillas,
o han de
lisiar el
aire
saltando de
sus llamas,
desde sus
corazones,
cuando el
pulso
candente
del amor y
la luz
estalle en
sus
gargantas.
Oh, ved el
pulso del
verano en el
hielo.
II
Pero las
estaciones
deben ser
desafiadas o
se
tambalearán
en algún
cuarto de
hora
repicante
donde, como
una puntual
muerte
hacemos
tintinear
las
estrellas;
esa noche en
que el
invierno
soñoliento
les tira de
la negra
lengua a las
campanas
y no se
atreven a
chistar
siquiera
los vientos
de la luna y
de la
medianoche.
Somos los
oscuros
negadores,
exorcicemos
a la muerte
en la mujer
colmada de
verano,
arrojemos la
vida
musculosa de
los amantes
que se
crispan,
y de los
muertos
limpios que
hace fluir
el mar
echemos al
gusano de
ojos
brillantes
en la
linterna de
Davy,
y del
vientre
preñado
quitemos el
muñeco de
paja.
Nosotros,
muchachos
del verano
en esta red
de cuatro
vientos,
verdes por
el hierro de
las algas,
levantemos
al
bullicioso
mar y
arrojemos
sus pájaros,
alcemos la
bola del
mundo llena
de olas y
espuma
para ahogar
los
desiertos
con sus
mareas
y trenzar
los jardines
del condado.
En primavera
ornamentamos
nuestra
frente.
Vivan las
bayas y la
sangre,
y
crucificamos
a los
alegres
señores en
los árboles;
Aquí el
húmedo
músculo del
amor se aja
y muere,
aquí estalla
un beso en
una cantera
sin amor,
Oh ved en
los
muchachos
los polos de
la promesa.
III
Yo os veo,
muchachos
del verano,
en vuestra
ruina.
El hombre en
el desierto
de su larva.
Y los
muchachos
son plenos y
ajenos en la
bolsa.
Soy el
hombre que
vuestro
padre fue.
Somos hijos
del pedernal
y de la
brea.
Oh, ved cómo
se besan los
polos que se
cruzan.
CUANDO DE
PRONTO LOS
CERROJOS DEL
CREPÚSCULO
Cuando de
pronto los
cerrojos del
crepúsculo
ya no
encerraron
el largo
gusano de mi
dedo
ni
maldijeron
al mar
enroscado en
mi puño,
la boca del
tiempo
sorbió como
una esponja
el ácido
lechoso en
cada gozne
y se tragó
los líquidos
del pecho
hasta
secarlo.
Cuando el
mar de
galaxia fue
sorbido
y liberado
todo el
lecho seco
del mar,
envié a mi
criatura
para
explorar el
globo,
el mismo
globo de
pelos y
osamenta
que cosido a
mí mismo por
mi mente y
mis nervios,
mi frasco de
materia
ligara a su
costilla.
Mis fusibles
calcularon
el tiempo
para
impulsar su
corazón,
él estalló,
hecho polvo,
hacia la luz
y celebró
con el sol
un pequeño
sabático,
pero cuando
los astros
asumiendo su
forma
dibujaron
las briznas
del sueño en
sus ojos,
ahogó dentro
de un sueño
las magias
de su padre.
Todo surgió
armado de la
tumba
el cáncer
pelirrojo,
vivo aún,
los ojos
velados de
cataratas
con sus
turbios
tejidos;
algunos
muertos
deshicieron
sus quijadas
tupidas,
y hubo
bolsas de
sangre que
soltaron sus
moscas;
él supo de
memoria el
sendero de
cruces
funerarias.
El sueño
navega las
mareas del
tiempo;
el áspero
sargazo de
la tumba
entrega a
sus muertos
en este mar
tan
laborioso;
y el sueño
mudo rueda
por los
lechos
donde las
sombras
comen el
alimento de
los peces
y a través
de las
flores,
emergen
hacia el
cielo.
Cuando de
pronto
giraron las
tuercas del
crepúsculo,
y la leche
materna fue
dura como
arena,
envié a mi
propio
embajador
hacia la
luz;
por truco o
por azar él
se durmió
y por arte
de magia se
armó de una
osamenta
para robarme
los fluidos
en su
corazón.
Despierta,
mi
durmiente,
hacia el
sol,
trabajador
en la mañana
pueblerina
y deja a
este
soñoliento
en el sitio
en que yace;
han caído
los cercos
de la luz,
sólo quedan
en pie los
jinetes más
diestros,
y hay mundos
que cuelgan
de los
árboles.
