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Se
puede proclamar la buena
salud mental de Van Gogh
que durante toda su vida
sólo se hizo a-sar una
de las manos y, fuera de
esto, no pasó de
cortarse la oreja
izquierda, en un mundo
en que todos los días la
gente come vagina
cocinada con salsa
verde, o sexo de recién
nacido flagelado y
enfurecido tomado tal
como sale del sexo
materno.
Y no se trata de una
imagen, sino de un hecho
muy frecuente, repetido
a diario, y cultivado en
toda la extensión de la
tierra.
Es así como se mantiene
-por delirante que pueda
parecer tal afirmación
-la vida presente en su
vieja atmósfera de
estupro, de anarquía, de
desorden, de desvarío,
de descalabro, de locura
crónica, de inercia
burguesa, de anomalía
psíquica (pues no es el
hombre sino el mundo el
que se ha vuelto
anormal), de
deshonestidad deliberada
e insigne hipocresía, de
sucio desprecio por todo
lo que presunta nobleza,
de reivindicación de un
orden enteramente basado
en el cumplimiento de
una primitiva
injusticia, en resumen,
de crimen organizado.
Las cosas van mal porque
le conciencia enferma
tiene el máximo interés,
en este momento, en no
salir de su enfermedad.
Así es como una sociedad
deteriorada inventó la
psiquiatría para
defenderse de las
investigaciones de
algunos iluminados
superiores cuyas
facultades de
adivinación le
molestaban.
Gerard de Nerval no era
loco, pero lo acusaron
de serlo con la
intención de arrojar
descrédito sobre
determinadas
revelaciones
fundamentales que se
aprestaba a hacer, y
además de acusarlo, una
noche lo golpearon en la
cabeza -materialmente
golpeado en la cabeza-
para que perdiera el
recuerdo de los hechos
monstruosos que iba a
revelar y que, por
efecto del golpe,
pasaron, dentro de él,
al plano supranatural;
porque toda la sociedad,
secretamente confabulada
contra su conciencia,
era bastante fuerte en
ese momento como para
hacerle olvidar su
realidad.
No, Van Gogh no era
loco, pero sus cuadros
constituían mezclas
incendiarias, bombas
atómicas, cuyo ángulo de
visión, comparado con el
de todas las pinturas
que hacían furor en la
época, hubiera sido
capaz de trastornar
gravemente el
conformismo larval de la
burguesía del Segundo
Imperio, y de los
esbirros de Thiers, de
Gambetta, de Félix Faure
tanto como los de
Napoleón III.
Porque la pintura de Van
Gogh no ataca a cierto
conformismo de las
costumbres, sino al de
las instituciones
mismas. Y hasta la
naturaleza exterior, con
sus climas, sus mareas y
sus tormentas
equinocciales, ya no
puede, después del paso
de Van Gogh por la
tierra, conservar la
misma gravitación.
Con mayor motivo en el
plano de lo social, las
instituciones se
disgregan, y la medicina
semeja un cadáver
inutilizable y
descompuesto que declara
loco a Van Gogh.
Frente a la lucidez de
Van Gogh en acción, la
psiquiatría queda
reducida a un reducto de
gorilas, realmente
obsesionados y
perseguidos, que sólo
disponen, para mitigar
los más espantosos
estados de angustia y
opresión humana, de una
ridícula terminología,
digno producto de sus
cerebros viciados.
En efecto, no hay
psiquiatra que no sea un
notorio erotómano.
Y no creo que la regla
de la erotomanía
inveterada de los
psiquiatras sea pasible
de ninguna excepción.
Conozco uno que se
rebeló, hace algunos
años, ante la idea de
verme acusar en bloque
al conjunto de insignes
crápulas y embaucadores
patentados al que
pertenecía.
En lo que me a mí
respecta, señor Artaud
-me decía- no soy
erotómano, y lo desafío
a que presente una sola
prueba para fundamentar
su acusación.
No tengo más que
presentarlo a usted
mismo, Dr. L..., como
prueba;lleva el estigma
en la jeta,pedazo de
cochino inmundo.
Tiene la facha de quien
introduce su presa
sexual bajo la lengua y
después le da vuelta
como a una almendra,
para hacer la higa a su
modo.
A esto lo llaman sacar
su buena tajada y quedar
bien.
Si en el coito no logra
ese cloqueo de la glotis
del modo que usted tan a
fondo conoce, y al mismo
tiempo el gorgoteo de la
faringe, el esófago, la
uretra y el ano, usted
no se considera
satisfecho.
En el curso de esas
sacudidas orgánicas
internas, ha adquirido
usted cierta propensión
que es testimonio
encarnado de un estupro
inmundo,que usted
cultiva de año en año,
cada vez más, porque
socialmente hablando, no
cae bajo la férula de la
ley, pero cae bajo la
férula de otra ley
cuando sufre entera la
conciencia lesionada,
porque al comportarse
usted de ese modo, le
impide respirar.
Mientras por un lado
usted dictamina que la
conciencia en actividad
constituye delirio, por
otro estrangula con su
innoble sexualidad.
Y ése es, precisamente,
el plano en el que el
pobre Van Gogh era
casto, casto como no
pueden serlo ni un
serafín ni una virgen,
porque son precisamente
ellos los que han
fomentado y alimentado
en sus orígenes la gran
máquina del pecado.
Por otra parte, quizás
pertenezca usted, Dr.
L..., a la raza de los
serafines inicuos, pero
por favor, deje a los
hombres tranquilos,el
cuerpo de Van Gogh,
libre de todo pecado,
también estuvo libre de
la locura que, por otra
parte, sólo se origina
en el pecado.
Y conste que no creo en
el pecado católico,pero
creo en el crimen
erótico del que
justamente todos los
genios de la tierra, los
auténticos alienados de
los asilos, se han
abstenido, o, en caso
contrario, es porque no
eran (auténticamente)
alienados.
¿Qué se entiende por
auténtico alienado?
Es un hombre que
prefiere volverse loco
-en un sentido social de
la palabra- antes que
traicionar una idea
superior del honor
humano.
Pues un alienado es en
realidad un hombre al
que la sociedad se niega
a escuchar, y al que
quiere impedir que
exprese determinadas
verdades insoportables.
Pero en este caso la
internación no es el
arma exclusiva, porque
la confabulación de los
hombres tiene otros
medios para someter a
las voluntades que
pretende quebrar.
Fuera de las pequeñas
hechicerías de los
brujos de pueblo están
los grandes pases de
hechizo colectivo en los
que toda la conciencia
en estado de alarma
interviene
periódicamente.
Así es como con motivo
de la guerra, de una
revolución, de un
cataclismo social
todavía en germen, la
conciencia unánime es
interrogada y se
interroga, y llega a
emitir su propio juicio.
También puede suceder
que se le haya incitado
a salir de sí misma en
ciertos casos
individuales resonantes.
Así es como hubo
hechizos unánimes en los
casos de Baudelaire,
Edgar Poe, Gerard de
Nerval, Nietzsche,
Kierkegaard, Hölderlin,
Coleridge,y lo hubo en
el caso de Van Gogh.
Eso puede ocurrir
durante el día, pero
habitualmente ocurre de
noche.
Así es como extrañas
fuerzas son elevadas y
conducidas a la bóveda
astral, a esa especie de
cúpula sombría que, por
encima de la respiración
humana general,
configura la venenosa
agresividad del espíritu
maléfico de la mayor
parte de las gentes.
