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OTROS TEXTOS
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Noam Chomsky
La soberanía y el nuevo orden mundial
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Kansas State University Manhattan, Kansas

20 de septiembre, 1999

El tema que nos ocupa esta noche - "La Soberanía y El Orden Mundial" - se acuñó hace poco más de un año, algo más quizá, si bien la elección del apelativo no pudo ser más profética. - "La soberanía" y "el orden mundial" han sido los lemas del año 1999 de modo bien ilustrativo.

La inquietud por la soberanía ha pasado por dos fases. La primera, se producía durante el primer semestre del año, cuando la agresión aérea de EEUU-OTAN sobre Yugoslavia fuera el centro de atención, y la segunda, se ha producido estas últimas semanas - con relación al recrudecimiento de las atrocidades en Timor Oriental.

Durante la primera fase se dio una " desmesurada profusión" en cuanto a la nueva era de la historia de la humanidad en la que nos adentramos, en la que los "estados iluminados", recurrirán al uso de la fuerza - cuando lo consideren oportuno, sin reparar en arcaicos conceptos como la soberanía o la legislación internacional. Adiós a las antiguas restricciones. Los "estados iluminados" actuarán conforme a sus principios tradicionales en su misión de "custodia de los derechos humanos", proclamaba la Secretaria de Estado estadounidense, Albright, según lo reflejaba fervientemente el New York Times.

La misión es concreta, según Albright y compañía, al menos, por lo que respecta a determinados lugares del mundo, y, más concretamente, a los estados "corruptos". La Cuba actual. Nicaragua, en el período previo a su reingreso en el mundo libre. O, Irak a partir de 1990 cuando, al desobedecer las órdenes de EEUU, Saddam Hussein condujera a Irak a la categoría de "estado corrupto". Pero no anteriormente a 1990, naturalmente, cuando como estado amigo y aliado era receptor de una ayuda masiva, al tiempo que se dedicaba a gasear a los Kurdos y a torturar a la disidencia, periodo en el que, de hecho, llegaría a perpetrar las mayores atrocidades de toda su funesta trayectoria. Semejante conducta le sería recompensada con una creciente ayuda militar, entre otras, por los estados iluminados.

Bien, esto ocurría en el primer semestre del año. Los persistentes pronunciamientos de los más preeminentes moralistas, figuras políticas y demás eminencias, abrumaron a la opinión pública respecto a la prodigiosa nueva era en la que nos adentrábamos, de la mano de los estados iluminados, libres ya de obsoletos conceptos como la soberanía o la legislación internacional.

La segunda fase se ha venido produciendo estas últimas semanas. La sintonía dio un giro drástico, conforme se fue centrando la atención en Timor Oriental, por el recrudecimiento del imperio de terror, violencia y barbarie generalizada que ha venido produciéndose a lo largo del último cuarto de siglo. Es, de hecho, la peor masacre en lo que respecta a la población desde el Holocausto.

Ahora, resulta que la soberanía de Indonesia se merece una atenta y desmesurada consideración en este caso, aún cuando su soberanía no existe. Porque, naturalmente, Indonesia no tiene ningún derecho a la soberanía sobre Timor Oriental, si obviamos el derecho implícito en el apoyo prestado por las grandes potencias a la agresión; es decir, los estados iluminados en general, y el del adalid de los estados iluminados, EEUU en particular.

De modo que, aquí, hemos de mostrar una gran consideración por la soberanía aún y cuando resulta que los derechos humanos no se tienen en cuenta. Hemos de aplazar la más amplia misión que establecimos en la fase previa. Tenemos que solicitar la invitación de los invasores antes de tomar cualquier otra medida -- como la suspensión de la ayuda militar porque, de no ser así, esto constituiría una injerencia en la soberanía de un estado, y, naturalmente, nada más lejos de nuestra intención.

De modo que, de la noche a la mañana, el panorama es justamente el opuesto. Del más absoluto desprecio por la soberanía, caso de Serbia -- por cierto, último reducto de la vieja Europa que se resiste a los planes estadounidenses para la región -- pasamos a considerar un estado cliente a uno de los mayores exterminadores de masas de la era moderna, y, en este caso, la preocupación por su soberanía se ensalza tanto que tenemos que observarla escrupulosamente, aun y cuando brilla por su ausencia.

Bien, la transición resulta interesante y, sin duda, plantea ciertas interrogantes: ¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿Cuál es la diferencia?

Una de las diferencias que se me ocurre es la que acabo de sugerir. En un caso, el estado cuya soberanía no es digna de consideración, es un estado enemigo. En el otro, se trata de un estado-cliente. Esto invita a la especulación, pospongámoslo de momento, para tratar algunas otras cuestiones.

La primera cuestión - como ya he señalado, es que el primer semestre del año fue un periodo de desmesurada profusión en cuanto a la maravillosa "nueva era" -- ahora bien, ¿cuál fue la postura fuera de la esfera de los estados iluminados? Y a propósito, ¿cuáles son los estados iluminados y cómo se adquiere tal rango? ¿Cuáles son los criterios de admisión al club?

