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| OTROS TEXTOS |
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| Alberto Giudici |
| Tomado de Revista Ñ del 18 de marzo del 2006 |
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Arte
de supervivencia Tanto se ha dicho que no es fácil sintetizar un ciclo de nuestra historia poblado de silencios, desapariciones, olvidos, lagunas. Pero esa cantidad de palabras escritas y habladas, ha enseñado que el silencio, en este caso, no es salud. La palabra es, fue, una de las formas de la resistencia. La resistencia es, fue, la perseverancia de la vida. En el arte tuvo diversas formas. Hubo quien, estando preso en La Plata, el artista Alejandro Méndez, por entonces estudiante de la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, atado a una silla, vendado, sistemáticamente torturado, en su calabozo recuperaba por momentos su humanidad imaginando cuadros. Era una manera de preservar su identidad, algo que todos los manuales de tortura expresamente recomiendan quebrar para anular el yo. En la soledad de una lúgubre celda, Alejandro Méndez recordaba que era Alejandro Méndez, evocando formas, colores, pinturas. Otros recurrieron a metáforas visuales, a un decir codificado, y se impusieron exponerlo como una manera de rebelión. Y no faltó quienes anticiparon en sus obras el horror por venir. En
efecto, , en 1973,
el arquitecto y
artista plástico
Horacio Zabala había
expuesto en el CAYC
(Centro de Arte y
Comunicación) su
serie de Anteproyectos
de arquitectura
carcelaria. Con
estas obras, decía
el catálogo, se
proponía
“explicitar las
estructuras
represivas de la
sociedad”.
Algunas, como “Cárcel
flotante para el Río
de la Plata” o
“Los reformatorios
individuales bajo
tierra” en sótanos
o pozos, eran
escalofriantemente
proféticas. Esto lo
supimos bastante
después, cuando los
“pozos” de
tortura, los cuerpos
tirados al mar,
fueron moneda
corriente. El
golpe de 1976 no es
igual a los
anteriores. Las
desapariciones que
ya venían
ocurriendo se
institucionalizan.
El país es un gran
campo minado. Si pisás
donde note dejan,
volás, desaparecés.
No obstante, algunos
artistas se le
animan aunque eso
les valga el exilio.
A comienzos de 1976,
Carlos Alonso
prepara una muestra
que inaugura en
julio, a pocos meses
del golpe, con el título
“El ganado y lo
perdido”, donde el
tema de la carne
–como metáfora de
su obra- parece
anticipar la
carnicería en
curso: cuerpos
mezclados con reses,
sangrantes,
mutilados, colgando
de ganchos. También
aparecen otros
atravesados por
franjas negras. Son
los primeros
desaparecidos.
Imposible olvidar la
sensación que
producían esas imágenes,
mientras en la
calle, los falcon
verdes hacían su
sucia tarea. Hay
amenazas de bomba en
la galería. La
muestra se levanta y
Alonso parte al
exilio. Los
que se quedan viven
otros exilios,
impregnados por los
códigos secretos
del arte. Para
Carlos Gorriarena
hay un repliegue
formal que es
“internarse en la
urbanización del
cuadro”
atrincherarse en el
propio hecho creador
para resistir a través
de la organización
espacial de los
elementos visuales.
“Me impuse exponer
dos veces al año
como una forma de
militancia frente a
lo que vivíamos”.
Seguir pintando para
seguir vivo. Seguir
exponiendo para
hacer de la pintura
un desafío al
silencio. Y no son
pinturas baladíes.
Hay una ferocidad en
los temas, en la
crudeza del color,
en cierta macabra
ironía, muy propia
de “Gorri”, pero
que ahora grita
hasta la exasperación. A
veces la resistencia
circula por carriles
insospechados. Es el
caso del Arte de
Correo que tuvo como
figura central al
artista Edgardo
Vigo. Se trataba de
un trayecto
internacional de ida
y vuelta e implicaba
autorías múltiples.
Vigo hacía los
tacos, diseñaba los
sellos, las
estampillas, que
aunque no tenían
valor fiscal, pegaba
junto a las de
circulación real. Y
colocaba su sello.
Al desaparecer su
hijo, Abel Luis
(Palomo) usó este
circuito para
denunciar los crímenes
de la dictadura. Uno
de los sellos decía
“Set free,
Palomo” y debajo,
30-07-76. Un año más
tarde, desaparecía
–y sigue
desaparecida- la
hija de Carlos
Alonso, Paloma. 1977
es clave en lo que
podría significar
el surgimiento de un
arte de resistencia.
