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La
recepción
de Paul
Valéry
en
Alemania,
que no
se ha
conseguido
plenamente
todavía,
plantea
dificultades
especiales
porque
su
pretensión
y
reivindicación
se basan
ante
todo en
la obra
lírica.
Apenas
será
necesario
perder
palabras
para
justificar
la
afirmación
de que
la
lírica
no puede
ni con
mucho
trasponerse
a una
lengua
extranjera
como la
prosa; y
aún
menos la
poesía
pura del
discípulo
Mallarmé,
despiadadamente
cerrada
y
adensada
contra
toda
comunicación
con un
lector
predeterminado.
Con
razón ha
dicho
precisamente
George
que la
tarea de
traductor
de
lírica
no
consiste
en
absoluto
en
introducirle
en la
propia
lengua
un autor
extranjero,
sino en
levantarle
en ella
un
monumento
como
formula
Benjamin
el mismo
pensamiento,
en
ampliar
e
intensificar
la
propia
lengua
mediante
la
irrupción
de la
obra
poética
extranjera
en ella.
A pesar
de ello,
sin
embargo,
hoy día
es
imposible
imaginar
el
material
histórico
de la
literatura
alemana
sin
Baudelaire,
no
obstante,
o acaso
gracias
a la
intransigencia
de su
gran
traductor.
Nada
semejante
a
propósito
de
Valéry;
ya
Mallarmé,
por lo
demás
permaneció
esencialmente
cerrado
para
Alemania.
Y si la
selección
de
versos
de
Valéry
que
intentó
Rilke no
ha
conseguido
nada de
lo
logrado
por la
gran
obra
traductora
de
George o
también
acaso
por la
traducción
de
Swinburne
por
Borchardt,
la razón
de ello
no es
sola la
ruda
hostilidad
del
objeto.
(...)
como es
sabido,
la obra
de
Valéry
no
consta
sola de
lírica,
sino
también
de
prosa,
prosa de
naturaleza
verdaderamente
cristalina
y que se
mueve
provocativamente
por el
estrecho
filo
entre la
conformación
artística
y la
reflexión
sobre el
arte.
Hay en
Francia
jueces
muy
competentes.
Gide
entre
ellos,
que
conceden
a esta
parte de
la obra
de
Valéry
mayor
peso que
a la
otra. En
Alemania
no ha
sido
apenas
conocida
tampoco
ella,
hasta
hoy, si
se
exceptúa
a
Monsieur
Teste y
Eupalinos.
Y si en
esta
ocasión
me
propongo
hablar
de uno
de sus
libros
de prosa
no es
sólo por
conseguir
un poco
de
resonancia,
que no
necesita
mendigar,
para el
célebre
nombre
de un
autor
prácticamente
desconocido
en
Alemania,
sino
también
y sobre
todo por
atacar
con la
fuerza
real que
alienta
su obra
la
rígida
antítesis
entre
arte
comprometido
o
engangé
y arte
puro.
Esta
antítesis
es un
síntoma
de la
peligrosa
tendencia
a la
estereotipia,
el
pensamiento
en
fórmulas
rígidas
y
esquemáticas,
que hoy
produce
en todas
partes
la
industria
de la
cultura
y que ha
penetrado
también
hace
tiempo
en el
ámbito
de la
consideración
estética.
La
producción
amenaza
con
polarizarse
en los
estériles
administradores
de los
valores
eternos
por una
parte y
los
poetas
de la
desgracia
por
otra, de
los
cuales,
por
cierto,
llega a
no
saberse
a veces
si no
les
resultan
muy
agradables
los
campos
de
concentración
mismo,
como
lugares
de
encuentro
con la
nada.
Quería
mostrar
aquí el
histórico
y social
contenido
que
alienta
precisamente
en la
obra de
Valéry y
le evita
todo
precipitado
e
incorrecto
paso a
la
práctica;
querría
poner de
manifiesto
que la
insistencia
que se
concentra
en la
inmanencia
formal
de la
obra de
arte no
tiene
necesariamente
que ver
con el
elogio
de ideas
imprescindibles,
pero ya
dañadas,
y que en
un arte
tal y en
el
pensamiento
que se
alimentó
de él y
le
equivale
puede
manifestarse
un saber
de las
transformaciones
que
apuntan
ansiosa
y
premeditadamente
a las
transformaciones
del
mundo,
que
llegan
con ello
casi a
perder
el peso
mismo
del
mundo
que se
trata de
transformar.
