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Las
distinciones
verbales
deberían ser
tenidas en
cuenta,
puesto que
representan
distinciones
mentales,
intelectuales.
Pero es una
lástima que
la palabra
«poeta» haya
sido
dividida en
dos. Pues
hoy, cuando
hablamos de
un poeta,
sólo
pensamos en
alguien que
profiere
notas
líricas y
pajariles
del tipo de
«With ships
the sea was
sprinkled
far and nigh,
/ Like stars
in heaven»
(«Con
barcos, el
mar estaba
salpicado
aquí y allá
como las
estrellas en
el cielo»;
Wordsworth),
o «Music to
hear, why
hear'st
thoumusic
sadly? /
Sweets with
sweets war
not, joy
delights in
joy» («¿Por
qué, siendo
tú música,
te
entristece
la música? /
Placer busca
placeres,
ama el goce
otro goce»;
Shakespeare).
Mientras que
los
antiguos,
cuando
hablaban de
un poeta –un
«hacedor»–,
no lo
consideraban
únicamente
como el
emisor de
esas
elevadas
notas
líricas,
sino también
como
narrador de
historias.
Historias en
las que
podíamos
encontrar
todas las
voces de la
humanidad:
no sólo lo
lírico, lo
meditativo,
la
melancolía,
sino también
las voces
del coraje y
la
esperanza.
Quiere decir
que vaya
hablar de lo
que supongo
la más
antigua
forma de
poesía: la
épica.
Ocupémonos
de ella un
momento.
Quizá el
primer
ejemplo que
nos venga a
la mente sea
La historia
de Troya,
como la
llamó Andrew
Lang, que
tan
certeramente
la tradujo.
Examinaremos
en ella la
antiquísima
narración de
una
historia. Ya
en el primer
verso
encontramos
algo así:
«Háblame,
musa, de la
ira de
Aquiles». O,
como creo
que tradujo
el profesor
Rouse: «An
angry man –that
is my
subject.
(«Un hombre
iracundo:
tal es mi
tema»).
Quizá
Hornero, o
el hombre a
quien
llamamos
Homero (pues
ésta es,
evidentemente,
una vieja
cuestión),
pensó
escribir un
poema sobre
un hombre
iracundo,
yeso nos
desconcierta,
pues
pensamos en
la ira a la
manera de
los latinos:
«ira furor
brevis». La
ira es una
locura
pasajera, un
ataque de
locura. Es
verdad que
la trama de
la lliada no
es, en sí,
precisamente
agradable:
esa idea del
héroe
malhumorado
en su
tienda, que
siente que
el rey lo ha
tratado
injustamente,
emprende la
guerra como
una disputa
personal
porque han
matado a su
amigo y
vende por
fin al padre
el cadáver
de! hombre
al que ha
matado.
Pero quizá
(puede que
ya lo haya
dicho antes;
estoy
seguro), las
intenciones
del poeta
carezcan de
importancia.
Lo que hoy
importa es
que, aunque
Homero
creyera que
contaba esa
historia, en
realidad
contaba algo
mucho más
noble: la
historia de
un hombre,
un héroe,
que ataca
una ciudad
que sabe que
no
conquistará
nunca, un
hombre que
sabe que
morirá antes
de que la
ciudad
caiga; y la
historia aun
más
conmovedora
de los
hombres que
defienden
una ciudad
cuyo destino
ya conocen,
una ciudad
que ya está
en llamas.
Yo creo que
éste es el
verdadero
tema de la
lliada. y,
de hecho,
los hombres
siempre han
pensado que
los troyanos
eran los
verdaderos
héroes.
Pensamos en
Virgilio,
pero también
podríamos
pensar en
Snorri
Sturluson,
que, en su
más joven
edad,
escribió que
Odín –el
Odín de los
sajones, el
dios– era
hijo de
Príamo y
hermano de
Héctor. Los
hombres
siempre han
buscado la
afinidad con
los troyanos
derrotados,
y no con los
griegos
victoriosos.
Quizá sea
porque hay
una dignidad
en la
derrota que
a duras
penas le
corresponde
a la
victoria.
Tomemos un
segundo
poema épico,
la Podemos
leer la de
dos maneras.