Es el caso de Diana
Dowek: recurre a metáforas
visuales como telas
rasgadas,
alambrados, espejos
retrovisores donde,
en la lejanía,
puede verse un
cuerpo tirado al
borde de un camino.
Realiza lienzos,
donde el bastidor
está puesto al revés
y envuelto con
alambres de púa. Es
su serie que llama
Alambrados. La
del 70, escribe Luis
Felipe Noé, será
la década de la
escultura. Y en
efecto no hay mucha
en los 6º, primero
porque junto con la
desmaterialización
del arte aparecen
las llamadas
estructuras
primarias que buscan
quebrar la planimetría
del cuadro. Y en los
70 surge, dice Noé,
una generación de
escultores que
incorpora “una
palpitación dramática
del mundo real desde
lenguajes que
apropian deshechos,
tecnologías y
materiales
nuevos”. Son
los casos de Juan
Carlos Distéfano,
Norberto Gómez,
Enio Iommi, Alberto
Heredia. Distéfano,
empleando resinas
poliéster,
“presenta una
imagen brutal y
asfixiante” de la
realidad, dice Noé.
En 1973 realiza su
obra maestra, “El
mundo”,
actualmente en el
Museo de Bellas
Artes, y que como en
el caso de las Cárceles
de Zabala, parecen
anticipar la
tragedia. “No
anticipan nada –
rectifica Distéfano
al autor de esta
nota-, Ya
sucedía cuando las
hice”. Es cierto,
en todo caso, antes
o después del 76,
quedan como el trazo
lacerante de toda
una época que
pronto ingresó a
los despeñaderos
del horror. Norberto
Gómez, que había
hecho un arte geométrico,
minimalista durante
los años 60,
comienza ahora,
1977, a realizar
esculturas en resina
poliéster
pigmentada, igual
que Distéfano, y
presenta el cuerpo
humano
descarnadamente. Vísceras,
tendones, huesos,
cartílagos, en un
realismo dramático,
son sinécdoques del
cuerpo torturado.
También Alberto
Heredia recurre a
dentaduras, restos
de yeso ortopédico,
trapos como vendas.
Con ello, continúa
Noé, “no sólo
rompe con toda una
tradición escultórica
sino que fue el
primero en dar una
imagen brutal para
una época que
comenzaba a ser
bruta”. A mediados
de los 70, inicia su
serie de Monumentos
que de alguna manera
aluden, irónicamente
a las construcciones
arquitectónicas
estatuarias de los
próceres, de los
prohombres de la
Patria. Los
prohombres de
Heredia, claro, son
uniformados. Un
proceso similar al
de Gómez se operaría
en Enio Iommi,
primero de la
vanguardia en la
Argentina, partícipe
en la creación del
grupo “Arte
Concreto Invención”
en 1944. También en
1977, realiza en la
Galería Del Retiro
una muestra que él
llama Adiós a una
época. Es la
despedida a una
etapa de su
escultura, una
postura polémica a
su período
constructivo
anterior, pero la
adopción de nuevos
materiales,
adoquines envueltos
con alambradas,
metaforizan la
opresión reinante.
El arte se expresaba
en sus lenguajes
para quienes querían
entenderlo. Más
explícito fue el
“Cristo en el
Garage” de Antonio
Berni (1981), un
Cristo que “revela
cicatrices de un
martirio más próximo”,
al decir de Fernando
García en Los
ojos. Vida y pasión
de Antonio Berni.
“El ojo a punto de
coágulo, las
falanges de los
dedos partidas, el
charco de sangre
policiaco, es el
cristo de la
picana... uno que
está ahí por todos
los que se torturan
en la ESMA, el Pozo,
o Garage Olimpo” Esta enumeración intenta apenas mostrar algunas estrategias de supervivencia y resistencia. Algo que había arrancado cuando comenzó a instalarse el terrorismo de Estado, allá por 1975, y que entre los artistas tuvo su primera víctima en Franco Venturi, y que culmina en septiembre de 1983 cuando durante la Tercera Marcha de la Resistencia de las Madres de Plaza de Mayo, tres artistas plásticos lanzan la idea del siluetazo; propuesta que se vuelve clamoroso grito cuando las siluetas de miles de desaparecidos se multiplican en otros cuerpos e inundan los muros de buenos Aires. La ausencia se torna presencia inapelable. |
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