El libro
al que
me
refiero...es
Tanz,
Zeichnung
und
Degas.
(Danza,
dibujo y
Degas,)...Envidia
produce
la
capacidad
que
tiene
Valéry
de
formular
juguetonamente,
sin
peso,
las
experiencias
más
sutiles
y
difíciles,
según el
programa
que él
mismo se
pone al
principio
del
libro
sobre
Degas:
"Al modo
como un
lector
algo
distraído
pasea el
lápiz
por los
márgenes
del
libro y
esboza,
por su
distracción
y por el
humor
del
lápiz,
figurillas
o
arabescos
indefinidos
junto al
texto
impreso,
así me
propongo
escribir
lo que
sigue,
según
ocurrencia
y
capricho,
al
margen
de este
par de
estudios
de Edgar
Degas.
Adjunto
a esas
figuras
un poco
de texto
que no
es
necesario
leer, o
que, al
menos,
no tiene
por que
ser
leído de
un
tirón, y
que no
tiene,
por lo
demás,
sino una
laxa
conexión
con esos
dibujos,
o aun
más que
no está
en
ninguna
relación
directa
con
ellos".
(... )
No
considero
tarea
mía
hablar
de Degas
ni
tampoco
me
siento a
la
altura
de una
tal
tarea.
Los
pensamientos
de
Valéry a
los que
sí
quiero
en
cambio
referirme
rebasan
todos el
tema del
pintor
impresionista.
Pero sin
pensamientos
conseguidos
gracias
a esa
proximidad
al
sujeto
artístico
de que
sólo es
capaz
aquel
que
produce
él mismo
con
responsabilidad
extrema.
La
comprensión
grande
del arte
se debe
o bien,
en
absoluta
distancia
a la
consecuencia
del
concepto,
no
perturbado
por lo
que
suele
llamarse
de arte
- y tal
es el
caso de
Kant o
de
Hegel-,
o bien,
en
absoluta
proximidad,
a la
actitud
de aquel
que se
encuentra
él mismo
entre
bastidores,
no es
público,
sino que
"co-realiza"
la obra
de arte
bajo el
aspecto
del
hacer,
de la
técnica.
El
entendido
en arte,
el
hombre
que
penetra
en él
por
Einfuhlung,
el
hombre
de
gusto,
está por
lo menos
hoy, y
probablemente
siempre,
en
peligro
de errar
las
obras de
arte por
rebajarlas
a
proyecciones
de su
accidentalidad,
en vez
de
someterse
a su
disciplina
objetiva.
Valéry
ofrece
el caso
casi
único
del
segundo
tipo, de
aquel
que sabe
de la
otra de
parte
por
métier,
por el
preciso
proceso
de
trabajo,
pero en
el cual
al mismo
tiempo
ese
proceso
refleja
tan
felizmente
que se
transmuta
en
comprensión
teórica,
en
aquella
buena
generalidad
que no
pierde
lo
singular,
sino que
lo
conserva
en sí y
lo lleva
a
presencia
vinculatoria
gracias
al
propio
movimiento.
Valéry
no
filosofa
sobre
arte
sino que
rompe y
penetra
la
ceguera
del
artefacto
a través
de una
nueva
consumación,
como
cerrada,
de la
formación
artística
misma.
Así
expresa
algo de
la
obligación
que pesa
hoy
sobre
toda
filosofía
consciente
de sí
misma,
la
obligación
que, en
el polo
opuesto,
el
concepto
especulativo,
que fue
alcanzada
en
Alemania
por
Hegel
hace
ciento
cuarenta
años. El
principio
de l'art
pour
l'art,
exacerbado
hasta la
consecuencia
extrema,
se
trasciende
con
Valéry a
sí
mismo,
según la
frase de
las
Wahlverwandtschaften
para lo
cual
todo lo
que es
en su
especie
perfecto
alude a
más allá
de su
especie.
