UNA
ROSA
Y
MILTON
De
las
generaciones
de
las
rosas
Que
en
el
fondo
del
tiempo
se
han
perdido
Quiero
que
una
se
salve
del
olvido,
Una
sin
marca
o
signo
entre
las
cosas
Que
fueron.
El
destino
me
depara
Este
don
de
nombrar
por
vez
primera
Esa
flor
silenciosa,
la
postrera
Rosa
que
Milton
acercó
a
su
cara,
Sin
verla.
Oh
tú
bermeja
o
amarilla
O
blanca
rosa
de
un
jardín
borrado,
Deja
mágicamente
tu
pasado
Inmemorial
y
en
este
verso
brilla,
Oro,
sangre
o
marfil
o
tenebrosa
Como
en
sus
manos,
invisible
rosa.
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ARTE
POÉTICA
Mirar
el
río
hecho
de
tiempo
y
agua
Y
recordar
que
el
tiempo
es
otro
río,
Saber
que
nos
perdemos
como
el
río
Y
que
los
rostros
pasan
como
el
agua.
Sentir
que
la
vigilia
es
otro
sueño
Que
sueña
no
soñar
y
que
la
muerte
Que
teme
nuestra
carne
es
esa
muerte
De
cada
noche,
que
se
llama
sueño.
Ver
en
el
día
o
en
el
año
un
símbolo
De
los
días
del
hombre
y
de
sus
años,
Convertir
el
ultraje
de
los
años
En
una
música,
un
rumor
y
un
símbolo,
Ver
en
la
muerte
el
sueño,
en
el
ocaso
Un
triste
oro,
tal
es
la
poesía
Que
es
inmortal
y
pobre.
La
poesía
Vuelve
como
la
aurora
y
el
ocaso.
A
veces
en
las
tardes
una
cara
Nos
mira
desde
el
fondo
de
un
espejo;
El
arte
debe
ser
como
ese
espejo
Que
nos
revela
nuestra
propia
cara.
Cuentan
que
Ulises,
harto
de
prodigios,
Lloró
de
amor
al
divisar
su
Itaca
Verde
y
humilde.
El
arte
es
esa
Itaca
De
verde
eternidad,
no
de
prodigios.
También
es
como
el
río
interminable
Que
pasa
y
queda
y
es
cristal
de
un
mismo
Heráclito
inconstante,
que
es
el
mismo
Y
es
otro,
como
el
río
interminable.
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A
UN
POETA
MENOR
DE
LA
ANTOLOGÍA
¿Dónde
está
la
memoria
de
los
días
que
fueron
tuyos
en
la
tierra,
y
tejieron
dicha
y
dolor
y
fueron
para
ti
el
universo?
El
río
numerable
de
los
años
los
ha
perdido;
eres
una
palabra
en
un
índice.
Dieron
a
otros
gloria
interminable
los
dioses,
inscripciones
y
exergos
y
monumentos
y
puntuales
historiadores;
de
ti
sólo
sabemos,
oscuro
amigo,
que
oíste
al
ruiseñor,
una
tarde.
Entre
los
asfódelos
de
la
sombra,
tu
vana
sombra
pensará
que
los
dioses
han
sido
avaros.
Pero
los
días
son
una
red
de
triviales
miserias,
¿y
habrá
suerte
mejor
que
la
ceniza
de
que
está
hecho
el
olvido?
Sobre
otros
arrojaron
los
dioses
la
inexorable
luz
de
la
gloria,
que
mira
las
entrañas
y
enumera
las
grietas,
de
la
gloria,
que
acaba
por
ajar
la
rosa
que
venera;
contigo
fueron
más
piadosos,
hermano.
En
el
éxtasis
de
un
atardecer
que
no
será
una
noche,
oyes
la
voz
del
ruiseñor
de
Teócrito.
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POEMA
DE
LOS
DONES
Nadie
rebaje
a
lágrima
o
reproche
Esta
declaración
de
la
maestría
De
Dios,
que
con
magnífica
ironía
Me
dio
a
la
vez
los
libros
y
la
noche.
De
esta
ciudad
de
libros
hizo
dueños
A
unos
ojos
sin
luz,
que
sólo
pueden
Leer
en
las
bibliotecas
de
los
sueños
Los
insensatos
párrafos
que
ceden
Las
albas
a
su
afán.
En
vano
el
día
Les
prodiga
sus
libros
infinitos,
Arduos
como
los
arduos
manuscritos
Que
perecieron
en
Alejandría.