Supongo que
e! hombre (o
la mujer,
como pensaba
Samuel
Butler) que
la escribió
no ignoraba
que en
realidad
contenía dos
historias:
el regreso
de Ulises a
su casa y
las
maravillas y
peligros del
mar. Si
tomamos la
Odisea en el
primer
sentido,
entonces
tenemos la
idea del
regreso, la
idea de que
vivimos en
el destierro
y nuestro
verdadero
hogar está
en el pasado
o en el
cielo o en
cualquier
otra parte,
que nunca
estamos en
casa.
Pero
evidentemente
la vida de
la marinería
y el regreso
tenían que
ser
convertidos
en algo
interesante.
Así que,
poco él
poco, se
fueron
añadiendo
múltiples
maravillas.
y ya, cuando
acudimos a
Las mil una
noches,
encontramos
que la
versión
árabe de la
Odisea, los
siete viajes
de Simbad el
marino, no
son la
historia de
un regreso,
sino un
relato de
aventuras; y
creo que
como tal lo
leemos.
Cuando
leemos la
Odisea, creo
que lo que
sentimos es
el encanto,
la magia del
mar; lo que
sentimos es
lo que el
navegante
nos revela.
Por ejemplo:
no tiene
ánimo para
el arpa, ni
para la
distribución
de anillos,
ni para el
goce de la
mujer, ni
para la
grandeza del
mundo. Sólo
busca las
altas
corrientes
saladas. Así
tenemos las
dos
historias en
una: podemos
leerla como
un retorno a
casa y como
un relato de
aventuras,
quizá el más
admirable
que jamás
haya sido
escrito o
cantado.
Pasemos
ahora a un
tercer
«poema» que
destaca muy
por encima
de los
otros: los
cuatro
Evangelios.
Los
Evangelios
también
pueden
leídos de
dos maneras.
El creyente
los lee como
la extraña
historia de
un hombre,
de un dios,
que expía
los pecados
de la
humanidad.
Un dios que
se digna
sufrir,
morir, en la
«bitter
cross»
(«amarga
cruz»), como
señala
Shakespeare.
Existe una
interpretación
aun más
extraña, que
encuentro en
Langland. la
idea de que
Dios quería
conocer en
su totalidad
el
sufrimiento
humano, que
no le
bastaba con
conocerlo
intelectualmente,
tal como le
era
divinamente
posible;
quería
sufrir como
un hombre y
con las
limitaciones
de un
hombre. Pero
quien (como
muchos de
nosotros) no
es creyente
puede leer
la historia
de otra
manera.
Podemos
pensar en un
hombre de
genio, un
hombre que
se creía un
dios y al
final
descubre que
sólo era Un
hombre y que
Dios –su
dios– lo
había
abandonado.
Digamos que
durante
muchos
siglos,
estas tres
historias
–la de
Troya, la de
Ulises, la
de Jesús–le
han bastado
a la
humanidad.
La gente las
ha contado y
las ha
vuelto a
contar una y
otra vez;
les ha
puesto
música, las
ha pintado.
Han sido
contadas
muchas
veces, pero
las
historias
perduran,
sin límites.
Podríamos
pensar en
alguien que,
dentro de
milo diez
mil años,
una vez más
volviera a
escribirlas.
Pero, en el
caso de los
Evangelios,
hay una
diferencia:
creo que la
historia de
Cristo no
puede ser
contada
mejor. Ha
sido contada
muchas
veces, pero
creo que los
pocos
versículos
en los que
leemos, por
ejemplo,
cómo Satán
tentó a
Cristo
tienen más
fuerza que
los cuatro
libros del
Paradise
Regained.
Uno intuye
que Milton
quizá ni
sospechaba
la clase de
hombre que
fue Cristo.
Bien,
tenemos
estas
historias y
tenemos el
hecho de que
los hombres
no necesitan
demasiadas
historias.
Imagino que
Chaucer
jamás pensó
en inventar
una
historia. No
pienso que
la gente
fuera menos
inventiva en
aquellos
días que
hoy. Pienso
que se
contentaba
con las
nuevas
variaciones
que se
añadían al
relato, las
sutiles
variaciones
que se
añadían al
relato.