La
consumación
del
proceso
espiritual
rigurosamente
inmanente
a la
obra de
arte
misma
significa
al mismo
tiempo
superación
de la
ceguera
y la
parcialidad
de la
obra de
arte. No
es
casual
que el
el
pensamiento
de
Valéry
haya
girado
repetidamente
en torno
de
Leonardo
da
Vinci,
en el
cual se
pone sin
mediación,
al
principio
de la
época,
precisamente
aquella
identidad
que al
final de
ella, y
a través
de cien
mediaciones,
encuentra
en
Valéry
su mas
significativa
autoconciencia.
La
paradoja
por la
cual se
ordena
la obra
entera
de
Valéry,
y que se
anuncia
también
constantemente
en el
libro
sobre
Degas,
es
precisamente
que con
toda
manifestación
artística
y en
todo
conocimiento
de la
ciencia
lo
mentado
es el
hombre
entero y
el todo
de la
humanidad,
pero que
esa
intención
no puede
realizarse
si no es
mediante
una
división
del
trabajo
olvidada
de su
misma y
exacerbada
hasta el
sacrificio
de la
individualidad,
hasta la
entrega
y
pérdida
del
hombre
individual
en cada
caso.
No soy
el que
arbitrariamente
introduzco
por
interpretación
estos
pensamientos
en
Valéry.
"Lo que
llamo
'arte
grande'
es, en
una
palabra,
el arte
que
reclama
despóticamente
para sí
todas
las
capacidades
de un
hombre,
y cuyas
obras
son
tales
que
todas
las
capacidades
de otro
hombre
tiene
que
sentirse
llamadas
y tienen
que
ponerse
a
contribución
para
poder
entenderlas..."
Y esto
también
se exige
del
artista
mismo
como una
oscura
mirada
de reojo
histórico-filosófica,
y acaso
precisamente
recordando
a
Leonardo:
"Más de
uno se
preguntará
aquí qué
importa
eso. Yo
por mi
parte
creo que
es lo
suficientemente
importante
que la
producción
de la
obra de
arte
intervenga
el
hombre
entero.
Pero,
¿cómo es
posible
que lo
que hoy
se cree
sin más
correcto
descuidar
se
tomara
en otro
tiempo
como tan
importante?
Un
aficionado,
un
entendido
de la
época de
Julio II
o de
Luis XIV
se
asombraría
mucho si
supiera
que casi
todo lo
que a él
le
pareciera
esencial
en la
pintura
hoy no
sólo se
descuida,
sino que
resulta
del todo
irrelevante
para las
intenciones
del
pintor,
y para
las
exigencias
del
público.
Aún más;
cuanto
más
refinado
es ese
público,
tanto
mas ha
progresado,
lo que
quiere
decir:
tanto
más
lejos
está de
aquellos
anteriores
ideales.
Pero de
lo que
así se
va
alejando
es del
hombre
entero.
El
hombre
pleno se
extingue".
Dejemos
de lado
el si la
expresión
'hombre
pleno',
que
suscita
penosas
asociaciones,
ofrece
traducción
adecuada
de lo
mentado
por
Valéry;
en todo
caso, la
expresión
apunta
al
hombre
indiviso,
a aquel
hombre
cuyos
modos de
reacción
y cuyas
capacidades
no han
sido
disociadas
ellas
mismas
según el
esquema
de la
división
social
del
trabajo,
enajenadas
las unas
de las
otras,
cuajadas
en
funciones
utilizables.
Pero
Degas,
cuya
insatisfactibilidad
en
materia
de
exigencia
consigo
mismo
desemboca,
según
Valéry,
en esa
idea del
arte, no
se
presenta,
a pesar
de ello,
en las
páginas
del
poeta
como
genio
universal,
según es
sabido,
en la
plástica,
sino que
también
escribió
sonetos
que
dieron
lugar a
curiosas
controversias
con
Mallarmé.
Valéry
dice de
él:"El
trabajo,
el
dibujo,
se
convirtieron
para él
en
pasión,
en
rigurosos
ejercicio,
en
objeto
de una
mística
y de una
ética
autosuficientes,
en
suprema
intención
que
suprimía
en
resolución
toda
obra, en
impulso
para
tareas
precisas
y nunca
resuelta
que le
liberaban
de
cualquier
otra
curiosidad.