UN CAMBIO EN
LOS CLIMAS
DEL CORAZÓN
Un cambio en
los climas
del corazón
vuelve seco
lo húmedo,
la bala de
oro estalla
sobre la
tumba
helada.
Un clima en
la comarca
de las venas
cambia la
noche en
día; la
sangre entre
sus soles
ilumina al
viviente
gusano.
Un cambio en
el ojo
advierte a
tiempo
la ceguera
hasta el
hueso; y el
útero
incorpora
una muerte
mientras
surge la
vida.
Una sombra
en el clima
del ojo
es a medias
su luz; el
mar sondeado
irrumpe
sobre una
tierra sin
arpones.
La semilla
que del lomo
hace una
selva
divide en
dos su
fruto; y la
mitad se
escurre
lenta en un
viento
dormido.
Un clima en
la carne y
el hueso
es seca y
húmeda; el
viviente y
el muerto
se mueven
como
espectros
ante el ojo.
Un cambio en
el clima del
mundo
vuelve
espectro al
espectro; y
cada niño
dentro su
madre
se repliega
en su doble
de sombra.
Un cambio
echa la luna
dentro del
sol,
tira de las
ajadas
cortinas de
la piel;
y el corazón
entrega a
sus muertos.
ANTES QUE
LLAMARA
Antes que
llamara y la
carne me
abriese,
que mis
líquidas
manos
golpearan en
el vientre,
yo, que era
entonces
informe como
el agua
que formaba
el Jordán
junto a mi
casa
era hermano
de la hija
de Mnetha
y hermana
del gusano
que gestaba
la vida.
Yo que era
sordo ante
la primavera
y el verano,
que no sabía
los nombres
de la luna y
el sol,
ya sentía el
latido bajo
la armadura
de mi carne,
aunque
existía sólo
en forma de
infusorio,
veía las
plomizas
estrellas,
el martillo
lluvioso
que mi padre
balanceaba
en su
cúpula.
Conocía el
mensaje del
invierno,
los dardos
del granizo
y la nieve
pueril
y el viento
era mi
hermana
pretendiente;
en mí
saltaba el
viento, el
rocío
infernal;
y mis venas
fluían con
los climas
de oriente;
antes que me
engendraran
supe el día
y la noche.
Antes que me
engendraran
ya por
cierto
sufría;
el potro de
tortura de
los sueños
enroscaba mi
osamenta de
lirio
en una cifra
viva,
la carne era
cortada para
cruzar los
bordes
de las
horcas en
cruces sobre
el hígado
y las zarzas
de los
cerebros
estrujados.
Mi garganta
conocía la
sed antes de
la
estructura
de vena y
piel
alrededor
del pozo
donde
palabras y
agua se
entremezclan
sin pausa
alguna,
hasta pudrir
la sangre,
mi corazón
conocía el
amor, mi
vientre el
hambre;
al gusano yo
olía entre
mis propias
heces.
Después el
tiempo envió
a mi mortal
criatura
a derivar o
ahogarse en
los océanos
habituados a
la aventura
de la sal
en las
mareas que
jamás tocan
las orillas.
Yo que era
rico, me
hice más
rico aún
sorbiendo
poco a poco
el vino de
los días.
Nacido del
espectro y
la carne, no
era espectro
ni hombre,
sino
espectro
mortal.
Y luego me
abatió la
pluma de la
muerte.
Fui mortal
hasta el
último
suspiro
prolongado
que llevó
hacia mi
padre
el mensaje
de su
agónico
cristo.
Tú que te
inclinas en
la cruz y el
altar
acuérdate de
mí y
apiádate de
Aquel
que mi carne
y mi sangre
tomó por
armadura
y llegó a
traicionar
el vientre
de mi madre.
LA FUERZA
QUE POR EL
VERDE TALLO
IMPULSA A LA
FLOR
La fuerza
que por el
verde tallo
impulsa a la
flor
impulsa mis
verdes años;
la que
marchita la
raíz del
árbol
es la que me
destruye.
Y yo estoy
mudo para
decirle a la
encorvada
rosa
que la misma
fiebre
invernal
dobla mi
juventud.
La fuerza
que impulsa
el agua
entre las
rocas
impulsa mi
roja sangre;
la que seca
los
arroyos
parlantes
vuelve cera
los míos.
Y yo estoy
mudo para
contarle a
mis venas
cómo la
misma boca
bebe del
manantial de
la montaña.
La mano que
arremolina
el agua del
estanque
remueve las
arenas; la
que amarra
las ráfagas
del viento
iza mi vela
de sudario.