Así es como las escasas
y bien intencionadas
voluntades lúcidas que
ha tenido que debatirse
en la tierra, se ven a
sí mismas, en ciertas
horas del día o de la
noche, profundamente
sumidas en auténticos
estados de pesadilla en
vela, rodeadas de la
formidable succión, de
la formidable opresión
tentacular de una
especie de magia cívica
que no tardará en
aparecer abiertamente en
las costumbres.
Confrontado con esa
inmundicia unánime que
de un lado tiene al sexo
y del otro a la masa, u
otros análogos ritos
psíquicos, como base o
puntal, no es índice de
ningún delirio el
pasearse de noche con un
sombrero coronado por
doce bujías para pintar
un paisaje al
natural;¿pues de qué
otro modo habría podido
el pobre Van Gogh
iluminarse?, como bien
lo hizo notar en cierta
oportunidad nuestro
amigo el actor Roger
Blin.
En lo que respecta a la
mano asada, se trata de
un heroísmo puro y
simple; y en cuanto a la
oreja cortada no se
trata más que de lógica
directa, e insisto: a un
mundo que tanto de día
como de noche, y cada
vez más, come lo
incomible para dirigir
su maléfica voluntad al
logro de sus fines,
sobre este punto no le
queda más remedio que
enmudecer.
Post-scriptum
Van Gogh no murió a
causa de una definida
condición delirante,
sino por haber llegado a
ser corporalmente el
campo de acción de un
problema a cuyo
alrededor se debate,
desde los orígenes, el
espíritu inicuo de esta
humanidad, el del
predominio de la carne
sobre el espíritu, o del
cuerpo sobre la carne, o
del espíritu sobre uno u
otra.
¿y dónde está, en este
delirio, el lugar del yo
humano?
Van Gogh buscó el suyo
durante toda su vida,
con energía y
determinación
excepcionales.
Y no se suicidó en un
ataque de insanía, por
la angustia de no llegar
a encontrarlo, por el
contrario, acababa de
encontrarlo, y de
descubrir qué era y
quién era él mismo,
cuando la conciencia
general de la sociedad,
para castigarlo por
haberse apartado de
ella, lo suicidó.
Y esto le aconteció a
Van Gogh como acontece
habitualmente con motivo
de una bacanal, de una
misa, de una absolución,
o de cualquier otro rito
de consagración, de
posesión, de sucubación
o de incubación.
Así se produjo en su
cuerpo
esta sociedad
absuelta
consagrada
santificada
y poseída
borró en él la
conciencia sobrenatural
que acababa de adquirir,
y como una inundación de
cuervos negros en las
fibras de su árbol
interno,
lo sumergió en una
última oleada,
y tomando su lugar,
lo mató.
Pues está en la lógica
anatómica del hombre
moderno, no haber podido
jamás vivir, ni pensar
en vivir, sino como
poseído.
El suicidado por
la sociedad
Durante mucho tiempo me
apasionó la pintura
lineal pura hasta que
descubrí a Van Gogh,
quien pintaba, en lugar
de líneas y formas,
cosas de la naturaleza
inerte como agitadas por
convulsiones.
E inerte.
Como bajo el terrible
embate de esa fuerza de
inercia a la que todos
se refieren con medias
palabras, y que nunca ha
sido tan oscura como
desde que la totalidad
de la tierra y de la
vida presente se
combinaron para
esclarecerla.
Ahora bien, con mazazos,
realmente mazazos los
que Van Gogh aplica sin
cesar a todas las formas
de la naturaleza y a los
objetos.
Cardados por el punzón
de Van Gogh, los
paisajes exhiben su
carne hostil, el encono
de sus entrañas
reventadas, que no se
sabe, por lo demás, qué
fuerza insólita está
metamorfoseando.
Una exposición de
cuadros de Van Gogh es
siempre una fecha
culminante en la
historia, no en la
historia de las cosas
pintadas sino en la
misma historia
histórica.
Pues no hay hambre,
epidemia, erupción
volcánica, terremoto,
guerra, que aparten las
mónadas del aire, que
retuerzan el pescuezo a
la cara torva de fama
fatum, el destino
neurótico de las cosas,
como una pintura de Van
Gogh, -expuesta a la luz
del día,colocada
directamente ante la
vista, el oído, el
tacto, el aroma, en los
muros de una
exposición-, lanzada por
fin como nueva a la
actualidad cotidiana,
puesta otra vez en
circulación.
En la última exposición
en el Palacio de
l'Orangerie no se
exhibieron todas las
telas de gran formato
del desventurado pintor.
Pero había, entre las
que estaban, suficientes
desfiles giratorios
tachonados con penachos
de plantas de carmín,
caminos desiertos
coronados por un tejo,
soles violáceos que
giraban sobre parvas de
trigo de oro puro, y
también el "Tío
Tranquilo", y retratos
de Van Gogh por Van
Gogh, para recordar de
que mísera simplicidad
de objetos, personas,
materiales, elementos,
Van Gogh extrajo esas
calidades de sones de
órgano, esos fuegos
artificiales, esas
epifanías atmosféricas,
esa "Gran Obra", en fin,
de una permanente e
intempestiva
transmutación.
Van Gogh extrajo esas
calidades de sones de
órgano, esos fuegos
artificiales, esas
epifanías atmosféricas,
esa "Gran Obra", en fin,
de una permanente e
intempestiva
transmutación.
Los cuervos pintados dos
días antes de su muerte
no le abrieron más que
sus otras telas, la
puerta de cierta gloria
póstuma, pero abren a la
pintura pintada, o más
bien a la naturaleza no
pintada, la puerta
oculta de un más allá
posible, de una
permanente realidad
posible, a través de la
puerta abierta por Van
Gogh hacia un enigmático
y pavoroso más allá.
No es frecuente que un
hombre, con un balazo en
el vientre del fusil que
lo mató, ponga en una
tela cuervos negros, y
debajo una especie de
llanura, posiblemente
lívida, de cualquier
modo vacía, en la que el
color de borra de vino
de la tierra se enfrenta
locamente con el
amarillo sucio del
trigo.
Pero ningún otro pintor,
fuera de Van Gogh,
hubiera sido capaz de
descubrir, para pintar
sus cuervos, ese negro
de trufa, ese negro de
"comilona fastuosa" y a
la vez como excremencial,
de las alas de los
cuervos sorprendidos por
los resplandores
declinantes del
crepúsculo.
¿Y de qué se queja la
tierra aquí, bajo las
alas de los faustos
cuervos, faustos sólo,
sin duda, para Van Gogh
y, además, fastuoso
augurio de un mal que ya
no ha de concernirle?
Pues hasta entonces
nadie como él había
convertido a la tierra
en ese trapo sucio
empapado en sangre y
retorcido para escurrir
vino.
En el cuadro hay un
cielo muy bajo,
aplastado, violáceo como
los márgenes del rayo.
La insólita franja
tenebrosa del vacío se
eleva en relámpago.
A pocos centímetros de
lo alto y como
proveniente de lo bajo
de la tela Van Gogh
soltó los cuervos cual
si soltara los microbios
negros de su bazo
suicida, siguiendo el
tajo negro de la línea
donde el batir de su
soberbio plumaje hace
pesar sobre los
preparativos de la
tormenta terrestre la
amenaza de una
sofocación desde lo
alto.
Y, sin embargo, todo el
cuadro es soberbio.
Cuadro soberbio,
suntuoso y sereno.
Digno acompañamiento
para la muerte de aquel
que, en vida, hizo girar
tantos soles ebrios
sobre tantas parvas
rebeldes al exilio y
que, desesperado, con un
balazo en el vientre, no
pudo dejar de inundar
con sangre y vino un
paisaje, empapando la
tierra con una última
emulsión, radiante y
tenebrosa a un tiempo,
que sabe a vino agrio y
a vinagre picado.