Era
especialista
y quería
serlo en
un
ámbito
que
puede
exacerbarse
hacia
una
cierta
universalidad".
Esta
exacerbación
de la
especialización
hasta la
universalidad,
la
desmedida
intensificación
de la
producción
según la
división
del
trabajo,
contiene
según
Valéry
el
potencial
de una
contraofensiva
posible
contra
aquella
decadencias
de las
fuerzas
humanas
-en el
reciente
lenguaje
de
psicologia
se
diría:
contra
aquella
debilitación
del yo-
por la
que se
interesa
la
especulación
de
Valéry.
Este
reproduce
una
manifestación
de Degas
cuando
tenía
diecisiete
años:
"Hay que
tener
una
opinión
alta no
tanto de
aquello
que se
está
haciendo
por el
momento,
sino más
bien de
lo que
un día
se habrá
por
hacer;
sin esto
no vale
la pena
trabajar".
Valéry
lo
interpreta
así: "De
este
modo
habla el
orgullo
auténtico,
contraveneno
de toda
vanidad.
Del
mismo
modo que
el
jugador
medita
febrilmente
sobre
sus
partidas,
se ve
acosado
de noche
por el
fantasma
del
tablero
de
ajedrez
o de la
mesa de
juego,
en la
que caen
las
cartas,
por
combinaciones
tácticas
y
soluciones
tan
apasionantes
como
nulas,
así
también
el
artista
que lo
es
esencialmente.
Un
hombre
que no
sea
acosado
constantemente
por una
presencia
tan
violentamente
consumadora
es un
hombre
sin
destino:
tierra
en
barbecho.
El amor,
sin
duda, y
la
ambición,
lo mismo
que la
codicia,
exigen
mucho
espacio
en una
vida
humana.
Pero la
presencia
de un
fin
seguro y
la
certeza,
con él
ligada,
de que
esa meta
se
encuentra
cerca o
lejos,
alcanzada
o no
alcanzada,
ponen
determinados
límites
a esas
pasiones.
En
cambio,
el deseo
de crear
algo, de
lo que
nazca un
poder o
una
perfección
mayores
de lo
que
nosotros
mismos
esperamos
de
nosotros
aleja
infinitamente
al
objeto
en
cuestión,
que se
escapa y
se niega
en todo
momento
terreno.
Cualquier
progreso
por
nuestra
parte lo
aleja
tanto
como lo
embellece.
La idea
de
dominar
un día
completamente
la
técnica
de un
arte, la
idea de
encontrarse
alguna
vez en
situación
de
disponer
de sus
medios
tan sin
esfuerzo
como se
dispone
del uso
normal
de los
sentidos
y de los
miembros,
es uno
de esos
deseos a
los
cuales
ciertos
hombres
tienen
que
reaccionar
con una
tenacidad
infinita,
con
esfuerzos,
ejercicios
y
tormentos
infinitos".
Y Valéry
resume
la
paradoja
de la
especialización
universal:
"Flaubert,
Mallarmé,
cada uno
en su
campo y
a su
modo,
son
ejemplos
literarios
de la
plena
consunción
de una
vida al
servicio
de la
exigencia
imaginarias
y
omnicomprensiva
que
pusieron
en el
arte de
escribir".
Me será
permitido
recordar
mi
afirmación
que
atribuye
al
sospechoso
artista
y esteta
Valéry
más
profunda
comprensión
de la
esencia
social
del arte
que a la
doctrina
de la
aplicación
práctico-política
inmediata
del
mismo.
Esa
afirmación
está
ahora
robustecida.
Pues la
teoría
de la
obra de
arte
comprometida
o
engagée
tal como
hoy
circula
por
todas
partes,
se
coloca
por
encima-
sin
verlo-
del
hecho,
ineliminables
en la
sociedad
del
trueque,
de la
extrañación
entre
los
hombres
así como
entre el
espíritu
objetivo
y la
sociedad
que él
expresa
y juzga.
Esa
teoría
pretende
que el
arte
hable
directamente
a los
hombre,
como si
en un
punto de
universal
mediación
fuera
posible
realizar
inmediatamente
lo
inmediato.
