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La
vieja, o tal vez habría que decir la
anciana, tenía un aspecto digno y algo
mamarracho, sombrerito tipo budinera,
florcitas en el sombrero, y voz de
abuela a quien se le perdió el tejido.
Con esa voz le preguntó a Villari por
la calle Victoria. En realidad, dice que
pensó Villari, no era una vieja ni
mucho menos una anciana; era una
viejita.
-Perdón -dijo ausente Villari-. La
calle qué.
Desde que había salido de su
departamento del Once, Villari andaba
distraído, aunque ésa tampoco era la
palabra; lo que tenía esa noche era un
humor de perros. Era carnaval. Había en
Buenos Aires una de esas neblinas
nocturnas que parecen estar hechas de
espuma de jabón y monóxido de carbono.
Un rato antes había estado mirando en
la plaza el mausoleo horrendo de
Rivadavia y había sentido que Buenos
Aires es una ciudad imposible. Me
describió a unas lamentables mascaritas
que se arrastraban por la recova. Me
dijo que pensó en Ezequiel Martínez
Estrada. Villari no tenía ningún pudor
en confesar que miraba la realidad a
través de sus lecturas. Cómo puede
ser, me dijo, cómo puede ser que el
Viejo haya escrito esa estupidez
espantosa sobre el mausoleo. Yo
reconocí que ignoraba ese texto
erróneo y me resigné a que me lo
recitara; demasiadas veces había
comprobado que la memoria de Villari es
prodigiosa y textual.
La conversación derivó entonces hacia
cauces más normales, lo que también es
una manera de decir, ya que
difícilmente se le puede llamar normal
a lo que vino después.
-Victoria -repitió la abuela-. La calle
Victoria.
-Como sabrás -me dijo Villari-, la
calle Victoria no existe. Se llamaba
Victoria, o de la Victoria, creo que a
causa de las Invasiones Inglesas. Hoy se
llama Hipólito Yrigoyen. Debe hacer
cien años que se llama así.
Yo le dije que en efecto lo sabía, pero
no le aclaré que su idea del pasado
remoto no coincide con mi experiencia.
Villari me tutea pero tiene veinticinco
años menos que yo. Yo nací en la
década del treinta. Guardo un vago
recuerdo de que, en mi infancia, había
un cinematógrafo al que me llevaba mi
tía, y que ese lugar inolvidable y casi
sagrado quedaba precisamente en una
calle arbolada que todavía se llamaba
Victoria. No sería nada raro que en esa
salita yo haya visto Ciudad de conquista
o Gunga-Din. Claro que la generación de
Villari es muy posterior a estas
perfecciones de la melancolía. Ellos
nacieron con el tecnicolor y la pantalla
panorámica, y cuando terminaron de
crecer ya ni siquiera quedaban salas de
cine en los barrios de Buenos Aires.
Cuando tengan mi edad apenas si va a
existir lo que yo llamo Buenos Aires.
-Y cuál era el problema, Villari -le
pregunté-. Probablemente la viejita era
centenaria y un poco arteriosclerótica.
Los viejos recuerdan el pasado pero
suelen olvidar si comieron hace diez
minutos. O a lo mejor era una disfrazada
y te estaba tomando el pelo.
-No era ninguna disfrazada -dijo con
repentina seriedad Villari-. Tampoco me
estaba tomando el pelo.
En resumen, que Villari tenía una
historia para mí. Me gustan mucho las
historias de este muchacho. Nunca pasa
nada en ellas pero las cuenta con
detalles realistas y sus acotaciones son
bastante buenas. Ha leído en inglés a
los escritores norteamericanos y trabaja
en un diario. Eso fomenta, me parece a
mí, su tendencia a suponer que
cualquier cosa es interesante por el
mero hecho de que haya sucedido.
De modo que lo invité a tomar un café
en Las Violetas y le dije que me
contara.
La historia no era una típica historia
de Villari, y esto, creo, era lo que lo
desconcertaba a él mismo mientras la
refería. Era una historia rara,
imprecisa, que abundaba en vaguedades y
rodeos. Volvió a insistir con las
máscaras, con la neblina. Tenía, me
dijo y se corrigió, había tenido
durante toda la noche, desde el instante
mismo en que salió de su departamento,
la sensación de estar en otra parte.