Por eso el tono de la
última tela pintada por
Van Gogh, el más pintor
de todos los pintores,
es que, sin salirse de
lo que se denomina y es
pintura, sin apartarse
del tubo, del pincel,
del encuadre del motivo
y de la tela sin
recurrir a la anécdota,
al relato, al drama, a
la acción con imágenes,
a la belleza intrínseca
del tema y del objeto,
llegó a infundir pasión
a la naturaleza y a los
objetos en tal medida
que cualquier cuento
fabuloso de Edgar Poe,
de Herman Melville, de
Nathaniel Hawthorne, de
Gerard de Nerval, de
Achim d'Arnim o de
Hoffmann, no superan en
nada, dentro del plano
psicológico y dramático,
a sus telas de dos
centavos, sus telas, por
otra parte, casi todas
de moderadas
dimensiones, como
respondiendo a un
propósito deliberado.
La candela encendida,
sobre el sillón de paja
verde, pareciera indicar
la línea de demarcación
luminosa que separa las
dos individualidades
antagónicas de Van Gogh
y Gauguin.
El motivo estético de su
disputa, podría no
ofrecer interés si se lo
relatara, pero serviría
para señalar una
fundamental escisión
humana entre las
personalidades de Van
Gogh y Gauguin.
Pienso que Gauguin creía
que el artista debía
buscar el símbolo, el
mito, agrandar las cosas
de la vida hasta la
dimensión del mito.
Mientras que Van Gogh
creía que hay que
aprender a deducir el
mito de las cosas más
pedestres de la vida, y
según yo pienso, carajo
que estaba en lo cierto.
Pues la realidad es
extraordinariamente
superior a cualquier
relato, a cualquier
fábula, a cualquier
divinidad, a cualquier
superrealidad.
No se necesita más que
el genio de saber
interpretarla.
Lo que ningún pintor,
antes que el pobre Van
Gogh, había hecho, lo
que ningún pintor
volverá a hacer después
de él, pues yo creo que
esta vez, hoy mismo,
ahora, en este mes de
febrero de 1947, es la
realidad misma, el mito
de la realidad misma, la
realidad mística misma,
la que está en vías de
incorporarse.
Así nadie, después de
Van Gogh, ha sabido
sacudir el gran címbalo,
el timbre suprahumano
según el orden rechazado
que hace sonar los
objetos de la vida real,
cuando se ha aprendido a
aguzar suficientemente
el oído para advertir la
hinchazón de su macareo.
De ese modo resuena la
luz de la candela, la
luz de la candela como
la respiración de un
cuerpo amante frente al
cuerpo de un enfermo
dormido.
Resuena como una crítica
extraña, un juicio
profundo y sorprendente,
del cual es probable que
Van Gogh pueda
permitirnos presumir el
fallo más tarde, mucho
más tarde, el día en que
la luz violeta del
sillón de paja haya
logrado sumergir
totalmente el cuadro.
Y no se pude dejar de
advertir esa cortadura
de luz lila que muerde
los travesaños del gran
sillón torvo, del viejo
sillón esparrancado de
paja verde, aunque no se
la descubra a la primer
mirada.
Pues el foco está como
ubicado en otra parte, y
su fuente es
extrañamente oscura,
como secreto del cual
sólo Van Gogh habría
conservado la llave.
No necesito interrogar a
la Gran Plañidera para
que me diga de qué
supremas obras maestras
se hubiera enriquecido
la pintura si Van Gogh
no hubiese muerto a los
37 años, pues no puedo
resolverme, después de
"Los cuervos", a creer
que Van Gogh hubiera
pintado un cuadro más.
Creo que murió a los 37
años porque había, ay,
llegado al término de su
fúnebre y lamentable
historia de agarrotado
por un espíritu
maléfico.
Pues no fue por sí
mismo, por efecto de su
propia locura, que Van
Gogh abandonó la vida.
Fue por la presión, dos
días antes de su muerte,
de ese espíritu maléfico
que se llamaba doctor
Gachet, improvisado
psiquiatra, causa
directa, eficaz y
suficiente de esa
muerte.
Leyendo las cartas de
Van Gogh a su hermano he
llegado a la firme y
sincera convicción de
que el doctor Gachet,
"psiquiatra", detestaba
en realidad a Van Gogh,
pintor, y que lo
detestaba como pintor,
pero por encima de todo
como genio.
Es casi imposible ser a
la vez médico y hombre
honrado, pero es
vergonzosamente
imposible ser psiquiatra
sin estar al mismo
tiempo marcado a fuego
por la más indiscutible
insanía: la de no poder
luchar contra ese viejo
reflejo atávico de la
turba que convierte a
cualquier hombre de
ciencia aprisionado en
la turba, en una especie
de enemigo nato e innato
de todo genio.
La medicina ha nacido
del mal, si no ha nacido
de la enfermedad, y si,
por el contrario, ha
provocado y creado por
completo la enfermedad
para darse una razón de
ser; pero la psiquiatría
ha nacido de la turba
plebeya de los seres que
han querido conservar el
mal de la fuente de la
enfermedad, y que han
arrancado así de su
propia nada una especie
de guardia suizo para
liquidar en su base el
impulso de rebelión
reivindicatoria que está
en el origen de todo
genio.
En el alienado hay un
genio incomprendido que
cobija en la mente una
idea que produce pavor,
y que sólo puede
encontrar en el delirio
un escape a las
opresiones que le
prepara la vida.
El doctor Gachet no le
decía a Van Gogh que
estaba allí para
rectificar su pintura
(como le oí decir al
doctor Gastón Ferdière,
médico-jefe del asilo de
Rodez, que estaba allí
para rectificar mi
poesía), pero lo enviaba
a pintar al natural, a
sepultarse en un paisaje
para evitarle la tortura
de pensar.
Ahora bien, tan pronto
como Van Gogh volvía la
cabeza, el doctor Gachet
le cerraba el conmutador
del pensamiento.
Como sin querer la cosa,
pero mediante uno de
esos despectivos e
insignificantes
fruncimientos de nariz
en los que todo el
inconsciente burgués de
la tierra ha inscripto
la antigua fuerza mágica
de un pensamiento cien
veces reprimido.
Al hacer esto no
solamente el doctor
Gachet impedía los daños
del problema, sino la
siembre azufrada, el
tormento del punzón que
gira en la garganta del
único paso, con el que
Van Gogh tetanizado. Van
Gogh suspendido sobre el
abismo del aliento,
pintaba.
Pues Van Gogh era una
sensibilidad terrible.
Para convencerse no hay
más que echar una mirada
a su rostro siempre como
jadeante, y, desde
cierto ángulo, también
hechizante, de
carnicero.
Como el del antiguo
carnicero tranquilizado,
y ahora retirado de los
negocios, ese rostro en
sombras me persigue.
Van Gogh se representó a
sí mismo en gran número
de telas, y por bien
iluminadas que
estuvieran siempre tuve
la penosa impresión de
que les habían hecho
mentir acerca de la luz,
que habían quitado a Van
Gogh una luz
indispensable para cavar
y trazar su camino
dentro de sí.
Y ese camino, no era sin
duda el doctor Gachet el
capacitado para
indicárselo.
Pero como ya dije, en
todo psiquiatra viviente
hay un sórdido y
repugnante atavismo que
le hace ver en cada
artista, en cada genio,
a un enemigo.