Con ello
precisamente
degrada
palabra
y forma
a nivel
de meros
medios,
a
elementos
del
contexto
de
influencia,
a
manipulación
psicológica,
y mina
la
coherencia
y la
lógica
de la
obra de
arte, la
cual no
puede ya
desarrollarse
según la
ley de
la
propia
verdad,
sino que
tiene
que
seguir
la línea
de
mínima
resistencia
de los
consumidores.
Valéry
es
actual,
y es
precisamente
lo
contrario
de ese
esteta
en que
lo ha
convertido
el
vulgar
prejuicio,
pues
contraponen
al
espíritu
corto y
pragmático
la
exigencia
de la
cosa
inhumana,
y ello
por amor
de lo
humano.
Y que la
división
del
trabajo
no puede
eliminarse
por su
mera
negación,
que el
frío del
mundo
racionalizado
no puede
eliminarse
por
irracionalidad
decretada,
esto es
una
verdad
social
demostrada
del modo
más
palpable
por el
fascismo.
Sólo por
un más,
por un
suplemento,
de
razón,
no por
un
menos,
pueden
sanar
las
heridas
inferidas
por el
instrumento
razón al
todo "no
racional"
de la
humanidad.
Y en
todo
esto
Valéry
no ha
asumido
ingenuamente
la
posición
de
artista
solitario
y
alienado,
no ha
hecho
abstracción
de la
historia,
no se ha
hecho
ilusiones
acerca
del
proceso
social
que
terminó
en esa
alienación.
Contra
los
arrendatarios
de la
intimidad
privada,
contra
la
astucia
que
tantas
veces ha
probado
su
función
de
mercado
al hacer
el
pregón
de aquel
que, con
toda
pureza,
no mira
ni a
derecha
ni a
izquierda,
cita
Valéry
una
hermosa
frase de
Degas:
"Este es
uno más
de esos
eremitas
que
saben a
qué hora
sale el
próximo
tren",
Con toda
dureza,
sin el
menor
añadido
ideológico,
con una
desconsideración
que no
sería
capaz de
conseguir
ningún
teórico
de la
sociedad,
Valéry
proclama
la
contradicción
del
trabajo
artístico
como tal
con las
condiciones
sociales
de la
producción
material
hoy
dominantes.
Como
Karl
August
Jochmann
más de
cien
años
antes en
Alemania,
Valéry
acusa al
arte de
arcaísmo:
"A veces
se me
ocurre
la idea
de que
el
trabajo
del
artista
sea un
trabajo
de
naturaleza
arcaica;
y el
artista
mismo
algo
sobrepasado;
un
individuo
perteneciente
a una
clase
agonizante
de
trabajadores
o
artesanos
que
realiza
trabajo
a
domicilio
según
métodos
y
experiencias
muy
personales,
que vive
en
familiar
confusión
con sus
instrumentos,
sin
tener
ojos
para lo
que le
rodea,
sin ver
más que
lo que
quiere
ver, que
pone al
servicio
de sus
fines
ollas
rotas,
trastos
caseros
y otras
cosas,
mas
superfluas
en sí...
¿Cambiará
alguna
vez esa
situación?
¿Se verá
un día,
en lugar
de ese
extraño
ser que
utiliza
instrumentos
tan
dependientes
de la
casualidad,
un
caballero
cuidadosamente
vestido
de
blanco,
con
guantes
de goma,
en un
laboratorio
de
pintura,
trabajando
según
horario
estricto,
disponiendo
de
aparatos
rigurosamente
especializados
y de
selectos
instrumentos,
con cada
cosa en
su
sitio,
con
precisa
aplicación
para
cada
útil?...Por
el
momento,
ciertamente,
la
casualidad
no ha
sido aún
eliminada
de
nuestro
hacer,
del
mismo
modo que
no lo ha
sido el
misterio
en la
técnica,
ni la
borrachera
por los
horarios
fijos;
pero no
garantizo
nada al
respecto".
Seguramente
podría
describirse
la
utopía
irónica
de
Valéry
como el
intento
de
mantenerse
fiel a
la obra
de arte
y
liberarla
al mismo
tiempo,
por la
modificación
del
procedimiento,
de la
mentira
que hoy
parece
afectar
a todo
arte, y
especialmente
a la
lírica,
que se
mueve
bajo las
dominantes
condiciones
tecnológicas.