Por supuesto, sí, ahí se veían los
quioscos del Once, las putas de quince
años con sus cafishios de veinte
-Villari no tiene una idea piadosa de la
realidad, debo escribirlo-, ahí estaban
los salones bailables de la recova, con
sus chaqueños y sus coreanos y sus
paraguayos, pero era como si estuvieran
allí por compromiso, y eran muchos
menos que de costumbre, se veían
borrosos a causa de la neblina, como
superpuestos a las mascaritas. El
carnaval en Buenos Aires es una cosa
horrible, de acuerdo, pero un carnaval
con dominós, en la década del noventa,
es para desorientar a cualquiera.
-¿Dominós?
-Y colombinas -dijo Villari-. Dominós y
colombinas y hasta pierrots.
Ellos habían caminado una cuadra por
Rivadavia, hasta Alberti, y doblaron
hacia la derecha. En la esquina de
Hipólito Yrigoyen Villari le dijo a la
abuela que ahí tenía su calle. Ella lo
miró con desconfianza, o tal vez con un
vago temor, y le dijo que no le parecía
que ésa fuera la calle Victoria. Él
iba a contestarle que en realidad no lo
era, que en realidad esa calle se
llamaba Yrigoyen, pero, según me
confesó, sintió dos cosas. Un poco de
lástima y, al mismo tiempo, algo que se
parecía bastante al desconcierto de la
vieja. Le preguntó a qué altura iba y
ella se lo dijo. Eso era dos o tres
cuadras hacia el Sur, me informó
Villari, y yo me sorprendí de la
referencia astronómica. El Sur. Villari
no había dicho dos o tres cuadras hacia
Congreso o hacia el centro, sino hacia
el Sur, como si las palabras de su
narración fueran derivando hacia el
anacronismo, hacia un Buenos Aires más
antiguo, que era precisamente lo que él
había sentido mientras caminaron esas
dos o tres cuadras, aunque la palabra
sentir, decía Villari, incapaz de
sobreponerse a las precisiones
literarias, fuera un poco excesiva.
Porque no se trataba siquiera de un
sentimiento, era una sensación, como la
de estar deslizándose por la noche
hacia un lugar querible y remoto, pero
no remoto en el espacio, no lejano de se
modo, y me miró.
-Como en los sueños -dije yo.
-No seas trivial -dijo Villari-. Los
sueños no tienen nada que hacer acá.
Tu generación sueña. Ustedes se
pasaron la vida soñando, y así les
fue, en la vida y en los libros. Yo no
sueño nunca. Eso no era un sueño. La
viejita estaba ahí, a mi lado, de carne
y hueso, con su sombrerito florido. Me
llevaba del brazo y hablaba no recuerdo
de qué, pero sé que me hablaba y que
parecía irse poniendo contenta a medida
que nos acercábamos a la casa de los
balcones.
-La casa tenía balcones -dije yo.
-Tres balcones. Tres balcones en el
primer piso.
-Una casa de altos -dije yo
-Exacto -dijo Villari.
-Una casa de altos con tres balcones que
daban sobre la calle Victoria -dije yo.
Villari no pareció notar mi ironía.
Dijo que sí, como si no advirtiera que
la expresión casa de altos era una
antigüedad, un giro que él, a sus
años, ni siquiera habría debido
comprender del todo; como si no
advirtiera que yo acababa de instalar
definitivamente, en su historia, una
calle empedrada y arbolada, calle en la
que Villari pudo ver brillar esa noche,
de no ser por la niebla, los rieles de
tranvías que han dejado de traquetear
por Buenos Aires desde antes que él
naciera. Lo alenté a hablar mientras
pensaba que el muchacho no tenía un
idea muy clara de lo que verdaderamente
me estaba contando. Imaginé, por mi
cuenta, los sonidos lejanos de unas
matracas, las risas y la bulla apagada
de un corso, y creo que me distraje
demasiado en unas vagas especulaciones
sobre el romanticismo incurable de estos
chicos, tan realistas, a la hora de
extraviarse en ciertos atajos del tiempo
y caer en el desacreditado mundo de los
milagros. Cuando regresé de mí mismo,
Villari ya estaba en uno de los balcones
conversando con un chica disfrazada de
dama antigua que no podía tener más de
veinte años. Detrás de ellos había un
gran salón donde señoras mayores y
caballeros de mostacho hablaban,
supongo, del asesinato de Wilkes o del
suicido de Lisandro de la Torre. Esto,
naturalmente, no me lo contó Villari,
esto es un aporte personal. Para Villari
aquello era una anómala fiesta de
disfraz, en una noche anómala, en una
casa de Buenos Aires donde había una
chica de ojos verdes peinada con
bandós, una chica que parecía ocuparlo
todo.
