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| FILOSOFÍA |
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| Aristóteles |
| La Política / Libro Primero |
| Tomado del libro "La Política" Editorial Tor |
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Capítulo 5 |
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Dijimos que la administración de la familia se apoya sobre tres poderes: el del amo, el paternal y el marital. Efectivamente, el padre de familia posee una autoridad natural sobre su mujer y sobre sus hijos, sin embargo, los gobierna como seres libres, y el poder que sobre ellos ejerce, no es igual. Tiene sobre su mujer potestad de magistrado constituido en el sistema de igualdad. Impera sobre sus hijos como monarca. El macho debe mandar a la hembra; es este un orden natural que no puede infrigirse. El padre, en la madurez de la edad y de la razón, debe dirigir al hijo, más joven e imperfecto. Tal es la ley de la naturaleza. Es cierto que en el orden político, basado sobre principios de igualdad, el magistrado manda para obedecer a su vez, porque entre seres iguales no hay prerrogativas. Sin embargo, hay distinciones reales de respeto y de consideración entre el que manda y el que obedece. Así pensaba Amasis cuando contaba la historia de su lebrillo. Tal es la relación que existe entre marido y mujer. La autoridad del padre sobre sus hijos, tiene, por el contrario, un carácter real. El cariño y la edad dan a los padres idéntico poder que a los reyes, y cuando homero denomina a Júpiter: Padre inmortal de los hombres y de los dioses, agrega con razón que es asimismo un rey; porque un rey debe a la vez ser superior a sus súbditos por sus facultades naturales, y, no obstante, ser de su misma raza. Esa es justamente la relación entre el más viejo y el más joven y entre padre e hijo. Dedúdese de aquí que aquel que está investido de poder en la familia debe ocuparse más de los hombres que de la compra de cosas; de la virtud de los individuos que de la cualidad de los bienes; de los seres libres que de los esclavos. La primera cuestión en lo que se refiere al esclavo, es saber si puede esperarse de él, aparte de su cualidad de instrumento o servidor, alguna virtud, como la sabiduría, el valor, la justicia, a bie de solamente es apto para prestar servicios corporales. Las dos opiniones son dudosas; porque si el esclavo es capaz de virtudes morales ¿en qué se diferencia del hombre libre? Y si se le niegan ¿se le negará absurdamente la razón, siendo como es, hombre? La cuestión es casi la misma respecto de la mujer y el niño. ¿Cuáles son sus virtudes especiales? ¿Puede la mujer ser sabia, valerosa y justa como el hombre? ¿Puede o no, el niño domar sus pasiones? Y, en egenral, el ser destinado a mandar por naturaleza y el destinado a la obediencia ¿tienen iguales virtudes? Si todos son capaces de idénticas virtudes, ¿por qué unos mandan y otros obedecen? Aquí no hay más diferencia posible del más al menos, porque la autoridad y la obediencia difieren específicamente. Exigir virtudes a uno y no a otro, sería aún más extraño. Si el que debe mandar no es prudente ni justo, ¿cuál será la razón de sus mandatos? Si elq eu obedece es vicioso, ¿cómo discernirá al ejecutar? Desobediente y perezoso, faltará a todos sus deberes. Son, pues, en ambos, necesarias ciertas virtudes, pero tan diversas como son las especies de seres destinados por la naturaleza a la sumisión. La composición de nuestra alma demuestra este principio. Tiene dos partes: una dispuesta para mandar, otra para obedecer, y las cualidades del entendimiento son distintas de las del apetito. Esta armonía coorinada existe en todas las obras de la naturaleza. Por ello, el hombre libre manda al esclavo de una manera diferente que el marido a la mujer y que el padre al hijo; y, por consiguiente, los elementos esenciales del alma existen en todos los seres, pero en muy distintos grados. El esclavo está totalmente privado de voluntad; la mujer la posee, pero sometida, el niño la tiene muy incompleta. Lo mismo ocurre con las virtudes morales. Deben imaginarse en todos los seres, más en la proporción indispensable al destino de cada uno. El ser que manda debe poseer la virtud moral en toda su perfección, y su tarea es ordenar de acuerdo con la razón. En cuanto a los demás, no deben tener más virtudes que las que requieren las funciones que desempeñan. Reconozcamos, pues, que todos los seres de que acabamos de hablar tienen su parte de virtud moral; que la prudencia, la fuerza y la justicia del hombre no son las de la mujer, como Sócrates ha creído. En el hombre tendrán siempre el sello del mando; en la mujer, el de la obediencia. Digo otro tanto de las demás virtudes; y su análisis hará esta verdad más notoria. Vano es decir en general que la virtud es una buena preparación del alma, y la práctica de la sabiduría, o definirla con otra idea vaga semejante. Adichas definiciones prefiero el método que, como Gorgias, han enumerado las virtudes. Es preciso señalar individualmente el carácter de todas. Un poeta ha expresado de la mujer que su mejor virtud es un modesto silencio; y es necesario confesar que en un hombre no lo sería. Como el niño es un ser incompleto, su virtud no consiste en descansar únicamente sobre sí mismo, sino más bien sobre una virtud más acabada que debe dirigirse. Asimismo la virtud del esclavo no es la necesaria sino en proporción muy corta, puesto que basta que no descuide su trabajo por desobediencia o pereza. Pero, sentado este principio, podrá decirse que los obreros deberán asimismo ser virtuosos, dado que la intemprancia puede hacerles perder su trabajo. Pero hay una gran diferencia entre el esclavo y el obrero. Aquel siempre se halla a la vista de su amo, éste es más independiente, y su servidumbre se reduce a prestar ciertos trabajos viles. La naturaleza ha hecho el esclavo, más no el albañil, el zapatero. Deduciendo de estos principios que el esclavo tiene virtudes cuya causa es el amo, aunque no tenga, en cuanto amo, que comunicarle el aprendizaje de sus trabajos. Así, pues, se engañan los que rehusan la razón a sus esclavos y creen que obedecen por institnto. Por el contrario, se les debe reprender con más indulgencia y atención que a los hijos; de las virtudes que les pertenecen, de sus relaciones en el comercio de la vida, de los deberes que deben cumplir y de los actos que deben evitar. Estos conocimientos son inherentes a los estudios políticos. En efecto: una familia es parte integrante del Estado. Las mujeres y los hijos son parte de la familia, y la virtud de la parte debe estar en relación con el todo. Es preciso, pues, que la educación de los hijos y de las mujeres esté en armonía con la organización política, si verdaderamente importa que la familia esté bien gobernada, para que lo esté a su vez el Estado. Esto no es asunto de pequeño valer, porque las mujeres constituyen la mitad de las personas libres y los hijos han de ser algún día los ciudadanos de la república. En otra parte nos ocuparemos, sin embargo, de estas cuestiones importantes. Creemos haber tratado bastante esta cuestión, y pasamos a otra de menos valer: a examinar las opiniones con respecto a la mejor forma de gobierno. |
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