El
artista
debe
transformarse
en
instrumento,
hacerse
incluso
cosa, si
no
quiere
sucumbir
a la
maldición
del
anacronismo
en medio
de un
mundo
cosificado.
Valéry
resume
el
proceso
en una
frase:
"El
artista
destaca
y se
retira,
se
inclina
unas
veces
hacia
ese
lado,
otras
hacia el
otro,
lanza
miradas,
se
comporta
como si
su
cuerpo
entero
no fuera
más que
instrumento
auxiliar
de sus
ojos, y
como si
él mismo
no
fuera,
desde la
coronilla
hasta
los
pies,
más que
instrumento
al
servicio
del
enmarcar,
puntear,
rayar,
precisar".
Con esto
empieza
Valéry
su
ataque a
esa
noción
infinitamente
difusa
de la
esencia
de la
obra de
arte
que,
según el
modelo
de la
propiedad
privada,
le
atribuye
a aquel
que lo
ha
conseguido.
Mejor
que
cualquier
otro
sabe
Valéry
que el
artista
no
"pertenece"
sino lo
mínimo
de sus
formaciones;
que en
verdad
el
proceso
artístico
de
producción,
y con
ello
también
el
despliegue
de la
verdad
contenida
en la
obra de
arte,
tiene la
rigurosa
forma de
una
legalidad
impuesta
por la
cosa, y
que
frente a
eso la
cantada
libertad
creadora
del
artista
no tiene
apenas
peso. En
esto
coincide
Valéry
con otro
artista
de su
generación,
tan
consecuente
como él,
tan
incómodo
como él
- Arnold
Schonberg-,
que
todavía
en su
último
libro,
Style
and
Idea,
expone
que la
gran
música
consiste
en la
satisfacción
de "obligations",
obligaciones
que el
compositor
contrae
por así
decirlo
con la
primera
nota que
escribe.
Con el
mismo
espíritu
dice
Valéry:
"En
todos
los
terrenos
el
hombre
verdaderamente
fuerte
es el
que
mejor
comprende
que no
se le
regala
nada,
que todo
tiene
que
hacerse,
comprarse;
el
hombre
que
tiembla
cuando
no nota
resistencias;
el que
se las
pone a
sí
mismo...
En este
hombre
la forma
es una
decisión
fundada".
En la
estética
de
Valéry
impera
una
metafísica
de lo
burgués.
Al final
de la
época
burguesa
Valéry
quiere
limpiar
al arte
de la
tradicional
maldición
de su
insinceridad,
hacerlo
honesto.
Espera
de él
que
pague
sus
deudas,
las
deudas
en que
cae
inevitablemente
toda
obra de
arte al
ponerse
como
real sin
ser
real.
Está
permitido
dudar de
que la
concepción
de la
obra de
arte
propia
de
Valéry y
de
Schonberg,
trazada
según el
modelo
del acto
mercantil
de
trueque,
obedezca
a la
entera
verdad,
o si no
está más
bien
sometida
aquella
constitución
de la
existencia
, no
colaborar
con la
cual
exige, a
pesar de
ello, la
concepción
de
Valéry.
Pero a
pesar de
todo hay
un
elemento
liberador
en la
autoconciencia
que
finalmente
el arte
burgués
logra de
sí mismo
como
burgués
en
cuanto
se toma
en serio
como la
realidad
que no
es. Lo
cerrado
de la
obra de
arte, la
necesidad
de su
propio
sello,
tiene
que
sanarla
de la
accidentalidad
por la
cual se
encuentra
a
remolque
de la
constricción
y del
peso de
lo real.
La
afinidad
de la
filosofía
del arte
de
Valéry
con la
ciencia,
y
también
su
afinidad
electiva
con
Leonardo,
debe
buscarse
en el
momento
de la
obligación
objetiva,
no en un
desdibujarse
de los
límites
de ambos
ámbitos.