Y yo estoy
mudo para
decirle al
ahorcado
que el barro
del verdugo
está hecho
de mi
arcilla.
Los labios
del tiempo
sorben del
manantial;
el amor
gotea y se
acumula, mas
la sangre
vertida
calmará sus
pesares.
Y yo estoy
mudo para
decirle al
viento en la
intemperie
cómo ha
trazado el
tiempo un
cielo entre
los astros.
Y yo estoy
mudo para
decirle a la
tumba de la
amada
que en mi
sábana
avanza
encorvado el
mismo
gusano.
MI HÉROE
DESNUDA SUS
NERVIOS
Mi héroe
desnuda sus
nervios a lo
largo de mi
cintura
que rige de
la cintura
hasta los
hombros,
desenvuelve
la cabeza
que, como un
fantasma
soñoliento,
se apoya en
mi mortal
regidor,
el espinazo
altivo que
desprecia
los giros y
torsiones.
Y estos
pobres
nervios tan
atados al
cráneo
duelen sobre
el papel
abandonado
por su
amante
yo me abrazo
al amor con
mi garabateo
revoltoso
que gime
todo el
hambre de
amor
y le cuenta
a la página
su vacío
infortunio.
Mi héroe
desnuda mi
costado y ve
a su corazón
que marcha
como Venus
desnuda
por la playa
de carne y
enrosca su
ensangrentado
pliegue;
al despojar
mis lomos de
promesas
promete
cierto calor
secreto.
Él sostiene
los cables
de esta caja
de nervios
alabando el
error mortal
del
nacimiento y
de la
muerte, esas
dos tristes
sotas de
ladrones.
y el hambre
es
emperador;
tira él de
la cadena,
la cisterna
se agita.
DONDE UNA
VEZ LAS
AGUAS DE TU
ROSTRO
Donde una
vez las
aguas de tu
rostro
giraron
impulsadas
por mis
hélices,
sopla tu
áspero
fantasma,
los muertos
alzan la
mirada;
donde un día
asomaron el
pelo los
tritones
a través de
tu hielo, el
viento
áspero
navega
por la sal,
la raíz, las
huevas de
los peces.
Donde una
vez tus
verdes nudos
hundieron su
atadura
en el cordón
de la marea,
allí camina
ahora
el vegetal
destejedor,
con tijeras
filosas,
empuñando el
cuchillo
para cortar
los canales
en su origen
y derribar
los frutos
empapados.
Invisibles,
tus mareas
medidoras
del tiempo
irrumpen en
las camas
galantes de
las algas;
el alga del
amor se
vuelve
mustia;
allí en
torno a tus
piedras
sombras de
niños van,
que desde su
vacío
lloran ante
el mar
colmado de
delfines.
Secos como
la tumba,
tus
coloreados
párpados
no serán
aherrojados
mientras la
magia se
deslice
sabia sobre
el cielo y
la tierra;
habrá
corales en
tus lechos,
habrá
serpientes
en tus
mareas,
hasta que
mueran todos
nuestros
juramentos
del mar.
SI ME
HICIERA
COSQUILLAS
EL ROCE DEL
AMOR
Si me
hiciera
cosquillas
el roce del
amor
si una niña
tramposa me
robara a su
lado
y horadase
sus pajas
rompiendo mi
vendado
corazón,
si ese rojo
escozor
pudiera dar
a luz
la risa en
mis pulmones
como pare el
ganado,
no temería
yo a la
manzana ni
al diluvio
ni a la
sangre
maligna de
la
primavera.
¿Qué será,
macho o
hembra? se
preguntan
las células
y como un
fuego
arrojan
desde la
carne la
ciruela.
Si me
hiciera
cosquillas
la cabellera
incubadora,
el hueso
alado que
crece en los
talones,
la comezón
del hombre
sobre el
muslo del
niño,
no temería
al hacha ni
a las horcas
ni a la
varas
cruzadas de
la guerra.
¿Qué será,
macho o
hembra? se
preguntan
los dedos
que llenan
las paredes
de niñas
inmaduras
con sus
hombres
dibujados a
tiza.
Si me
hiciera
cosquillas
la avidez
del granuja
que insufla
su calor al
nervio en
carne viva
no temería
al diablo
sobre el
lomo
ni a la
tumba veraz.
Si me
hiciera
cosquillas
el roce de
los amantes
que no borra
ni las patas
de gallo ni
la risa sin
dientes
sobre magras
quijadas en
la vejez
enferma,
el tiempo y
las ladillas
y el burdel
de amoríos
me dejaría
frío como
manteca para
moscas,
las espumas
del mar bien
podrían
ahogarme
cuando
rompen y
mueren al
pie de los
amantes.