Y no ignoro que el
doctor Gachet ha dejado
en la historia, con
relación a Van Gogh, que
él atendía, y que
terminó por suicidarse
en su casa, la impresión
de haber sido su último
amigo en la tierra, algo
así como un consolador
providencial.
Sin embargo creo más que
nunca que es el doctor
Gachet, de Auvers-sur-Oise,
a quien Van Gogh debe,
el día que se suicidó en
Auvers-sur-Oise, debe,
repito, el haber dejado
la vida, pues Van Gogh
era una de esas
naturalezas dotadas de
lucidez superior, que
les permite, en
cualquier circunstancia,
ver más allá, infinita y
peligrosamente más allá
de lo real inmediato y
aparente de los hechos.
Quiero decir, más allá
de la conciencia que la
conciencia
ordinariamente conserva
de los hechos.
En el fondo de sus ojos,
como depilados, de
carnicero, Van Gogh se
entregaba sin descanso a
una de esas operaciones
de alquimia sombría que
toman a la naturaleza
por objeto y al cuerpo
humano por marmita o
crisol.
Y sé que según el doctor
Gachet esas cosas a Van
Gogh lo fatigaban.
Lo que no era en el
doctor el resultado de
una simple preocupación
médica, sino la
manifestación de celos
tan conscientes como
inconfesados.
Porque Van Gogh había
alcanzado ese estado de
iluminación en el cual
el pensamiento en
desorden refluye ante
las descargas invasoras
de la materia,en el cual
el pensar ya no es
consumirse, y ni
siquiera es, y en el
cual no queda más que
reunir cuerpos, mejor
dicho ACUMULAR CUERPOS.
No es el mundo de lo
astral sino el de la
creación directa el que
se recupera de ese modo,
más allá de la
conciencia y del
cerebro.
Y jamás vi que un cuerpo
sin cerebro se fatigara
por paneles inertes.
Paneles de lo inerte son
esos puentes, esos
girasoles, esos tejos,
esas recolecciones de
olivas, esas siegas de
heno. Ya no se mueven.
Están congelados.
Pero quién podría
soñarlos más duros bajo
el tajo seco que pone al
descubierto su
impenetrable
estremecimiento.
No, doctor Gachet, un
panel nunca ha fatigado
a nadie. Son energías
frenéticas en reposo,
que no determinan
agitación.
Yo estoy como el pobre
Van Gogh; también he
dejado de pensar, pero
dirijo, cada día de más
cerca, formidables
ebulliciones internas, y
sería digno de verse que
un médico cualquiera
viniera a reprocharme
que me fatigo.
Alguien debía a Van Gogh
cierta suma de dinero, y
a propósito de esto la
historia nos dice que
Van Gogh se hacía mala
sangre desde varios días
atrás.
Las naturaleza
superiores son proclives
-siempre situadas un
tramo por encima de lo
real-, a explicarlo todo
por el influjo de una
conciencia maléfica, a
creer que nada es debido
al azar, y que todo lo
que sucede de malo se
debe a una voluntad
maléfica, consciente,
inteligente y
concertada.
Cosa que los psiquiatras
no creen jamás.
Cosa que los genios
creen siempre.
Cuando estoy enfermo, es
porque estoy embrujado,
y no puedo considerarme
enfermo si no admito,
por otra parte, que
alguien tiene interés en
arrebatarme la salud y
obtener provecho de mi
salud.
También Van Gogh creía
estar embrujado y lo
decía.
En lo que a mí respecta
creo firmemente que lo
estuvo, y un día diré
dónde y cómo sucedió.
El doctor Gachet fue el
grotesco cancerbero, el
sanioso y purulento
cancerbero, de chaqueta
azul y tela almidonada,
puesto ante el mísero
Van Gogh para
arrebatarle sus sanas
ideas. Pues si tal
manera de ver, que es
sana, se difundiera
universalmente, la
sociedad ya no podría
vivir, pero yo sé cuáles
héroes de la tierra
encontrarían su
libertad.
Van Gogh no supo
sacudirse a tiempo esa
especie de vampirismo de
la familia, interesada
en que el genio de Van
Gogh pintor se limitara
a pintar, sin reclamar,
al mismo tiempo, la
revolución indispensable
para el desarrollo
corporal y físico de su
personalidad de
iluminado.
Y entre el doctor Gachet
y Théo, el hermano de
Van Gogh, hubo muchos de
esos hediondos
conciliábulos entre
familiares y médicos
jefes de los asilos de
alienados, concernientes
al enfermo que tienen
entre manos.
"Vigílelo para que ya no
tenga esa clase de
ideas". "Te das cuenta,
el doctor lo ha dicho,
tienes que desprenderte
de esa clase de ideas".
"Te hace daño pensar
siempre en ellas; te
quedarás internado para
toda la vida".
"Pero no, señor Van
Gogh, vamos, convénzase
usted, todo es pura
casualidad; y además no
está bien querer
examinar así los
secretos de la
providencia. Yo conozco
al señor Fulano de Tal,
es una excelente
persona; su espíritu de
persecución lo lleva a
usted a creer que él
practica la magia en
secreto".
"Le han prometido
pagarle esa suma y se la
pagarán. No puede usted
continuar obstinado de
tal modo en atribuir ese
retardo a mala
voluntad".
Todas ésas son suaves
pláticas de psiquiatra
bonachón, que parecen
inofensivas, pero que
dejan en el corazón algo
así como la huella de
una lengüita negra, la
lengüita negra anodina
de una salamandra
venenosa.
Y algunas veces no se
necesita nada más para
inducir a un genio a
suicidarse.
Sobrevienen días en que
el corazón siente tan
terriblemente la falta
de salida, que lo
sorprende, como un
mazazo en la cabeza, la
idea de que ya no podrá
ir adelante.
Pues fue precisamente
después de una
conversación con el
doctor Gachet que Van
Gogh, como si nada
pasara, entró en su
cuarto y se suicidó.
Yo mismo he estado 9
años en un asilo de
alienados y nunca tuve
la obsesión del
suicidio, pero sé que
cada conversación con un
psiquiatra, por la
mañana a la hora de la
visita, me hacía surgir
el deseo de ahorcarme,
al comprender que no
podría degollarlo.
Y Théo era quizás muy
bueno para su hermano,
desde el punto de vista
material, pero eso no le
impedía considerarlo un
delirante, un iluminado,
un alucinado, y se
obstinaba, en lugar de
acompañarlo en su
delirio, en calmarlo.
Que después haya muerto
de pesar, no cambia en
nada la cosa.
Lo que a Van Gogh le
importaba más en el
mundo era su idea de
pintor, su terrible idea
fanática, apocalíptica
de iluminado.
El mundo debía someterse
al mandato de su propia
matriz, retomar su ritmo
comprimido, antipsíquico
de festival secreto en
lugar público y, delante
de todos, volver a ser
puesto en el crisol
sobrecalentado.
Eso quiere decir que el
Apocalipsis, la
consumación de un
Apocalipsis se incuba en
este momento en las
telas del viejo Van Gogh
martirizado, y que la
tierra tiene necesidad
de él para lanzar coces
con pies y cabeza.
No hay nadie que haya
jamás escrito, o
pintado, esculpido,
modelado, construido,
inventado, a no ser para
salir del infierno.
Y para salir del
infierno prefiero las
naturalezas de ese
convulsionario
tranquilo, a las
hormigueantes
composiciones de
Breughel el viejo o de
Jerónimo Bosch que
frente a él no son más
que artistas, allí donde
Van Gogh no es sino un
pobre ignorante empeñado
en no engañarse.