De
hambre
y
de
sed
(narra
una
historia
griega)
Muere
un
rey
entre
fuentes
y
jardines;
Yo
fatigo
sin
rumbo
los
confines
De
esa
alta
y
honda
biblioteca
ciega.
Enciclopedias,
atlas,
el
Oriente
Y
el
Occidente,
siglos,
dinastías,
Símbolos,
cosmos
y
cosmogonías
Brindan
los
muros,
pero
inútilmente.
Lento
en
mi
sombra,
la
penumbra
hueca
Exploro
con
el
báculo
indeciso,
Yo,
que
me
figuraba
el
Paraíso
Bajo
la
especie
de
una
biblioteca.
Algo,
que
ciertamente
no
se
nombra
Con
la
palabra
azar,
rige
estas
cosas;
Otro
ya
recibió
en
otras
borrosas
Tardes
los
muchos
libros
y
la
sombra.
Al
errar
por
las
lentas
galerías
Suelo
sentir
con
vago
horror
sagrado
Que
soy
el
otro,
el
muerto,
que
habrá
dado
Los
mismos
pasos
en
los
mismos
días.
¿Cuál
de
los
dos
escribe
este
poema
De
un
yo
plural
y
de
una
sola
sombra?
¿Qué
importa
la
palabra
que
me
nombra
si
es
indiviso
y
uno
el
anatema?
Groussac
o
Borges,
miro
este
querido
Mundo
que
se
deforma
y
que
se
apaga
En
una
pálida
ceniza
vaga
Que
se
parece
al
sueño
y
al
olvido.
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EL
RELOJ
DE
ARENA
Está
bien
que
se
mida
con
la
dura
Sombra
que
una
columna
en
el
estío
Arroja
o
con
el
agua
de
aquel
río
En
que
Heráclito
vio
nuestra
locura
El
tiempo,
ya
que
al
tiempo
y
al
destino
Se
parecen
los
dos:
la
imponderable
Sombra
diurna
y
el
curso
irrevocable
Del
agua
que
prosigue
su
camino.
Está
bien,
pero
el
tiempo
en
los
desiertos
Otra
substancia
halló,
suave
y
pesada,
Que
parece
haber
sido
imaginada
Para
medir
el
tiempo
de
los
muertos.
Surge
así
el
alegórico
instrumento
De
los
grabados
de
los
diccionarios,
La
pieza
que
los
grises
anticuarios
Relegarán
al
mundo
ceniciento
Del
alfil
desparejo,
de
la
espada
Inerme,
del
borroso
telescopio,
Del
sándalo
mordido
por
el
opio
Del
polvo,
del
azar
y
de
la
nada.
¿Quién
no
se
ha
demorado
ante
el
severo
Y
tétrico
instrumento
que
acompaña
En
la
diestra
del
dios
a
la
guadaña
Y
cuyas
líneas
repitió
Durero?
Por
el
ápice
abierto
el
cono
inverso
Deja
caer
la
cautelosa
arena,
Oro
gradual
que
se
desprende
y
llena
El
cóncavo
cristal
de
su
universo.
Hay
un
agrado
en
observar
la
arcana
Arena
que
resbala
y
que
declina
Y,
a
punto
de
caer,
se
arremolina
Con
una
prisa
que
es
del
todo
humana.
La
arena
de
los
ciclos
es
la
misma
E
infinita
es
la
historia
de
la
arena;
Así,
bajo
tus
dichas
o
tu
pena,
La
invulnerable
eternidad
se
abisma.
No
se
detiene
nunca
la
caída
Yo
me
desangro,
no
el
cristal.
El
rito
De
decantar
la
arena
es
infinito
Y
con
la
arena
se
nos
va
la
vida.
En
los
minutos
de
la
arena
creo
Sentir
el
tiempo
cósmico:
la
historia
Que
encierra
en
sus
espejos
la
memoria
O
que
ha
disuelto
el
mágico
Leteo.
El
pilar
de
humo
y
el
pilar
de
fuego,
Cartago
y
Roma
y
su
apretada
guerra,
Simón
Mago,
los
siete
pies
de
tierra
Que
el
rey
sajón
ofrece
al
rey
noruego,
Todo
lo
arrastra
y
pierde
este
incansable
Hilo
sutil
de
arena
numerosa.
No
he
de
salvarme
yo,
fortuita
cosa
De
tiempo,
que
es
materia
deleznable.