La mitad de
este mundo
es del
demonio, la
otra mitad
es mía,
bobo por esa
droga fumada
en una niña
y enredado
en el brote
que bifurca
su ojo.
La tibia del
anciano y mi
hueso tienen
la misma
médula
y todos los
arenques
huelen
dentro del
mar,
yo me siento
y contemplo
bajo mi uña
al gusano
que corroe
lo vivo.
Y éste es el
roce, único
roce que
hormiguea.
El mono
contrahecho
que se
hamaca a lo
largo de su
sexo
desde las
húmedas
tinieblas
del amor y
el tirón de
la nodriza
no puede
hacer surgir
la
medianoche
de una risa
entredientes,
ni del
momento en
que
encuentra
una belleza
entre los
pechos
de la
amante, la
madre, los
amantes o
toda su
estatura
en la
punzante
oscuridad.
¿Y qué es el
roce? ¿La
pluma de la
muerte sobre
el nervio?
¿es tu boca,
amor mío?
¿El abrojo
en el beso?
¿Mi payaso
de Cristo
nacido sobre
el árbol
entre
espinas?
Las palabras
de la muerte
son más
secas aún
que su mismo
cadáver
y mis
heridas
llenas de
palabras
tienen las
huellas de
tu pelo.
Me haría
cosquillas
el roce del
amor, pues
bien:
hombre, sé
mi metáfora.
NUESTROS
SUEÑOS DE
EUNUCO
I
Nuestros
sueños de
eunuco, sin
semillas en
la luz,
de luz y
amor, los
vaivenes del
corazón,
castigan los
miembros de
sus hijos,
y
amortajados
su manto y
su sábana,
acicalan a
las novias
oscuras, las
viudas de la
noche
presas entre
sus brazos.
Las sombras
de las
niñas, con
sudarios
fragantes,
cuando se
esconde el
sol se
apartan del
gusano,
de los
huesos del
hombre,
quebrados en
sus lechos,
por
nocturnas
roldanas que
vacían la
tumba.
II
En ésta,
nuestra
época, el
bandido y su
hembra
fantasmas de
una sola
dimensión se
aman sobre
un carrete,
ajeno a la
verdad de
nuestros
ojos,
y dicen
engreídos
sus naderías
de media
noche entre
poses
banales;
cuando paran
las cámaras
corren a su
agujero
bajo el
jardín del
día.
Bailan entre
nuestra
calavera y
sus
linternas
imponen sus
imágenes y
echan fuera
las noches;
miramos esa
función de
sombras que
se besan o
matan,
con
fragancia de
celuloide la
mentira es
amor.
III
¿Cuál es el
mundo?
¿Cuál de
nuestros dos
modos de
dormir
despertará
cuando el
bálsamo y su
sarna
levanten
esta tierra
de ojos
rojos?
Desatará las
formas del
día y sus
aprestos,
los señores
soleados,
los ricachos
galenses,
o impulsará
a quienes se
atavían en
la noche.
La
fotografía
hizo sus
bodas con el
ojo,
y clavó en
su pareja
cáscaras
fragmentarias
de verdad;
el sueño ha
sorbido
desde su fe
al durmiente
pues los
amortajados
se tornan
médula en su
vuelo.
IV
Este es el
mundo: la
engañosa
semejanza
de nuestras
trizas de
materia que
caen como
harapos
desde los
ademanes del
amor y el
rechazo;
el sueño que
echa a los
enterrados
de su bolsa
venera a
estos
despojos
tanto como a
los vivos.
Este es el
mundo. Tened
fe.
Porque
seremos como
el gallo que
grita
dispersando
a los
muertos;
golpearán
nuestras
balas
la imagen de
las
planchas;
y dignos
compañeros
seremos de
por vida,
y aquél que
permanezca
florecerá
mientras
ellos se
aman,
gloria a
nuestros
errantes
corazones.
SOBRE TODO
CUANDO EL
VIENTO DE
OCTUBRE
Sobre todo
cuando el
viento de
octubre
el pelo me
castiga con
sus dedos de
escarcha,
preso en el
sol
exasperante,
marcho
ardiendo
y tiro hacia
la tierra un
cangrejo de
sombra,
a la orilla
del mar,
cuando oigo
el alboroto
de los
pájaros
y oigo la
tos del
cuervo en
los bastones
del
invierno,
mi atareado
corazón que
mientras
habla
tiembla
vierte el
silabeo de
su sangre y
agota sus
palabras.