Esto,
además,
facilitaba
la tarea del
poeta. Sus
oyentes y
lectores
sabían lo
que iba a
decir y
podían
apreciar las
diferencias
en su justa
medida.
Ahora bien,
la épica –y
podemos
considerar
los
Evangelios
una especie
de épica
divina– lo
admite todo.
Pero la
poesía, como
he dicho, ha
sufrido una
división; o,
mejor, por
un lado
tenemos el
poema lírico
y la elegía,
y por otro
tenemos la
narración de
historias:
tenemos la
novela. Uno
casi siente
la tentación
de
considerar
la novela
como una
degeneración
de la épica,
a pesar de
escritores
como Joseph
Conrad o
Herman
Melville.
Pues la
novela
recupera la
dignidad de
la épica.
Si pensamos
en la novela
y la épica,
nos vemos
tentados a
pensar que
la principal
diferencia
estriba en
la
diferencia
entre verso
y prosa,
entre cantar
y exponer
algo. Pero
pienso que
hay una
diferencia
mayor. La
diferencia
radica en el
hecho de que
lo
importante
para la
épica es el
héroe: un
hombre que
es un modelo
para todos
los hombres.
Mientras,
como Mencken
señaló, la
esencia de
la mayoría
de las
novelas
radica en el
fracaso de
un hombre,
en la
degeneración
de!
personaje.
Esto nos
lleva a otra
cuestión:
¿qué
pensamos de
la
felicidad?
¿Qué
pensamos de
la derrota,
de la
victoria?
Hoy, cuando
la gente
habla de un
final feliz,
lo considera
una mera
condescendencia
hacia el
público o un
recurso
comercial;
lo
consideran
artificioso.
Pero durante
siglos los
hombres
fueron
capaces –de
creer
sinceramente
en la
felicidad y
en la
victoria,
aunque
sentían la
imprescindible
dignidad de
la derrota.
Por ejemplo,
cuando la
gente
escribía
sobre el
Vellocino de
Oro (una de
las
historias
más antiguas
de la
humanidad),
oyentes y
lectores
sabían desde
el principio
que el
tesoro sería
hallado al
final.
Bien, hoy,
si se
emprende una
aventura,
sabemos que
acabará en
fracaso.
Cuando
leemos –y
pienso en un
ejemplo que
admiro – Los
papeles de
Aspern,
sabemos que
los papeles
nunca serán
hallados.
Cuando
leemos El
castillo de
Franz Kafka,
sabemos que
el hombre
nunca
entrará en
el castillo.
Es decir, no
podemos
creer de
verdad en la
felicidad y
en el
triunfo. Y
quizá ésta
sea una de
las miserias
de nuestro
tiempo. Me
figuro que
Kafka sentía
prácticamente
lo mismo
cuando
deseaba que
sus libros
fueran
destruidos:
en realidad
quería
escribir un
libro feliz
y
victorioso,
y se daba
cuenta de
que le era
imposible.
Hubiera
podido
escribirlo,
evidentemente,
pero el
público
habría
notado que
no decía la
verdad. No
la verdad de
los hechos,
sino la
verdad de
sus sueños.
Digamos que,
a fines del
siglo XVIII
o principios
del XIX
(para qué
molestarnos
en discutir
las fechas),
el hombre
empezó a
inventar
tramas.
Quizá
podríamos
decir que la
empresa
partió de
Hawthorne y
Edgar Allan
Poe, aunque,
evidentemente,
siempre hay
precursores.
Como Rubén
Daría
señaló,
nadie es el
Adán
literario.
Pero fue Poe
el que
escribió que
un relato
debe ser
escrito
atendiendo a
la última
frase, y un
poema
atendiendo
al último
verso. Esto
degeneró en
el relato
con truco, y
en los
siglos XIX y
XX la gente
ha inventado
toda clase
de tramas.
Estas tramas
son a veces
muy
ingeniosas;
si nos
limitamos a
contarlas,
son más
ingeniosas
que las
tramas de la
épica.