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LOS
ESPEJOS
Yo
que
sentí
el
horror
de
los
espejos
No
sólo
ante
el
cristal
impenetrable
Donde
acaba
y
empieza,
inhabitable,
un
imposible
espacio
de
reflejos
Sino
ante
el
agua
especular
que
imita
El
otro
azul
en
su
profundo
cielo
Que
a
veces
raya
el
ilusorio
vuelo
Del
ave
inversa
o
que
un
temblor
agita
Y
ante
la
superficie
silenciosa
Del
ébano
sutil
cuya
tersura
Repite
como
un
sueño
la
blancura
De
un
vago
mármol
o
una
vaga
rosa,
Hoy,
al
cabo
de
tantos
y
perplejos
Años
de
errar
bajo
la
varia
luna,
Me
pregunto
qué
azar
de
la
fortuna
Hizo
que
yo
temiera
los
espejos.
Espejos
de
metal,
enmascarado
Espejo
de
caoba
que
en
la
bruma
De
su
rojo
crepúsculo
disfuma
Ese
rostro
que
mira
y
es
mirado,
Infinitos
los
veo,
elementales
Ejecutores
de
un
antiguo
pacto,
Multiplicar
el
mundo
como
el
acto
Generativo,
insomnes
y
fatales.
Prolongan
este
vano
mundo
incierto
En
su
vertiginosa
telaraña;
A
veces
en
la
tarde
los
empaña
El
hálito
de
un
hombre
que
no
ha
muerto.
Nos
acecha
el
cristal.
Si
entre
las
cuatro
Paredes
de
la
alcoba
hay
un
espejo,
Ya
no
estoy
solo.
Hay
otro.
Hay
el
reflejo
Que
arma
en
el
alba
un
sigiloso
teatro.
Todo
acontece
y
nada
se
recuerda
En
esos
gabinetes
cristalinos
Donde,
como
fantásticos
rabinos,
Leemos
los
libros
de
derecha
a
izquierda.
Claudio,
rey
de
una
tarde,
rey
soñado,
No
sintió
que
era
un
sueño
hasta
aquel
día
En
que
un
actor
mimó
su
felonía
Con
arte
silencioso,
en
un
tablado.
Que
haya
sueños
es
raro,
que
haya
espejos,
Que
el
usual
y
gastado
repertorio
De
cada
día
incluya
el
ilusorio
Orbe
profundo
que
urden
los
reflejos.
Dios
(he
dado
en
pensar)
pone
un
empeño
En
toda
esa
inasible
arquitectura
Que
edifica
la
luz
con
la
tersura
Del
cristal
y
la
sombra
con
el
sueño.
Dios
ha
creado
las
noches
que
se
arman
De
sueños
y
las
formas
del
espejo
Para
que
el
hombre
sienta
que
es
reflejo
Y
vanidad.
Por
eso
nos
alarman.
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LA
LUNA
(1)
Cuenta
la
historia
que
en
aquel
pasado
Tiempo
en
que
sucedieron
tantas
cosas
Reales,
imaginarias
y
dudosas,
Un
hombre
concibió
el
desmesurado
Proyecto
de
cifrar
el
universo
En
un
libro
y
con
ímpetu
infinito
Erigió
el
alto
y
arduo
manuscrito
Y
limó
y
declamó
el
último
verso.
Gracias
iba
a
rendir
a
la
fortuna
Cuando
al
alzar
los
ojos
vio
un
bruñido
Disco
en
el
aire
y
comprendió,
aturdido,
Que
se
había
olvidado
de
la
luna.
La
historia
que
he
narrado
aunque
fingida,
Bien
puede
figurar
el
maleficio
De
cuantos
ejercemos
el
oficio
De
cambiar
en
palabras
nuestra
vida.
Siempre
se
pierde
lo
esencial.
Es
una
Ley
de
toda
palabra
sobre
el
numen.
No
la
sabrá
eludir
este
resumen
De
mi
largo
comercio
con
la
luna.
No
sé
dónde
la
vi
por
vez
primera,
Si
en
el
cielo
anterior
de
la
doctrina
Del
griego
o
en
la
tarde
que
declina
Sobre
el
patio
del
pozo
y
de
la
higuera.
Según
se
sabe,
esta
mudable
vida
Puede,
entre
tantas
cosas,
ser
muy
bella
Y
hubo
así
alguna
tarde
en
que
con
ella
Te
miramos,
oh
luna
compartida.
Más
que
las