Encerrado
también en
una torre de
palabras
trazo en el
horizonte
que anda
como los
árboles
las siluetas
verbales de
mujeres, y
las filas de
niños
con sus
gestos de
estrella
sobre el
parque.
Algunas me
permiten
crearte de
las hayas
colmadas de
vocales,
otras de las
voces del
roble, o
desde las
raíces
de múltiples
comarcas
espinosas te
cuentan sus
memorias,
otras me
permiten
crearte con
los sermones
de las
aguas.
Tras un
tiesto de
helechos, el
reloj
oscilante
pronuncia la
palabra de
la hora, el
sentido del
nervio,
vuela sobre
el disco
imantado,
declama la
mañana
y cuenta al
huracán en
la veleta.
Algunas me
permiten
crearte con
los signos
del prado;
la hierba
señalera que
me relata
todo lo que
sé
traspasa el
ojo con el
invierno
lleno de
gusanos.
Algunas me
permiten
contarte los
pecados del
cuervo.
Sobre todo
cuando el
viento de
octubre
(algunas me
permiten
crearte de
hechizos
otoñales
la de
lenguas de
araña y la
colina
resonante de
Gales)
castiga a la
tierra con
puños como
nabos
algunas me
permiten
hacerte de
las palabras
sin corazón.
El corazón
quedó
agotado,
balbuceando
en los
remolinos
de la
química
sangre,
advertido de
la furia que
avanza.
A la orilla
del mar oye
a los
pájaros
sombreados
de vocales.
CUANDO, COMO
UNA TUMBA
VELOZ
Cuando el
tiempo te
alcance,
como una
tumba veloz,
cuando tu
calma y tu
ternura sean
una guadaña
de cabellos
cuando el
amor en su
atavío se
demore por
la casa,
al subir por
desnudas
escaleras,
paloma en
coche
fúnebre,
remolcada
hacia el
techo.
Cuando
llegue el
momento,
como un
sastre de
acechantes
tijeras,
entregadme
que, tímido
en mi tribu,
me hallo más
desnudo de
amor que la
trampa del
Cadáver
despojado de
la lengua
del zorro,
su metro
calibrado
a medida del
hueso,
entregadme,
maestros
míos,
cerebro y
corazón,
el corazón
de la vela
del Cadáver
se funde
cuando la
sangre con
manos como
pala y el
tiempo de la
lógica
hacen surgir
los niños a
golpes de
pulgar
de la
doncella y
el cerebro.
Porque con
rostro
endomingado
y plumeros
en el
guante,
casto y
cazador,
hombre con
vista de
fusil,
yo, a quien
la capa del
tiempo o el
abrigo del
hielo
tal vez no
logren
apresar con
un círculo
virgen
en la tumba
precisa,
ando con
fuerza
propia por
la comarca
del Cadáver
mis maestros
machacadores
del cerebro
teclean en
la piedra
la
desesperación
de la
sangre, la
fe en el
barro de la
doncella,
la alarma
entre
castrados y
la mancha de
ácido
en la
horquilla y
el rostro.
El tiempo es
una tonta
fantasía,
tiempo y
tonto.
No, no, tú
calavera
amante, el
martillo
descendente
desciende,
oh mis
maestros,
sobre la
honra
traspasada.
Tú, calavera
héroe, el
Cadáver
guardado
ordena que
el bastón se
quiebre.
El gozo no
es una
nación que
llama, señor
y señora,
ni la fusión
del cáncer,
ni la pluma
del verano
encendida en
el árbol
abrazado, ni
la cruz de
la fiebre,
ni el
alquitrán de
la ciudad,
ni el túnel
horadado
para nutrir
al hombre
a través del
asfalto.
Apago las
velas en tu
torre del
techo
el goce es
el llamado
del polvo,
la bala del
Cadáver
del retoño
de Adán tras
su
envoltura,
el amor es
una patria
con luces de
crepúsculo y
el cráneo
del estado
señor, es tu
propia
condena.
Todo
termina, se
termina la
torre
(abandona la
casa de los
vientos) y
la oscilante
escena,
la pelota de
pie que
depende del
sol
(tu verano
se esfuma)
con la piel
de cemento
y el final
de la
acción.
Todos,
hombres, mis
hombres
dementes, el
viento
insalubre
contagia la
tos del
silbador, el
tiempo en
acecho
prepara una
muerte de
ceniza; el
amor con sus
tretas,
es el hambre
gozoso del
Cadáver,
mientras
vosotros
alcanzáis
el mundo a
prueba de
besos.
