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Sí, tengo algunas
confidencias que hacerle
respecto del impensable
conde de Lautreamont, de sus
cartas tan extravagantes
como coercitivas, todos esos
lóbregos ucases
conminatorios, férreos, que
con tanta elegancia y llenos
de cumplidos enviaba incluso
a su padre, a su banquero, a
su editor o a sus amigos.
Extravagantes, por cierto
que sus cartas lo son, con
esa extravagancia estridente
de un hombre que anda con su
lirismo como con una llaga
vindicadora, impúdica, en su
costado izquierdo, o en el
derecho.
No puedo escribir una simple
carta común sin que se
sienta la trepidación
epileptoide del Verbo, que,
trátese de lo que pueda
tratarse, no quiere que se
lo utilice sin un
estremecimiento.
Y la Poesía, limosna de lo
infinitamente pequeño, es la
reclusa de ese verbo de lo
que en cada carta hace
Lautreamont un cañón de
marina a fin de repeler el
principio de la carne.
Una carta, no de dos
francos, sino de dos veces
el intangible precio de la
poesía de Baudelaire sumada
a la de Lautreamont, le
anuncia a un editor el pago,
no en sellos postales, sino
en sellos -dice- del correo
del suplemento a los poemas
de Baudelaire. Y si el
lector no siente ese del
-que descarna merced al
vacío insistente de un
subrepticio humor las firmes
viñetas de los sellos en
nombre de cuyas especies
habrá de pagarse el precio
del libro, y las descarna
por la astilla, esquirla del
ser de una misma idea-, ese
del puesto como la nota más
baja de la escala, como el
punto de un órgano negro
bajo el pedal de un enorme
pie, es porque el lector no
es más que el retensivo
lacayo de una puta y la
materia encarnada de un
puerco.
Algo como el tótem abismal
de la empedernida
bestialidad entronizada (y
la idea de la belleza ha
sido asentada, como dice
Arthur Rimbaud). La bestia
que quiere guardar entre sus
impuros muslos los treinta
dineros a cuenta del poeta,
no por sus poemas todavía no
hechos y por hacer, sino por
ese encarnado bolsillo
sangrante que durante la
noche palpita sin tregua y
que el domingo sale de paseo
como todo burgués por las
bacanales, ese bolsillo de
explosivos influjos que en
el pecho de un gran poeta no
late igual que en otra
parte, pues justamente ahí
abreva todo burgués, contra
ese corazón que estricta y
obstinadamente, celosa y
agresivamente, siempre
endureció su actitud y
osificó su incoercible
salvaguardia, porque el
burgués hipócrita y
despectivo, acaramelado,
drogado, muñeco de la
certeza despreciativa, no es
en realidad más que una
antigüedad merodeadora y
este simio, este viejo simio
del Ramayana, antiguo
escamoteador por debajo de
toda pulsación de poesía
perentoria, en instancia de
chirrido. "Pero eso no se
hace, no, no se hace", le
dice el conde de
Lautreamont. No lo oímos con
estos oídos (y el oído es
una caverna de ano en la que
todo burgués bien harto y
acorazado de antistrofa
escamotea la poesía). Deja.
Vuelve a entrar en la norma.
Tu corazón late de horror,
pero eso no se ve. Y también
yo, también yo tengo un
corazón de carne siempre
necesitado de ti. ¿Cómo? No
te interesa.
Pero Lautreamont no se deja
detener. "Déjeme -dice a su
editor- déjeme ahora
recomenzar desde un poco más
alto". El poco más alto de
la muerte, sin duda, que un
turbio, sospechoso día se lo
llevó, pues nunca se ha
considerado con suficiente
atención -insisto en ello.
el remordimiento, la muerte
tan evasivamente chata del
impensable conde de
Lautreamont.
Demasiado anodinamente chata
fue su muerte para que no se
sientan ganas de mirar más
de cerca el misterio de su
vida, porque, en fin de
cuentas, ¿de qué murió
exactamente el pobre Isidore
Ducasse, genio sin duda
irreductible al mundo y a
quien el mundo, según hay
que creer, no quiso, como no
quiso a Edgar Poe, a
Baudelaire, a Gérard de
Nerval o a Arthur Rimbaud?