Pero, por
alguna
razón,
notamos en
ellas algo
artificioso;
o, mejor,
algo
trivial. Si
tomamos dos
casos
–supongamos
que la
historia del
doctor
Jekyll y el
señor Hyde,
y una novela
o una
película
como
Psicosis–,
puede que la
trama de la
segunda sea
más
ingeniosa,
pero
intuimos que
hay más
detrás de la
trama de
Stevenson.
En cuanto a
la idea que
formulé al
principio,
la de que
sólo existe
un número
reducido de
tramas,
quizá
deberíamos
mencionar
esos libros
en los que
el interés
no radica en
la trama
sino en la
variación,
en el
cambio, de
múltiples
tramas.
Estoy
pensando en
Las mil y
noches, en
el Orlando
furioso y
otras por el
estilo.
Podríamos
añadir
también la
idea de un
tesoro
maligno. La
tenemos en
la Völsunga
Saga, y
quizá al
final de
Beowulf: la
idea de un
tesoro que
trae males a
la gente que
lo
encuentra.
Aquí
podríamos
llegar a la
idea que
intenté
desarrollar
en mi última
conferencia,
sobre la
metáfora: la
idea de que
quizá todas
las tramas
correspondan
sólo a unos
pocos
modelos.
Hoy, por
supuesto, la
gente
inventa
tantas
tramas que
nos ciegan.
Pero quizá
flaquee tal
ataque de
ingenio y
descubramos
que todas
esas tramas
sólo son
apariencias
de un
reducido
número de
tramas
esenciales.
Y esto, para
mí, está
fuera de
discusión.
Hay que
señalar otro
hecho: los
poetas
parecen
olvidar que,
alguna vez,
contar
cuentos fue
esencial y
que contar
una historia
y recitar
unos versos
no se
concebían
como cosas
diferentes.
Un hombre
contaba una
historia, la
cantaba; y
sus oyentes
no lo
consideraban
un hombre
que ejercía
dos tareas,
sino más
bien un
hombre que
ejercía una
tarea que
poseía dos
aspectos. O
quizá no
tenían la
impresión de
que hubiera
dos
aspectos,
sino que
consideraban
todo como
una sola
cosa
esencial.
Llegamos
ahora a
nuestro
tiempo,
donde
encontramos
esta
circunstancia
verdaderamente
extraña:
hemos vivido
dos guerras
mundiales,
pero, por
alguna
razón, no ha
surgido de
ellas una
épica;
excepto,
quizá, Los
siete
pilares de
la
sabiduría.
En Los siete
pilares de
la sabiduría
encuentro
muchas
cualidades
épicas. Pero
el libro
está
lastrado por
el hecho de
que el héroe
es el
narrador,
por lo que a
veces debe
empequeñecerse,
humanizarse,
hacerse
verosímil en
exceso. De
hecho, se ve
obligado a
incurrir en
los trucos
del
novelista.
Hay otro
libro, hoy
bastante
olvidado,
que leí, me
parece, en
1915: una
novela
llamada Le
Feu, de
Henri
Barbusse. El
autor era
pacifista;
era un libro
contra la
guerra.
Pero, en
cierta
medida, la
épica
atravesaba
el libro (me
acuerdo de
una
magnífica
carga con
bayonetas).
Otro
escritor que
poseía el
sentido de
lo épico fue
Kipling. Lo
comprobamos
en un relato
tan
maravilloso
como «A
Sahib's War»,
Pero, de la
misma manera
que Kipling
nunca
practicó el
soneto,
porque
consideraba
que podía
distanciarlo
de sus
lectores,
nunca
cultivó la
épica,
aunque
podría
haberlo
hecho.
También
recuerdo a
Chesterton,
que escribió
«La balada
del caballo
blanco», un
poema sobre
las guerras
del rey
Alfredo
contra los
daneses. En
él
encontramos
metáforas
muy raras
(¡me
pregunto
cómo me
olvidé de
citarlas en
la charla
anterior!):
por ejemplo,
«mármol como
sólida luz
de luna»,
«oro como
fuego
helado»,
donde el
mármol y el
oro son
comparados
con dos
cosas que
son aun más
elementales.
Son
comparados
con la luz
de la luna y
el fuego, y
no con el
fuego
exactamente,
sino con un
mágico fuego
helado.
En cierta
manera, la
gente está
ansiosa de
épica.