DESDE LA
PRIMERA
FIEBRE DEL
AMOR A SU
INFORTUNIO
De la
primera
fiebre del
amor a su
infortunio,
desde el
tierno
segundo
hasta el
hueco minuto
del vientre,
desde el
primer
atisbo hasta
el
tijeretazo
umbilical
la edad del
pecho y la
época feliz
del delantal
cuando
ninguna boca
se
agitaba en
torno al
hambre
suspendido,
y el mundo
entero era
uno solo,
una nada
ventosa,
bautizaron
mi mundo en
un fluir de
leche.
Y la tierra
y el cielo
fueron un
solo cerro
al aire,
el sol y la
luna
derramaban
una misma
luz blanca.
Desde la
primera
huella del
pie
descalzo,
desde la
mano que se
eleva
y la
irrupción
del pelo,
desde el
primer
secreto del
corazón, el
fantasma que
advierte,
y hasta el
primer
asombro mudo
ante la
carne,
el sol fue
rojo y la
luna fue
gris,
y la tierra
y el cielo
fueron cual
dos montañas
que se
encuentran,
El cuerpo
prosperó,
los dientes
en las
encías
meduladas,
los huesos
que crecían,
el murmullo
del semen
dentro de la
glándula
santificada,
la sangre
bendijo al
corazón,
y los cuatro
vientos, que
tanto tiempo
soplaron al
unísono
abrillantaron
mis orejas
con la luz
del sonido,
llamaron en
mis ojos con
el sonido de
la luz.
Y fue
amarilla la
multiplicación
de las
arenas,
cada grano
dorado
salpicaba la
vida en su
vecino,
verde era la
casa
cantarina.
La ciruela
que mi madre
arrancara
maduró
dulcemente,
el niño que
dejara caer
desde la
oscuridad de
su costado
hacia el
regazo
cavado de la
luz, creció
fuerte,
musculoso,
enmarañado,
atento a los
gemidos del
muslo
y a la voz
que, como
una voz de
hambre,
arañaba en
el sonido
del viento y
del sol.
Y desde el
primer
deterioro de
la carne
yo aprendí
el lenguaje
del hombre
para
enroscar las
formas del
pensar
en el idioma
pétreo del
cerebro,
para llenar
de sombras y
tejer
nuevamente
la trama de
palabras
dejada por
los muertos
que, en su
césped sin
luna,
no necesitan
del calor de
la palabra.
La raíz de
las lenguas
se termina
en un cáncer
exangüe,
no es más
que un
nombre que
los gusanos
hacen cruz.
Aprendí los
verbos de la
voluntad y
supe mi
secreto;
las claves
de la noche
golpearon en
mi lengua;
donde antes
había sólo
una, hubo de
pronto
muchas
mentes
sonoras.
Un solo
vientre, un
solo
espíritu
vomitó la
materia.
Un pecho
amamantó al
fruto de la
fiebre,
aprendí la
otra cara
del cielo
que
divorcia,
el globo dos
veces
enmarcado
que giraba;
un millón de
cerebros
alimentaron
al retoño
que divide
mis ojos;
la juventud,
de veras se
abrevió; las
lágrimas de
la primavera
se diluyeron
en el verano
y en las
cien
estaciones;
un sólo sol,
un único
maná, fue
calor y
alimento.
AL PRINCIPIO
Al principio
era la
estrella de
tres puntas,
única
sonrisa de
luz a través
de la cara
vacía;
única rama
de hueso a
través del
aire
enraizado
la sustancia
partida que
fue la
médula del
sol primero;
y ardientes
cifras en el
curvo
espacio
iban
mezclando el
cielo y el
infierno en
su ronda.
Al principio
era la firma
pálida,
trisílaba y
estrellada
como la
sonrisa;
y vinieron
después las
huellas
sobre el
agua,
el sello de
la cara
acuñada en
la luna;
la sangre
que tocaba
el árbol de
la cruz y el
cáliz
tocó la
primera nube
y en ella
dejó un
signo.
Al principio
era el fuego
ascendente
que encendía
con una
chispa las
atmósferas,
chispa de
ojos
rojizos,
chispa de
triplicados
ojos,
brusca como
una flor;
se irguió la
vida a
chorros de
los mares
rodantes,
estalló en
las raíces,
arrancó de
la tierra y
la roca
los aceites
secretos que
impulsan la
hierba.
Al principio
era la
palabra, la
palabra
que de las
sólidas
bases de la
luz
le sustrajo
todas las
letras al
vacío;
y de las
bases
nubladas del
aliento
la palabra
fluyó, y al
corazón
tradujo
los primeros
indicios de
nacimiento y
muerte.