¿Murió de prolongada o breve
enfermedad? ¿Se lo encontró
muerto en su cama al
despuntar el día? La
historia dice simplemente
-simple y siniestramente-
que el acta de defunción fue
firmada por el patrón del
hotel y por el muchacho que
lo atendía.
Poco y flaco para un gran
poeta; hay en ello un no sé
qué tan mezquino, tan
evasivamente prosaico y
mezquino que en cierto modo
apesta a innoble, y la
pacotilla de un entierro tan
prosaico y vulgar no condice
con la vida de Isidore
Ducasse, si bien condice
demasiado bien, a mi modo de
ver, con todo lo simiesco de
esa subrepción de odio,
gracias a la cual la
tontería burguesa escamotea
todos los grandes nombres.
Pero debido a que roñosa
putañería de imbecilidad
arraigada oí decir un día
que si el conde de
Lautreamont no hubiese
muerto a los veinticuatro
años, en los comienzos de su
existencia, también él
habría sido internado como
Nietzsche, como Van Gogh, o
como el pobre Gérard de
Nerval.
Y ello porque si la actitud
de Maldoror es admisible en
un libro, sólo lo es después
de la muerte del poeta, cien
años después, cuando los
explosivos sojuzgadores del
verdino corazón del poeta
tuvieron tiempo de calmarse.
En vida de él eran demasiado
poderosos. Así se les cerró
la boca a Baudelaire, a
Edgar Poe, a Gérard de
Nerval y al impensable conde
de Lautréamont, porque hubo
miedo de que su poesía
saliera de los libros y
trastocara la realidad... Y
a Lautréamont se le cerró la
boca muy joven a fin de
concluir cuanto antes con la
creciente agresividad de un
corazón al que la vida de
cada día dispone de una
manera catastrófica y que a
la larga habría terminado
por trasportar a todas
partes la cínica e insólita
cautela de sus incansables
desolladuras.
"Y pasado el farol rojo
-dice el pobre Isidore
Ducasse- ella le permitió,
por un precio módico, mirar
dentro de su vagina..."
No es un acontecimiento el
hecho de haber hallado que
esta frase estaba en los
Cantos de Maldoror, como
tampoco lo es que esté allí,
pues todo el libro está
hecho sólo de frases atroces
de ese tipo. Sí, en los
Cantos de Maldoror todo es
fiero y cruel. La
pantorrilla de una
desdichada mujer que aborta
o el paso de un último
autobús. Todo es como
aquella frase en la que el
conde de Lautreamont ve -y
más bien creo que fue el
pobre Isidore Ducasse antes
que el impensable conde de
Lautreamont quien lo vio-
ve, digo, como un palo anda
a través de las persianas
clausuradas de una
habitación del más siniestro
quilombo (nombre argótico
vulgar del lupanar o burdel)
y se entera por boca de ese
mismo palo de que éste no es
un palo, sino un cabello
caído de la cabeza de su
amo, munificente bobo a
quien su dinero le otorga el
derecho de triturar a una
menesterosa en la epidermis
de un par de sábanas, acaso
limpias primero, pero
siempre nauseabundas
después.
Y digo que había en Isidore
Ducasse un espíritu que
siempre quería dejar caer a
Isidore Ducasse en beneficio
del impensable conde de
Lautreamont. Bellísimo
nombre, nombre inmenso. Y
digo que la invención del
nombre de Lautreamont, si
bien sirvió a Isidore
Ducasse de santo y seña para
cubrir e introducir la
magnificencia insólita de su
producto, digo que la
invención de este
patronímico literario -tal
un traje encima de la vida-
originó, por su alzamiento
sobre el hombre que lo
produjo, el paso de una de
esas roñosas cochinadas
colectivas que pululan en la
historia de las letras y que
a la larga hizo huir de la
vida al alma de Isidore
Ducasse. Así es. Quien murió
fue Isidore Ducasse y no el
conde de Lautreamont, e
Isidore Ducasse fue quien
proporcionó al conde de
Lautreamont con qué
sobrevivir, y poco falta
-diré incluso que no falta
nada- para pensar que el
impensable conde impersonal
del heráldico Lautreamont no
haya sido frente a Isidore
Ducasse una manera de
indefinible asesino.