Su
subrayar
técnica
y
racionalidad
frente a
la mera
intuición
que se
trata de
integrar;
su
destacar
el
proceso
diferente
a la
obra ya
lista
para
siempre:
todo eso
no puede
entenderse
del todo
sino
sobre la
base del
trasfondo
del
juicio
de
Valéry
acerca
de las
amplias
tendencias
de
desarrollo
del arte
más
reciente.
En este
arte
percibe
Valéry
una
retirada
de las
fuerzas
constructivas,
una
entrega
a la
receptividad
sensible
-en una
palabra
y en
verdad,
la
debilitación
de las
fuerzas
humanas,
del
objeto
total al
que
Valéry
refiere
todo
arte.
Las
palabras
que,
como en
despedida,
dedica a
la
poesía y
a la
pintura
de la
obra
impresionista
podrán
acaso
entenderse
en
Alemania
del
mejor
modo si
se
aplican
a
Richard
Wagner y
Strauss,
cuya
ficha,
por así
decirlo,
trazan
involuntariamente.
"Una
descripción
se
compone
de
frases
que, en
general,
pueden
intercambiarse
unas por
otras;
puedo
describir
una
habitación
por
medio de
una
serie de
frases
cuya
sucesión
es más o
menos
irrelevante.
La
mirada
vaga
como
quiere.
Nada es
más
natural
ni más
cercano
a la
¡verdad
que ese
libre
vagar,
pues...la
verdad
es lo
dado por
la
casualidad...Pero
si esa
aproximación
sin
vinculación,
junto
con la
costumbre
de
ligereza
que de
ella
resulta,
empieza
a
predominar
en las
obras,
es
posible
que
acabe
por
llevar
al
escritor
a
renunciar
a toda
abstracción,
del
mismo
modo que
ahorrará
al
lector
todo
deber,
por
mínimo
que sea,
de
atención
para
hacerlo
exclusivamente
repetido
por
efectos
momentáneos,
por la
convincente
violencia
del
shock...Este
modo de
creación
artística,
sin duda
defendible
en
principio
y al que
debemos
tantas
cosas
hermosas,
lleva de
todos
modos,
igual
que el
abuso
hecho
del
paisaje,
a una
debilitación
de la
espiritualidad
del
arte". Y
casi a
continuación
y aún
más
radicalmente:
"El arte
moderno
busca
casi
exclusivamente
la
explotación
de la
faz
sensible
de
nuestra
capacidad
receptiva,
a costa
de la
sensibilidad
general
o
anímica,
a costa
de
nuestras
fuerzas
constructivas,
así como
de
nuestra
capacidad
de sumar
intervalos
de
tiempo
para
realizar
transformaciones
con la
ayuda
del
espíritu.
Es un
arte que
sabe muy
bien
suscitar
atención
y que
aplica
todos
los
medios
para
conseguirla:
tensiones
exacerbadas,
contrastes,
enigmas,
sorpresas.
A veces
consigue
botines
preciosos,
gracias
a sus
sutiles
procedimientos
o a la
audacia
de la
ejecución:
situaciones
muy
complicadas
o muy
fugaces,
valores
irracionales,
sensaciones
en
germen,
resonancias,
concordancias,
premoniciones
de
incierta
profundidad...pero
todas
estas
conquistas
tiene
que
pagarse".
Aquí se
descubre
por fin
completamente
el
contenido
en
verdad
social
de
Valéry.
Valéry
pone la
antípoda
a las
modificaciones
antropológicas
ocurridas
bajo la
cultura
de masas
de la
era
industrial
tardía,
dominada
por
regímenes
totalitarios
o trust
gigantescos,
y que
reduce a
los
hombres
a mero
aparatos
de
recepción,
a puntos
referenciales
de
conditioned
reflexes
y
prepara
así la
situación
de ciego
dominio
y nueva
barbarie.
El arte
que él
muestra
a los
hombres,
tal como
éstos
son,
significa
fidelidad
a la
imagen
posible
del
hombre.
La obra
de arte
que
exige lo
sumo,
tanto de
la
propia
lógica y
de la
propia
concordancia
cuanto
de la
concentración
del que
la
recibe,
es para
Valéry
símbolo
del
sujeto
dueño y
consciente
de sí
mismo,
de aquel
que no
capitula.
No
casualmente
cita con
entusiasmo
una
declaración
de Degas
contra
la
resignación.