Pero cómo hacer
comprender a un sabio
que hay algo
definitivamente
desordenado en el
cálculo diferencial, la
teoría de los quanta o
las obscenas y tan
torpemente litúrgicas
ordalías de la precesión
de los equinoccios,
frente a ese edredón de
un rosa de camarones que
Van Gogh hace espumar
tan suavemente en el
lugar elegido de su
cama, frente a la
pequeña insurrección de
un verde Veronés o de un
azul que empapa esa
barca ante la cual una
lavandera de Auvers-sur-Oise
se incorpora después del
trabajo, frente también
a ese sol atornillado
detrás del ángulo gris
del campanario del
pueblo, en punta, allá
en el fondo de esa
enorme masa de tierra
que, en el primer plano
de la música, busca la
ola donde congelarse.
O VIO PROFE,
O VIO PROTO,
O VIO LOTO,
O THETÉ.
¡Para qué describir un
cuadro de Van Gogh!
Ninguna descripción
intentada por
quienquiera que sea
podrá equipararse a la
simple alineación de
objetos naturales y de
tintas a la que se
entrega Van Gogh mismo,
tan grande escritor como
pintor y que transmite a
propósito de la obra que
describe la impresión de
la más desconcertante
autenticidad.
23 de julio de 1890
"Quizás veas ese croquis
del jardinero de
Daubigny -es de las
telas en las que trabajé
con más ahínco-, e
incluyo un croquis de
viejas chozas, y los
croquis de dos telas de
30 que representan
inmensas extensiones de
trigo después de la
lluvia..."
"El jardín de Daubigny
con un primer plano de
hierbas verde y rosa. A
la izquierda un matorral
verde y lila y una cepa
de planta con follaje
blancuzco. En el centro,
un macizo de rosas, a la
derecha un vallado, un
muro y por encima del
muro un nogal de follaje
violeta. Sigue un seto
de lilas, una fila de
redondeados tilos
amarillos, la casa en el
fondo rosada, con techos
de tejas azuladas. Un
banco y tres sillas, una
figura negra con
sombrero amarillo, y en
el primer plano un gato
negro. Cielo verde
pálido".
8 de septiembre
de 1888
"En mi cuadro 'Café por
la noche', intenté
expresar que el café es
un sitio donde uno puede
arruinarse, volverse
loco, cometer crímenes.
En resumen busqué,
mediante contrastes de
rosa tenue y rojo sangre
y heces de vino, de
verde suave Luis XV y
Veronés en contraste con
verdes amarillentos y
verdes blanquecinos
duros, todo junto en una
atmósfera de horno
infernal de azufre
pálido, expresar algo
así como la potencia
tenebrosa de una
taberna".
"Y a pesar de todo eso,
asumiendo una apariencia
de alegría japonesa
unida a la candidez de
un Tartarín..."
"¿Qué quiere decir
dibujar? ¿Cómo se llega
a hacerlo? Es la acción
de abrirse paso a través
de un invisible muro de
hierro que parece
interponerse entre lo
que se siente y lo que
es posible realizar.
Cómo hacer para
atravesar ese muro, pues
de nada sirve golpear
fuertemente sobre él;
para lograrlo se lo debe
corroer lenta y
pacientemente con una
lima, tal es mi
opinión".
.................................................
Qué fácil parece
escribir así.
¡Y bien! Probadlo
entonces, y decidme si
no siendo el autor de
una tela de Van Gogh,
podríais describirla tan
simplemente,
sucintamente,
objetivamente,
durablemente,
válidamente,
sólidamente, opacamente,
masivamente,
auténticamente y
milagrosamente, como en
esa breve carta suya.
(Pues el criterio del
punzón separador no
depende de la amplitud
ni del crispamiento sino
del mero vigor personal
del puño).
Por lo tanto, no
describiré un cuadro de
Van Gogh después de
haberlo hecho él, pero
diré que Van Gogh es
pintor porque recolectó
la naturaleza, porque la
retranspiró y la hizo
sudar, porque salpicó
sus telas, en haces, en
monumentales gavillas de
color, la secular
trituración de
elementos, la terrible
presión elemental de
apóstrofes, estrías,
vírgulas, barras que,
después de él nadie
podrá discutir que
formen parte del aspecto
natural de las cosas.
Y la barrera de cuantos
codeos reprimidos,
choques oculares tomados
del natural, parpadeos
tomados del tema,
corrientes luminosas de
las fuerzas que trabajan
la realidad, han tenido
que derribar antes de
ser por fin contenidos y
como izados hasta la
tela y aceptados.
No hay fantasmas en los
cuadros de Van Gogh, ni
visiones ni
alucinaciones.
Sólo la tórrida verdad
de un sol de las dos de
la tarde.
Una lenta pesadilla
genésica poco a poco
elucidada.
Sin pesadilla y sin
afectos.
Pero allí está el
sufrimiento prenatal.
Es el ilustre húmedo de
un pasto, del tallo en
un plano de trigo que
está allí listo para la
extradición.
Y del que la naturaleza
un día rendirá cuentas.
Como también la sociedad
rendirá cuentas de su
muerte prematura.
Un plano de trigo
inclinado bajo el
viento, por encima del
cual las alas de un solo
pájaro dispuesto en
vírgula; qué pintor que
no fuera estrictamente
pintor, podría haber
tenido la audacia de Van
Gogh de dedicarse a un
motivo de tan desarmante
simplicidad.
No, no hay fantasmas en
los cuadros de Van Gogh,
no hay ni drama ni
sujeto y yo diría que ni
siquiera objeto, pues el
motivo mismo, ¿qué es?
A no ser algo así como
la sombra de hierro del
motete de una
indescriptible música
antigua, algo como el
leit-motiv de un tema
que desespera de su
propio asunto.
Es naturaleza pura y
desnuda, vista tal como
se revela cuando uno
sabe aproximársele al
máximo.
Testimonio de ello ese
paisaje de oro fundido,
de bronce cocido en el
antiguo Egipto, donde un
enorme sol se apoya
sobre techos tan
abrumados por la luz que
se encuentran como en
estado de
descomposición.
Y no conozco ninguna
pintura apocalíptica,
jeroglífica,
fantasmagórica o
patética que me
transmita esa sensación
de secreta extrañeza, de
cadáver de un hermetismo
inútil, que entrega con
la cabeza abierta sobre
el madero de la
ejecución, su secreto.
Al decir esto no pienso
en el "Tío Tranquilo",
ni en esa funambulesca
avenida de otoño donde
pasa, en último término,
un viejo encorvado con
un paraguas colgado de
la manga como el gancho
de un trapero.
Vuelvo a pensar en los
cuervos con alas de un
negro de trufas
lustrosas.
Vuelvo a pensar en el
campo de trigo: espigas
y más espigas, y no hay
más que decir, con
algunas pequeñas cabezas
de amapolas
discretamente sombreadas
adelante, acre y
nerviosamente aplicadas
allí, raleadas,
deliberada y
furiosamente punteadas y
desgarradas.
Sólo la vida puede
ofrecer similares
denudaciones epidérmicas
que hablan bajo una
camisa desabrochada; y
no se sabe porqué la
mirada se inclina a la
izquierda más que a la
derecha, hacia el
montículo de carne
rizada.
Pero el hecho es que es
así.
Pero el hecho es que
está hecho así.
Su dormitorio también
oculto, tan
adorablemente campesino
e impregnado como de un
olor capaz de encurtir
los trigos que se ven
estremecerse en el
paisaje, a lo lejos,
detrás de la ventana que
los ocultaría.
También campesino, el
color del viejo edredón,
de un rojo de
mejillones, de mújol del
Mediterráneo, de un rojo
de pimiento chamuscado.