Pienso que
la épica es
una de esas
cosas que
los hombres
necesitan.
De todos los
lugares (y
esto podría
introducir
una especie
de
anticlímax,
pero es un
hecho), ha
sido
Hollywood el
que más ha
abastecido
de épica al
mundo. En
todo el
planeta,
cuando la
gente ve un
western –al
contemplar
la mitología
del jinete,
el desierto,
la justicia,
el sheriff,
los disparos
y todo eso–,
creo que
capta la
emoción de
la épica, lo
sepa o no. A
fin de
cuentas, no
es
importante
saberlo.
Ahora bien,
no quiero
hacer
profecías,
porque tales
cosas son
arriesgadas
(aunque, a
la larga,
pueden
convertirse
en verdad),
pero creo
que, si la
narración de
historias y
el canto del
verso
volvieran a
reunirse,
sucedería
algo muy
importante.
Quizá
empiece en
Estados
Unidos,
pues, como
ustedes
saben,
Estados
Unidos posee
un sentido
ético de lo
que está
bien y lo
que está
mal. Quizá
lo posean
otros
países, pero
no creo que
se dé tan
evidentemente
como lo
descubro
aquí. Si
llegara a
suceder, si
pudiéramos
volver a la
épica,
entonces se
habría
conseguido
algo muy
grande.
Cuando
Chesterton
escribió «La
balada del
caballo
blanco»
obtuvo
buenas
críticas y
esas cosas,
pero los
lectores no
le fueron
favorables.
De hecho,
cuando
pensamos en
Chesterton,
pensamos en
la saga del
Padre Brown
y no en ese
poema.
Sólo he
meditado
sobre el
asunto a una
edad más
bien
avanzada; y,
además, no
creo haber
ensayado la
épica
(aunque
quizá haya
dejado dos o
tres líneas
épicas). Es
una tarea
para hombres
más jóvenes.
y conservo
la esperanza
de que lo
harán,
porque
evidentemente
todos
tenemos la
sensación de
que, en
cierta
medida, la
novela está
fracasando.
Piensen en
las
principales
novelas de
nuestro
tiempo, el
Ulises de
Joyce por
ejemplo. Se
nos han
dicho miles
de cosas
sobre los
dos
personajes,
pero no los
conocemos.
Conocemos
mejor a los
personajes
de Dante o
de
Shakespeare,
que se nos
presentan
–que viven y
mueren– en
unas pocas
frases. No
conocemos
miles de
circunstancias
sobre ellos,
pero los
conocemos
íntimamente.
Eso, desde
luego, es
mucho más
importante.
Pienso que
la novela
está
fracasando.
Pienso que
todos esos
experimentos
con la
novela, tan
atrevidos e
interesantes
–por
ejemplo, la
idea de los
cambios de
tiempo, la
idea de que
la historia
sea contada
por
distintos
personajes–,
todos se
dirigen al
momento en
que
sentiremos
que la
novela ya no
nos
acompaña.
Pero hay
algo a
propósito
del cuento,
del relato,
que siempre
perdurará.
No creo que
los hombres
se cansen
nunca de oír
y contar
historias. y
si junto al
placer de
oír
historias
conservamos
el placer
adicional de
la dignidad
del verso,
entonces
algo grande
habrá
sucedido.
Quizá yo sea
un anticuado
hombre del
siglo XIX,
pero soy
optimista y
tengo
esperanza:
y, puesto
que el
futuro
contiene
muchas cosas
–quizá el
futuro
contenga
todas las
cosas–,
pienso que
la épica
volverá a
nosotros.
Creo que el
poeta
volverá a
ser otra vez
un hacedor.
Quiero decir
que contará
una historia
y la cantará
también. Y
no
consideraremos
diferentes
esas dos
cosas, tal
como no las
consideramos
diferentes
en Homero o
Virgilio.
Borges,
Jorge Luis,
Arte
poética.
Editorial
Crítica.
Barcelona,
2001. Pags.
61-74. (Seis
conferencias
sobre poesía
pronunciadas
en inglés en
la
Universidad
de Harvard
durante el
curso
1967-1968)
Traducción
de Justo
Navarro. |