-No es que fuera hermosa -me dijo con
vehemencia Villari-. Era mucho más que
eso.
-Creo que te entiendo -le dije-. Era
algo así como la mujer que anduviste
buscando siempre. Suele pasar unas diez
o doce veces en la vida.
-Te habrá pasado a vos, que tenés como
cien años y sos un cínico. Pero a mí
es la primera vez que me pasó. Y
querés que te diga una cosa, sé que
fue también la última. Esa chica era
mi chica.
-Por favor, Villari, no me arruines la
historia. Hablá en argentino. Parecés
una mala traducción de una canción
norteamericana.
-Qué querés que diga, que esa mujer me
estaba destinada, que la vi y sentí que
la conocía desde antes de mi
nacimiento, que nadie puede entender la
locura esa del andrógino de Platón
hasta que se encuentra frente a su
propia mitad en un balcón de la calle
Hipólito Yrigoyen...
-Mejor no. Contalo como quieras. Pero te
recuerdo que la calle se llamaba
Victoria. En tu historia la calle
Hipólito Yrigoyen no existe.
-Ya sé que no existe, o te pensás que
soy tan idiota. Por supuesto que ahora
lo sé, pero en ese momento no lo
sabía. Y vos que sos tan inteligente
tampoco lo hubieras sabido. Yo estaba
con ella en ese balcón como estoy con
vos en esta mesa, su mano era más real
que esta mesa de mierda.
-Muy linda comparación, Villari.
-Es que vos me irritás. Vos no crees
una sola palabra de lo que yo te digo.
-No seas infantil. Me estás contando
este disparate precisamente porque
sabés que soy el único adulto en
Buenos Aires que puede creer una cosa
así, y tan mal contada. Describime
todo.
-¿Qué?
-Que me describas todo.
-Todo qué.
-Todo lo que viste, todo lo que pasó.
Describime los trajes, lo que veías
allá abajo en la calle. Cómo llegaste
a ese balcón con tu dama antigua, si
tenía un lunar pintando en la mejilla,
dónde quedó la viejita. Todo.
Le dije estas cosas porque Villari me
estaba contando su historia muy mal, sin
sus acostumbrados detalles y sin
acotaciones sorpresivas, rasgos que le
daban a sus anécdotas una vivacidad que
ésta, con ser bastante buena, no
tenía. Villari, sin compasión, ya me
había revelado casi todo lo que debió
dejar para el final. Pero él parecía
preocupado por otra cosa.
-Tenía un lunar -dijo Villari-. Cómo
sabés.
-No te asustes -le dije-. Por desgracia,
yo no vi nunca a tu chica. Lo que
quería averiguar es si estaba
disfrazada de Dama Antigua o de Madame
Pompadour.
-Vos sos medio loco -dijo Villari-.
Cómo llegué a ese balcón ya te lo
conté. Subimos la escalera con la
abuela y yo estaba en un salón.
-O sea que la abuela te invitó a subir.
-Por supuesto. Cuando entramos en el
recibo me miró por primera vez a plena
luz y pareció asombrada. Dijo que yo le
recordaba a alguien, entonces fue cuando
me invitó a subir. Lo raro es que yo
acepté. Era como si me mandara una
fuerza desconocida. Claro que todavía
no me daba cuenta de lo que pasaba.
-Y qué era lo que pasaba.
-No me tomes examen -dijo Villari-. En
ese momento no me daba cuenta pero ahora
lo sé perfectamente. -Hizo un pausa; lo
que iba a agregar de inmediato lo hacía
sentir avergonzado e incómodo. -De
acuerdo -dijo con una mirada que solo
puedo describir como desafiante-. De
acuerdo. Yo estaba en otra parte, en
otro tiempo. Me había deslizado como
por una grieta a un Buenos Aires de
cincuenta o sesenta años atrás. Como
en los dos Buenos Aires era carnaval, yo
no podía notarlo. Ella estaba
disfrazada, me refiero a la chica. Tal
vez iba a una fiesta o ese mismo salón
era la fiesta, porque allá en el fondo
me pareció ver una especie de
mosquetero y una gorda con alitas. Ella
estaba disfrazada pero las señoras
mayores y los bigotudos, no. Ellos
sencillamente vestían así. Nadie se
preocupó por mí cuando entré.