Y es ciertamente culpa
de Van Gogh que el color
del edredón de su lecho
alcanzara ese grado de
realidad, y no conozco
al tejedor capaz de
transplantar con
indescriptible tinte del
modo como Van Gogh supo
trasladar, desde lo
profundo de su cerebro
hasta la tela, el rojo
de ese indescriptible
revestimiento.
Y no sé cuántos curas
criminales que sueñan
con la cabeza de su así
llamado Espíritu Santo,
en el oro ocre, el azul
infinito de unos
vitrales a su mozuela
"María", han sabido
aislar en el aire,
extraer de los nichos
sarcásticos del aire
esos colores a lo que
salga, que son todo un
acontecimiento, y donde
cada pincelada de Van
Gogh sobre la tela es
peor que un
acontecimiento.
Hay momentos en que
impresiona como una
habitación bastante
prolija, pero con un
toque balsámico o un
aroma que ningún
benedictino podría
volver a descubrir para
lograr el punto ideal de
sus licores salutíferos.
(Esta habitación hace
pensar en la "Gran Obra"
con su muro blanco de
perlas claras, del cual
pende una toalla rugosa
como un viejo amuleto
campesino intocable pero
reconfortante.)
En otros momentos
impresiona como una
simple parva aplastada
por un enorme sol.
Hay unos tenues blancos
de tiza peores que
antiguos suplicios, y
nunca como en esta tela
aparece la clásica
escrupulosidad operativa
del mísero y grande Van
Gogh.
Pues todo eso es
definitivamente Van
Gogh; la escrupulosidad
única del toque, sorda y
patéticamente aplicado.
El color plebeyo de las
cosas, pero tan justo,
tan amorosamente justo
que no hay piedra
preciosa que pueda
igualar su rareza.
Pues Van Gogh fue el más
auténticamente pintor de
todos los pintores, el
único que no quiso
rebasar la pintura como
medio estricto de su
obra, y como marco
estricto de sus medios.
Y, por otra parte, el
único, absolutamente el
único, que haya
absolutamente rebasado
la pintura, el acto
inerte de representar la
naturaleza, para hacer
surgir, de este
representación exclusiva
de la naturaleza, una
fuerza giratoria, un
elemento arrancado
directamente del
corazón.
Ha hecho, bajo la
representación, brotar
un aspecto, y en ella
encerrar un nervio que
no están en la
naturaleza, que son de
una naturaleza y un
aspecto más verdadero
que el aspecto y el
nervio de la naturaleza
verdadera.
A la hora que escribo
estas líneas veo el rojo
rostro ensangrentado del
pintor venir hacia mí,
en una muralla de
girasoles reventados, en
una formidable
combustión de rescoldos
de jacinto opaco y de
hierbas de lapislázuli.
Todo esto en medio de un
bombardeo meteórico de
átomos en el que se
destaca cada
grano,prueba de que Van
Gogh concibió sus telas
como pintor, y
únicamente como pintor,
pero que sería por esa
misma razónun formidable
músico.
Organista de una
tempestad detenida que
ríe en la naturaleza
límpida, apaciguada
entre dos tormentas,
aunque, como Van Gogh
mismo, esa naturaleza
muestra a las claras que
está lista para partir.
Después de mirarla, se
puede volver la espalda
a cualquier tipo de tela
pintada, pues ninguna
tiene ya nada más que
decirnos. La borrascosa
luz de la pintura de Van
Gogh comienza sus
sombríos recitados en el
instante mismo en que se
la deja de mirar.
Únicamente pintor, Van
Gogh, y nada más; nada
de filosofía, de
mística, de rito, de
fiscurgia, ni de
liturgia, nada de
historia, ni literatura
ni poesía; esos
girasoles de oro
broncíneo están
pintados; están pintados
como girasoles y nada
más; pero para
comprender un girasol en
la realidad, será
indispensable, en
adelante, recurrir a Van
Gogh, lo mismo que para
comprender una tormenta
real,
un cielo tormentoso,
una llanura real;
ya no se podrá evitar el
recurrir a Van Gogh.
El mismo tiempo
tormentoso había en
Egipto o sobre las
llanuras de la Judea
semita, quizás las
mismas caían en Caldea,
en Mongolia o sobre los
montes del Tibet, y
nadie me ha dicho que
hayan cambiado de lugar.
Y sin embargo, al mirar
esa llanura de trigo o
de piedras blancas como
un osario enterrado,
sobre la que pesa un
viejo cielo violáceo, ya
no es posible creer en
los montes del Tibet.
Pintor, nada más que
pintor, Van Gogh adoptó
los medios de la pura
pintura y los rebasó.
Quiero decir que, para
pintar, no ha ido más
allá de servirse de los
medios que la pintura le
ofrecía.
Un cielo tormentoso,
una llanura color blanco
de tiza,
las telas, los pinceles,
sus cabellos rojos, los
tubos, su mano amarilla,
su caballete,
pero todos los lamas
juntos del Tibet pueden
sacudirse, bajo sus
ropajes, el Apocalipsis
que hayan preparado,
Van Gogh nos habrá hecho
presentir con
anticipación el peróxido
de ázoe en una tela que
contiene la dosis
suficiente de catástrofe
para obligarnos a que
nos orientemos.
Un día cualquiera se le
ocurrió no rebasar el
motivo, pero cuando se
ha visto un Van Gogh, ya
no se puede creer que
haya algo menos
rebasable que el motivo.
El simple motivo de una
candela encendida en un
sillón de paja con
armazón violáceo dice
mucho más, gracias a la
mano de Van Gogh, que
toda la serie de
tragedias griegas, o de
dramas de Cyril Turner,
de Webster o de Ford,
que hasta ahora, por
otra parte, han
permanecido
irrepresentados.
Sin hacer literatura, he
visto el rostro de Van
Gogh, rojo de sangre en
los estallidos de sus
paisajes, venir hacia
mí,
KOHAN
TAVER
TINSUR
Sin embargo,
en un incendio,
en un bombardeo,
en un estallido,
vengadores de esa piedra
de moler que el mísero
Van Gogh el loco cargó
toda su vida al cuello.
La piedra del pintar sin
saber porqué ni para
dónde.
Pues no es para este
mundo,
nunca es para esta
tierra, que todos hemos
siempre trabajado,
luchado,
aullado el horror de
hambre, de miseria, de
odio, de escándalo y de
asco,
que todos fuimos
envenenados,
aunque todo eso nos haya
embrujado,
hasta que por fin nos
hemos suicidado,
¡pues acaso no somos
todos, como el mísero
Van Gogh, suicidados por
la sociedad!
Al pintar, Van Gogh
renunció a relatar
historias; pero lo
maravillo consiste en
que este pintor que no
es nada más que pintor,
y que es más pintor que
los otros pintores, por
ser aquel en quien el
material, la pintura
misma, tiene un lugar de
primer plano,
con el color tomado tal
como surge del tubo,
con la huella de cada
pelo del pincel en el
color,
con la textura de la
pintura pintada, como
resaltando en la luz de
su propio sol,
con la i, la coma, el
punto de la punta del
pincel barrenado
directamente en el
color, que se alborota y
salpica en pavesas, las
que el pintor domina y
amasa por todas partes,
lo maravilloso consiste
en que este pintor, que
no es nada más que
pintor, es también, de
todos los pintores que
existieron, aquel que
más nos hace olvidar que
estamos frente a una
pintura,
a una pintura que
representa el asunto por
él escogido, y que hace
avanzar hasta nosotros,
delante de la tela fija,
el enigma puro, el puro
enigma de la flor
torturada, del paisaje
acuchillado, arado,
estrujado por todas
partes por su pincel
borracho.