Su obra
entera
es toda
ella una
protesta
contra
la
mortal
tentación
de
hacerse
las
cosas
fáciles
renunciando
a la
felicidad
total y
a la
verdad
entera.
Mejor
perecer
en lo
imposible.
El arte
densamente
organizado,
articulado
sin
lagunas
y
sensualizado
precisamente
por su
fuerza
de
conciencia,
ese arte
que
busca
Valéry,
es
apenas
realizable.
Pero ese
arte
encarna
la
resistencia
contra
la
presión
indecible
que el
mero
ente
ejerce
sobre lo
humano.
Ese arte
está en
representación
de
aquello
que
podríamos
ser. No
atontarse,
no
dejarse
engañar,
no
colaborar:
tales
son los
modos de
compartamiento
social
que se
decantan
en la
obra de
Valéry,
la obra
que se
niega a
jugar el
juego
del
falso
humanismo,
del
acuerdo
social
con la
degradación
del
hombre.
Construir
obras de
arte
significa
para él
negarse
al opio
en el
que se
ha
convertido
el gran
arte de
los
sentidos
desde
Wagner,
Baudelaire
y Manet;
defenderse
de la
humillación
que hace
de las
obras,
medios y
de los
consumidores
víctimas
del
tratamiento
psicotécnico.
Se trata
del
derecho
social
del
Valéry
etiquetado
como
esotérico,
se trata
de
aquello
con lo
cual su
obra
afecta a
cada
cual,
incluso
y
precisamente
porque
desprecia
repetir
las
palabras
de
nadie.
Pero
estoy
esperando
ahora
una
objeción
y no
querría
tomarla
ligera y
despectivamente.
Puede
preguntarse
en
efecto
si la
obra y
en la
filosofía
de
Valéry,
después
de lo
que ha
pasado
desde
entonces
y en
vista de
lo que
aún
amenaza,
no está
desmedidamente
sobrestimado
el arte;
si no
pertenece
por eso
mismo y
a pesar
de lo
demás a
ese
siglo
XIX cuya
estética
limitación
percibí
tan
claramente.
Puede
preguntarse
además
si, a
pesar
del giro
objetivo
que da a
la
interpretación
de la
obra de
arte,
Valéry
no
concede
una
metafísica
del
artista,
a la
manera,
por
ejemplo,
de
Nietzsche.
No me
atreveré
a
decidir
si
Valéry,
o
Nietzsche
también,
han
sobreestimado
el arte.
Pero sí
que,
para
terminar,
querría
decir
algo
acerca
de la
cuestión
de la
metafísica
del
artista.
El
sujeto
estético
de
Valéry-
trátese
de él,
de
Leonardo,
o de
Degas
-no es
sujeto
en el
primitivo
sentido
del
artista
que se
expresa.
Toda la
concepción
de
Valéry
se
resuelve
contra
esa
noción,
contra
la
entronización
del
genio,
tal como
ésta
arraiga,
profundamente,
en la
estética
alemana
sobre
todo
desde
Kant y
Schelling.
Lo que
Valéry
exige al
artista,
la
autolimitación
técnica,
el
sometimiento
a la
cosa, no
tiende a
la
limitación,
sino a
la
ampliación.
El
artista
portador
de la
obra de
arte no
es el
individuo
que en
cada
caso la
produce,
sino que
por su
trabajo,
por su
pasividad
actividad,
el
artista
se hace
lugarteniente
del
sujeto
social y
total.
Sometiéndose
a la
necesidad
de la
obra de
arte, el
artista
elimina
de esto
todo lo
que
pudiera
deberse
pura y
simplemente
a la
accidentalidad
de su
individuación.
En tal
lugartenencia
del
sujeto
social
total,
de ese
hombre
entero y
sin
dividir
al que
apela la
idea de
lo bello
de
Valéry,
queda
pensada
también
una
situación
que
extirpe
el
destino
de la
ciega
soledad
individual,
una
situación
en la
que
finalmente
el
sujeto
total se
realice
socialmente.
El arte
que
llega a
sí mismo
en la
consecuencia
de la
concepción
de
Valéry
rebasaría
el arte
y se
consumaría
en la
vida
recta de
los
hombres.
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