Seguramente pensaron, si es que yo
existía para ellos, que yo también
estaba disfrazado.
-No te quepa la menor duda, Villari. Yo
vivo con vos en la misma secuencia del
tiempo y también suelo pensarlo, no te
enojes.
Villari no se enojó. Creo que ni
siquiera me había oído. Se había
dejado ganar otra vez por la historia y
continuó hablando de la chica, de sus
ojos, de su pelo peinado en bandós.
No seguí escuchando con atención
porque era innecesario. Mal contada o
no, lo cierto es que la historia ya
estaba contada. Mientras me hablaba,
Villari pronunció la palabra burbuja o
esfera, y quería decir que el tiempo
que pasó con su dama antigua en ese
balcón había sucedido como dentro de
una burbuja que los apartaba de los
demás, un no-lugar donde el tiempo (la
vida, dijo Villari) transcurría en otra
dirección y donde, de alguna manera,
todo estaba permitido. Su cuerpo inició
el movimiento de acercarse a ella, o fue
el cuerpo de ella el que lo inició. El
caso es que se besaron, de un modo, a
juzgar por las palabras de Villari, en
el que participaban en igual medida el
asombro y la desesperación.
-Todo esto al minuto de haberse conocido
-dije yo por decir algo-. Todo esto a la
vista y paciencia de los habitantes de
la casa.
-La palabra minuto, en esa casa, no
significaba nada -dijo Villari-. Y los
demás estaban...
-Fuera de la burbuja.
-Exacto -dijo Villari-. Pero los de la
calle no.
Le pregunté qué quería decir con eso
y él, como si sólo ahora lo recordaba,
o tal vez ya estaba haciendo literatura,
dijo que hubo un momento, durante el
beso, en que un grupo de mascaritas o
una murga los aplaudió desde la vereda.
-Lo que rompió bruscamente el encanto
-dije yo.
-Qué va a romper el encanto -dijo
Villari-. Pobre de vos. ¿Te aplaudieron
alguna vez mientras besabas a un chica?
Confesé que no. En mi juventud la gente
elegía lugares más clandestinos para
demostrar sus sentimientos. Zaguanes,
plazas nocturnas, portones. También, de
ser posible, elegía chicas reales. Esto
último lo dije mientras llamaba al
mozo, esperando las palabras y la
reacción violenta de Villari. Sólo
adiviné las palabras:
-Ella era real -dijo a media voz-. Ella
era lo único real que me sucedió en mi
vida.
-¿Y después?
-Después nada. Después fue como una
película que se corta. Una película
mal empalmada. Yo estaba otra vez al pie
de la escalera y salí a la calle.
Doblé por Pichincha hacia Rivadavia. No
hace falta que me lo preguntes: no
había colombinas ni pierrots. Casi ni
había carnaval. Buenos Aires era la
misma porquería de siempre.
Llegó el mozo y pagué.
Cuando salíamos de Las Violetas le
pregunté a Villari como al pasar si,
mientras él estuvo en ese balcón,
había vuelto a ver a la abuela en
algún lugar de la casa. Villari no dio
muestras de entender mi pregunta. No se
daba cuenta de que la viejita y la chica
del balcón no pudieron estar juntas en
ningún momento. Casi le digo que él no
se había encontrado con su chica una
sola vez en la vida, sino dos veces, y
las dos veces en la misma noche. Que
ella y la viejita eran, por decirlo
así, la misma dama antigua y, lo que es
peor, que acaso su dama antigua todavía
andaba por Buenos Aires, vaya a saber
dónde pero en el mismo Buenos Aires de
Villari, sólo que octogenaria y
ataviada con un sombrerito tipo
budinera. Qué sé yo si la vi, dijo
finalmente Villari, y agregó si a mi me
parecía que, en ese balcón, él estaba
en condiciones de pensar en viejitas.
Miró el reloj, me dio la mano y casi
gritó que se le hacía tarde para el
cierre del diario. Corrió detrás de un
taxi y cuando abría la puerta del
automóvil volvió la cabeza. Me
preguntó por qué le había preguntado
eso. Yo le contesté que por nada en
especial, qué iba a decirle.
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