Al principio
era la mente
secreta,
la mente
estaba
encarcelada
y soldada al
pensamiento
antes que la
pendiente se
bifurcara
rumbo a un
sol;
antes que
las venas se
sacudieran
en sus
cedazos
se disparó
la sangre y
esparció
hacia los
vientos de
la luz
la costilla
original del
amor.
LA LUZ
IRRUMPE
DONDE NINGÚN
SOL BRILLA
La luz
irrumpe
donde ningún
sol brilla,
donde no se
alza mar
alguno, las
aguas del
corazón
impulsan sus
mareas;
Y, como
rotos
fantasmas
con tocas de
luciérnagas
las cosas de
la luz
desfilan por
la carne,
donde no hay
carne alguna
que atavíe
los huesos.
Una vela en
los muslos
calienta la
juventud y
el semen y
quema la
simiente de
la edad;
donde ningún
semen se
agita,
el fruto del
hombre se
despliega en
las
estrellas,
lustroso
como un
higo;
donde no hay
cera alguna,
muestra su
pábilo la
vela.
El alba
irrumpe
atrás de los
ojos;
desde ambos
polos,
cráneo y
piel, la
sangre
tempestuosa
como un mar
se desliza;
sin cercas
ni vallados
brotan los
surtidores
del cielo
hacia la
vara
prediciendo
en la
sonrisa el
óleo de las
lágrimas.
La noche
ronda en las
órbitas,
como una
luna de
alquitrán,
límite de
los globos;
el día
ilumina el
hueso;
donde no hay
frío alguno,
el ciclón
deshollador
desata
las ropas
del
invierno;
la película
de la
primavera se
cuelga de
los
párpados.
La luz
irrumpe en
solares
ocultos,
En las
crestas del
pensamiento
donde los
pensamientos
huelen en la
lluvia,
cuando muere
la lógica,
el secreto
del suelo
crece a
través del
ojo,
y la sangre
al sol
brinca
en terrenos
baldíos
donde el
alba hace un
alto.
ME HICE
CAMARADA DEL
SUEÑO
Me hice
cantarada
del sueño
que besaba
mi mente,
dejé caer la
lágrima del
tiempo; el
ojo del
durmiente
que se abría
a la luz,
giró hacia
mí como una
luna.
Así, con
talones
alados, volé
a lo largo
de mi cuerpo
y caí sobre
el sueño y
sobre el
cielo en
alto.
Escapé de la
tierra y me
trepé
desnudo por
la
atmósfera,
llegué a un
segundo
suelo lejos
de las
estrellas;
y allí los
dos
lloramos, yo
y otro ser
fantasmal,
con ojos
maternales
sobre la
cima de los
árboles:
escapé de
ese suelo,
ágil como
una pluma.
"El globo de
mis padres
llama en su
eje y canta"
"Este lugar
que andamos
era también
la tierra de
tus padres"
"Pero esto
que pisamos
soporta las
cuadrillas
angélicas,
dulces son
sus paternos
rostros en
las alas"
"Son sólo
hombres que
sueñan. Si
tú soplas se
esfuman".
Se esfumó
así mi
espectro
compañero de
maternales
ojos,
mientras,
flotando
entre los
ángeles yo
me hallaba
perdido
en la costa
de nubes,
entre las
sombras
parlantes de
las tumbas;
impulsé
hacia sus
lechos a los
hermanos
soñadores
donde ellos
aún duermen
sin conocer
a su
fantasma.
Entonces, la
materia de
ese aire
viviente
una voz dejó
oír, y,
trepando a
las
palabras,
deletreé mi
visión con
mano y pelo,
qué ligero
el dormir
sobre los
suelos de
esta
estrella
qué profundo
el velar en
estas nubes
como mundos.
Allí crece
hacia el sol
la escala de
las horas
cada peldaño
es pérdida,
o amor hasta
el final,
la sangre
humana
hostiga
estos lerdos
avances.
Un hombre,
viejo y loco
se trepa
todavía a su
fantasma
y es el
fantasma de
mis padres
que trepa
por la
lluvia.
SOÑÉ MI
GÉNESIS
Soñé mi
Génesis en
sudores de
sueño,
irrumpía
a través de
la valva
giratoria,
fuerte
como un
músculo
motor en el
taladro
surgía
de la visión
y de los
nervios
espesos como
vigas.
Desde los
miembros a
la medida
del gusano,
se soltaba
de la carne
estriada.
Desfilaba
por todas
las cadenas
de la
hierba,
metal
de soles en
la noche que
derrite al
hombre.