Bien, los criterios de admisión al club resultan bien sencillos. Ocurre por definición. Un estado adquiere la categoría de iluminado, no en virtud de su trayectoria, la cual, de hecho, resulta irrelevante, y, si a alguien se lo ocurriera consultar un expediente, probablemente se hallaría con que a penas presenta ninguno de los requisitos apropiados. Es así por simple definición. EEUU es un estado iluminado, por definición. Su gallo de pelea, Gran Bretaña, es iluminado, -- siempre y cuando acate las órdenes, y todo estado que se una a la cruzada, adquiere la categoría de estado iluminado. El resto son estados corruptos. De modo que, la distinción resulta bien simple.

¿Cuál es la actitud de los estados que se hallan fuera del ámbito de los estados iluminados frente a la flamante nueva era? Pues bien, fuera de la órbita de los autoproclamados estados iluminados, se produjo una gran conmoción y consternación social, ante tamaña afrenta a la soberanía y a la legislación internacional.

De modo que, digamos que en India, Tailandia o América Latina, por ejemplo, la reacción fue bastante homogénea: pavor. En cuanto a la postura de la mayor parte del mundo, ésta se vería fielmente reflejada en las palabras del Arzobispo de San Paulo, quien, tras la Guerra del Golfo, formularía la siguiente pregunta: "¿Contra quién y con qué pretexto dirigirán sus ataques la próxima vez? Se dio una gran polémica en casi todo el mundo en cuanto a la necesidad de establecer elementos de disuasión. Armas nucleares o algún otro tipo de mecanismo de disuasión que sirva de escudo social ante las políticas de los estados iluminados, que hoy campan a sus anchas, libres de impedimento alguno que los detenga.

De hecho, desde una perspectiva mundial, cabe que la definición más acertada sea que -- cuanto más poderoso es un estado para emplear la violencia a su libre albedrío, mayor es el desprecio que muestra por la soberanía; mejor dicho, por la soberanía de los demás. La capacidad de agresión de Estados Unidos ha sido y es infinitamente superior a la de cualquiera de sus contendientes, aunque, esto, apenas ha dado que hablar. Y dicha capacidad va mermando según se desciende en la escala de poder hasta llegar a las tradicionales víctimas.

De hecho, la fractura sería lo más aproximado a la actualmente denominada división "Norte-Sur". Eufemismo que sirve para distinguir a los viejos imperios de sus antiguas colonias. En las antiguas colonias, reina la conmoción, el recelo y la desazón. En los estados imperiales, máxime en los más poderosos, la efusión en cuanto a la necesidad de eliminar toda barrera al uso de la violencia, y, en particular, arcaicos conceptos como la legislación internacional o la soberanía.

Esta es una conclusión un tanto generalizada y, creo, que cabe que se pueda hallar una aún más precisa si se echa un vistazo al comentario político mundial, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Y esto, una vez más, sugiere ciertas hipótesis sobre lo que está sucediendo.

Precisa, no obstante, de mayores calificaciones, puesto que la actitud del líder de los estados iluminados, es decir, la del "autoproclamado" líder de los estados iluminados, EEUU, para con la soberanía añade un nuevo matiz a lo que acabo de sugerir. Es cierto que, en lo tocante a la soberanía de los demás, ésta puede ser relegada con desdén. O, lo que es lo mismo, somos libres de emplear la fuerza cuando lo estimemos oportuno, porque nos autodefinimos como iluminados.

Por otra parte, está la soberanía propia -- y la de nuestros estados tutelados -- la que hemos de salvaguardar como un preciado tesoro. En lo que respecta a nuestra propia soberanía la cuestión está perfectamente zanjada. Es más, resulta inútil obviar el hecho de que, recientemente, EEUU frustrara la creación de un tribunal penal internacional cuya misión habría de ser la de actuar contra los crímenes de guerra y contra la humanidad. El motivo es simple y manifiesto; aceptar la existencia de dicho tribunal, supondría la renuncia de nuestra propia soberanía. Y, por supuesto, no podemos hacer algo así porque nuestra soberanía es sagrada.

El episodio fue lo suficientemente sarcástico como para suscitar cierta polémica, si bien lo que se nos pasó por alto es que tal comportamiento es homogéneo. EEUU cuenta con uno de los peores historiales en el mundo en materia de incumplimiento de tratados internacionales sobre los derechos humanos -- convenios de adhesión al cumplimiento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. A modo de ilustración, en el caso de la Carta de los Derechos del Niño, ésta cuenta con la adhesión de todos los países del mundo excepto dos: EEUU y Somalia. Somalia no la ratificó por carecer de gobierno.

Y el hecho es generalizado. Encierra de hecho mayor gravedad, si cabe dado que, en su sentido más estricto, EEUU no ha ratificado ni uno sólo de los tratados que ha rubricado. La razón es que todos y cada uno de los tratados aprobados, y no es que sean demasiados, contienen una cláusula adicional que establece: "no aplicable en los Estados Unidos." Por tanto, aunque de hecho se aprueben algunos tratados, ninguno de ellos