Ciertamente creo que en fin
de cuentas, llegado ya a las
últimas, de eso murió el
pobre Isidore Ducasse, si el
conde de Lautreamont lo ha
sobrevivido en la historia,
pues Isidore Ducasse fue
quien dio con el nombre de
Lautreamont; pero cuando lo
halló no estaba solo. Quiero
decir que había en torno a
él y de su alma esa
microbiana precipitación de
espías, ese baboso,
acrimonioso tropel de todos
los más sórdidos parásitos
del ser, de todos los
antiguos aparecidos del no
ser, esa sarna de
aprovechados innatos que en
su lecho de muerte le
dijeron: "Nosotros somos el
conde de Lautreamont y tú no
eres más que Isidore Ducasse,
y si no reconoces que eres
sólo Isidore Ducasse y que
nosotros somos el conde de
Lautreamont, autor de los
Cantos de Maldoror, te
matamos" Y un amanecer
murió, a la vera de una
noche imposible. Sudando y
mirando su muerte como desde
el orificio de su ataúd,
igual que el pobre Isidore
Ducasse frente al rico de
Lautreamont. Y esto no se
llama sublevación de las
cosas contra el amo sino la
bacanal del inconsciente
fraudulento de todos contra
la conciencia de uno solo.
Insisto en el hecho de que
Isidore Ducasse no era un
alucinado ni un visionario,
sino un genio que durante
toda su vida no dejó de ver
claro en ésta cada vez que
observaba y hurgoneaba en el
barbecho del inconsciente
aún inusado. El suyo y nada
más, pues no hay en nuestro
cuerpo puntos donde podamos
encontrarnos con la
conciencia de todos. Y en
nuestro cuerpo estamos
solos. Pero el mundo jamás
ha admitido esto y siempre
ha querido conservar para sí
un medio de observar más de
cerca en la conciencia de
todos los grandes poetas, y
todo el mundo ha deseado
poder mirar en todo el mundo
ha deseado poder mirar en
todo el mundo a fin de saber
lo que todo el mundo hace.
Y cierto día una personas
-nobles de infinito, como en
Annabel Lee de Edgar Poe,
sino innobles polillas del
ser, la roña de los sarnosos
de la envidia- fueron a
decirle a Isidore Ducasse,
por encima de su lecho y su
cabeza y de la cabecera de
su lecho de muerte: Eres un
genio, pero yo soy el genio
que inspira a tu conciencia,
y yo soy quien escribe en ti
tus poemas antes que tú y
mejor que tú. Y de ese modo
Isidore Ducasse murió de
rabia por haber querido
considerar, tal cual Edgar
Poe, Nietzsche, Baudelaire y
Gerard de Nerval, su
individualidad intrínseca en
lugar de convertirse, como
Víctor Hugo, Lamartine,
Musset, Blaise Pascal o
Chaateaubriand, en el embudo
del pensamiento de todos.
Pues la operación no estriba
en sacrificar su yo de
poeta, y en ese momento de
alienado, a todo el mundo,
sino en dejarse penetrar y
violar por la conciencia de
todo el mundo, sino en
dejarse penetrar y violar
por la conciencia de todo el
mundo de tal manera que uno
no sea ya en su cuerpo nada
más que el siervo de las
ideas y reacciones de todos.
Y el nombre Lautreamont sólo
fue un medio inicial -del
que Isidore Ducasse no
desconfió quizá lo bastante-
de despistar en beneficio de
la conciencia general las
obras archiindividualistas
de Isidore Ducasse, poeta
furiosamente apasionado por
la verdad.
Quiero decir que en el limbo
de la muerte donde Isidore
Ducasse está hay conciencias
y yos distintos de los suyos
que se alegran sin duda
obscenamente de haber
participado en la emulsión
creadora de sus poemas y sus
gritos y que deducen oscuras
delicias de la idea de
exasperar a este poeta para
sofocarlo y para matarlo. |