Heredero de
las venas
quemantes,
guardianes
de la gota
de amor,
preciosa
criatura en
mis huesos
yo rondé
velozmente
el globo que
heredara,
travesía
por hombre
ataviado de
noche.
Soñé mi
Génesis y
morí otra
vez, granada
prisionera
del corazón
en marcha,
agujero
en la herida
hilvanada y
en el viento
grumoso,
muerte
embozada en
los labios
que comían
el gas.
Puntual en
mi muerte
segunda
señalé las
colinas, las
cosechas
de cicuta y
las matas,
mi sangre
enmohecida
sobre los
calmos
muertos,
forzaba
mi segunda
batalla
desde el
pasto.
Y el poder
contagió mi
nacimiento,
el segundo
elevarse del
esqueleto
y el volver
a vestir el
fantasma
desnudo. La
humanidad
escupida
desde una
pena vuelta
a padecer.
Soñé mi
Génesis en
sudores de
muerte
caída por
dos veces en
el nutricio
mar,
vástago
rancio de
las saladas
lágrimas de
Adán. Visión
de nueva
fuerza
humana.
Busco al
sol.
MI MUNDO ES
PIRÁMIDE
Mitad del
padre
camarada
cuando imita
al Adán que
el mar
sorbiera
en su casco
vacío,
Mitad de la
madre
camarada
cuando
salpica con
su leche
lasciva
la
zambullida
del mañana,
las sombras
bifurcadas
por el hueso
del trueno
saltan hacia
la sal que
no ha
nacido.
La mitad
camarada era
de hielo
cuando una
primavera
corrosiva
brotaba en
la cosecha
del glaciar.
la sombra y
la simiente
camarada
murmuraban
el vaivén de
la leche
encrespado
en el pecho,
pues la
mitad del
amor era
sembrada en
el fantasma
estéril y
perdido.
Las mitades
dispersas se
han vuelto
camaradas
en un ente
lisiado
la muleta
que la
médula
golpea sobre
el sueño
renguea en
la calle del
mar, entre
la turba
de cabezas
con lengua
de marea y
vejigas al
fondo
y empala a
los
durmientes
en la tumba
salvaje
donde ríe el
vampiro.
Las mitades
zurcidas se
partían
huyendo
por el
bosque de
los cerdos
salvajes y
la baba en
los árboles,
sorbiendo
las
tinieblas
sobre el
cianuro se
abrazaban
y desataban
víboras
prendidas en
su pelo;
las mitades
que giran
perforan
como cuernos
al ángel
arterial.
¿De qué
color es la
gloria? ¿La
pluma de la
muerte?
tiemblan
esas mitades
que taladran
el ojo de la
aguja en el
aire
y a través
del dedal
horadan el
espacio,
manchado de
pulgares.
El fantasma
es un mudo
que
farfullaba
entre la
paja,
el fantasma
que tramaba
el saqueo en
su vuelo
enceguece
sus ojos
rastreadores
de nubes.
II
Mi mundo es
pirámide. La
sigilosa
máscara
llora sobre
el ocre
desierto y
el verano
agresivo de
sal.
Con mi
armadura
egipcia
fundiéndose
en su sábana
araño la
resina hasta
un hueso
estrellado
y un falso
sol de
sangre.
Mi mundo es
un ciprés y
un valle de
Inglaterra
yo remiendo
mi carne que
retumbó en
los patios
roja por la
salva de
Austria.
Oigo a
través del
tambor de
los muertos,
que
mutilados
jóvenes
mientras
siembran sus
vísceras
desde un
cerro de
huesos
gritan Eloi
a los
cañones.
El cruce del
Jordán
arrasa mi
sepulcro.
El casquete
del Ártico y
la hoya del
sur
invaden mi
jardín de
casa muerta.
El que me
busca lejos
señalando en
mi boca
las pajas de
Asia me
pierde
cuando doblo
por el maíz
atlántico.
Las mitades
amigas,
partidas
mientras
giran
en redes de
mareas, se
enredan a
las valvas
y hacen
crecer la
barba del
diablo no
nacido,
sangran
desde mi
horquilla
ardiente y
huelen mis
talones
las lenguas
celestiales
murmuran
mientras yo
me deslizo
atando la
capucha de
mi ángel.
¿Quién sopla
la pluma de
la muerte?
¿De qué
gloria es el
color?
en la vena
yo soplo
esta pluma
lanuda
es el lomo
la gloria en
una
laboriosa
palidez.
Mi arcilla
ignora el
pecho y mi
sal no ha
nacido,
niño
secreto, yo
vago por el
mar
en seco,
sobre el
muslo a
medias
derrotado.