Sus paisajes son
antiguos pecados que
todavía no han
encontrado sus
Apocalipsis primitivos,
pero que no dejarán de
encontrarlos.
¿Por qué las pinturas de
Van Gogh me dan la
impresión de ser vistas
como desde el otro lado
de la tumba de un mundo
en el que, al fin de
cuentas, habrán sido sus
soles lo único que gira-ba
e iluminaba
jubilosamente?
¿Pues no es la historia
completa de lo que un
día se llamó el alma, la
que vive y muere en sus
paisajes convulsionados
y en sus flores?
El alma dio su oreja al
cuerpo, y que Van Gogh
devolvió al alma de su
alma,
una mujer, con el fin de
vigorizar la sinies-tra
ilusión,
un día el alma no
existió más,
ni tampoco el espíritu,
en cuanto a la
conciencia, nadie pensó
jamás en ella,
pero dónde estaba,
además, el pensamiento,
en un mundo únicamente
formado por elementos en
plena guerra, tan pronto
destruidos como
recompuestos,
pues el pensamiento es
un lujo de la paz,
¿Y quién supera al
inverosímil Van Gogh, el
pintor que comprendió el
lado fenomenal del
problema, y para quien
todo verdadero paisaje
está potencialmente en
el crisol donde habrá de
reconstituirse?
Entonces el viejo Van
Gogh era un rey contra
quien, mientras dormía,
se inventó el curioso
pecado denominado
cultura turca, ejemplo,
habitáculo, móvil del
pecado de la humanidad,
la que no supo hacer
nada mejor que devorar
al artista en vivo para
rellenarse con su
probidad.
¡Con lo que sólo ha
logrado consagrar
ritualmente su cobardía!
Pues la humanidad no
quiere tomarse el
trabajo de vivir, de
tomar parte en ese codeo
natural entre las
fuerzas que componen la
realidad, con el objeto
de obtener un cuerpo que
ninguna tempestad pueda
ya perjudicar.
Siempre he preferido
meramente existir.
En lo que respecta a la
vida, acostumbra ir a
buscarla en el genio
mismo del artista.
En cambio a Van Gogh,
que puso a asar una de
sus manos, nunca lo
atemorizó la lucha para
vivir, es decir, para
separar el hecho de
vivir de la idea de
existir,
y por cierto cualquier
cosa puede existir sin
tomarse el trabajo de
ser,
y todo puede ser, sin
tomarse el trabajo, como
Van Gogh el desorbitado,
de irradiar y rutilar.
Todo esto se lo arrebató
la sociedad para
organizar la cultura
turca que tiene la
probidad por fachada y
el crimen por origen y
puntal.
Y así fue que Van Gogh
murió suicidado, porque
el consenso de la
sociedad ya no pudo
soportarlo.
Pues si no había ni
espíritu, ni alma, ni
conciencia, ni
pensamiento, había
materia explosiva,
volcán maduro,
piedra de trance,
paciencia,
bubones,
tumor cocido,
y escara de
despellejado.
Y el rey Van Gogh
incubaba soñoliento el
próximo alerta de la
insurrección de la
salud.
¿Cómo?
Por el hecho de que la
buena salud es una
plétora de males
acorralados, de un
formidable anhelo de
vida con cien llagas
corroídas que, a pesar
se todo, es preciso
hacer vivir, que es
preciso encaminar a
perpetuarse.
Aquel que no husmea la
bomba en cocción y el
vértigo comprimido no
merece estar vivo.
Este es el bálsamo que
el mísero Van Gogh
consideró su deber
manifestar en forma de
deflagraciones.
Pero el mal que lo
atisbaba le hizo mal.
El Turco de rostro
honrado se acercó
delicadamente a Van Gogh
para extraerle su
almendra confitada,
con el objeto de separar
el confite (natural) que
se formaba.
Y Van Gogh consumió allí
mil veranos.
Causa por la cual murió
a los 37 años,
antes de vivir,
pues todo mono ha vivido
antes que él de las
fuerzas que él llegó a
reunir.
Y que serán las que
ahora habrá que devolver
para hacer posible la
resurrección de Van
Gogh.
Frente a la humanidad de
monos cobardes y perros
mojados, la pintura de
Van Gogh demostrará
haber pertenecido a un
tiempo en que no hubo
alma, ni espíritu, ni
conciencia, ni
pensamiento; tan sólo
elementos primeros,
alternativamente
encadenados y
desencadenados.
Paisajes de intensas
convulsiones, de
traumatismos
enloquecidos, como los
de un cuerpo que la
fiebre atormenta para
restituirlo a la
perfecta salud.
Por debajo de la piel el
cuerpo es una usina
recalentada,
y por fuera,
el enfermo brilla,
reluce,
con todos sus poros,
estallados,
igual que un paisaje
de Van Gogh
al mediodía.
Sólo la guerra perpetua
explica una paz que es
únicamente tránsito,
igual que la leche a
punto de derramarse
explica la cacerola en
que hervía.
Desconfiad de los
hermosos paisajes de Van
Gogh remolinantes y
plácidos,
crispados y contenidos.
Representan la salud
entre dos accesos de una
insurrección de buena
salud.
Un día la pintura de Van
Gogh armada de fiebre y
de buena salud,
retornará para arrojar
al viento el polvo de un
mundo enjaulado que su
corazón no podía
soportar.
Antonin Artaud
Post scriptum
Retorno al cuadro de los
cuervos.
¿Alguien vio alguna vez
en esta tela, una tierra
equiparable al mar?
Entre todos los pintores
Van Gogh es el que más a
fondo nos despoja hasta
llegar a la urdimbre,
pero al modo de quien se
despioja de una
obsesión.
La obsesión de hacer que
los objetos sean otros,
la de atreverse al fin a
arriesgar el pecado del
otro: y aunque la tierra
no puede ostentar el
color de un mar líquido,
es precisamente como un
mar líquido que Van Gogh
arroja su tierra como
una serie de golpes de
azadón.
E infunde en la tela un
color de borra de vino;
y es la tierra con olor
a vino, la que todavía
chapotea entre oleadas
de trigo, la que yergue
una cresta de gallo
oscuro contra las nubes
bajas que se agolpan en
el cielo por todas
partes.
Pero como ya he dicho,
lo lúgubre del asunto
reside en la suntuosidad
con que están
representados los
cuervos.
Ese color de almizcle,
de nardo exuberante, de
trufas que parecerían
provenir de un gran
banquete.
En las olas violáceas
del cielo, dos o tres
cabezas de ancianos de
humo intentan una mueca
de Apocalipsis, pero
allí están los cuervos
de Van Gogh incitándolos
a una mayor decencia,
quiero decir a una menor
espiritualidad,
y es justamente lo que
quiso decir Van Gogh en
esa tela con un cielo
rebajado, como pintada
en el instante mismo en
que él se liberaba de la
existencia, pues, esa
tela tiene, además, un
extraño color casi
pomposo de nacimiento,
de boda, de partida,
oigo los fuertes golpes
de cimbal que producen
las alas de los cuervos
por encima de una tierra
cuyo torrente parece que
Van Gogh ya no podrá
contener.
luego la muerte,
los olivos de Saint-Rémy.
El ciprés solar.
El dormitorio.
La recolección de las
olivas.
Los Aliscamps de Arlés.
El café de Arlés.
El puente donde le
sobreviene a uno el
deseo de hundir el dedo
en el agua en un impulso
de violenta regresión
infantil al que lo
fuerza la mano
prodigiosa de Van Gogh.
El agua azul,
no de un azul de agua,
sino de un azul de
pintura líquida.
El loco suicida pasó por
allí y devolvió el agua
de la pintura a la
naturaleza,
pero a él, ¿quién se la
devolverá?
¿Acaso era loco Van
Gogh?
Que quien alguna vez
supo contemplar un ros-tro
humano contemple el
autorretrato de Van
Gogh, me refiero a aquel
del sombrero blando.
Pintado por el Van Gogh
extralúcido, esa cara de
carnicero pelirrojo que
nos inspecciona y
vigila; que nos escruta
con mirada torva.
No conozco a un solo
psiquiatra capaz de
escrutar un rostro
humano con una fuerza
tan aplastante,
disecando su
incuestionable
psicología como un
estilete.
El ojo de Van Gogh es el
de un gran genio, pero
por el modo como lo veo
disecarme emergiendo de
la profundidad de la
tela, ya no es el genio
de un pintor el que en
este momento siento
vivir en él, sino el de
un filósofo como nunca
supe de otro igual en la
vida.
No, Sócrates no tenía
esa mirada; únicamente
el desventurado
Nietzsche tuvo quizás
antes que él esa mirada
que desviste el alma,
libera al cuerpo del
alma, desnuda al cuerpo
del hombre, más allá de
los subterfugios del
espíritu.
La mirada de Van Gogh
está colgada, soldada,
vitrificada, detrás de
sus párpados pelados, de
sus cejas finas y sin
ceño.
Es una mirada que
penetra derecha,
taladra, partiendo de
ese rostro tallado a
golpes como un árbol
cortado a escuadra.
Pero Van Gogh aprisionó
el momento en que la
pupila va a volcarse en
el vacío,
en que esa mirada
lanzada hacia nosotros
como el proyectil de un
meteoro, toma el color
inexpresivo del vacío y
de lo inerte que lo
llena.
Mejor que cualquier
psiquiatra del mundo, el
gran Van Gogh situó así
su enfermedad.
Irrumpo, comienzo,
inspecciono, engancho,
rompo el sello de
clausura, mi vida muerta
no oculta nada, y la
nada, por lo demás,
nunca ha hecho daño a
nadie; lo que me impele
a retornar a lo interno
es esa desoladora
ausencia que pasa y me
hunde por momentos, pero
veo claro en ella, muy
claro, hasta sé qué es
la nada, y podría decir
qué hay en su interior.
Y tenía razón Van Gogh;
se puede vivir para el
infinito, satisfacerse
sólo con el infinito,
pues hay suficiente
infinito sobre la tierra
y en las esferas como
para saciar a miles de
grandes genios, y si Van
Gogh no llegó a colmar
su deseo de iluminar su
vida entera con él, fue
porque la sociedad se lo
prohibió.
Se lo prohibió rotunda y
conscientemente.
Un día aparecieron los
verdugos de Van Gogh,
como aparecieron los de
Gerard de Nerval, de
Baudelaire, de Edgar Poe
y de Lautréamont.
Aquellos que un día le
dijeron:
Y ahora basta, Van Gogh;
a la tumba; ya esta-mos
hartos de tu genio; en
cuanto al infinito, ese
infinito nos pertenece a
nosotros.
Pues no es a fuerza de
buscar el infinito que
Van Gogh muere,
y es empujado a la
sofocación por la
miseria y la asfixia,
es a fuerza de vérselo
rehusar por la turba de
aquellos que, todavía
estando vivo, creían
detentar el infinito
excluyéndolo a él;
Y Van Gogh habría podido
encontrar suficiente
infinito para vivir
durante toda su vida si
la conciencia bestial de
la masa no hubiese
decidido apropiárselo
para nutrir sus propias
bacanales que nunca
tuvieron que ver con la
pintura o la poesía.
Además, nadie se suicida
solo.
Nunca nadie estuvo solo
al nacer.
Tampoco nadie está solo
al morir.
Pero en el caso del
suicidio, se precisa un
ejército de seres
maléficos para que el
cuerpo se decida al acto
contra natura de
privarse de la propia
vida.
Y así Van Gogh se
condenó porque había
concluido con la vida, y
como le dejan entrever
sus cartas a su hermano,
porque ante el
nacimiento de un hijo de
su hermano,
se sintió a sí mismo
como una boca de más
para alimentar.
Pero sobre todo, quería
reunirse finalmente con
ese infinito para el que
se dice que uno se
embarca como en un tren
hacia una estrella,
y se embarca el día en
que uno ha decidido
firmemente poner término
a la vida.
Ahora bien, en la muerte
de Van Gogh, tal como
aconteció, no creo que
eso sea lo que
aconteció.
Van Gogh fue despachado
de este mundo, primero
por su hermano, al
anunciarle el nacimiento
de su sobrino, e
inmediatamente después
por el doctor Gachet,
quien, en lugar de
recomendarle reposo y
aislamiento, lo envió a
pintar del natural un
día en el que tenía
plena conciencia de que
Van Gogh hubiera hecho
mejor en irse a acostar.
Pues no se contrarresta
de modo tan directo una
lucidez y una
sensibilidad como las de
Van Gogh el martirizado.
Hay espíritus que en
ciertos días se matarían
a causa de una simple
contradicción, y no es
imprescindible para ello
estar loco, loco
registrado y catalogado;
todo lo contrario, basta
con gozar de buena salud
y contar con la razón de
su parte.
En lo que a mí respecta,
en un caso similar, no
soportaría sin cometer
un crimen que me digan:
"Señor Artaud, usted
delira", como me ha
ocurrido con frecuencia.
Y Van Gogh oyó que se lo
decían.
Y esa es la causa de que
le haya apretado la
garganta el nudo de
sangre que lo mató.
Post scriptum
A propósito de Van Gogh,
de la magia y de los
hechizos, toda la gente
que ha estado desfilando
desde hace dos meses
frente a la exposición
de sus obras en el museo
de L'Orangerie, ¿están
bien seguros acaso de
recordar todo lo que
hicieron y todo lo que
les sucedió cada noche
de esos meses de
febrero, marzo, abril y
mayo de 1946? ¿Y no hubo
cierta noche en que la
atmósfera en las calles
se volvía como líquida,
gelatinosa, inestable, y
en que la luz de las
estrellas y de la bóveda
celeste desaparecía?
Y Van Gogh, que pintó el
café de Arlés, no estaba
allí. Pero yo estaba en
Rodez, es decir, todavía
sobre la tierra,
mientras que todos los
habitantes de París se
habrán sentido, durante
una entera noche, muy
próximos a abandonarla.
Y es que todos habían
participado al unísono
en ciertas inmundicias
generalizadas, en las
cuales la conciencia de
los parisienses abandonó
por una hora o dos el
nivel normal y pasó a
otro, a una de esas
rompientes masivas de
odio, de las que me ha
tocado ser algo más que
testigo en muchas
oportunidades, durante
mis nueve años de
internación. Ahora el
odio ha sido olvidado,
así como las
expurgaciones nocturnas
que le siguieron, y los
mismos que en tantas
ocasiones mostraron al
desnudo y a la vista de
todas sus almas
siniestras de puercos,
desfilan ahora ante Van
Gogh, a quien, mientras
vivía, ellos o sus
padres y madres le
retorcieron el pescuezo
a sabiendas.
¿Pero no fue en una de
esas noches de que hablo
que cayó en el boulevard
de la Madeleine, en la
esquina de la rue des
Mathurins, una enorme
piedra blanca como
surgida de una reciente
erupción del volcán
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